Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Puntos ciegos

Seguridad desalojó el salón cuarenta minutos después de que Evie recibiera la fotografía.

Los representantes de Asteria protestaron con la indignación propia de quienes estaban acostumbrados a controlar habitaciones ajenas. Mi madre se limitó a ponerse de pie y sus objeciones se transformaron en una colaboración inmediata.

Evie permaneció sentada mientras un agente introducía su teléfono dentro de una bolsa transparente.

—¿Cuándo me lo devolverán? —preguntó.

—Después de analizarlo.

—Eso no es una fecha.

—Será lo antes posible.

—Eso tampoco.

La voz de Evie continuaba firme, pero el tacón de su zapato golpeaba el suelo bajo la mesa. Un movimiento breve y repetitivo que habría pasado inadvertido para cualquiera que solo mirara su rostro.

Naomi se colocó detrás de ella y apoyó ambas manos sobre sus hombros.

Una de las integrantes de VANTA le ofreció otro teléfono. Evie lo sostuvo sin desbloquearlo. Sus dedos se cerraron alrededor de la carcasa con suficiente fuerza para blanquear los nudillos.

Me acerqué.

Mi madre se interpuso.

—Adrien, debemos hablar.

—Puede esperar.

—No.

Su mano se cerró sobre mi antebrazo. No utilizó fuerza. Nunca la necesitaba.

Evie alzó la mirada.

El delineador oscuro acentuaba la forma de sus ojos, pero no conseguía ocultar el miedo. La rabia que normalmente la protegía había desaparecido y, durante un instante, pareció más joven.

Más humana.

Más sola.

—Ve —dijo.

—No tienes por qué quedarte aquí.

Evie miró alrededor.

Había integrantes del grupo, abogados, representantes de Asteria, policías y miembros de seguridad.

—Estoy rodeada por veinte personas.

—No es lo mismo.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Naomi levantó la vista hacia mí.

Mi madre también.

Evie dejó de golpear el suelo con el pie.

Algo se abrió entre nosotros y fue mucho más incómodo que el deseo.

—Mañana —murmuró.

—Mañana.

Hablábamos de la visita acordada.

Aun así, sonó como una promesa privada.

Seguí a mi madre hacia una sala contigua.

Antes de que se cerrara la puerta, miré atrás.

Evie continuaba observándome.

* * *

Mi madre caminó directamente hacia la ventana y comprobó las cortinas con sus propias manos.

Aquello me preocupó más que cualquier informe de seguridad.

La reina Helena no revisaba habitaciones.

Otras personas las revisaban por ella.

—No puedes involucrarte con Evelyn Han —dijo.

—No estoy involucrado.

—Publicaste una declaración sin autorización, negociaste contra su empresa y acabas de comportarte como si fueras la única persona capaz de protegerla.

—No dije eso.

—No era necesario.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre el respaldo de una silla. La camisa se había tensado alrededor de los hombros y la venda de mi palma necesitaba ser reemplazada.

—La fotografía fue enviada a su número privado —dije—. Alguien sabía que estaba en la reunión.

—La policía investigará cómo lo obtuvo.

—La policía también continúa buscando a una persona que desapareció dentro de nuestro palacio.

—Precisamente por eso no debes actuar por tu cuenta.

—No pienso hacerlo.

Mi madre me observó en silencio.

—¿Qué?

—Mientes igual que cuando tenías dieciséis años.

—A los dieciséis mentía mejor. Tenía más motivación.

—El acuerdo con los Valcázar debe permanecer en secreto hasta que ambas casas decidan anunciar el acercamiento.

—No he hablado de él con Evie.

—Todavía.

—No existe ningún compromiso que revelar.

—Sabes hacia dónde pretenden conducir las condiciones.

—Y tú sabes que no las he aceptado.

Mi madre se acercó. Sus ojos claros recorrieron mi rostro como si buscara al hijo detrás del príncipe.

—No importa únicamente lo que aceptes. Isabella llegará dentro de pocos días. Cada fotografía tuya con Evie puede humillarla antes de que tenga oportunidad de hablar contigo.

—No ocurrió nada.

La pausa entre ambas palabras me traicionó.

Recordé el cuerpo de Evie inclinado sobre la mesa.

Su mirada en mi boca.

La risa que había querido sentir contra la piel.

—Todavía —corrigió mi madre.

—¿Me trajiste aquí para hablar sobre una mujer a la que conozco desde hace dos días?

—Te traje porque alguien utilizó el nombre de Alexander para comunicarse con seguridad anoche.

Toda ligereza desapareció.

—¿Qué significa eso?

—Una autorización temporal fue creada desde un sistema relacionado con Clarence House.

—¿Alexander la aprobó?

—No se encontraba en condiciones de hacerlo.

—¿Qué le ocurre?

Mi madre apartó la mirada.

—No es mi información para compartir.

—Alguien entró en el palacio durante una gala que él debía presidir. La amenaza apareció sobre un escenario donde habría estado si no hubiera cancelado. Ya no es únicamente su información.

—Sufre una condición neurológica.

Las palabras quedaron entre nosotros.

—¿Desde cuándo?

—Más de un año.

—¿Síntomas?

—Migrañas intensas, desorientación y periodos de ausencia.

—¿Ausencia?

—Permanece consciente, pero después no recuerda lo ocurrido. Hace tres semanas perdió casi cinco horas.

Me pasé una mano por el cabello. Los mechones cayeron sobre mi frente.

—¿Y nadie consideró necesario decírmelo?

—Alexander pidió privacidad.

—Alexander siempre pide privacidad cuando teme que lo tratemos como si fuera de cristal.

—Porque sabe que reaccionarías exactamente así.

—¿Cómo estoy reaccionando?

—Convirtiendo su enfermedad en una traición personal.

La acusación encontró su objetivo.

Di un paso atrás.

Mi madre se acercó a la mesa y apoyó las yemas de los dedos sobre la madera.

—Los médicos continúan realizando pruebas. No existe un diagnóstico definitivo.

—¿Puede ser hereditario?

Sus dedos se tensaron.

Aquello fue suficiente.

—¿También podría tenerlo yo?

—Existe una posibilidad, pero nunca has presentado síntomas.

—No es una respuesta.

—Es la única que tenemos.

Pensé en la carpeta con los Valcázar.

En la prisa de mi padre.

En un acuerdo diseñado para otorgarme un futuro fuera de la sucesión británica.

—¿Alexander lo sabe?

—Conoce la posibilidad.

—¿Y sabe lo de Isabella?

—Sí.

—¿Lo apoya?

—Fue una de las primeras personas en sugerir que escucháramos la propuesta.

La respuesta dolió más de lo esperado.

—Por supuesto.

—No intenta perjudicarte.

—Si mi futuro queda vinculado con otra Corona, dejo de ser una alternativa para esta.

—Alexander cree que mereces una vida que no dependa de sustituirlo.

—Una forma encantadora de enviarme lejos.

—No ha hablado de enviarte a ninguna parte.

—Solo ayudó a diseñar una estructura para que hacerlo parezca una elección.

Mi madre guardó silencio.

—¿Quién conoce su condición? —pregunté.

—Nosotros, los médicos, Julian, Marcus Vale y algunos miembros de su seguridad.

—¿Alguna persona que ya no trabaje para él?

Mi madre vaciló.

—Peter Lawson.

—¿Quién es?

—Fue jefe de seguridad de Alexander durante seis años.

—¿Por qué dejó el cargo?

—Tu hermano lo despidió hace cuatro meses.

—¿Por qué?

—Lawson informó al rey de uno de sus episodios después de recibir instrucciones de mantenerlo en privado.

—Cumplió con su trabajo.

—Alexander consideró que había excedido sus funciones.

—¿Qué ocurrió?

Mi madre tomó aire.

—Durante un viaje a Escocia, Alexander abandonó la residencia sin escolta. Dejó el teléfono y desapareció durante varias horas. Lawson activó un protocolo de búsqueda.

—¿Dónde lo encontraron?

—Cerca de un camino rural.

—¿Recordaba cómo había llegado?

—Dijo que había salido a caminar.

No era una respuesta convincente.

—No investigarás a Lawson por tu cuenta —advirtió.

—Jamás se me habría ocurrido hasta que lo prohibiste.

—Adrien.

—No acusaré a nadie sin pruebas.

—Tampoco hablarás de la condición de Alexander con la señorita Han.

—Su secreto no me pertenece.

Mi madre asintió.

—Me alegra que todavía comprendas ese principio.

No añadió que el mismo razonamiento debía aplicarse a las negociaciones con Isabella.

No era necesario.

* * *

Beatrice esperaba dentro de mi vehículo.

Se había cambiado el vestido por pantalones negros, un suéter color crema y un abrigo demasiado grande. Tenía una bolsa de comida sobre las rodillas y dos teléfonos entre las manos.

—¿Cómo entraste?

—Por la puerta.

—Bash debería perder su empleo.

Desde el asiento delantero, él levantó una mano.

—Intenté detenerla.

—No es cierto —dijo Beatrice—. Me preguntó si había traído comida.

Me entregó un sándwich.

—No has comido.

—¿También controlas mi alimentación?

—No. Solo conozco tu tendencia a confundir el ayuno con una personalidad interesante.

El vehículo abandonó el estacionamiento subterráneo.

—¿Cómo está Evie? —preguntó.

—No lo sé.

—Estabas con ella hace quince minutos.

—Eso no significa que sepa cómo está.

Beatrice abrió uno de los teléfonos.

—Asteria retiró la disculpa.

—¿Qué publicaron?

—Que Evie actuó durante una situación confusa sin conocer la alerta y que la compañía respalda a VANTA.

—Han tardado poco en recuperar sus principios.

—Los patrocinadores comenzaron a llamar.

—Mucho más confiable que la ética.

Mi hermana bloqueó la pantalla.

—¿Qué le ocurre a Alexander?

La miré.

—¿Por qué preguntas?

—Madre está asustada, padre está más insoportable que de costumbre y nadie me permite visitarlo.

La condición de Alexander no era mi secreto.

—Está enfermo —respondí—. Eso es todo lo que puedo decir.

Beatrice bajó los ojos.

Sus dedos buscaron el anillo de su índice.

—¿Va a morir?

—No.

Respondí demasiado rápido.

Ella lo notó.

No insistió.

—Me escribió anoche —dijo—. Preguntó si estabas bien.

—¿Qué respondiste?

—Que continuabas comportándote como un idiota, así que asumía que sí.

Sonreí.

—También preguntó por Evie.

—¿Por qué?

—Porque vio las noticias. No todo gira alrededor de una conspiración.

Beatrice me estudió durante varios segundos.

—¿Vas a volver a verla antes de mañana?

—No.

—Respondiste demasiado rápido.

—No tengo su número.

Mi hermana sonrió.

Mi teléfono vibró.

Un contacto nuevo apareció en la pantalla.

Evie Han.

—¿Cómo lo conseguiste?

—Naomi escribió al equipo de la fundación. No sabe que te lo envié.

—Eso es una vulneración de privacidad.

—Entonces bórralo.

No lo hice.

Beatrice observó mi mano cerrándose alrededor del teléfono.

—No voy a ayudarte a esconder una aventura.

—No te lo he pedido.

—Todavía.