Una conexión imprevista CAPÍTULO 36 JACKSON
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CAPÍTULO 36 JACKSON

Entorno los ojos ante mi ordenador y me acerco a la pantalla.

El hombre en cuestión frena en seco en la puerta de mi despacho, con el pecho agitado.

—¿Has visto…? —jadea—. ¿Has visto…? —Se dobla por la mitad, apoyándose las manos en las rodillas.

—¿Tu adicción a los Doritos? Sí, la he visto. La emisora no va a pagarlos. —Hughie recuesta una mano en la pared, con la frente contra el antebrazo. Frunzo el ceño—. ¿Se puede saber qué te pasa?

—He venido corriendo… desde el… Dunkin' —apenas logra decir entre respiraciones profundas y jadeantes.

El Dunkin' más cercano está a casi un kilómetro y medio, y Hughie nunca ha sido muy corredor—.

Lo he visto en el… móvil. —Hace un ruido como de sirena de niebla y se desliza hasta la mitad por la pared—. Delilah…

—¿Qué le pasa a Delilah?

Maggie aparece en el pasillo detrás de Hughie, con el teléfono en la mano.

—¿Tú lo sabías? —pregunta. Su mirada es ligeramente acusadora.

—¿Que si sabía el qué?

—Lo de Delilah.

Siento que la cabeza me va a estallar. La tensión me recorre la columna y me estruja la base del cráneo.

—Más vale que alguien me explique de una vez qué demonios está pasando.

Maggie y Hughie intercambian una mirada. Detrás de ellos, Aiden se detiene bruscamente en medio del pasillo. Todavía lleva los auriculares al cuello, con el cable colgando. Tiene las mejillas enrojecidas, como si también hubiera venido corriendo desde el Dunkin'.

—¿Por qué no me has dicho que Delilah quería dejarlo?

—¿Cómo?

—Acaba de dejar el trabajo —tercia Aiden—. Mientras daba el parte del tiempo. Nuestra centralita de llamadas está colapsada.

Me levanto de la mesa tan rápido que me golpeo la rodilla con la parte inferior.

—Así que no lo sabías —dice Maggie.

—No tenía ni idea. —Agarro el teléfono, las llaves y la chaqueta que cuelga de un gancho detrás de la mesa. Mi cuerpo se basa en la pura memoria muscular, mientras mi cerebro va a mil por hora—. ¿Cuándo ha sido?

—Ahora mismo.

Miro el reloj. Se supone que está en medio del parte de la tarde. Esta semana lo he visto todos los días en la pequeña televisión de mi despacho porque me gusta cómo dice «pronóstico», pero me he entretenido con las hojas de cálculo y me lo he perdido.

Meto los brazos a la fuerza por las mangas del abrigo.

—Voy a… —Ya estoy saliendo por la puerta de mi despacho, abriéndome paso entre Aiden y Hughie—. Tengo que irme.

Por suerte, nadie intenta hacerme más preguntas. Me muevo en piloto automático al recorrer los pasillos hacia el vestíbulo. Salgo por la puerta con tanta fuerza que se abre de golpe y se estrella contra el lateral de la entrada.

Recorro el aparcamiento con la mirada, buscando el coche color algodón de azúcar de Delilah.

Respiro aliviado al ver que está exactamente donde estaba cuando he llegado esta mañana, aparcado medio fuera de la línea en su sitio habitual.

La nota adhesiva que le he dejado sigue pegada a su ventanilla.

Y Delilah está junto al maletero, intentando meter a la fuerza una caja enorme.

—Delilah —la llamo. Se detiene un instante, pero no levanta la vista; el pelo le cubre la cara.

Tensa los hombros al intentar meter la caja con más fuerza en el coche.

Soy dolorosamente consciente de la gente que me observa desde ambos lados del aparcamiento.

Aiden, Maggie y Hughie están pegados al cristal de la emisora de radio.

Un grupo de periodistas hacen lo mismo desde el edificio del canal de televisión.

Distingo a uno de los presentadores de informativos.

Veo a Mark, con los brazos cruzados sobre el pecho, y a una mujer menuda con un suéter demasiado grande a su lado.

Cruzo el aparcamiento a grandes zancadas.

—Delilah —repito cuando estoy lo bastante cerca, e intento agarrarla del codo. Odio que todos la estén mirando y que nadie intente ayudarla. Está sola en este aparcamiento medio congelado.

El teléfono me vibra en el bolsillo, pero lo ignoro. Delilah mueve la caja y prueba otro ángulo; un suave gruñido, casi un sollozo, se le escapa de los labios.

Le sujeto el brazo con delicadeza y la obligo a detenerse.

—Delilah.

Se gira sin decir palabra y apoya la cara en mi pecho. Le acaricio suavemente la nuca y enredo los dedos en su cabello.

—Cariño —susurro—. ¿Qué pasa?

—He dejado el trabajo —murmura contra mi camisa en voz baja. Un suspiro le recorre la espalda. Otro sollozo.

Intento apartarla, intento verle la cara, pero mantiene el cuerpo pegado al mío. Le acaricio el hombro y la espalda, moviéndola ligeramente para que la gente que está con la nariz pegada al cristal no pueda vernos.

—¿Ahora mismo?

Ella asiente y señala el maletero de su coche.

—He vaciado mi mesa —musita.

Su caja está llena de objetos diversos. Un dedo de espuma de los Orioles. Un pequeño calendario de entrenamiento de hace tres temporadas doblado. Una etiqueta con su nombre del zoológico de Baltimore y una figurita diminuta de una tortuga verde.

Me muerdo la lengua para no pensar en las mil preguntas que me dan ganas de hacerle y me limito a acariciarle suavemente la espalda. No es lo que necesita de mí ahora.

—¿En qué puedo ayudarte? —me ofrezco.

Tensa la espalda. Es un movimiento mínimo, pero lo siento. Al cabo de un segundo, se aparta de mí y se recoloca el pelo detrás de las orejas. Desplaza los ojos hasta los míos y me sostiene la mirada antes de volver a desviarlos.

—Debería irme a casa —suspira, golpeándose la mejilla con el puño—. Arreglar algunas cosas. Necesito llamar a la compañía de seguros y ver cuánto durará mi cobertura ahora que…

—Delilah —susurro—. Cuéntamelo. ¿Qué pasa?

Le toco la barbilla con el nudillo e intento acercar su rostro al mío, pero se zafa de mí. Se me encoge el estómago y me invade la inquietud.

—Aquí no —murmura. Mira hacia las ventanas—. No donde puedan vernos.

El teléfono me vuelve a vibrar en el bolsillo. Suelto una maldición y lo saco. Al ver que es Penelope, frunzo el ceño.

Son cuatro llamadas perdidas, de hecho. Todas de ella.

Todas en los últimos diez minutos.

Contesto con un rápido movimiento del pulgar.

—¿Pen? ¿Estás bien?

—No —dice con voz ronca—. Creo que he metido la pata hasta el fondo, Jackie.

Una punzada de miedo atraviesa la oleada de ansiedad.

—¿Qué pasa?

—Me he peleado con Addie —solloza entrecortadamente—. Le he dicho cosas horribles y… se ha ido. No la encuentro.

—¿Cómo que no la encuentras? Creía que estabais en el almuerzo del instituto.

Se supone que hay vigilancia. Personal del colegio. «Y Camille», pienso con una creciente sensación de comprensión.

La mano de Delilah se desliza en la mía. La aprieto demasiado fuerte.

—Penelope —digo bruscamente—. Dime qué pasa.

—Mamá nos ha dado plantón —replica Penelope—.

Addie estaba esperando fuera y no quería entrar.

Te juro que no quería perder los nervios.

Pero es que todo esto es absurdo, y le he dicho que quería que lo dejara correr porque no la necesitamos.

Mamá lo estropea todo y Addie está convencida de que solo necesita tiempo, pero…

—Pen. ¿Dónde está tu hermana?

Su pausa se hace eterna.

—No lo sé —susurra al final con voz temblorosa. Puedo oír su respiración agitada. Y la forma en la que necesita armarse de valor—. Se ha subido a un autobús urbano sin el móvil. No tengo ni idea de dónde está, Jackson.