CAPÍTULO 1 #2
Las luces disminuyeron. El cuarteto dejó de tocar y los invitados se volvieron hacia el escenario con una sincronización capaz de provocar envidia en un pelotón militar.
Cinco mujeres aparecieron entre luces blancas y destellos plateados.
Beatrice aplaudía desde la primera fila.
—La del centro es Evelyn Han —explicó Bash—. Vocalista principal, compositora y productora.
—¿Eso debería significar algo?
—Solo para quienes han participado en la sociedad durante los últimos cinco años.
Observé el escenario con el interés educado que me habían inculcado desde la infancia.
Mirar sin parecer fascinado.
Sonreír sin mostrar diversión.
Aplaudir con suficiente entusiasmo para satisfacer a la prensa, pero no tanto como para producir titulares sobre una obsesión principesca.
Entonces la vi.
Evie ocupaba el centro.
Era más baja de lo que parecía en las pantallas. La postura recta y las botas negras de tacón añadían altura a una figura esbelta, firme y más atlética de lo que permitía adivinar el vestido. La tela oscura se ajustaba a su cintura y adquiría reflejos azules cada vez que giraba.
Tenía el cabello negro, largo y brillante, los pómulos definidos y unos ojos casi negros, ligeramente rasgados, que parecían demasiado intensos para la serenidad de su rostro.
Era hermosa.
Pero las mujeres hermosas abundaban en los palacios. Las seleccionaban, maquillaban y distribuían alrededor de mi familia desde antes de que yo tuviera edad suficiente para comprender por qué todas se reían de mis bromas.
Lo que me inmovilizó fue su expresión.
Evelyn Han parecía furiosa.
No de la manera escandalosa que la prensa podía fotografiar. Su rabia estaba enterrada bajo una sonrisa perfecta, escondida en la tensión de los hombros y en la precisión casi violenta con la que marcaba cada movimiento.
Sonreía como sonreíamos nosotros: porque alguien había incluido aquella sonrisa en el contrato.
—Te gusta —murmuró Bash.
—Ni siquiera ha empezado a cantar.
—No estaba hablando de su voz.
—Qué observador. Por eso te confiaban aeronaves multimillonarias.
La música comenzó.
La voz de Evie atravesó el salón y silenció las conversaciones residuales.
No solo era hermosa o técnicamente perfecta. Parecía arrancada de un lugar que nadie debía tocar. Había dolor dentro de ella, una grieta que la perfección de su postura no conseguía ocultar.
No solicitaba atención.
La tomaba.
Evie avanzó hacia el centro del escenario.
Un punto rojo apareció sobre su vestido.
Fue pequeño e inestable, casi invisible entre las luces.
Desapareció antes de que pudiera convencerme de haberlo visto.
Dejé la copa.
—Bash.
Mi tono bastó para que se enderezara.
—¿Qué?
—Estructura norte. Segundo foco.
Una silueta oscura se distinguía detrás de los equipos de iluminación. El hombre no llevaba el chaleco gris de los técnicos.
Levantó un objeto. No sabía si terminaba en una lente o en un cañón.
Bash presionó el auricular.
—Equipo norte, identifiquen al individuo de la plataforma.
El punto rojo reapareció.
Esta vez quedó inmóvil sobre la clavícula de Evie.
Cerré la mano alrededor de la copa. El cristal cedió con un chasquido y el dolor llegó un segundo después.
—Corten la transmisión. Protocolo de extracción.
Bash ya tenía dos dedos sobre el auricular.
—Equipo norte, cortamos en tres.
Mientras él transmitía la orden, crucé el salón sin sentir el vidrio hundido en mi palma.
La música murió en mitad de una nota.
Las pantallas se apagaron.
Y bajo el único foco que continuaba encendido, Evie Han se quedó completamente sola.
Durante un segundo, Evie no se movió.
El silencio cayó sobre el salón con una violencia mayor que la música. Las otras integrantes buscaron instrucciones hacia los laterales. Un técnico agitó los brazos y otro golpeó inútilmente una consola.
Desde la plataforma norte, la silueta desapareció.
—Cierren las salidas de servicio —ordenó Bash por el auricular—. Dos equipos a la estructura y uno detrás del escenario.
Dos agentes atravesaron el salón.
Evie continuaba bajo el foco.
Vi el instante exacto en que comprendió que algo había salido mal.
Su pecho se elevó demasiado rápido. Los dedos se cerraron contra la falda y el miedo apareció desnudo en sus ojos.
Desde un lateral le indicaron que abandonara el escenario.
No obedeció.
Alzó el micrófono, aunque ya no funcionaba, y continuó cantando.
Sin música.
Sin amplificación.
Sin saber que alguien acababa de apuntarle desde las alturas.
Su voz llegó hasta nosotros, más baja, pero perfectamente firme. Naomi Park se situó a su lado y se unió. Las otras tres hicieron lo mismo.
Evie avanzó hasta el borde del escenario. El cabello se movió sobre sus hombros y una de sus manos tembló cuando la levantó, pero su voz no falló.
Cantó como si el silencio fuera una provocación personal.
Como si el mundo acabara de desafiarla y ella estuviera demasiado furiosa para perder.
Los invitados dejaron de moverse.
Yo también.
No porque hubiera olvidado al hombre de la plataforma.
Porque durante un instante no pude apartar los ojos de ella.
Cuando terminó, el silencio duró un latido.
Después el salón estalló.
Los invitados se pusieron de pie. Beatrice aplaudía con ambas manos sobre la cabeza. Mi madre sonrió. Incluso mi padre permitió que una expresión cercana a la aprobación alterara su rostro.
Yo no aplaudí.
La sangre de mi palma cayó sobre el suelo.
Bash regresó.
—Perdimos al individuo.
—Cierren el palacio.
—Eso provocará pánico.
—Háganlo discretamente.
—¿Estás seguro de lo que viste?
Miré a Evie.
Sus compañeras la rodeaban mientras ella sonreía para las cámaras. El gesto era impecable, pero sus manos seguían temblando.
—Había un punto de mira sobre ella.
La expresión de Bash cambió.
Tomé el auricular de un guardia.
—Retiren a VANTA y llévenlas a la sala segura del ala este.
—¿Qué explicación debemos dar?
—Ninguna. Háganlo.
Los agentes se aproximaron al escenario.
Evie levantó la mirada hacia el balcón.
Nuestros ojos se encontraron.
Vio la sangre en mi mano, el auricular y los guardias que avanzaban hacia ella.
Comprendió quién había dado la orden.
Su miedo se convirtió en rabia.
Y por primera vez aquella noche tuve la certeza de que algo podía resultar más peligroso que el hombre de la plataforma.
* * *
Veinte minutos después, seguridad todavía no había encontrado al intruso.
En la estructura descubrieron un soporte metálico y residuos de un dispositivo óptico. Las cámaras del sector norte habían dejado de funcionar seis minutos antes de la presentación. No podían determinar todavía si se trataba de una mira, una cámara modificada o ambas cosas.
Alguien había planificado aquello.
VANTA debía permanecer en una sala protegida.
Debía.
—Una de las integrantes salió después de que alguien abriera la puerta desde fuera y asegurara que su representante la esperaba en el corredor —informó Bash.
La descripción de aquel supuesto agente no coincidía con ninguno de los nuestros. No necesité preguntar qué integrante había seguido la indicación.
Encontré a Evie en un corredor privado.
Estaba apoyada junto a una ventana, descalza, con los ojos cerrados. Respiraba siguiendo una secuencia deliberada.
Cuatro segundos al inhalar.
Cuatro al contener.
Cuatro al soltar.
Retrocedí para concederle privacidad.
Mi zapato rozó el suelo.
Evie abrió los ojos.