CAPÍTULO 35 DELILAH
—Hola. —Gianna asoma la cabeza por el borde de la pared semitorcida de mi cubículo.
Este año, Keith me ha trasladado tres veces ya, y ahora estoy apretujada entre el dispensador de agua, que tiene una fuga perpetua, y el aire acondicionado, que no deja de soltar aire frío por más que fuera estemos bajo cero—.
Tengo que decirte una cosa, pero necesito que te lo tomes bien.
—A ver, si empiezas así… —me pongo el bolígrafo detrás de la oreja—, seguro que no me lo tomaré nada bien.
Un día, Gianna nos contó los detalles espeluznantes de un importante caso de investigación y nos soltó de golpe el modus operan di del asesino en medio de un desayuno con bagels , y luego, con total naturalidad, le pidió a alguien que le pasara el salmón ahumado.
Si ella está inquieta, probablemente yo también debería estarlo.
—Bueno —dice, rodeando la endeble pared y desplomándose en la silla que robé de la cocina—. Pues espero que no.
La observo fijamente. Le tiembla la rodilla y tiene la coleta de lo más desaliñada. Se muerde una comisura del labio y me mira, con los ojos demasiado abiertos.
—¿Me lo puedes decir rápido? —Minimizo los programas de mi ordenador y bloqueo la pantalla—. Tengo una reunión con Keith dentro de diez minutos.
—Keith —sisea ella.
—Sí, ese tipo que firma todos nuestros cheques. —Me giro en la silla, me quito las zapatillas de conejito que tengo debajo de la mesa y me pongo los tacones de aguja—. En realidad, se ha portado bien desde que regresé. Creo que tal vez sea el inicio de una tregua.
—No estoy tan segura. —Gianna tuerce los labios.
—¿A qué te refieres?
—No confío en él. —Se rasca la ceja—. Sabes que no me gusta contar toda la información antes de recopilarla.
—Vale, pero…
—Pero —recalca— tenías razón sobre que intentó sabotear el viaje.
He rastreado el correo electrónico de cancelación hasta él.
Y también he descubierto que hizo que el equipo de producción se conectara antes de tiempo a uno de vuestros directos.
—Me mira fijamente—. Ya sabes, a ese en el que toda la ciudad te oyó besándote con el chico del tiempo.
—Keith intentaba dejarme en ridículo. —Se me ruborizan las mejillas.
—Está tramando algo. Pero no sé qué es. —Gianna se muerde el labio inferior—. Estoy siguiendo un par de pistas. Te informaré cuando lo averigüe.
—Genial. Gracias. —Me levanto y me arreglo la falda, pero Gianna me tira de nuevo hacia mi asiento—. ¿Tienes algo más que decirme? —le pregunto.
Asiente con la cabeza. Es un movimiento brusco y repentino.
—Vale. —Le presto toda mi atención, a la espera. Evita mi mirada y se observa el esmalte de uñas saltado—. ¿Qué pasa?
Respira hondo por la nariz y exhala lentamente.
—Es que… Dame un segundo.
La alarma me hace avanzar en mi silla medio rota.
—Gianna —susurro—. ¿Qué ocurre?
—Estoy reuniendo el valor —me contesta en voz baja.
Extiendo la mano hacia ella y le aprieto los dedos con fuerza. No se aparta de inmediato ni intenta hacerme una broma pesada, así que sé que es algo serio.
—¿Estás enferma? ¿Necesitas dinero? —Me aproximo un poco más—. ¿Es por tu hermana? ¿Necesitas…?
Gianna niega enseguida con la cabeza. Me aprieta las manos y, con una expresión completamente seria y devastada, dice:
—Estoy saliendo con Mark. —Exhala con un suspiro entrecortado—. Siento cosas por él —añade apresuradamente.
La miro a los ojos.
—Perdona, ¿te refieres a Mark? ¿El cámara?
Gianna asiente.
—¿Sale con gente?
Se muerde la uña del pulgar.
—En realidad, es un poco mujeriego. —Parpadeo tres veces seguidas—. Todo pasó muy rápido. Sabes lo mucho que me opongo a la idea de las citas, ¿verdad? Porque refuerza…
—Las inclinaciones patriarcales de nuestra sociedad. Sí, lo sé.
Gianna asiente, con los ojos brillantes.
—Claro. Tú sí lo entiendes. Pero últimamente ha estado… —agita las manos entre ambas— en todas partes. Haciendo cosas por mí. Cosas bonitas. ¿Sabías que es agradable, Delilah?
—Nunca he pensado que fuera demasiado agradable, pero…
—Pero a veces es mezquino. Es mezquino y me gusta —susurra, con tono de admiración—. Hace algo en lo que…
—No —la interrumpo—. Por favor, no termines esa frase.
Si me entero de los detalles, no podré volver a mirar a Mark a la cara. A Mark, que por lo visto es un poco mujeriego.
—Solo necesito que sepas que el sexo es increíble —susurra Gianna.
—Genial. —Me llevo la palma de la mano contra la frente y me froto con fuerza, intentando ahuyentar la imagen mental antes de que arraigue—. Me alegro muchísimo por ti, pero no vuelvas a hablarme de ese tema, por favor.
Gianna aprieta los labios mirándome expectante.
—No lo entiendo —digo lentamente—. Has venido hasta aquí con cara como si alguien hubiera envenenado a tu gato.
—No tengo gato.
—Ya sabes a qué me refiero. Pensaba que algo iba mal —le aclaro. Le sigue temblando la rodilla—. ¿Pasa algo? ¿Te ha… obligado a hacer algo que no quieres?
—¡No! Dios, no. Nada de eso. Es que…
Nunca había tenido una conversación con tantas frases a medias susurradas, acurrucadas en mi cubículo. Si alguien pasa por aquí y asoma la cabeza por encima de mi mesa, pensará que estamos tramando un negocio de drogas.
—Te gusta —deduzco en un momento de repentina y deliciosa claridad. Solo a Gianna le inquietaría algo tan… inocente—. Gianna. —Me echo a reír—. No pasa nada si te gusta.
—Es terrible —sisea.
—¿Por qué?
—Porque soy una mujer fuerte e independiente y no necesito que un hombre me haga sentir como si me estuviera cayendo de cabeza por el borde de un muelle.
—A veces puede ser una buena sensación. —Sonrío.
—¿De verdad? —Me mira de reojo.
Pienso en Jackson con la cara hundida en mi cuello. En cómo me abraza mientras duerme, acurrucándome contra él. A veces no puedo respirar hondo y es… es perfecto así.
De cabeza. Por el borde de un muelle.
—Sí —digo en voz baja—. Muy buena.
Gianna frunce el ceño, confundida. Es la cara que pone al iniciar una investigación, y ahora mismo no tengo tiempo para cincuenta preguntas más ni para un conjunto de datos.
Keith me espera en su despacho —miro el reloj, ¡mierda!
— dentro de tres minutos. Le aprieto las manos una vez más y me levanto, buscando mi libreta en el rincón de mi mesa.
—Vale, tengo que irme antes de que Keith encuentre nuevas y creativas formas de torturarme. Hay barritas de proteínas en el cajón de abajo para ti y… Me alegro mucho por ti, Gianna.
Curiosamente, tiene sentido. La total falta de autocensura de Gianna, combinada con la reserva de Mark. Dos extremos opuestos de una montaña rusa que se equilibra.
Todavía estoy asimilando toda la información que Gianna me ha soltado cuando por fin entro en el despacho de Keith.
—Lo siento —me disculpo rápidamente al tiempo que me siento delante de su mesa.
No tengo por qué sentir nada, pero esta reunión me pone nerviosa.
Lleva pendiendo sobre mi cabeza desde que volvimos.
No es propio de Keith dejar pasar las cosas ni facilitarlas, y ha estado bastante distante.
He estado esperando que se desate el caos, y creo que está a punto de ocurrir.
Keith ni siquiera se molesta en apartar la vista de su ordenador mientras yo espero pacientemente. Está jugando al solitario y perdiendo. Y por mucho. Me aclaro la garganta.
—Me ha entretenido…
—Me da igual —me corta con tono aburrido. Minimiza la pantalla del juego y se gira con un suspiro. Señala con la mano la puerta abierta—. Ciérrala, por favor.
Un escalofrío me recorre la nuca, pero hago lo que me dice, me levanto y camino lentamente hacia la puerta.
Al otro lado de la redacción, Gianna me observa con los brazos cruzados.
«Está tramando algo», me ha dicho en mi cubículo, «pero no sé qué es».
Su rostro es lo último que veo antes de cerrar la puerta en silencio, y el ruido del otro lado queda amortiguado al instante.
Keith se recuesta en su silla, con las manos cruzadas sobre el pecho. Me mira calculador, y es como pisar una mancha de aceite. Su atención se pega a mí, y no de forma agradable.
—¿Cómo dirías que fue tu estancia en las montañas?
—Bien. —Me quedo de pie.
Me da miedo ser demasiado efusiva. No quiero caer en la trampa que me esté tendiendo.
—Tuviste algunos problemas para seguir las reglas y acatar mis órdenes, ¿verdad?
Él y sus órdenes. Me cuesta muchísimo no poner los ojos en blanco.
—Creo que el diálogo constructivo en el trabajo es saludable —digo.
«Un día me hiciste informar desde un baño —añado mentalmente—. Creo que tus órdenes son una mierda. Literalmente».
—Muy bien. La razón por la que te he llamado es porque Ava Monroe se puso en contacto conmigo. Siguió tu informe meteorológico y se le ocurrieron algunas ideas.
Saca una hoja de papel de debajo del teclado y la estampa contra la mesa. Se me desboca el corazón, y procuro no dramatizar.
—¿Buenas ideas? —pregunto.
Keith emite un sonido evasivo.
—Estaba contenta con los resultados que obtuviste y comentó que tienes un futuro brillante en el ámbito de los reportajes. —Finalmente me mira, tamborileando con el pulgar sobre la mesa—. Estoy de acuerdo con ella.
Dudo un momento.
—Vale…
Lo que dice es objetivamente positivo, pero a Keith siempre le ha costado aceptar los elogios dirigidos hacia mí. Es imposible que haya escuchado a la directiva hablar maravillas de mí sin reaccionar.
Asiente.
—Es por esos comentarios y recomendaciones por lo que, a partir de hoy, te trasladaré al departamento de relaciones con la comunidad.
Si hubiera grillos en esta oficina, estarían cantando.
—Relaciones con la comunidad —repito lentamente—. ¿Qué significa eso?
—Después del directo de hoy, estarás supeditada a Mindy, del departamento de reportajes.
La frase me golpea como un puñetazo, palabra por palabra.
«Supeditada».
«Mindy».
«Departamento».
«Reportajes».
Tengo que tragar saliva tres veces antes de poder articular una respuesta.
—El equipo de reportajes solo aparece en el informativo del domingo.
Keith se recuesta en la silla. Una sonrisa de suficiencia se dibuja en sus labios.
—Así es.
Pienso en mi abuelo en su sillón favorito, viendo su programa de noticias favorito. Pienso en que ya no saldré en su pantalla. Lo único a lo que me aferraba, y Keith me lo está arrebatando.
—Pero… —Se me cierra la garganta y me obligo a no llorar. No aquí. No donde Keith pueda verme—. Pero soy meteoróloga.
—Y tanto Ava como yo creemos que te iría mejor informar sobre otra cosa. —Levanta las manos, con el rostro contraído en una falsa disculpa—. ¿Por qué desperdiciar tanto talento en algo tan aburrido como el tiempo?
—El tiempo no es aburrido —replico con voz débil.
No solo es una degradación y una reducción de minutos en pantalla, sino también un claro recordatorio de que Keith puede hacer lo que se le antoje con mi carrera.
Nunca ha importado lo bien que lo hiciera en la cobertura de la tormenta de nieve.
Keith siempre iba a encontrar la manera de usarlo en mi contra, para bien o para mal.
—¿Y si no quiero trabajar con el equipo de reportajes? ¿Y si quiero quedarme donde estoy?
—¿De verdad pensabas que no sufrirías las consecuencias, Delilah?
—Keith inclina la cabeza—. Te sorprendieron en una situación comprometida con un compañero.
Hiciste el ridículo y dejaste en ridículo a la cadena.
Tienes suerte de conservar el trabajo. —Mira el reloj—.
Un trabajo al que llegarás tarde si no te das prisa en ir al estudio.
Tienes que presentar tu informe del mediodía.
—Se vuelve hacia la pantalla de su ordenador y me echa a todas luces—.
Te sugiero que lo disfrutes. Es el último adiós a la chica del tiempo.
Quiero enfurecerme. Quiero gritar. Quiero tomar los restos de su Coolatta y arrojarlos contra la pared. Si fuera más valiente, tal vez se me ocurrirían las palabras adecuadas para defenderme. Pero soy un mero cascarón vacío; me han arrancado lo que más aprecio y lo han tirado al suelo.
—¿Por qué? —Lo más alto que alcanzo a decir es un susurro—. Siempre me has odiado. ¿Por qué?
Sus ojos se endurecen como el pedernal.
—Porque todo el mundo te adora —dice.
Salgo de su despacho sin mediar más palabra, intentando desesperadamente no llorar. Sin embargo, las lágrimas me atormentan la garganta. Me queman detrás de los ojos.
El zumbido del estudio rompe mi neblina mental y me hace tropezar con un cable tendido en el suelo.
Los asistentes de producción se meten prisa unos a otros, actualizando notas y tecleando furiosamente en el teleprónter.
Alguien grita mi nombre, pero apenas lo oigo.
Todo está amortiguado y apagado. Es como si tuviera algodoncitos en las orejas o un pañuelo en los ojos.
Me muevo en silencio, ingrávida y rebosante de una frustración violenta y temblorosa.
Siento las puntas de los dedos frías. Mi respiración es agitada. Entrecortada.
Me dan un auricular y el control remoto para la pantalla verde. Encuentro mi posición y espero paciente a que me den paso, mirando fijamente a la cámara. En algún lugar, mi abuelo me está observando, y eso basta para abrir otra grieta en mi ya maltrecho corazón.
«Sonríe, Delilah».
«Solo durante un segundo».
«Sonríe, Delilah».
Pero no puedo. No puedo.
—Ahora os dejo con Delilah para el pronóstico del tiempo —dice Simone. Me sonríe desde su mesa—. Delilah, ¿qué tiempo va a hacer?
La luz de la cámara que está delante de mí se enciende. Puedo ver mi reflejo en el cristal curvo. Soy una mezcla de tonos morados y castaños. Pálida y temblorosa, con la mano aún aferrada al mando a distancia.
¿Me dejará Keith entrar en la oficina? ¿O me castigarán y me mandarán a mi rincón de la redacción para no volver a saber nada de mí?
Trago saliva.
—El lunes hay… hay posibilidad de… de… chubascos. —Las lágrimas me empañan la vista. Detrás de la cámara aparece Gianna. Le susurra algo urgente a Mark, que se aparta de la cámara y la mira. No me importa. Sigo sintiéndome como si estuviera debajo del agua—. Y… el… el martes…
Mi voz se va apagando. El estudio queda en completo silencio. Gianna intenta hacerme señas para que me aparte de la cámara, pero sé lo que tengo que hacer.
En la cadena las cosas nunca van a cambiar para mí, y he sido una tonta al pensar lo contrario.
—De hecho, tengo una noticia de última hora. —Me quito el auricular y lo dejo colgando contra mi pecho—. Me voy.