Una conexión imprevista CAPÍTULO 40 JACKSON
99%

CAPÍTULO 40 JACKSON

El disfraz de tortuga está intentando matarme.

Es, por lo menos, dos tallas más pequeño, y no corre el aire. Me estoy asando vivo bajo los focos potentes del plató, con el mando de Delilah en la palma de la mano. La decisión de ponerme el disfraz de tortuga ha sido de última hora, y la verdad es que me arrepiento un poco, pero en fin.

De pie delante de un mapa del tiempo con un caparazón de tortuga en la espalda, miro fijamente las profundidades insondables de la cámara de Mark mientras Keith recorre el estudio como un animal salvaje.

No puede interrumpirme cuando estoy en directo sin parecer un idiota, así que lo único que tengo que hacer es seguir en directo.

He tenido mejores ideas, pero sin duda también las he tenido peores.

Lo único que me importa es que Delilah disponga del tiempo que necesita para hablar con Ava.

Coser y cantar.

O lo sería si hubiera tenido algún tipo de guion al entrar en el plató.

Me ha tocado seguir todos los pensamientos errantes que me cruzan la mente, incluyendo la historia de los científicos antiguos.

Por una vez, no estoy intentando reprimir mis divagaciones meteorológicas. Me inclino hacia delante.

—Daniel Gabriel Fahrenheit fue…, mmm… —Junto a la cámara, Keith gesticula frenéticamente mientras intenta echarme, con la cara roja como un tomate y furioso.

Le hago una peineta disimulada. Delilah dijo que la cámara enfoca de la cintura para arriba, ¿no?

Bueno, supongo que ya no importa—. Fahrenheit fue un científico alemán.

Nació en 1686. Y mientras que a mediados del siglo xx la mayor parte del mundo adoptó el sistema Celsius…

—Jackson —me interrumpe Simone desde la mesa del informativo, con la barbilla apoyada en la mano y cierta risa en la voz—. ¿Podrías decirnos qué podemos esperar de las lluvias de esta tarde y no hablar de viejos científicos alemanes?

Agradezco que me reconduzca.

—Ah, sí. Claro. Gracias, Simone. —Entrecierro los ojos para mirar la pantalla de referencia a la derecha de la cámara y me recoloco las gafas.

La correa del caparazón de tortuga se me clava en el cuello.

Es una pesadilla sensorial—. Parece que hay un treinta por ciento de probabilidades de lluvia.

Significa que hay un treinta por ciento de probabilidad estadística de que caigan al menos 0,01 centímetros cúbicos de lluvia en cualquier punto dentro del área de pronóstico durante el período especificado.

No se trata de cuánta área recibirá lluvia, sino de la probabilidad de lluvia en ese lugar específico.

Esa es una… una idea errónea muy común sobre los pronósticos.

Keith se coloca justo delante de la pantalla que debería estar leyendo para tapármela.

Nos miramos a los ojos. No aparto la mirada.

Cuando empezamos con la colaboración, Delilah me dijo que fingiera que hablaba con mis hermanas.

Pero ahora mismo no pienso en Penelope ni en Adeline.

Pienso en Delilah, en su trineo con forma de dónut y en su coche rosa pálido con el parachoques abollado.

Pienso en cómo se acurruca entre mis sábanas y en cómo se le entrecorta la respiración cuando se emociona.

En el micrófono que sujeta con una mano.

En la caja rebosante de cosas que no le cabe en el maletero.

—No es ningún secreto que no soy yo quien debería estar informando del tiempo ahora mismo. —Aparto la mirada de Keith y miro a la cámara—. Delilah debería estar aquí.

En el plató reina un silencio casi inquietante. Puedo oír el fuerte latido de mi corazón.

—Tampoco debería sorprenderos que yo no haya mejorado mucho en esto en las últimas semanas. Creo que siempre seré un desastre cuando se trata de hablar en público. —Levanto los brazos y los bajo—. Pero quería intentarlo. Por Delilah. Porque ella siempre lo intenta, incluso cuando es difícil.

Detrás de la cámara, una puerta se abre y se cierra suavemente. Delilah está de pie en el borde de la luz demasiado brillante que emana del plató, parpadeando sorprendida. Veo que mueve la boca, pero no consigo oír lo que dice.

—He cometido muchos errores —le digo a la cámara.

Se lo digo a ella al ver cómo se le suaviza el rostro—.

Y creo que subestimar a Delilah Stewart podría ser el peor de ellos.

Pero os prometo que no volveré a cometer ese error.

—Ella entrelaza las manos, y durante un segundo olvido que estoy en directo.

Hasta que Simone se aclara la garganta desde el otro lado del plató y me obligo a volver a concentrarme en la cámara—.

No la merecemos, Baltimore, pero vamos a hacer lo que podamos.

¿De acuerdo? —Junto las manos—. De acuerdo.

Allá vamos. Cielos parcialmente soleados.

Quizá. No sé, la verdad. Leed el Almanaque del Granjero.

Lanzo el control remoto por encima del hombro y salgo del plató dirigiéndome directamente hacia Delilah.

La agarro de la muñeca y la arrastro conmigo ignorando a la multitud que nos rodea.

Por lo visto, todos los trabajadores han venido al plató a presenciar el parte del tiempo, y un último ataque me pone de los nervios.

Keith grita el nombre de Delilah, pero no miro hacia atrás.

La animo a apresurarse, la sitúo delante de mí y bloqueo su cuerpo con el mío.

Gianna se encargará de Keith. Estoy seguro de que a Mark le encantaría verlo.

Al final, me detengo entre una pila de altavoces viejos y una puerta cualquiera, un pasillo estrecho y apartado. Aquí hay silencio. Es la máxima intimidad que podemos conseguir en un estudio de televisión en pleno directo.

Delilah me mira fijamente, con el cuerpo pegado al mío.

—Llevas puesto el disfraz de tortuga —susurra.

Asiento.

Una risa ahogada y húmeda se le escapa de los labios.

—¿Por qué llevas puesto el disfraz de tortuga?

Le rodeo las muñecas con los dedos y acaricio con los pulgares el punto donde se le marca el acelerado pulso. Hemos compartido muchas cosas, pero esto es diferente. Es como abrir una puerta que da a un pasillo que nunca me he atrevido a explorar. Respiro hondo y luego exhalo lentamente.

—Porque quería que supieras que ya no tienes que estar sola nunca más. —Flexiona los dedos, y deslizo las manos hacia arriba hasta que juntamos las palmas. Entrelazo nuestros dedos—. Quería que supieras que, si tienes que disfrazarte de tortuga, yo también me voy a disfrazar de tortuga.

Tiene los bonitos ojos húmedos y brillantes.

—No hagas ninguna promesa. Puede que vuelva a ponerme disfraces de tortuga.

—¿Has recuperado tu trabajo?

Delilah asiente, con orgullo reflejado en el rostro bajo la tenue luz de este pasillo trasero tan estrecho.

—Ava me lo ha ofrecido. Me ha asegurado que se encargaría de Keith. Jubilación anticipada. —Resopla—. Es más de lo que se merece, la verdad, pero lo acepto. Resulta que cuando quiero puedo ser firme.

—Claro que sí —me río—. Llevas practicando varias semanas, dándome todo tipo de problemas.

Su rostro se suaviza.

—Te gustan mis problemas —susurra.

Lo dice como si fuera un secreto o una confesión, y oigo todas las palabras que llenan el silencio. «¿Cuánto tiempo más vas a querer aguantar mis problemas?».

Todo este tiempo, Delilah ha sido la valiente, la fuerte, la resiliente. Quizá ahora me haya llegado el turno.

—Sí —digo—. Me gustan. —Me aseguro de que me mire al añadir—: Me gustarán siempre.

Se acerca más y me apoya la barbilla en el pecho. Una lágrima le rueda por la mejilla, y luego otra.

—Siempre —susurra.

Le suelto las manos para poder acariciarle la cara, deseando con todas mis fuerzas sentir su contorno bajo las palmas. Con los pulgares seco esas malditas lágrimas.

—Esta mañana, cuando me ponía el disfraz de tortuga, estaba pensando en lo que siempre dices —comento—. Al final de cada directo. «Y, ahora, devolvemos la conexión».

—Sé que es una tontería, pero…

—No. —Niego con la cabeza—. No es una tontería.

Es algo tuyo. —Tengo que tragar saliva para contener la opresión.

La certeza de que es verdad. De que es lo correcto.

De que este es exactamente el lugar donde debo estar—.

Pero estaba pensando en eso y en todos los encontronazos que hemos tenido a lo largo de los años.

El incidente del pudín. El aparcamiento.

La vez que me rompiste el retrovisor con un palo de hockey .

—¿En serio?

—Sí. —Asiento mientras le aparto un mechón de pelo de la cara—.

Es como si…, es casi como si el universo me devolviera a ti.

O como si te pusiera directamente en mi camino.

Y ahora —digo con una sonrisa— estoy contigo de nuevo.

Cada percance, cada accidente, cada… —Me río—.

Cada choque en el pasillo y cada café derramado.

Siempre he terminado volviendo a ti. Eres el final de todas las frases, Delilah.

Es que he sido demasiado terco para verlo.

Le tiembla el labio inferior antes de mordérselo.

—Dijiste que no crees en el destino.

—Pero en ti sí —musito—. Te lo juro por Dios, Delilah. Creo muchísimo en ti.

Arruga el rostro y contrae la nariz; se le forma así una pequeña y adorable hendidura entre las cejas.

—No llores —me río.

—Pues no me digas esas cosas. —Sorbe con la nariz y se recompone con la respiración entrecortada—. ¿Significa que podrías quererme? —me pregunta—. ¿Algún día? Porque lo que siento por ti, Jackson, es…

La interrumpo con un beso. Le levanto la barbilla con el pulgar y… Soy demasiado brusco y estoy un poco desesperado, pero siento que todo el cuerpo me vibra.

Me echo atrás y Delilah me sigue. Nos rozamos con la nariz, y me inclino para darle otro beso en la boca. Dos, porque puedo.

—Sí —susurro, y ella suspira algo dulce—. Puedo quererte en las montañas y puedo quererte en Baltimore. Ya verás lo bien que lo voy a hacer.

Se echa a reír y me llena la cara de besos. Me besa las mejillas, la barbilla, la punta de la nariz y el puente de las gafas.

—¿Y ahora? —me pregunta, aferrándose a mí con fuerza.

—Estaremos juntos —respondo rodeándola con los brazos. La acerco más hasta sentir su corazón pegado al mío—. Estaremos juntos siempre.