Una corona de mentiras (Una corona de mentiras 1)
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CAPÍTULO 1
La mujer que no sabía inclinarse
La noche en que conocí a Evelyn Han, contemplaba tres formas distintas de escapar del palacio.
La primera incluía una puerta de servicio, un abrigo robado y la dignidad necesaria para sobornar a un conductor.
La segunda consistía en fingir un desmayo. Tenía práctica cayendo de manera convincente durante actos oficiales, aunque mi madre aseguraba que un príncipe inconsciente seguía siendo un príncipe obligado a sonreír cuando despertaba.
La tercera era arrojarme desde el balcón.
No habría muerto. Estábamos en un primer piso.
Pero el escándalo habría valido la pena.
Apoyé una mano en el marco de la ventana y contemplé el jardín oscurecido. Más allá de los cristales, las ramas desnudas se agitaban bajo el viento de Londres. Dos agentes recorrían el sendero exterior con abrigos negros y auriculares transparentes.
Solo necesitaba calcular el momento exacto en que ambos miraran hacia otra dirección.
—Si continúas observando esa ventana —dijo Bash a mi lado—, la gente pensará que estás considerando suicidarte.
Tomé una copa de champán de la bandeja de un camarero.
—Lo estoy considerando.
—Es un primer piso.
—Estoy desmotivado, no mal informado.
Sebastian Laurent, vizconde de Westbury, exoficial de la Real Fuerza Aérea y actual desgracia de una familia aristocrática con demasiados retratos al óleo, se acomodó el nudo de la corbata.
Lo había hecho cuatro veces desde que llegamos y el resultado continuaba pareciendo una declaración de guerra contra la seda.
Bash era casi tan alto como yo, aunque sus hombros anchos y su antigua postura militar conseguían hacerlo parecer más grande.
Llevaba el cabello castaño claro cortado demasiado corto y tenía los ojos azules, la mandíbula cuadrada y una nariz torcida desde que un compañero de la RAF decidió golpearlo durante una discusión sobre una mujer.
Bash aseguraba haber ganado.
Su nariz decía lo contrario.
—Podrías romperte una pierna —señaló—. Quizá dos, si aterrizas con entusiasmo.
—¿Eso me libraría de la cena del martes?
—Tu padre trasladaría la cena al hospital.
Miré hacia el otro extremo del salón.
El rey Edmund IV conversaba con un embajador bajo un candelabro que había sobrevivido a dos guerras, tres incendios y al sentido decorativo de mi bisabuela.
Mi padre era alto, de cabello completamente gris y facciones tan severas que hasta sus fotografías de infancia parecían decepcionadas.
Había heredado los ojos azules de su familia y la capacidad de utilizarlos como una sentencia judicial.
Asentía mientras el embajador hablaba, con una mano escondida detrás de la espalda. Parecía estar decidiendo el futuro de Europa.
Probablemente hablaban de caballos.
A su lado, mi madre escuchaba a la esposa del embajador.
La reina Helena llevaba un vestido color plata y el cabello rubio ceniza recogido en un moño perfecto.
Era delgada, elegante y hermosa de esa manera distante que obligaba a las personas a corregir la postura cuando ella entraba en una habitación.
Sonreía con delicadeza, inclinaba la cabeza en el momento preciso y conseguía que cada persona frente a ella se sintiera como el único ser humano del salón.
Era uno de sus talentos más peligrosos.
—Te está mirando —advirtió Bash.
—Mi madre siempre me está mirando.
—Me refería a tu padre.
—Él siempre está decepcionado. Es su manera de fortalecer los músculos faciales.
Bash ocultó una sonrisa detrás de la copa.
—Tal vez deberías dejar de provocarlo durante una noche.
—¿Y privarlo de una de sus pocas fuentes de alegría?
Una mujer de cabello blanco se acercó apoyándose en un bastón ornamentado. Reconocí a la duquesa de Ashcombe dos segundos antes de que me golpeara el tobillo con él.
—Príncipe Adrien.
Me incliné para besar su mano.
—Duquesa. Está especialmente armada esta noche.
—A mi edad, todo accesorio debe cumplir dos funciones.
Sus ojos recorrieron mi traje.
Julian había elegido un esmoquin negro, camisa blanca y una pajarita que llevaba treinta minutos queriendo arrancarme. Mi cabello oscuro ya se había soltado del peinado aprobado por el Palacio y un mechón caía sobre la cicatriz que atravesaba mi ceja izquierda.
La duquesa alzó el bastón y apartó el mechón.
—Debería mostrarla —dijo—. Es lo único que evita que parezca fabricado por un comité.
—Mi madre opina lo contrario.
—Su madre cree que hasta las tormentas deberían solicitar autorización.
Miró a Bash.
—Vizconde.
—Duquesa.
—¿Continúa evitando el matrimonio?
—Con notable éxito.
—Y usted —volvió a mí—, ¿cuándo piensa sentar cabeza?
—La decapitación ha caído en desuso.
Bash tosió.
La duquesa sonrió.
Mi madre, desde el otro extremo del salón, también.
La diferencia era que la duquesa se encontraba divertida.
Yo sabía que pagaría por la sonrisa de mi madre más tarde.
Cuando la anciana se alejó, Bash negó con la cabeza.
—A veces pienso que deseas que te deshereden.
—No pueden desheredar aquello que nunca heredará.
La frase fue más amarga de lo previsto.
Bebí champán para ocultarlo.
Aquella noche, Kensington rebosaba de políticos, aristócratas, empresarios y celebridades cuidadosamente distribuidas para que ninguna fotografía pareciera demasiado frívola.
Los camareros se movían entre ellos con bandejas de plata.
Un cuarteto interpretaba música junto a las puertas del jardín y el perfume de cientos de flores competía con el de cientos de personas demasiado ricas.
La gala recaudaba fondos para programas de salud mental juvenil.
Era una causa admirable.
La Corona había decidido apoyarla llenando un salón con personas emocionalmente incapaces de mantener una conversación sincera.
Mi hermano Alexander debía presidir el evento.
Una indisposición, según el comunicado oficial.
Agotamiento, según mi madre.
Otro ataque de pánico, según el mensaje que Alexander me había enviado a las cuatro de la madrugada antes de pedirme perdón por obligarme a reemplazarlo.
Alexander tenía treinta y cuatro años, tres más que yo. Había heredado el cabello castaño de nuestra madre, sus facciones armoniosas y la clase de ojos azules que inspiraban confianza incluso cuando mentía. Durante toda nuestra vida había sido el hermano sensible, responsable y querido.
Yo era el otro.
El de cabello negro que jamás permanecía peinado, ojos grises que los periódicos describían como fríos y una cicatriz que mi madre exigía retocar en las fotografías oficiales.
Con mi metro ochenta y ocho y mi incapacidad para sonreír cuando correspondía, parecía más un problema de seguridad que un príncipe.
Como segundo hijo, mi existencia consistía en estar disponible cuando el primero no podía presentarse.
No era el heredero.
Solo la pieza de repuesto que debía permanecer limpia, sobria y medianamente funcional dentro de su caja.
—¿Alexander volvió a escribirte? —preguntó Bash.
—Hace una hora.
—¿Cómo está?
—Avergonzado.
—No he preguntado cómo se siente.
—En mi familia rara vez distinguimos ambas cosas.
Saqué el teléfono.
El último mensaje de mi hermano seguía sin respuesta.
Lo siento. Sé que tenías otros planes. Te debo una.
Mis otros planes consistían en cenar solo y dormir antes de medianoche.
Aun así, lo había dejado esperando.
No porque estuviera enfadado.
Porque Alexander siempre pedía disculpas de una manera que terminaba obligándome a consolarlo.
Guardé el teléfono sin responder.
Aquella noche, sin embargo, él no era la única preocupación de nuestros padres.
A las diez esperábamos una respuesta privada de la Casa de Valcázar.
No conocía todas las condiciones. Solo sabía que incluían visitas oficiales, una agenda compartida y a la princesa Isabella de España sonriendo junto a mí frente a suficientes cámaras para convencer al mundo de que dos personas podían enamorarse mediante un memorándum diplomático.
Mi padre lo llamaba acercamiento entre coronas.
Yo lo llamaba prostitución con protocolo.
Había estudiado Negocios Internacionales en la universidad y cometido el error de demostrar que comprendía tratados, inversiones y negociaciones multilaterales.
Desde entonces mi familia utilizaba mi formación para obligarme a participar en acuerdos que afectaban mi vida, mientras fingía que aquello significaba que me habían consultado.
—¿Alguna noticia de España? —preguntó Bash.
—Si la hubiera, ya estarían midiéndome para las esposas ceremoniales.
—Isabella es hermosa.
—También lo es una guillotina con iluminación adecuada.
—Culta, inteligente, futura reina…
—Empiezo a sospechar que mi padre te paga.
—No podría permitirme.
Una mano pequeña tiró de la parte posterior de mi chaqueta.
Me volví.
Beatrice me observaba con una expresión acusadora.
Mi hermana tenía diecinueve años, el cabello rubio ceniza de nuestra madre y mis ojos grises.
Apenas superaba el metro sesenta, pero compensaba su estatura caminando como si cada habitación ya le perteneciera.
Llevaba un vestido azul oscuro, pendientes de diamantes y zapatillas deportivas ocultas debajo de la falda.
—No hagas comentarios sobre VANTA —advirtió.
—Buenas noches para ti también.
—Lo digo en serio.
—¿Cuándo he humillado voluntariamente a un invitado?
Beatrice y Bash me miraron.
—No responderé en presencia de testigos —añadí.
Mi hermana se colocó entre ambos y corrigió mi pajarita tirando de ella con más fuerza de la necesaria.
—Son embajadoras de la campaña juvenil. Evie Han compuso la canción principal y donó los derechos internacionales.
—Qué conveniente. Ya no tendré que fingir que sé quién es.
—Te envié cinco videos.
—Me envías demasiadas cosas.
—Eran importantes.
—También dijiste eso sobre un perro que llevaba zapatos.
—Ese perro tenía más seguidores que tú.
Beatrice terminó de ajustar la pajarita y me dio una palmada sobre el pecho.
—Compórtate.
—No sé por qué todos continúan esperando eso.
Se alejó hacia la zona reservada para los invitados jóvenes.
Bash siguió su movimiento.
—Tu hermana da miedo.
—Es la única Hawthorne honesta sobre sus intenciones.
Una oleada de aplausos interrumpió la conversación.