Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1) CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

La vulnerabilidad desapareció de inmediato.

—¿Sueles espiar a mujeres descalzas o forma parte del servicio público?

—Solo los jueves. El resto de la semana inauguro hospitales y decepciono a mi padre.

Sus ojos bajaron hasta mi mano ensangrentada.

—Parece que hoy te esforzaste.

—La copa se mostró en desacuerdo con mis decisiones.

Se inclinó para recoger las botas. El cabello cayó sobre su rostro y ella lo apartó detrás de la oreja con dedos temblorosos.

—¿Viniste a darme otra orden?

—Vine a llevarte de regreso.

—Entonces sí.

Se puso una bota y perdió el equilibrio. Extendí la mano.

Evie se sostuvo del alféizar antes de aceptarla.

—Puedo hacerlo sola.

—Empiezo a notar un patrón.

—Yo también. Tú decides y el mundo obedece.

—Existe una amenaza.

—¿Cuál?

—No puedo explicarlo todavía.

—Pero podías cortar nuestra presentación.

—Estás viva para estar enfadada.

Su rostro se endureció.

—No sabes si estaba en peligro.

—Sé más de lo que tú sabes.

—La frase favorita de los hombres como tú.

Avanzó hacia la puerta.

Me interpuse.

Evie tuvo que levantar el rostro para mirarme. De cerca vi la pequeña cicatriz bajo su barbilla, las sombras de agotamiento y la marca roja del auricular detrás de su oreja.

Olía a perfume, sudor y electricidad.

—Apártate.

—Cuando llegue seguridad.

—¿Vas a mantenerme prisionera?

—No. Pero no pienso dejarte sola mientras una persona se hace pasar por miembro de seguridad.

—Te gustaría que fuera necesario.

Mi cuerpo reaccionó antes que la prudencia.

—No tienes idea de lo que me gustaría.

El silencio cambió.

Sus ojos descendieron hacia mi boca.

—Tu arrogancia debería considerarse un delito diplomático.

—Mi familia ha conseguido inmunidad para asuntos peores.

Intentó pasar.

Volví a bloquearla.

—No te molesta que estuviera en peligro —dijo—. Te molesta que no te obedeciera.

—Obedecer una indicación de seguridad puede ser la diferencia entre salir caminando o no salir.

—Nadie me explicó que fuera una indicación de seguridad.

—Las emergencias no esperan.

—Y los príncipes no piden consentimiento.

Quiso pasar otra vez.

Sujetarla fue un reflejo nacido del miedo.

Mis dedos rodearon su muñeca durante un segundo. Su pulso golpeó contra mi mano y mi sangre dejó una marca sobre su piel.

La solté de inmediato.

—No vuelvas a tocarme.

—No debí hacerlo.

—Eso parece ocurrirte mucho.

Entonces vi la sangre en su otra mano. Un fragmento de vidrio estaba incrustado en la palma.

—Estás herida.

—Una copa se rompió cuando nos sacaron del escenario. No es nada.

—Déjame verla.

—Puedo ocuparme sola.

—Eso parece una cuestión de principios.

—Es una cuestión de experiencia.

Algo en mi irritación cedió.

Saqué un pañuelo y se lo ofrecí.

—No está envenenado.

—Eso diría alguien que lleva un pañuelo envenenado.

—Si quisiera hacerte daño, no estaría intentando conseguirte una venda.

—¿Eso pretendía ser una broma?

—Una bastante buena.

—Eres horrible.

—Eso dicen las encuestas.

Tomó el pañuelo.

Nuestros dedos se rozaron.

Ninguno retrocedió.

Evie volvió a mirarme. La tensión ya no nacía del forcejeo, sino del silencio que quedó después de mi disculpa.

Incliné apenas la cabeza, lo suficiente para preguntarle sin tocarla.

Ella no se apartó.

Un destello iluminó el corredor.

Después otro.

Una figura se ocultó detrás de una columna.

—¡Deténganlo!

El intruso corrió hacia una puerta lateral. Bash apareció con dos guardias y salió tras él.

El teléfono del intruso mostraba una luz roja: había transmitido en directo.

Los teléfonos comenzaron a vibrar antes de que Bash alcanzara la puerta.

Mostraba a Evie acusándome de querer obediencia y a mí bloqueándole el paso. Terminaba antes de que atendiera su herida.

#AdrienAmenazaAEvie.

Naomi apareció acompañada por la representante de VANTA. Era alta, de cabello negro cortado junto a la mandíbula y una presencia protectora que se hizo evidente cuando rodeó los hombros de Evie.

—¿Qué le hizo? —preguntó la representante.

—No la amenacé.

Evie sostuvo mi mirada.

—Pero diste la orden de cortar la presentación.

—Había una alerta —explicó Bash—. Intentaba protegerlas.

—Entonces díganlo públicamente —respondió Naomi.

Nadie habló.

No podíamos revelar la brecha mientras el intruso continuara libre.

Evie comprendió.

—Claro —murmuró—. La verdad también es confidencial.

Los guardias comenzaron a escoltarlas.

—Mi pañuelo —dije.

Evie miró la tela alrededor de su mano.

—Ahora es evidencia.

—¿De qué?

Sus ojos descendieron hasta mi boca.

—Todavía no lo decido.

Se alejó.

Julian apareció a mi lado. Delgado, impecable y rígido dentro de un traje oscuro.

—Señor, el rey solicita su presencia.

—¿España respondió?

—Aceptaron las condiciones preliminares. Isabella llegará la próxima semana.

Evie volvió la cabeza desde el extremo del corredor.

No sabía cuánto había escuchado.

Nuestros ojos se encontraron.

La cautela en sus ojos duró más que el deseo.

Fue suficiente para recordarme que todavía no me debía nada.

Antes de que la sangre se secara en mi mano, mi familia ya había comenzado a negociar un futuro en el que Evelyn Han no tenía cabida.