Una conexión imprevista CAPÍTULO 37 DELILAH #2
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CAPÍTULO 37 DELILAH #2

Sigo temblando cuando llegamos a casa de Jackson, con los brazos aferrados a los codos en el pequeño pasillo fuera de su cocina.

Él está arriba con sus hermanas mientras yo observo los azulejos que forman un patrón en espiral a lo largo de la pared.

Me pregunto si los puso él solo o si las chicas lo ayudaron.

Si entre risas remataron la pared. Seguro que Jackson se afanó con la misma atención meticulosa al detalle que usa en todo lo demás.

Recorro con los dedos el borde de un azulejo y me pregunto por qué nunca me ha pedido que venga aquí. Tal vez en el fondo sabía que lo arruinaría todo.

Me encuentra así, mirando fijamente el azulejo de la pared, esforzándome por no romper a llorar. Ya no tengo distracciones, y el día se me echa encima lentamente.

—Están viendo una película —comenta, cansado, frotándose la nuca con fuerza—. Joder —susurra—. Menudo día de mierda.

—Sí. —Me río, pero mi risa suena forzada y triste—. Y que lo digas.

Estoy nerviosa e incómoda, de pie en este estrecho pasillo, con Jackson a mi lado. Los zapatos me aprietan los dedos de los pies, siento los ojos ásperos y secos por estar a punto de llorar, y el corazón…

El corazón se me encoge cuando Jackson me rodea la cintura con los brazos y me estrecha para enterrar la cara en mi cuello con un profundo suspiro.

—Gracias —susurra. Me abraza tan fuerte que siento que me duelen los pulmones, con sus brazos entrelazados sobre mi espalda y las palmas de las manos sobre mi caja torácica.

Me envuelve por completo, y mi compostura se resquebraja un poco más—.

Gracias por lo de hoy. Por lo que les has dicho a mis hermanas.

Por ayudarme. No puedo… —Traga saliva, con la voz rota—. No sé qué habría hecho sin ti.

Las lágrimas aparecen de repente y con fuerza.

El dique que he intentado contener a lo largo del día se rompe, y los sollozos desgarradores brotan de mí.

Jackson me arrima más, me lleva por la pequeña cocina y hasta el salón.

Procura dejarme suavemente en el sofá, pero no lo suelto, aferrándome con fuerza con los brazos alrededor de su cuello.

—Delilah —murmura. Se sienta conmigo recostada sobre su regazo y me aparta el pelo de la cara con las manos. Sigo con la nariz contra su cuello, me niego a mirarlo—. ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido hoy?

—Keith quería cambiarme al equipo de reportajes —murmuro contra su piel.

Sus manos siguen recorriendo mi cabello. Bajan por mis hombros, por mi espalda.

—¿Ha intentado quitarte el pronóstico del tiempo?

Asiento.

—¿Así que lo has dejado?

Vuelvo a asentir.

El suspiro de Jackson hace que le suba y le baje el pecho.

—Odio que te haya hecho eso. Odio que sintieras que solo tenías una opción.

Las lágrimas me queman los ojos y estoy… estoy muy cansada de estar así.

—Ha sido mi culpa —logro decir—. Metí la pata.

Jackson me empuja hacia atrás en su regazo. Tiene ojeras. El cansancio se refleja en sus hombros. Se pasa la mano por la cara, y la culpa me oprime el cuello. Está muy cansado, y yo lo estoy empeorando. Ya tiene suficientes problemas sin lo mío. Aun así, siempre me cuida.

—¿En qué metiste la pata? —me pregunta.

Me paso una mano temblorosa por debajo de la nariz.

—En las montañas. Pensé que podía ser diferente. Más profesional, tal vez. Quería demostrarles a todos que me pueden tomar en serio. Pero lo mandé a la mierda, como todo lo demás.

—Eso no es cierto. —Jackson niega con la cabeza.

—¿No? —Me deslizo de su regazo y me acurruco a su lado, doblando las piernas—. Siempre he sido así. A lo mejor debería tomarme un tiempo, ¿sabes? Un poco de espacio para aclararme las ideas.

—¿Espacio de qué? —Jackson se queda inmóvil.

Levanto las manos y las bajo.

—No lo sé. De todo. ¿Es posible tener una crisis existencial a mi edad?

Ignora la pregunta.

—¿Estoy incluido en ese todo, Delilah? —Traga saliva, y veo cómo se le mueve la nuez—. ¿Vas a tomarte tiempo y espacio de mí?

Niego con la cabeza, luego asiento, luego vuelvo a negar con la cabeza. Dios. Soy un desastre. Mantengo la mirada fija en su mano, apoyada en el cojín del sofá. En sus mangas remangadas y en el brillo de su reloj.

—Dijimos que lo nuestro solo duraría mientras estuviéramos en las montañas. Ya no estamos en las montañas.

Jackson me roza la barbilla con los nudillos. Me obliga a mirarlo a los ojos porque sabe que tengo demasiado miedo para hacerlo yo misma.

—No —dice.

—¿No? —Parpadeo.

—No. —Baja la mano y busca algo en el bolsillo trasero—. No llegué a aceptar lo de «mientras estuviéramos en las montañas». Fue idea tuya, y fue una tontería.

—¿Perdón?

Saca la cartera y la tira sobre el cojín que nos separa. La abre y saca un papel doblado de la parte de atrás.

—Dijiste que seríamos amigos y te dije que sí porque voy a aceptarte como sea.

Si quieres que no sea nada serio, también lo aceptaré.

Porque aun así tendría un rincón tuyo para mí.

Pero no permitiré que digas que no es nada.

No permitiré que me quites tiempo y espacio.

Porque sé lo bien que me sienta estar contigo.

Desdobla el papel que ha sacado de la cartera y pasa el pulgar por el grueso pliegue del centro. Está manchado de café, y es obvio que lo ha doblado y desdoblado mil veces. Me lo tiende.

—Tenemos un acuerdo firmado, Delilah Stewart.

Miro fijamente la nota adhesiva con el contrato que firmamos aquel día en la cafetería.

—Este acuerdo se limitaba a la duración del viaje.

Extiende el brazo por encima del respaldo del sofá, y enreda los dedos con las puntas de mi cabello.

—¿Ah, sí?

Agarro la nota manchada de café con manos temblorosas y me la acerco a la cara. Jackson ha tachado una frase muy importante.

Yo, Jackson Clark, prometo portarme bien durante todo el viaje .* Nada de peleas, burlas ni notas tristes en las ventanillas del coche.

*Y aceptaré los percances y errores sin protestar.

—¿De dónde lo has sacado?

—Lo encontré en el bolsillo de tu abrigo.

—¿Cuándo lo modificaste? —Recorro la nota con el dedo.

—Después del primer directo con la radio. Antes de que nos fuéramos.

—¿Por qué? —Sorbo con la nariz.

—Porque sabía que lo nuestro no terminaría cuando acabase el viaje.

—Traga saliva y se recoloca las gafas con los nudillos—.

Nuestro contrato dice que aceptaremos percances y errores sin protestar.

¿Por qué puedes ayudarme con mis problemas, pero yo no puedo ayudarte a ti con los tuyos?

¿Qué ha pasado con lo de cuidar el uno del otro?

—Se acerca—. ¿Y qué pasa con lo de que… nos quiera la gente que nos elige?

—Jackson. —Le agarro la muñeca.

—No he terminado contigo —susurra—. Por favor, no termines tú conmigo.

Aprieto los labios para que no me tiemblen.

—Soy un desastre —musito.

—Pues sé un desastre conmigo.

—Soy demasiado.

—Sí, cariño. —Se ríe—. Eres demasiado. Tú y tus pantalones de nieve rosa fucsia.

Y tu trineo de nieve con forma de dónut.

Y tu sonrisa radiante y tus chistes malos.

Te ríes demasiado alto de las bromas y hablas con todos los desconocidos con los que te cruzas.

Creo que en las montañas no llegamos puntuales a nada porque estabas ocupada escuchando la historia de alguien.

Crees que las galletas son un grupo alimenticio y sonríes incluso cuando no lo sientes y…

Dios mío, Delilah. Me vuelves loco. Puede que seas demasiado, cariño, p ero a veces yo no soy suficiente.

Puede que cuando estamos juntos nos completemos el uno al otro de la forma que…

, de la forma que necesitamos. —La voz se le quiebra, y levanta una mano hacia mi rostro; las yemas de sus dedos me acarician suavemente el pómulo—. Sé demasiado conmigo —murmura.

Lo deseo con todas mis fuerzas, pero me da miedo creer en algo más que me pueden arrebatar.

—No sé cómo hacer esto.

—Yo tampoco. —Baja la cabeza y me roza los labios con un beso. Me acurruco contra él.

—No quiero estropearlo.

—Un día me atropellaste. —Sonríe contra mi boca—. No creo que puedas estropearlo.

—¿Te atropellé? —Me aparto y lo miro fijamente.

Asiente y ensancha la sonrisa.

—Me diste un golpe en el aparcamiento. —Me planta un beso rápido en el puente de la nariz—. De aquí en adelante, todo irá a mejor.

—Lo digo en serio.

—Yo también. —Me da besitos fugaces allá donde me caen las lágrimas—. Las cosas entre nosotros nunca han sido sencillas ni fáciles, pero prefiero ser imperfecto contigo que ser perfecto con cualquier otra persona. —Apoya la frente en la mía—. Quédate conmigo. Encontraremos la forma juntos.

Asiento, y más lágrimas se me deslizan por las mejillas. Jackson las seca con paciencia con los pulgares, con una mirada increíblemente tierna.

—¿Me dejarás ayudarte? —me pregunta.

Asiento, y me da la impresión de que el peso que me oprimía el pecho se aligera. Al final, qué fácil me resulta abrirle la puerta. Confiar y creer que cuidará de mí.

Es tal como lo ha descrito. Nos complementamos. Quizá juntos podamos ser algo completo.

—Sí —convengo—. Sí, vale. No quiero espacio.

—Estupendo —replica, y lo remata con otro beso—. Yo tampoco.