CAPÍTULO 38 JACKSON
Enseguida me preocupa de lo que puedan estar hablando Penelope, Adeline, Gianna y Maggie en el sofá. Hay muchos susurros, muchas risitas y, sinceramente, una cantidad agobiante de gestos con las manos.
Delilah me rodea la cintura con los brazos desde atrás.
—¿Por qué pones cara de estar aterrorizado?
Levanto su mano y le doy un beso en los nudillos.
—Porque lo estoy.
Mi casa se ha convertido en el cuartel general de la Operación Delilah Recupera Su Trabajo. Por todas las superficies disponibles hay cartones de pizza , carpetas y notas pósit.
Aiden, Lucie y Maya han aparecido con las pizzas y Maggie al cabo de cuarenta minutos con su portátil.
Mis hermanas han traído la pizarra de la cocina y han borrado el menú de la semana mientras ignoraban cómo he refunfuñado al saber que me tocaría reescribirlo.
Luego han llegado Gianna y Mark, con un montón de carpetas y archivadores en las manos.
Penelope y Adeline estallan en carcajadas, y Delilah suspira detrás de mí.
—Nada ilegal, Gianna —exclama—. Necesito convencer a Ava Monroe de que soy capaz. No puede sorprenderme rayándole el coche a Keith.
—Iba a sugerir llenarle el tubo de escape de espuma de afeitar, pero da igual.
—Gianna se deja caer dramáticamente sobre mi sofá, con la cabeza en el regazo de Mark.
Mark, que ya va por su quinta porción de pizza , apenas participa en la conversación.
La mira fijamente como si fuera la luna, y le aparta un mechón de pelo de la cara.
Ella se sonroja, y Adeline y Penelope estallan en más risitas.
—Vale. A lo mejor le podríamos tirar huevos al coche —propone Aiden, que aparece por encima de mi hombro, con la mejilla hinchada por una porción de pizza doblada por la mitad, sin plato ni servilleta a la vista. Traga—. Mientras tú te quedas a solas con Ava.
—Nada de huevos —protesta Maya, poniendo los ojos en blanco. Hay tanta gente en mi casa que apenas hay espacio para que nadie se mueva—. Usaremos savia de árbol. Es difícil de quitar y causa daños permanentes.
Aiden lo aprueba asintiendo con la cabeza y le tiende el puño.
—Estupendo.
Maya sonríe y choca el puño con el de él.
—No. —Lucie pasa por su lado, le da un golpecito en la oreja a Aiden y luego le revuelve el pelo a Maya—. No está bien. Nada de vandalismo. Nada de delitos menores.
—Solo un poco de chantaje, ¿no? —Aiden suelta una grave carcajada. Sigue a Lucie y toma la carpeta superior de la precaria pila de archivos de Gianna. La abre y la cierra inmediatamente, con expresión de dolor—. ¿De dónde has sacado esto? —le pregunta a Gianna.
—Soy investigadora. —Ella le sonríe radiante.
La investigación de Gianna es exhaustiva.
La pieza central es una lista muy detallada de todas las transgresiones que Keith ha cometido como jefe del canal de televisión desde 1994.
Pero también ha traído declaraciones de trabajadores y de miembros del equipo de producción sobre su comportamiento hacia Delilah, un historial de malversación de fondos de la cadena con una campaña que pretendía conseguir que una calle de la ciudad llevara su nombre, datos de las últimas tres encuestas de audiencia sobre la popularidad de Delilah y como broche de oro…
Maggie se inclina hacia delante y echa un vistazo a la carpeta que Aiden ha descartado. Se pone pálida y la arroja lejos.
—¿Por qué tienes una foto de Keith con un tutú en…? ¿Es un club de estriptis?
Gianna se ríe, recoge la carpeta y la desliza al fondo de la pila.
—Como he dicho, soy investigadora. —Da unas palmaditas a su pila—. No dejo piedra sin remover.
Ahora mismo, tenemos muchas piedras, pero ninguna dirección clara.
Tiro de las manos de Delilah hasta que se pone de pie frente a mí.
Hemos pasado la mayor parte de los últimos días juntos, intentando elaborar un plan mientras sobrevivimos a base de caramelos con forma de pez, pero ella necesita decidir cómo quiere manejar lo que suceda después.
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto.
Mira a su alrededor. Mi gente y la suya. Todos estamos juntos. Por ella.
Delilah me mira fijamente. Lleva una sudadera con capucha extragrande que ha robado del fondo de mi armario, con las mangas dobladas sobre los puños.
Anoche se quedó dormida en la mesa de mi cocina mientras actualizaba su currículum («Por si acaso, ¿vale?
»), la llevé en brazos y la dejé en mi cama a pesar de que protestaba que estaba bien para conducir hasta su casa.
Enseguida se giró hacia mí y hundió la cara en mi almohada, murmurando algo sobre un champú de lujo.
Se rodea con los brazos.
—No creo que quiera chantajear a Keith para recuperar mi trabajo.
—Sí, estoy de acuerdo —digo, aliviado para mis adentros. Creo que puede recuperar su trabajo sin cometer ningún delito, pero yo lo cometería por ella. Si me lo pidiera.
—Hay mucha información —murmura—. Supongo que es que no sé qué se espera de mí.
Deslizo una mano debajo de su pelo y le acaricio la nuca para frotarla con el pulgar de arriba abajo.
—¿Te ayudaría si te dijera qué espero yo?
Ella asiente.
—Espero que mires la extensa colección de pruebas apiladas en esta mesa y te des cuenta de que no eres tú quien debería haber dejado la cadena.
Espero que entiendas que su comportamiento despreciable no solo te afecta a ti, sino a todos los que trabajan en YBAL.
Tú has sido quien ha padecido las consecuencias, pero otras personas también están pasándolo mal.
Y Keith no se merece estar en una posición de poder si lo usa para dañar a los demás.
Ese trabajo es tu sueño. Baltimore es tu hogar. No dejes que te lo quite.
Una sonrisa asoma en las comisuras de sus labios.
—Exige más —susurra.
—Sí, cariño. —Le doy un apretón en la nuca—. Exige más.
Puedo ver la determinación reflejada en sus bonitas facciones.
Se aparta de mí y se abre paso entre Penelope y Adeline para agarrar el rotulador que le ofrecen.
Me conmueve verlas juntas. Es la misma sensación que experimenté anoche cuando se acurrucó a mi lado en la cama.
Un puño apretado de anhelo, justo en la base del cuello.
Tan pesado que apenas puedo tragar saliva.
Delilah me mira con cierto brillo en los ojos marrones. Inclina la cabeza suavemente hacia un lado y arquea las dos cejas. Asiento y me rasco la mandíbula con la palma de la mano.
—¿Oye, Adeline? —la llamo. Mi hermana levanta la vista. Tiene un poco de rotulador de pizarra en la mejilla—. ¿Me acompañas a la cocina un minuto?
Se baja del sofá y me sigue obedientemente mientras recojo los platos de papel sueltos y junto las porciones de pizza .
En la cocina, examina los cartones y saca un poco de piña de una que solo ha tocado Lucie.
Se sube a la encimera, balanceando sus largas piernas, y tamborilea con los pies descalzos contra los armarios.
Lanzo los platos a la basura y me apoyo en la nevera con los brazos cruzados sobre el pecho.
—No hemos tenido oportunidad de hablar.
Me ha estado evitando casi toda la semana. Cada vez que intento hablar a solas con ella, huye con su hermana. O se lleva a Delilah a algún sitio para hacer alguna coreografía coordinada y reírse a carcajadas. Pero en una casa llena de gente no puede esconderse, y estoy decidido a aclararlo.
—¿Quieres hablar ahora? —Su rostro se entristece.
—Sí.
—Pero… —Mira con desesperación hacia el salón—. Se supone que debemos idear un plan maestro.
—No nos echarán de menos durante un par de minutos.
Seguro que ni se dan cuenta de que nos hemos ido.
Gianna está de pie delante de Delilah, que está sentada en el sofá, gesticulando con vehemencia.
A Delilah se la ve preocupada, a Penelope encantada, y Mark parece desear con todas sus fuerzas llevarse a Gianna a la habitación oscura más cercana.
Nadie se ha percatado de que hemos desaparecido.
Salvo Delilah. Me busca con la mirada y me guiña un ojo. Aprieto el puño. Se desliza hacia el centro de mi pecho.
Vuelvo a mirar a mi hermana.
—Tenemos que hablarlo, Addie.
Respira hondo y luego exhala lentamente.
—Cometí un error —dice finalmente con voz baja.
—¿Qué error? —Mantengo una expresión neutra.
—Todo fue un error —suspira—. En especial lo de escaparme en autobús, porque sé que te asustó, pero también lo de mamá.
—Le doy espacio para que encuentre las palabras.
Se aclara la garganta y, cuando vuelve a hablar, le tiembla la voz—.
Tenía una idea fija de cómo sería. Pensaba que, ahora que éramos mayores, si le demostraba que era diferente, que la necesitaba menos, querría estar cerca de mí.
Pero creo que… —Se pasa la mano por debajo de la nariz con un suspiro—.
Creo que mis expectativas eran demasiado altas.
Me duele el corazón que pensara que debía cambiar algo de sí misma para ser querida.
Pero ¿acaso no pensé yo lo mismo? ¿Acaso no intenté deshacerme de las partes que me oprimían para poder ser justo lo que necesitaban?
Cruzo la habitación hasta ponerme a su lado y me inclino hasta que nos rozamos el hombro.
—Te entiendo.
—¿En serio? —Adeline me mira.
—Bueno, creo que no es ningún secreto que soy un poco rígido —digo riendo.
Pensé que podía ser más divertido, más comprensivo, pero, si estas últimas semanas me han enseñado algo, es que los viejos hábitos son difíciles de erradicar—.
Me da la impresión de que todavía me aferro a muchas…
cosas. Pensé que, si alteraba mi rutina, tal vez podría empezar a soltar. Y ser una persona diferente.
Frunce el ceño.
—Pero no lo sé. Quizá no sea tan malo ser como soy.
—Tengo un Rolodex, una pizarra blanca y pósits en el bolsillo…
, pero mis hermanas dibujan en la pizarra todas las mañanas.
Sorprendí a Aiden buscando en el Rolodex el número de su pizzería favorita, cuyo número nunca recuerda.
Y a Delilah le encanta robarme mis pósits.
—A mí me gusta cómo eres —me confiesa en voz baja.
—Me preocupaba que no te gustara. Me preocupaba que necesitaras algo distinto de mí. —Trago saliva con dificultad—. Me preocupaba que fueras infeliz.
Adeline niega con la cabeza, y su pelo se balancea con el gesto. Me agarra la mano con las suyas.
—¿Porque quería tener una relación con mamá?
—Porque a veces me preocupa no darte todo lo que mereces.
—Le aprieto la mano—. A ti y a tu hermana.
—Me toca a mí aclararme la garganta—. Las cosas con Camille no siempre fueron malas.
A veces me preocupa haber tomado una decisión por los tres y que mi resentimiento por mi experiencia te haya impedido tener la relación que necesitas.
Con tu madre. Hubo días con Camille que fueron realmente maravillosos. Quiero que tú también los tengas.
Adeline observa durante un buen rato nuestras palmas entrelazadas.
—Sí, tuvimos días buenos —dice lentamente—.
Pero también tuvimos días en los que se olvidó de prepararnos la cena.
Y nuestro hermano mayor fue a la tienda más cercana y nos compró pizza , sin comerse nada él porque quería que comiéramos nosotras.
—Me mira—. Contigo Penelope y yo nunca nos hemos saltado una comida.
Tú nunca te has olvidado de una cita con el médico, de una reunión de padres y profesores, ni de un recital de baile.
¿Para qué necesito una madre si tengo a un Jackson?
Tengo que apartar la mirada. Las lágrimas me queman los ojos. Pensé que necesitaba desprenderme de alguna parte de mí para darles lo que yo nunca tuve, pero no hace falta. Me quieren tal como soy. Con mis listas, mis rutinas y todo.
Miro a Delilah, que está en el sofá sonriéndome dulcemente, con los brazos cubiertos por una sudadera, y rodeándose las rodillas.
Abrazo a Adeline y le doy un beso en la sien.
—Te quiero —le digo.
—Yo también te quiero. —Sorbe por la nariz.
—No te vuelvas a escapar.
—No lo haré. —Suelta una risita ahogada.
—¿Estamos bien?
—Estamos bien —me confirma con un asentimiento de cabeza.
—Vale. —Apoya la cabeza en mi hombro, y los dos observamos el alboroto del salón.
Gianna dibuja frenéticamente en la pizarra mientras Delilah asiente.
Aiden se inclina desde el sillón reclinable para señalar algo en la esquina inferior y Penelope grita de alegría, aplaudiendo.
Hay una concentración que antes no existía.
Delilah dirige a Gianna en voz baja, con determinación reflejada en el rostro.
Se me acelera el pulso, y Adeline se ríe entre dientes a mi lado.
—Estás perdido —susurra.
—Perdido, no. Perdidísimo —la corrijo.
Aunque en realidad no estoy tan perdido.
Comparto miradas y mantas robadas y un mapa meteorológico abierto en su ordenador.
Nos intercambiamos notas manchadas de café y llevo caramelos en los bolsillos del abrigo.
Noto una risa pegada a mi piel y sus dedos recorriéndome la espalda.
Siempre me han gustado las cosas que podía predecir mejor, pero fue necesario algo que nunca vi venir para mostrarme cuánto me estaba perdiendo.
Delilah y todo su colorido caos. Recogió los pedazos rotos de mí y los volvió a unir para formar algo precioso. Algo mejor. Algo más fuerte.
Sus ojos se clavan en los míos desde la otra punta de la estancia.
—¿Tienes un plan? —le pregunto.
Me sonríe. Tan ampliamente que entrecierra los ojos. Y muestra el pequeño espacio entre los dientes.
—Tengo un plan.