CAPÍTULO 37 DELILAH
Me alivia concentrarme en un problema que no he causado yo.
Una parte de mi desconcierto se desvanece al ver la cara de pánico puro de Jackson, y no me cuesta nada tomar la decisión de subirme al asiento del copiloto de su coche.
Tampoco arrebatarle el móvil y entrar en su aplicación de rastreo para hacer clic en la imagen diminuta de una joven rubia que saca la lengua.
Está junto a otro circulito minúsculo, y con calma lo llevo hasta el museo del puerto, el sitio donde en teoría sus hermanas estaban celebrando el almuerzo de gala.
Lo divido todo en pasos fáciles de seguir.
Llamo al instituto. Llamo a la línea de no emergencia de la policía.
Llamo a Aiden y le digo a toda prisa que vaya a casa por si Adeline acude a Maya.
Me convierto en la eficiencia personificada porque es lo que Jackson necesita.
Y yo quiero con todas mis fuerzas ser lo que necesita.
Jackson, que está desafiando todos los límites de velocidad entre la emisora y el paseo marítimo, zigzagueando entre el tráfico, apretando el volante con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.
Penelope espera en la acera con lágrimas en los ojos y un profesor del instituto a su lado.
Jackson apenas detiene el coche antes de salir disparado y abrazar a su hermana.
No duda, no muestra enfado, y la opresión que me constriñe la garganta se intensifica.
Es tan buena persona… Siempre hace lo correcto, es perfecto, y yo…
Yo soy un desastre.
«Hiciste el ridículo y dejaste en ridículo a la cadena».
«Hiciste el ridículo».
La puerta del asiento trasero se abre y Penelope se sube. Tiene los ojos hinchados y enrojecidos, y le ofrezco uno de los pañuelos que he encontrado en la guantera. Lo toma con gratitud y me mira tímidamente entre las pestañas mientras se abrocha el cinturón de seguridad.
—Hola, Delilah. —Sorbe con la nariz—. No quería que nos conociéramos así.
Me giro en el asiento del copiloto.
—Lo sé, pero me alegro de conocerte igualmente. También me alegraré de conocer a tu hermana. La encontraremos, ¿vale?
Asiente y se presiona la nariz con el pañuelo.
—Si a Jackson no lo detienen antes.
Fuera del coche, Jackson está arremetiendo contra el profesor del instituto.
Unas pocas palabras se filtran a través del grueso cristal de la ventanilla del coche: «irresponsable», «increíble» y, mi favorita, «idiotas de mierda».
Se gira para volver a subir al coche, y el profesor exhala un evidente suspiro de alivio.
La puerta se cierra de golpe con tanta fuerza que todo el vehículo se zarandea. Los tres nos sumimos en un profundo silencio.
Jackson alza la vista hacia el retrovisor.
—¿A dónde puede haber ido?
Vamos a la heladería, a la glorieta de Patterson Park y al muelle de Bond Street, donde los gansos se congregan para comer cortezas de pan duro.
En nuestra segunda parada, empiezan a reconocerme; oigo susurros, tanto bajos como no tan bajos, a mi espalda: «Es Delilah Stewart», «¿Has visto que lo ha dejado en directo?
» y «Me pregunto qué habrá pasado», así que me quedo en el coche durante el resto de las paradas.
Busco a Jackson y a Penelope por la ventanilla, con la esperanza de que haya una tercera cabeza rubia con ellos.
Pero no está, y veo cómo Jackson se hunde lentamente más en sí mismo. Intento distraerme con su problema mientras mi propio desorden enturbia las aguas que me rodean. Soy como un derrame de petróleo que causa estragos, pero tal vez, si arreglo lo suyo, también podré arreglar todo lo demás.
—¿Has visto en qué autobús se ha subido? —le pregunto a Penelope al tiempo que busco los horarios y los mapas en mi teléfono—. A lo mejor si revisamos la ruta…
El coche se detiene de pronto. Estamos en el barrio de Federal Hill, justo al borde del parque.
Después de comprobar los lugares favoritos de las chicas, a Penelope se le ha ocurrido que Adeline podría haber ido a Blue Moon Too, un pequeño local de desayunos de esta zona de la ciudad.
«Las tortitas la hacen feliz», ha añadido con voz ronca. «Y creo que quería ser feliz».
El cinturón de seguridad se me clava en el pecho. Miro fijamente a Jackson, pero él observa a través del parabrisas, agachando un poco la cabeza para ver…
Hay una chica. Sentada sola en uno de los bancos en lo alto de la colina, con vistas a la ciudad. Se rodea las rodillas con los brazos y tirita de frío. No lleva abrigo. Solo un vestido azul claro, y la melena rizada color rubio miel le cae por la espalda.
Jackson aparca de repente, sin importarle estar en medio de la calle. Un coche pita detrás, luego otro, y él suelta una maldición furiosa en voz baja.
—No se puede aparcar en este puto barrio. No… —Tensa la mano sobre el volante. Sus ojos desprenden pánico e incertidumbre. El conductor de atrás vuelve a tocar la bocina. En el banco, Adeline se gira para mirar. Jackson se crispa—. No quiero que se vaya —jadea.
Penelope ya está saliendo a toda prisa del asiento trasero. Cierra la puerta de golpe y sale corriendo hacia su hermana. Me desabrocho rápidamente el cinturón y me apresuro a seguirla.
—Ya voy yo.
Cruzo la calle a toda prisa y resisto la tentación de hacerles una peineta a los coches que siguen al Honda de Jackson. A pesar de los temores de él, Adeline no ha salido corriendo. Se aferra a su hermana como si fuese su salvavidas, y las dos tiemblan en sus preciosos vestidos.
Me quito la chaqueta y las tapo a las dos. Les sonrío cuando los ojos enrojecidos de Adeline se clavan en los míos. Los abre un poco, sorprendidas.
—¿Voy a salir en las noticias? —pregunta.
—No. —Mi sonrisa se amplía—. Aunque, si tu hermano pudiera, es probable que uno de los helicópteros de los informativos estuviese sobrevolando la zona.
—¿Está enfadado? —Baja la mirada.
Penelope se aparta, agarra la cara de su hermana y le aprieta las mejillas.
—Está asustado porque has huido de mí y no podíamos encontrarte. —Mueve la cabeza de un lado a otro. Es un gesto de afecto con una pizca de violencia, justo lo que se necesita entre hermanas—. ¿Por qué te has ido? ¿En qué estabas pensando? Ese autobús te podía haber llevado a cualquier parte.
Adeline agarra las muñecas de su hermana y baja las manos. Noto que entrelazan los dedos.
—No lo sé. He entrado en pánico. Lo de mamá… —Le tiembla la barbilla—. Sé que tienes razón, pero no quiero que la tengas —confiesa en voz baja—. Quería que fuera diferente. ¿Por qué no puede ser diferente?
Penelope se le arrima más. Mi chaqueta morada se le resbala del hombro, y la levanto para colocarla alrededor de las dos. Me arrodillo para poder subir la cremallera poco a poco.
—¿Os ha contado Jackson algo sobre mi madre? —les pregunto.
Las dos chicas niegan con la cabeza a la vez, y sonrío. Claro que no. Jackson guarda mis secretos y los mantiene como promesas.
—Es una violinista bastante famosa. Le cedió la custodia a mi abuelo cuando yo apenas tenía seis meses para poder aspirar a un puesto en la orquesta. Fue él quien me crio, igual que Jackson es quien os está criando a vosotras.
Adeline parpadea, con los ojos hinchados pero brillantes.
Sus pestañas forman un grumo pegajoso alrededor de los ojos, y un poco de rímel corrido forma círculos sobre sus mejillas.
Su joven rostro me resulta familiar en muchos aspectos.
Sé lo que se siente al tener un vacío en el corazón.
Sé lo que es buscar respuestas que no existen.
—Cuando tenía trece años —prosigo con voz suave, mientras el frío y fangoso suelo se filtra a través de mi ropa—, decidí escaparme de casa. Estaba convencida de que necesitaba conocer a mi madre para poder… No sé. —Me río—. Supongo que para llenar el vacío que sentía.
—¿A dónde fuiste? —me pregunta Penelope.
—Robé algo de dinero de la cómoda de mi abuelo y llamé a un taxi.
Fui al aeropuerto e intenté comprar un billete hacia Ámsterdam.
Por aquel entonces, era donde tocaba mi madre.
En su preciado puesto de la orquesta. Pero no tenía pasaporte ni suficiente dinero para un vuelo transatlántico.
—Sonrío—. La verdad es que no lo pensé bien.
Quizá fue el comienzo de una serie de desastres que me han traído justo hasta aquí. Pero si este desastre puede hacer que estas chicas se sientan un poco menos solas, entonces a lo mejor haya merecido la pena. Quizá todo el desamor pueda llevarme a algo mejor si tengo la suficiente paciencia.
La grava cruje tras de mí, pero no giro la cabeza.
—Me pasé un par de horas sentada en la zona de recogida de equipajes, llorando desconsoladamente. No podía dejar de pensar en qué había hecho mal para que mi madre pusiera un océano entero de por medio entre nosotras. No podía entender por qué amaba más la música que a mí.
Adeline se limpia la nariz con la mano.
—¿Lo descubriste?
—No. —Niego con la cabeza—. Dejé de pensar en eso cuando llegó mi abuelo.
—Sonrío. Todavía recuerdo lo nervioso que estaba, con su chaleco de seguridad del muelle.
Sus botas con punta de acero resonaban en el suelo brillante del aeropuerto—.
Me gritó durante tanto tiempo que los agentes de la policía empezaron a acercarse.
Pero cuando terminó me abrazó fuerte y… no sé.
Creo que obtuve algo mejor que cualquier explicación o respuesta de mi madre.
—¿El qué? —susurran, temblando bajo mi brillante abrigo morado.
—Me di cuenta de lo especial que es que me quiera alguien que me ha elegido. Una y otra vez. —El peso de las lágrimas hace que la voz se me quiebre. Tengo que respirar hondo antes de añadir—: Y fue suficiente para compensar todo lo demás.
Adeline me observa. Una lágrima le rueda por la mejilla, y se la seca con el dorso de la mano. La determinación se dibuja en su joven rostro, y sus brillantes ojos azules se transforman en una expresión de alivio.
Alza la mirada por encima de mi hombro. Jackson se acerca y me roza el brazo con una mano.
—Sí —murmura—. Para mí también es suficiente.