Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Control de daños

Mi familia tenía una habitación reservada para las catástrofes.

Oficialmente se llamaba Salón Azul, aunque no había nada azul en ella salvo las venas de mi padre cuando alguien mencionaba la palabra escándalo .

Era un espacio pequeño, sin ventanas, situado detrás de la galería principal.

Las paredes estaban cubiertas por retratos de monarcas muertos que parecían observar nuestras crisis con la satisfacción de quienes habían tenido la prudencia de morir antes de las redes sociales.

Entré siete minutos después de que Evie abandonara el palacio.

Mi padre estaba de pie frente a la chimenea apagada. Había dejado la chaqueta abierta y mantenía una mano apoyada sobre la repisa de mármol. A simple vista parecía tranquilo.

Conocía aquella quietud.

Edmund Hawthorne solo permanecía completamente inmóvil cuando su furia había superado la capacidad normal del cuerpo para expresarla.

Mi madre ocupaba uno de los sillones. Continuaba vestida para la gala, aunque se había quitado los guantes y sostenía uno entre los dedos. Lo doblaba lentamente sobre sí mismo, una arruga cada vez.

Julian permanecía junto a la puerta, revisando dos teléfonos. Alto, delgado y con el cabello oscuro peinado hacia atrás, parecía incapaz de producir una arruga incluso después de una evacuación.

Mi hermana Beatrice estaba sentada sobre el brazo de un sofá.

Se había recogido el cabello rubio en una coleta improvisada y las zapatillas blancas asomaban debajo de su vestido azul. Tenía el teléfono sujeto con ambas manos, los labios apretados y una energía inquieta que hacía que su rodilla se moviera sin descanso.

Era la única persona de la habitación que me miró como a un ser humano y no como a una nueva fase de la emergencia.

—Cierra la puerta —ordenó mi padre.

Lo hice.

—¿Encontraron al intruso?

—Seguridad continúa registrando el ala norte.

—¿El dispositivo?

—El equipo forense está analizando los residuos.

—Entonces todavía no sabemos si era un arma.

—No.

—Pero sabemos que alguien entró con acceso a zonas restringidas, desactivó cámaras, instaló algo sobre el escenario y escapó durante el cierre.

—Sí.

—Bien. Al menos compartimos una definición básica de desastre.

Mi padre se volvió lentamente.

—Siéntate, Adrien.

—Prefiero permanecer de pie.

—No era una invitación.

Me senté en el sillón frente a él.

La palma me ardió cuando apoyé la mano sobre la rodilla. Alguien había retirado el cristal y vendado el corte mientras yo intentaba conseguir información de seguridad. La gasa blanca ya mostraba una mancha rojiza.

El pañuelo que normalmente llevaba en el bolsillo continuaba alrededor de la mano de Evie.

La pantalla colocada sobre un mueble mostraba el video del corredor. Estaba silenciado, pero no necesitaba escucharlo de nuevo. Mi cuerpo bloqueando el paso, la diferencia de altura y la forma en que Evie debía levantar el rostro para enfrentarme construían una imagen suficientemente condenatoria.

El contador superaba los cuatro millones de reproducciones.

En algunas versiones, alguien había añadido música siniestra. En otra, mis ojos brillaban en rojo. Una cuenta estadounidense me había colocado cuernos y un tridente.

Era un trabajo sorprendentemente favorecedor.

—El video fue editado —dije.

—No importa —respondió Beatrice.

Mi padre le dirigió una mirada.

—No recuerdo haberte pedido una opinión.

—Por eso sigue siendo gratis.

Mi hermana se levantó. A pesar de su baja estatura, caminó hacia el centro de la habitación como si esperara que todos se apartaran.

Lo hicieron.

Me mostró el teléfono.

—Hay tres versiones principales. La primera dice que Adrien amenazó a Evie. La segunda culpa a VANTA por ignorar el protocolo. La tercera cree que mantienen una relación secreta porque ella salió del palacio con su pañuelo.

—Fue para detener la sangre.

—Internet rara vez elige la explicación menos romántica.

Deslizó el dedo por la pantalla.

Una fotografía mostraba a Evie subiendo a un vehículo con el abrigo cerrado hasta el cuello. Había levantado la mano para protegerse de los flashes y las iniciales bordadas en la tela eran claramente visibles.

EVIE HAN ABANDONA KENSINGTON CON UNA PRENDA PERSONAL DEL PRÍNCIPE.

Debajo aparecían ampliaciones de mi monograma desde cuatro ángulos distintos.

—Eso no demuestra nada —dije.

—Bienvenido a Internet.

Beatrice amplió otra publicación. Alguien había aislado un fotograma anterior a la discusión. Evie y yo aparecíamos demasiado cerca, mirándonos la boca.

Mi hermana inclinó el teléfono hacia mí.

—Esto tampoco ayuda.

—El ángulo es engañoso.

—Claro. Los obligó a mirarse como si fueran a arrancarse la ropa.

—Beatrice —advirtió mi madre.

—Estoy explicando la narrativa.

—Explícala sin utilizar esa expresión.

Mi hermana regresó al sofá.

No pude evitar mirar otra vez el fotograma.

Recordé el calor de la respiración de Evie.

Su pulso bajo mis dedos.

El instante exacto en que pensé que podía inclinar la cabeza y descubrir si su boca era tan peligrosa como parecía.

No había sido el ángulo.

Mi padre tomó el control de la conversación.

—Publicaremos que la señorita Han ignoró una indicación de seguridad y que el príncipe actuó siguiendo el protocolo.

—No.

—No te he pedido autorización.

—Entonces no utilices mi nombre.

—Tu nombre pertenece a la Corona.

—Una afirmación jurídicamente discutible.

—No estamos en una de tus clases universitarias.

—En la universidad al menos se esperaba que leyéramos los acuerdos antes de firmarlos.

Había estudiado Negocios Internacionales porque mi padre consideraba que Filosofía habría fomentado mis peores tendencias y yo temía que Derecho facilitara demasiado mi conversión en delincuente.

Me había graduado con honores.

Mi padre mencionaba aquello cuando necesitaba exhibirme frente a un ministro y lo olvidaba cuando mi formación me permitía cuestionarlo.

La carrera me había enseñado que todo acuerdo ocultaba un interés no declarado y que quien definía el problema solía controlar también su solución.

Mi padre ya había definido el problema.

Evie.

No el intruso.

No las cámaras desactivadas.

No el dispositivo sobre el escenario.

La mujer que se había negado a obedecer.

—Si publicas eso, Asteria la responsabilizará por lo ocurrido —dije—. Sus seguidores atacarán al Palacio y la empresa utilizará nuestra declaración para imponerle una sanción.

—Ya lo hizo —intervino Beatrice.

Leyó desde su teléfono:

—“Asteria Entertainment lamenta profundamente el comportamiento poco profesional de una de sus artistas durante la gala y colaborará con la Casa Real para esclarecer los hechos”.

La rabia llegó tan rápido que tardé un segundo en reconocerla.

Me puse de pie.

—Ella no hizo nada.

Mi padre arqueó una ceja.

—Ignoró una orden.

—Porque nadie le explicó que era una evacuación.

—La ignorancia no elimina las consecuencias.

—Una filosofía curiosa para una familia que sobrevive gracias a no explicar nada.

—Basta.

La palabra cayó con el peso de una puerta de hierro.

Mi madre dejó de doblar el guante.

Julian mantuvo los ojos sobre los teléfonos, pero sus hombros se tensaron.

Beatrice se colocó entre mi padre y la pantalla.

—Si atacamos a Evie, esto empeorará.

—No eres asesora de comunicación —respondió él.

—No. Solo pertenezco a la generación que comprende las redes sociales.

—Una comunidad digital no dirige la política de la Corona.

—No necesita hacerlo. Basta con que convierta cada compromiso de Adrien en una protesta, cada patrocinador de la gala en una tendencia negativa y cada publicación de la familia en un campo de batalla.

Mi hermana hablaba deprisa, acompañando las palabras con las manos. Cuando estaba nerviosa, frotaba repetidamente el pulgar contra el anillo que llevaba en el índice.

Lo hacía ahora.

—Los seguidores de VANTA no creerán que se trató de una medida de seguridad si culpamos a Evie y nos negamos a explicar la amenaza —continuó—. Creerán que la estamos castigando porque enfrentó a Adrien.

—Estoy con Beatrice —dije.

—Eso debería preocuparnos a todos —murmuró ella.

Mi madre se levantó y caminó hasta la mesa.

—Debemos separar la amenaza del incidente público. No podemos revelar lo encontrado sobre el escenario mientras el responsable continúe sin identificar.

—¿Continúa dentro del palacio? —preguntó Beatrice.

—No existe registro de que haya salido.

El movimiento de su pulgar se detuvo.

—¿Alexander está protegido?

El silencio respondió antes que mis padres.

—¿Dónde está? —pregunté.

—En Clarence House —dijo mi madre.

—¿Solo?

—Con su médico y el equipo de seguridad.

—¿Sabe lo ocurrido?

—No se encuentra en condiciones de recibir información adicional.

—¿Qué significa eso?

—Adrien —advirtió mi padre.

—Nunca es el momento cuando se trata de Alexander.

Mi padre tomó una carpeta oscura de la mesa y la dejó frente a mí.

—Precisamente por tu hermano estamos aquí.

En la cubierta aparecían los emblemas de las casas Hawthorne y Valcázar.

Dos familias convencidas de que colocar sus escudos sobre un documento convertía la coacción en tradición.

—España aceptó las condiciones preliminares —anunció.

Beatrice miró la carpeta.

—¿Qué condiciones?

—No es asunto tuyo.

—Es mi hermano.

—Beatrice —dijo mi madre.

Mi hermana apretó la boca y volvió a sentarse. La forma en que cruzó los brazos dejó claro que el silencio no equivalía a obediencia.

Abrí la carpeta.

La primera página hablaba de cooperación cultural, estabilidad institucional y continuidad dinástica. Palabras largas utilizadas para evitar otras más sinceras.

Matrimonio.

Herederos.

Sacrificio.

Pasé a la segunda página.

—“Periodo de acercamiento público de seis meses” —leí—. “Comparecencias bilaterales coordinadas”. “Evaluación de compatibilidad institucional”. Qué romántico. ¿También decidirán cuántas veces debo parecer espontáneo?

—No se ha acordado un compromiso —dijo mi madre—. Solo una serie de encuentros para evaluar un futuro posible.

—Isabella y yo nos conocemos desde niños.

—Conocerse no es lo mismo que considerar una vida compartida.

Revisé los anexos.

Fundaciones conjuntas.

Patronatos culturales.

Acuerdos educativos.

Coordinación de agendas.