Una conexión imprevista CAPÍTULO 39 DELILAH
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CAPÍTULO 39 DELILAH

Me inclino hacia delante en el asiento y miro por el parabrisas de mi coche.

—¿Estás segura de que ella estará allí?

Gianna se sienta encima de los pies en el asiento del copiloto, tan tranquila. Ha recostado el respaldo hasta el máximo y tiene una bolsa de Doritos abierta en el pecho.

—Ya está allí.

—¿Qué? —Giro tan rápido la cabeza hacia ella que me cruje el cuello—. ¿A qué te refieres?

—Su reunión con Keith ha empezado hace quince minutos. —Gianna se mete una patata en la boca.

—¿Cómo? Pensaba que estábamos aquí para vigilar.

—Yo pensaba que te apetecía picar algo en el coche. —Gianna se encoge de hombros.

—Gianna —siseo—. Esto no forma parte del plan.

—¿Cómo que no? Este es el plan. —Me señala con un dedo cubierto de fragmentos de Doritos—.

Llevar a Ava Monro hasta el despacho. —Agarra otra patata—.

Tropezarte sin querer con ella al ir a recoger el resto de tus cosas.

—Levanta el pulgar—. Atraerla hasta una sala de reunión para que puedas contarle la verdad.

—No utilices el verbo «atraerla». —Aparto sus dedos de un manotazo—. Haces que parezca una psicópata.

—Vale. «Animarla» a mantener una reunión contigo.

—Pero está reunida con Keith. —Le doy otro manotazo.

Gianna me devuelve el golpe y se gira, apretándose las patatas fritas contra el pecho.

—Debía tener una razón para venir a la cadena, ¿no? Le envié un correo falso de Keith para organizarlo.

—¿Y cómo esperas que diga la verdad si Keith está ahí desacreditando todo lo que digo?

—No estará ahí. —Pone los ojos en blanco.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Porque forma parte del plan. —Mark aparece en la ventana principal del canal de noticias y hace una serie de gestos complicados con las manos.

Gianna resopla y, muy a regañadientes, le devuelve el gesto con el pulgar hacia arriba—.

Este hombre y su necesidad de códigos —murmura—.

Podría haberme mandado un mensaje de texto.

—Se agacha e incorpora el asiento rápidamente—. Muy bien. Vamos.

—¿Vamos? —Parpadeo—. ¿Ahora mismo?

Gianna ya está medio fuera del coche.

—Sí. Vamos. Dispones de muy poco tiempo.

La sigo a toda prisa, con la ansiedad oprimiéndome los pulmones.

—¿A qué te refieres? No habíamos dicho que fuese a disponer de muy poco tiempo.

El plan original era toparme con Ava en la oficina durante una reunión rutinaria de presupuesto y convencerla de que me devolviera el empleo. Tengo una carpeta llena de datos y testimonios, y una nota adhesiva con la frase « Exige más » escrita a mano.

Sigo a Gianna por el aparcamiento, resistiendo la tentación de esconderme detrás de las farolas y los cubos de basura como si estuviera en una película de espías.

—Pensaba que Keith hoy tenía cita con el dentista —susurro.

Era la única razón por la que me he sentido cómoda con el plan. No quiero verlo.

—Su cita con el dentista se ha cancelado. —Gianna abre la puerta de la cadena. Mark nos esperaba y nos indica en silencio que vayamos en la dirección opuesta a la que deberíamos. Gianna me mira por encima del hombro—. Hemos hecho un cambio de plan.

—¿«Hemos»? ¿Quiénes? —siseo. «¿Cuándo se ha decidido? ¿Por qué nadie me ha avisado?».

La mirada de Gianna se suaviza mientras nos apresuramos por un pasillo.

—Confía en mí, ¿vale? —Me agarra la mano—. Lo tenemos todo bajo control.

—¿Dónde está Jackson?

Gianna tuerce los labios. Veo una leve sonrisa en sus ojos.

—Está ejecutando su papel en el plan.

—¿Tiene un papel?

—Ha sido idea suya.

Voy a ciegas. Nada está saliendo como lo había planeado. Mark me sujeta del brazo y me lleva a una habitación cualquiera. Gianna nos sigue enseguida y cierra la puerta de golpe tras de sí.

Miro a mi alrededor, desconcertada.

—¿Eso de ahí es un cangrejo?

Hay un disfraz de mascota tirado en un rincón, con la cabeza ladeada y patas de cangrejo que sobresalen de las mejillas como una especie de monstruo de Frankenstein acuático. Una de las pinzas sostiene un micrófono. La verdad es que me sorprende que Keith nunca me haya hecho usarlo en directo.

—Ah, sí. En los ochenta la cadena de televisión tuvo una mascota que duró muy poco. Aquí es donde se guarda ahora.

Me quedo mirando el grotesco montón arrugado en el suelo.

—¿Cuánto duró?

—Salió en un directo, y la indignación de los espectadores fue inmediata y unánime. —Chasquea los dedos delante de mi cara—. Concéntrate. Ava estará aquí dentro de un minuto. ¿Estás preparada?

—¿Va a venir a la habitación del cangrejo?

—Delilah.

—Bueno, supongo que estoy preparada. —Me aferro a mi carpeta—. ¿Os estáis encargando de Keith?

Mark no levanta la vista de su teléfono y mueve los pulgares frenéticamente.

—La distracción está lista.

—¿Qué distracción?

—Madre mía, Delilah. Haces muchas preguntas y ninguna es la correcta. —Gianna me agarra de los hombros—. Ha habido algunos ajustes, pero tu parte del plan no ha cambiado. Hazlo exactamente como lo hemos practicado. Recupera tu trabajo. Acaba con Keith. —Me sacudió—. Sé la heroína.

—Te has puesto un pelín dramática.

—Tan dramática como debe ser.

Alguien llama a la puerta. Tres golpes rápidos y suaves. Gianna la entreabre, y Maggie asoma la cabeza.

—Ava estará recorriendo el pasillo dentro de tres minutos —susurra—. Todos están en sus puestos. —Me dedica una sonrisa—. Buena suerte, Delilah.

—Esa es nuestra señal. —Gianna agarra a Mark por la muñeca y empieza a sacarlo de la habitación—. Cuenta hasta treinta y luego camina por el pasillo hacia tu mesa. Haz que parezca un accidente, ¿de acuerdo?

Asiento. Esta parte del plan la recuerdo. Teníamos que fingir que iba a recoger el resto de mis cosas y luego me encontraba con Ava en el pasillo.

Mark, Gianna y Maggie se marchan a toda prisa, y la puerta se cierra con un chasquido tras ellos.

Respiro hondo, aguanto la respiración dos segundos y luego expulso el aire.

Cierro los ojos con fuerza. Por mucho que adore a Gianna, ojalá hubiera sido Jackson quien hubiera esperado conmigo en el coche.

Quizá podría haberme besado él a mí para distraerme esta vez.

—Como una lámpara —susurro para mí misma, empezando a contar lentamente hasta treinta. Oigo unos tacones resonando en el pasillo a los veintisiete, y salgo con sigilo, con la carpeta bajo el brazo.

Ava Monroe es la viva imagen de la elegancia profesional. Una elegante melena corta gris. Delineador de ojos oscuro. Jersey verde y una elegante falda de tubo. Un destello de sorpresa le cruza el rostro antes de que pueda controlar la expresión.

—Delilah —dice. Su voz baja retumba melódica en el pasillo vacío—. Menuda sorpresa.

—Hola, Ava. —Aprieto mi carpeta con tanta fuerza que arrugo la gruesa cartulina—. Esperaba poder robar un minuto de tu tiempo.

—Me extrañaba que me hubieran convocado a una reunión de emergencia sobre el presupuesto de la que, por lo visto, Keith no tenía ni idea. —Una atípica sonrisa ilumina el rostro serio de Ava—. Aunque debo decir que he disfrutado viéndolo histérico en el despacho, buscando algo que presentarme.

—Siento que haya habido tanto… subterfugio —aprieto los labios para contener una sonrisa—, pero quería tener la oportunidad de hablar contigo. Sin interrupciones.

—Ya lo veo —dice señalando la carpeta que está debajo de mis manos—. Muy bien, señorita Stewart. ¿Qué quieres contarme?

Miro la carpeta que contiene las pruebas que hemos reunido en contra de Keith.

Gianna y yo ensayamos mis argumentos. El orden en el que revelaría todos los hechos.

Sé exactamente lo que se supone que debo decir, pero al final opto por apoyar las palmas de las manos en la cerrada carpeta.

Estoy harta de intrigas y de conspiraciones.

Llevo semanas devanándome los sesos e intentando ser una versión casi perfecta de mí misma para compensar todos los errores que he cometido. Pero no necesito ser perfecta.

Solo tengo que intentarlo.

—¿Sabes por qué quería ser meteoróloga?

Ava se recuesta en la silla destrozada a la que le falta un reposabrazos, con la majestuosidad de una reina en su trono.

—¿Por qué?

Suspiro hondo y reúno el valor.

—Cuando era pequeña, mi abuelo ponía el parte del tiempo mientras me preparaba para ir a clase.

El pronóstico de cinco días fue la banda sonora de cada tazón de cereales medio blandos que me comí entre los cinco y los dieciocho años.

Todo mi día giraba en torno a esos pronósticos.

Qué ponerme. Qué esperar. Pero ¿sabes cuál era mi parte favorita?

Ava niega con la cabeza, con expresión indescifrable. Es fácil entender cómo llegó a ser la directora de una potencia de las telecomunicaciones. Irradia una energía tranquila y competente.

Intento canalizar algo de ella.

—Me encantaba que el hombre del tiempo conociera la ciudad.

Sabía qué calles eran propensas a inundarse.

Sabía qué barrios tenían festivales al aire libre y cuándo.

Conocía los mejores lugares para hacer barbacoas y cuándo la gente empezaba a hacer cola en los aparcamientos.

Conocía Baltimore y se aseguraba de que todos nosotros también conociéramos la ciudad.

—Entrelazo los dedos—. Lo que siempre he querido es formar parte de eso, pero Keith me ha impedido desarrollar bien mi trabajo.

La semana pasada lo dejé porque pensaba que era mi única opción, pero sé lo que valgo.

—Por fin. Por fin sé lo que valgo—. Puede que me miren y piensen que mi comportamiento ante la cámara es tonto o infantil o…

, no sé…, una excentricidad. Sé que he cometido unos cuantos errores.

Pero eso hace que nuestros espectadores se sientan parte de mi comunidad.

Porque lo son. Y yo también formo parte de la suya.

—Aprieto las manos debajo de la mesa. Hago acopio de valentía y prosigo—: El verdadero error que he cometido fue dejarlo hace una semana.

Este es el lugar en el que merezco estar.

Me gustaría recuperar mi trabajo. Y me gustaría que se hicieran algunos cambios.

Ava me observa con ojos penetrantes y reflexivos. Intento no moverme, pero el silencio es insoportable.

—Estoy de acuerdo —contesta al final.

—¿De veras?

La sonrisa de Ava es tenue, pero está ahí.

—¿No era ese el objetivo de tu discurso? ¿Convencerme?

—Sí, pero… —Decido que probablemente sea un buen momento para dejar de hablar—. Sí —repito.

Ella asiente y se inclina hacia delante para apoyar los codos en la mesa.

—Algunas cosas empiezan a aclararse —dice cansada. Su dedo índice tamborilea en el dorso de su mano mientras me observa—. Supongo que no fuiste tú quien pidió te que pasáramos a la sección de reportajes, ¿verdad?

Niego con la cabeza. Siento que el corazón se me va a salir del pecho, y no precisamente por la alegría. No estoy hecha para soportar situaciones de estrés.

—Keith ha sido el único contacto que he tenido con esta cadena de noticias durante bastante tiempo. Ahora veo que, en algún momento de l camino, empezó a manipular la información a su antojo. Te pido disculpas por el descuido, Delilah. No volverá a suceder.

Casi me da miedo preguntárselo, pero me obligo a hacerlo. No volveré a este trabajo si las cosas no cambian para mí. Me dolerá irme otra vez, pero al menos lo haré sabiendo que lo he intentado todo.

—¿Y Keith?

—Creo que Keith decidirá que es hora de jubilarse.

—Se levanta y se alisa la falda. La imito y me pongo en pie lentamente.

No me puedo creer que haya sido tan fácil.

Es un alivio increíble y a la vez de lo más frustrante.

Podría haber puesto fin al reinado de terror de Keith hace años si hubiera tenido el valor de defenderme.

Ava recoge sus cosas—. Le daré la noticia antes de irme, suponiendo que ya haya terminado con el hombre del disfraz de tortuga.

Las palabras flotan a mi alrededor como una sopa de letras, ordenándose y reordenándose.

—¿Qué disfraz de tortuga?

Esta vez, la sonrisa de Ava es inconfundible.

—Hay un hombre con un disfraz de tortuga divagando al dar el pronóstico meteorológico. —Agarra el pomo de la puerta y tira con los ojos brillantes—. Es una excelente distracción.