Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Una integración gradual de nuestras imágenes públicas antes de que cualquiera pronunciara la palabra matrimonio.

—No están evaluando compatibilidad —dije—. Están construyendo costos de salida.

Beatrice se inclinó hacia delante.

—¿Qué significa?

—Que dentro de seis meses rechazar el acuerdo perjudicará a las fundaciones, las relaciones diplomáticas y la imagen de ambas casas. Harán que separarnos resulte más caro que continuar.

—Nadie te obliga a aceptar —dijo mi padre.

—Solo diseñaste un sistema donde negarme tendrá consecuencias para dos países.

—Todas las decisiones importantes tienen consecuencias.

—También estudié suficiente para reconocer una adquisición hostil.

Beatrice ocultó una sonrisa.

Mi padre no.

—Hablarás con Isabella cuando llegue.

—Hablaré con ella. Nada más.

—Asistirás a los encuentros acordados.

—Eso lo decidiré después de escucharla.

Mi padre avanzó hasta quedar frente a mí. Éramos casi de la misma altura, aunque toda mi vida había conseguido parecer más grande.

—Y esta noche respaldarás el comunicado del Palacio.

—No si culpa a Evie.

La pronunciación de su nombre provocó una pausa.

Mi madre fue la primera en notarlo.

Por supuesto que lo hizo.

—La señorita Han —corrigió mi padre— no es responsabilidad tuya.

Pensé en el pañuelo alrededor de su mano.

En la cicatriz debajo de su barbilla.

En el orgullo de su voz cuando me advirtió que no volviera a tocarla.

—El video existe por una conversación conmigo.

—Una conversación que jamás debió producirse. Estás a punto de iniciar compromisos oficiales con la futura reina de España. No puedes aparecer en un corredor apartado sujetando a una celebridad.

—No la sujeté para besarla.

Beatrice emitió un sonido ahogado.

Mi madre cerró los ojos.

Mi padre se quedó completamente inmóvil.

Había escogido la frase porque sabía lo que provocaría.

Ser cruel o vulgar resultaba útil cuando necesitaba terminar una conversación antes de que alguien pudiera descubrir que me importaba.

—Sal de esta habitación —ordenó mi padre.

—Con gusto.

Tomé la carpeta de los Valcázar.

—Eso se queda aquí.

La solté sobre la mesa.

—No necesitaba instrucciones. Ya conozco el precio.

Me dirigí hacia la puerta.

—Adrien —dijo Beatrice.

No me detuve.

Si permanecía, tendría que admitir que no me había negado a los encuentros.

Y que una parte profundamente egoísta de mí ya buscaba la manera de aceptar a Isabella sin renunciar a la posibilidad de volver a ver a Evie.

Beatrice salió del Salón Azul detrás de mí.

La escuché discutir con Julian antes de que sus pasos rápidos me alcanzaran en la galería. La falda de su vestido se agitaba alrededor de las zapatillas y la coleta se había soltado parcialmente, dejando mechones rubios junto a sus mejillas.

—Espera.

Continué caminando.

—Adrien.

—Padre te ordenó quedarte.

—Y tú eres un conocido defensor de la obediencia.

Me sujetó por la manga.

Me detuve.

Beatrice soltó la tela y se colocó frente a mí.

—¿Qué ocurrió realmente con Evie?

—Ya viste el video.

—Vi un fragmento editado y una fotografía con tu pañuelo. Pregunto por lo que no vi.

—Discutimos.

—Eso puedo imaginarlo.

—Intentó abandonar el corredor. La detuve.

—¿La sujetaste?

La imagen de mis dedos rodeando la muñeca de Evie regresó con una precisión incómoda.

—Durante un segundo.

Beatrice bajó la mirada hacia mi mano vendada.

—¿Te pidió que la soltaras?

—Sí.

—¿Lo hiciste?

—Inmediatamente.

—¿Te disculpaste?

—Le dije que no debí hacerlo.

Mi hermana dejó escapar el aire y se pasó ambas manos por el rostro. Cuando las bajó, parecía mayor que diecinueve años.

—Eso reconoce el error. No es lo mismo que pedir perdón. Siempre tienes tiempo para una frase sarcástica, pero nunca para las palabras que importan.

—Es una habilidad más accesible.

—No conviertas esto en una broma.

—No lo estoy haciendo.

—Eso es peor.

Volvimos a caminar.

La galería estaba prácticamente vacía. La mayoría de los invitados permanecía retenida en el salón principal mientras seguridad revisaba las salidas. Dos agentes pasaron junto a nosotros. Beatrice esperó hasta que se alejaron.

—¿Pensaste en besarla?

No respondí.

Mi hermana se detuvo otra vez.

—Por Dios.

—Baja la voz.

—Pensaste en besar a Evie Han mientras alguien posiblemente intentaba matarla.

—No sabemos si intentaban matarla.

—Ese no es el detalle que deberías corregir.

—No iba a hacerlo.

—¿Ella quería?

Recordé la forma en que los ojos de Evie habían descendido hacia mi boca.

La pausa entre su respiración y la mía.

El modo en que ninguno se apartó hasta que apareció el destello de la cámara.

—No tengo idea.

Beatrice soltó una risa incrédula.

—Mientes peor de lo que crees.

—No puedes determinar lo que deseaba una mujer a partir de una fotografía.

—No. Pero puedo determinar lo que deseabas tú observando la cara que pones cuando mientes sobre ella.

Llegamos a la puerta de mis habitaciones.

Beatrice apoyó la espalda contra la pared, obligándome a mirarla.

—Escúchame. Asteria puede castigarla por el escándalo. Sus contratos no funcionan como nuestra vida. Si tú te equivocas, la Corona limpia el desastre y te envía a inaugurar una escuela. Si ella se equivoca, la empresa puede suspenderla, reemplazarla o responsabilizarla por las pérdidas del grupo.

—Lo sé.

—Entonces no la conviertas en el daño aceptable de tu guerra con padre.

—No me acerqué a ella para rebelarme.

—Eso es lo que me preocupa.

Beatrice estiró la mano y corrigió el borde de mi vendaje.

Sus dedos eran pequeños y cálidos. De niña siempre buscaba mi mano durante las ceremonias largas. A los siete años había aprendido a esconderla entre los pliegues de mi chaqueta para que las cámaras no fotografiaran su miedo.

Ahora era ella quien intentaba proteger a otra persona de mí.

—Te gusta —dijo.

—No.

—La deseas.

No negué aquello.

Mi hermana levantó los ojos.

—No es lo mismo que conocerla.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Cuando tienes miedo de perder algo, actúas como si controlarlo fuera la única forma de protegerlo.

La frase encontró su objetivo.

Sonreí.

Era lo que hacía cuando alguien conseguía herirme.

—¿Has terminado?

El dolor apareció en su rostro.

—Sí.

Se apartó de la puerta.

Antes de marcharse, me abrazó brevemente. Apoyó la mejilla contra mi pecho y después retrocedió, como si temiera que yo pudiera rechazarla si permanecía demasiado tiempo.

—No la lastimes —murmuró.

—No tengo una relación con ella.

—Las personas no necesitan una relación para hacerse daño.

Beatrice regresó por la galería sin mirar atrás.

Entré en mis habitaciones.

* * *

Lady Genevieve Harcourt me esperaba en el recibidor.

Estaba sentada en uno de los sillones con una tableta sobre las piernas. Llevaba un traje gris de líneas impecables, una blusa color crema y zapatos de tacón que utilizaba como armas psicológicas.

Ginny era alta, de piel oscura y movimientos elegantes. El cabello negro estaba recogido en trenzas finas que caían sobre un hombro. Sus ojos color ámbar poseían la desagradable capacidad de hacer que una pregunta pareciera un interrogatorio.

Nos conocíamos desde los once años.

La primera vez que hablamos, me informó que el argumento que acababa de utilizar contra un profesor era jurídicamente deficiente.

Yo le dije que nadie le había pedido una opinión.

Llevábamos veinte años repitiendo la misma conversación.

—Tu madre me llamó —dijo.

—Espero que le cobres el doble.

—Te cobraré a ti.

Ginny no trabajaba para la Corona. Era mi abogada personal y se especializaba en derecho internacional, privacidad y crisis institucionales. También era mi mejor amiga, aunque jamás utilizaba esa condición cuando podía facturarme la otra.

Se puso de pie.

Sus ojos descendieron hasta mi mano.

—¿Quién te atendió?

—Un médico del Palacio.

—¿Recibiste puntos?

—No eran necesarios.

—Eso suele significar que te negaste.

Tomó mi muñeca y examinó el vendaje.

—¿Dónde está el pañuelo que normalmente utilizas para ignorar recomendaciones médicas?

—Evie lo tiene.

Ginny levantó la vista.

—Naturalmente.

—Estaba herida.

—¿Y el palacio carece de material sanitario?

—Lo tenía en el bolsillo.

—También tienes un equipo de seguridad. Eso no te impidió perseguir personalmente a una posible víctima por un corredor.

—No la perseguí.

—¿La seguiste después de que abandonara una sala segura?

—Cuando lo dices así, parece una acusación.

—Lo es.

Soltó mi muñeca y me entregó la tableta.

El borrador del comunicado hablaba de una interrupción técnica y de medidas preventivas. No mencionaba que Evie hubiera ignorado una orden.

—El primer texto la culpaba —explicó Ginny—. Advertí que atribuir responsabilidad a una invitada sin compartir la información que justificó la instrucción podía exponerte legalmente.

—¿Exponerme a mí?

—Tú la bloqueaste y la sujetaste.

—Durante un segundo.

—El contacto no se vuelve jurídicamente irrelevante porque haya sido breve.

—No necesitaba una lección legal.

—Entonces deja de actuar como si la necesitaras.

Bash entró sin llamar y se quitó la chaqueta. Tenía una mancha de polvo sobre un hombro y el auricular colgaba alrededor del cuello.

—No encontraron al intruso —informó.

—¿Cómo salió?

—No sabemos si lo hizo. Continúan revisando habitaciones y accesos de servicio.

—¿El dispositivo?

—Residuos metálicos, un soporte y componentes ópticos. Podía tratarse de un sistema de puntería, una cámara modificada o ambas cosas.

—Había un láser sobre Evie.

—Te creo. Forense necesita demostrarlo.

Ginny dejó la tableta sobre la mesa.

—¿Las cámaras del corredor?

—Desactivadas durante siete minutos —respondí.

Sus ojos se estrecharon.

—Entonces la persona que grabó sabía cuándo quedarían fuera de servicio.

—O las desactivó —dijo Bash.

—Conserva todos los mensajes y archivos —me ordenó Ginny—. No borres nada, no respondas y no publiques una declaración personal.

—Ni siquiera sabes qué diría.

—Te conozco desde que orinaste en la fuente del internado.

—Tenía diez años.

—Tenías catorce.

—La madurez es un proceso desigual.

Ginny regresó a la tableta. Bash se sirvió whisky.