CAPÍTULO 2 #3
Mientras discutían sobre la posibilidad de denunciar el video manipulado, saqué el segundo teléfono que utilizaba para comunicaciones oficiales.
Abrí mi cuenta.
Escribí:
Ordené interrumpir la presentación de VANTA por una alerta de seguridad. Evelyn Han no fue informada de la amenaza y no es responsable de lo ocurrido después. El video difundido está incompleto. La decisión y sus consecuencias fueron mías.
Pulsé publicar.
Ginny levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué hiciste?
Bash miró su reloj.
—Once segundos —dijo—. Nuevo récord familiar.
El teléfono comenzó a vibrar.
—El rey va a matarme.
Ginny dio un paso hacia mí. La diferencia de altura no impidió que consiguiera parecer capaz de hacerlo primero.
—Acabas de vincular públicamente el video con una amenaza de seguridad que el Palacio no ha confirmado.
—No expliqué la naturaleza de la alerta.
—También utilizaste su nombre y fijaste la versión pública sin preguntarle.
—Eso evita que Asteria pueda culparla.
—Y vuelve a demostrar que actúas primero y consultas después.
—No podía dejar que la destruyeran por algo que yo provoqué.
—Podías esperar quince minutos y coordinar una declaración conjunta.
—Quince minutos son suficientes para que una empresa decida qué integrante puede sacrificar.
Ginny me observó.
—No hiciste esto solo por protegerla.
—No sabes por qué lo hice.
—Querías que lo viera.
No respondí.
La publicación era pública, pero solo me importaba una reacción.
La suya.
Ginny reconoció la respuesta en mi silencio.
—Beatrice tiene razón —dijo.
—No sé qué te contó.
—Nada. Tu hermana no necesita hacerlo. Ambos ponen la misma expresión cuando están decepcionados de ti.
* * *
No dormí.
A las tres de la madrugada, mi publicación superaba el millón de reacciones.
A las tres y cuarto, la prensa cuestionaba por qué existía una alerta de seguridad dentro de Kensington.
A las tres y media, los seguidores de VANTA exigían que Asteria retirara su disculpa.
A las cuatro, la compañía publicó un nuevo comunicado asegurando que Evie se encontraba bien y colaboraría con cualquier investigación.
No retiró la disculpa.
A las cuatro y diecisiete, la cuenta oficial de Isabella reaccionó favorablemente a mi declaración con un corazón blanco.
Prefería la versión donde mis ojos brillaban en rojo.
A las cinco, Beatrice entró con tres cafés y una bolsa de comida.
No mencionó nuestra discusión.
Yo tampoco.
Tomó el control remoto y subió el volumen.
Un programa estadounidense mostraba a VANTA regresando al hotel. Naomi caminaba delante. Dos guardias rodeaban a las demás.
Evie apareció al final.
Llevaba un abrigo negro y mantenía la cabeza erguida mientras los reporteros gritaban preguntas. Alzó una mano para protegerse de los flashes.
Mi pañuelo seguía alrededor de su palma.
El periodista amplió las iniciales.
—Oh, por el amor de Dios —murmuré.
Beatrice me miró.
—Solo estás preocupado por la evidencia.
—Exactamente.
—Naturalmente.
Ginny regresó desde la habitación contigua.
—Asteria quiere reunirse.
—Bien.
—No contigo.
—Mejor.
—Tu madre asistirá.
—Peor.
—Y Evie aceptó con una condición.
Me puse de pie demasiado rápido.
Beatrice ocultó una sonrisa detrás del café.
—¿Cuál? —pregunté.
Ginny sostuvo mi mirada.
—Que tú también estés allí para escucharla.
* * *
La reunión se fijó para las diez en el hotel de VANTA.
Mi madre ocupó la cabecera de la mesa. Los representantes de Asteria se sentaron a un lado; Julian y los asesores reales, al otro. Ginny permaneció junto a mí únicamente como mi abogada.
Naomi estaba de pie junto a las ventanas. Llevaba pantalones oscuros y una camisa negra con las mangas dobladas. Incluso inmóvil parecía proteger físicamente al resto del grupo.
Evie estaba sentada de espaldas a la puerta.
Vestía pantalones negros y una blusa blanca de seda. El cabello oscuro estaba recogido en una coleta que dejaba expuesta la línea de su cuello. Una venda cubría su mano.
Volvió la cabeza cuando entré.
El aire cambió.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo desde los zapatos hasta la cicatriz de mi ceja. Se detuvieron en mi mano vendada.
Mi cuerpo respondió antes que la prudencia.
Me senté frente a ella.
—Señorita Han.
—Su Alteza.
Su tono convirtió el título en una provocación.
—Publicaste una declaración sin hablar conmigo —dijo.
—No tenía tu número.
—Tu familia ha intervenido países enteros. Estoy segura de que habrías encontrado una manera.
—Técnicamente, el Gobierno…
Ginny me golpeó el tobillo debajo de la mesa.
Evie lo vio.
La comisura de sus labios se movió.
—La declaración impidió que se le atribuyera responsabilidad —intervino mi madre.
—También decidió por mí qué debía conocer el mundo —respondió Evie—. Otra vez.
—Asteria ya te estaba culpando.
Giró hacia mí.
—Sé que funcionó. Eso no significa que tuvieras derecho a utilizar mi nombre y contar mi reacción como si fuera tuya.
—Intentaba impedir que tu empresa te responsabilizara.
—Y lo hiciste convirtiéndome en la mujer que necesitaba ser salvada por un príncipe.
La frase encontró un lugar incómodo debajo de mis costillas.
El recuerdo del corredor regresó.
Ginny volvió a golpearme.
Uno de los ejecutivos propuso una aparición conjunta para demostrar que no existía hostilidad.
—Sí existe —dijo Evie.
—Una cantidad considerable —añadí.
—Si me niego, ¿qué ocurrirá? —preguntó ella.
El ejecutivo evitó mirarla.
—Revisaremos tu participación en las próximas actividades europeas.
Naomi avanzó.
—Eso no estaba acordado.
Evie sujetó el borde de la silla. Sus nudillos perdieron color.
Otra institución acababa de transformar una orden en elección.
—Si decides aceptar, no entregues la aparición gratis —dije.
Todos se volvieron.
—No necesito que hables por mí —replicó Evie.
—No lo haré. Pero exige que retiren la disculpa y reconozcan que nunca te informaron de la alerta.
—Eso no forma parte de nuestra propuesta —dijo el ejecutivo.
Evie giró hacia él.
—Ahora forma parte de la mía. Retiran la disculpa, aclaran que actué sin conocer la amenaza y garantizan que ninguna integrante perderá actividades por este incidente.
Naomi ocupó el asiento junto a ella.
—Las cinco rechazaremos la agenda europea si no aceptan.
Las negociaciones duraron veinte minutos.
Asteria aceptó.
Evie me observó con una expresión que mezclaba irritación, curiosidad y algo más caliente.
—Tengo una condición —dijo.
—Naturalmente.
—Quiero una disculpa.
La habitación quedó en silencio.
Sostuve su mirada.
—Lamento haberte bloqueado el paso y sujetarte. Estaba asustado y actué como si eso me diera permiso para decidir por ti. No me lo daba.
La hostilidad no desapareció de su rostro, pero perdió parte de su rigidez.
—No —respondió—. No te lo daba.
No dijo que me perdonaba.
Tampoco tenía por qué hacerlo.
Asentí sin intentar defenderme.
Su teléfono vibró.
Leyó el mensaje y dejó de sonreír.
Una fotografía mostraba el escenario. Un círculo rojo rodeaba la estructura desde donde había visto al intruso.
Debajo aparecía una frase:
La próxima vez, deja que termine la canción.
—¿Reconoces el número? —pregunté.
—Está oculto.
—No respondas.
Evie levantó la mirada.
—¿Es una orden?
Las palabras me golpearon con la precisión que merecía.
—No. Es una recomendación de seguridad. El teléfono es tuyo y la decisión también.
Evie miró a Naomi antes de decidir.
—No voy a responder —dijo, y deslizó el aparato hacia Bash.
No me lo entregó a mí.
La distinción fue pequeña y completamente deliberada.
Mientras Bash llamaba a seguridad, observé la fotografía.
Quien la envió había estado dentro del palacio.
Había visto el punto de mira.
También sabía que Evie y yo continuábamos hablando.
La amenaza pretendía comprobar qué haría si volvían a ponerla en peligro.
La respuesta ya estaba creciendo dentro de mí.
Haría cualquier cosa para detenerlo.
Todavía no porque la amara. Apenas la conocía.
Pero alguien había colocado un punto de mira sobre una mujer que se negaba a inclinarse y esperaba que yo confundiera protección con control.
Ya había cometido ese error una vez. No pensaba repetirlo.