Una conexión imprevista CAPÍTULO 34 DELILAH
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CAPÍTULO 34 DELILAH

—Dime cuándo empezar.

—Vale —murmura con voz adormilada y lenta.

Me lo imagino tumbado en la cama, en la otra punta de la ciudad, tal como yo estoy tumbada en la mía.

No hemos podido vernos en tres días, y de ahí que estemos haciendo esto.

Llamándonos siempre que podemos. Saludarnos desde las ventanas de nuestros respectivos vestíbulos.

Me gustaba mucho más que compartiéramos un espacio limitado—. Haré una cuenta atrás. Tres, dos, uno…

Le doy a «reproducir» con el mando a distancia y me remuevo debajo de las sábanas.

Tengo puesto el altavoz en el móvil, que está encima de mi edredón, junto a una taza de café llenada generosamente con la bolsa de M&M que a principios de semana encontré en el capó de mi coche.

Por desgracia, es lo más cerca que hemos estado Jackson y yo de vernos por culpa del absoluto desastre que son nuestros horarios.

Siempre llego cuando él se va o viceversa.

Somos dos barcos que se cruzan en un aparcamiento lleno de baches y que intercambian notas de pósit en las ventanillas de los coches.

—Hoy no quiero oírte quejarte ni una vez sobre la elección de la película.

Me responde con una carcajada ahogada que me parece sentir justo junto al cuello. Enseguida se me llena la piel de escalofríos.

—¿Quién podría quejarse sobre una película que celebra la idea de un triángulo amoroso? —comenta Jackson. Hace una pausa—. Un momento. Hay tres hombres, ¿no? Es un… ¿cuadrado amoroso?

—Si en Hollywood hubieran sido lo bastante progresistas, habría sido una película en la que no habría existido la necesidad de elegir, y yo voy a elegir ignorar tu tono.

—Los créditos iniciales de Historias de Filadelfia empiezan a aparecer.

Al otro lado de la línea, oigo el eco de la música—. Podrías haber escogido tú la peli, ¿eh?

—Ya la escogí. Y dijiste, y cito textualmente: «Por encima de mi cadáver».

—¡No pienso ver Transformers antes de ir a dormir! —me río—. Y creo que Bumblebee tampoco te habría ayudado a quedarte dormido.

Jackson murmura algo, y oigo el crujido de las sábanas.

—Detesto informarte, Delilah, pero no son las películas lo que me ayuda a quedarme dormido.

Escondo la sonrisa bajo el edredón. Se quedó a dormir después de que destrozáramos mi salón, y mis sábanas todavía huelen a él. Si cierro los ojos, puedo visualizarlo a mi lado, con un brazo sobre la almohada y el otro encima de mi muslo.

—¿Cómo ha ido el día? —le pregunto después de ver cómo Katharine Hepburn sale por la pantalla junto a Cary Grant.

—Bien. —Jackson suelta un cansado suspiro—. Creo que Maggie olvida que fui yo quien recopiló los documentos de la formación de los nuevos empleados. De ahí que esté leyendo los requisitos de un trabajo que ya estoy haciendo. Es una forma excelente de perder el tiempo.

Está en pleno proceso de ascenso, mientras que yo estoy con una historia acerca del destino de la floración de los cerezos de este año.

Para mi sorpresa, Keith ha estado bastante tranquilo desde que regresáramos de las montañas y me deja hacer mi trabajo y, de hecho, incluso informar sobre el tiempo. Huelga decir que tengo mis dudas.

—No te preguntaba por eso, y lo sabes.

Otro suspiro extenuado, este acompañado de un gruñido. Guarda silencio durante un buen rato. Jugueteo con un hilo suelto del extremo de mi edredón mientras busca las palabras.

—No me fío de ella —replica al final.

—Y es normal —le recuerdo—. Estás haciendo lo correcto. Les das a tus hermanas la posibilidad de tener una relación que tú nunca pudiste tener. Van a poder explorarla y cerrar las heridas abiertas, y cuentan contigo como red de seguridad.

—A mí no me parece que sea lo correcto —masculla—. A mí me parece que estoy llevando los corderos al matadero.

Hurgo entre los M&M de mi taza para encontrar los rojos.

—En el peor de los escenarios, ¿qué va a pasar?

—Camille las decepciona —responde Jackson en el acto—. Y les rompe el corazón.

El resto de la frase queda omitido, pero lo oigo de todos modos.

«Como me rompió a mí el mío».

—Mañana las llevará al almuerzo del instituto —prosigue Jackson—. Adeline está emocionada.

—¿Penelope no?

—Penelope está… indecisa —dice Jackson lentamente—. Se parece más a mí.

—¿Es muy rígida y tiene una pasión secreta por las películas de acción de Michael Bay? —Sonrío ante el móvil.

Jackson suelta una cansada carcajada.

—Indeciso por naturaleza —me corrige—. Votado tres años seguidos como el meteorólogo menos divertido por la revista Baltimore .

—¿Es un reconocimiento real?

—Si lo fuera, lo ganaría yo. Año tras año.

Oigo la tristeza que destila. Odio que la reaparición de su madre lo haya descolocado y le haga dudar de cada cosa que hace.

—Tus hermanas tienen suerte de contar contigo, Jackson.

Pase lo que pase con vuestra madre, has validado sus sentimientos y les has dado espacio para indagar por sí mismas.

El hecho de que te preocupes tantísimo es la prueba de lo mucho que te importan.

Y que le den a la revista Baltimore . —Saco un M&M verde de la taza—.

Yo siempre me divierto mucho cuando estamos juntos.

—Contigo es diferente.

—¿Ah, sí?

—Ajá —murmura, y el sonido reverbera en mis huesos. Traquetea en algún punto detrás de mi caja torácica—. Haces que sea más fácil.

—¿El qué?

—Todo —susurra.

No se me ocurre qué decir que no sea horriblemente prematuro o terroríficamente vergonzoso, así que me sumo en el cómodo silencio y dejo que se alargue y crezca entre nosotros. Lo oigo removerse al otro lado de la línea, y empiezan a pesarme los ojos, aunque el corazón se me haya aligerado.

—¿Jackson? —musito.

Cuando me contesta, habla con voz grave y lenta. Está semidormido.

—Dime, cariño.

Podría hacerlo. Podría decirle lo que siento. Envuelta en sábanas que siguen oliendo a él, con un ligero escozor en las marcas que me dejó en el cuello. Y con su leve respiración en el oído.

Sin embargo, en la línea oigo el sonido inconfundible de un portazo y luego pasos sobre los tablones de madera del suelo.

—Hola —murmura—. Es tarde. ¿Estáis bien?

Hablan entre susurros, y al poco él profiere un profundo suspiro.

—No pienso dejar que metáis a esa gata en casa.

Arrimo la cara a la almohada para amortiguar mi risa.

—Addie, ¿qué…? —Se incrementa el fervor en las voces que están en el dormitorio de Jackson—. Un momento. He dicho que un momento. Por Dios. Delilah, he pausado la peli. Necesito un minuto para ocuparme de una cosa.

Miro hacia el reloj colgado encima del televisor de mi habitación.

—Es tarde. Puedes irte, si quieres.

—No quiero —contesta—. Voy a darle a la gata de las narices un poco de leche caliente y luego vamos a terminar la película. Espérame aquí, ¿vale? Enseguida vuelvo.

—Muy bien —me río.

Pauso la película y me incorporo en la cama para estirar los brazos por encima de la cabeza. Le robé otra sudadera a Jackson, aunque empiezo a pensar que se puso a propósito la verde extrasuave al venir.

Al otro lado de la línea, oigo chasquidos de electricidad estática, y me quedo mirando la pantalla mientras bajo los brazos.

—¿Delilah? —murmura una voz en el altavoz—. ¿Delilah Stewart?

—¿Sí? —Parpadeo.

Se oye un golpe, un «Ay, qué bruta eres» susurrado y un forcejeo para hacerse con el teléfono.

—Hola, Delilah —musita otra voz—. Gracias por aceptar la llamada.

—Mmm. —Me rasco la nuca y contemplo la pantalla para comprobar que no estoy en un sueño provocado por las chocolatinas de una gasolinera—. ¿He… aceptado vuestra llamada?

—Gracias por no colgar —se corrige de inmediato—. Oye, no tenemos mucho tiempo.

—¿Habéis engañado a vuestro hermano para que le dé de comer a una gata callejera para poder hablar conmigo a solas? —Me recuesto en las almohadas con una sonrisa.

—Si te digo la verdad —tercia la otra voz. Adeline, supongo—, a la gata le encanta que Jackson le dé un poco de leche.

—Sí, pero también nos hemos pasado unos veinticinco minutos intentando atraerla hasta nuestra casa.

—Estamos haciendo un bien público, si lo piensas. Alimentamos a las masas.

—Es una gata, Addie.

—Y fuera hace mucho frío, Penelope.

—¿Hay algo concreto de lo que queráis hablar conmigo? —Aprieto los labios para reprimir una sonrisa.

—Ah. Sí. Gracias. —Se recomponen y retoman el asunto en cuestión—. Queremos hacerte algunas preguntas.

—Vale.

—¿Cuál es tu color preferido?

—Mmm. —Lo pienso—. El azul.

—¿Qué opinas de los calendarios de comida semanales organizados meticulosamente?

«Muy sutil». La pregunta me hace sonreír.

—Agradezco la previsión y el detalle.

—¿Siempre te ha gustado el tiempo?

—Siempre —contesto.

—Si estuvieras atrapada en tu coche y te quedaran quince segundos de vida, ¿qué…?

—¿Por qué no me preguntáis directamente lo que queréis saber? —las interrumpo con amabilidad.

Se hace un breve silencio, y enseguida toma la palabra Adeline, creo.

—¿Qué intenciones tienes con nuestro hermano? —me pregunta de corrido.

—Eso —añade Penelope—. Porque si esto es solo para ganar audiencia o algo, no nos va a hacer ninguna gracia.

La sonrisa se me va de la cara, y siento presión en la nariz y detrás de los ojos. Hace media hora, a Jackson le preocupaba proteger a sus hermanas, y ahora ellas lo protegen a él.

—Vuestro hermano me gusta de verdad —replico con un tenso nudo en la garganta. Agarro la taza y observo los M&M del interior—. Me gusta muchísimo.

Se hace otro silencio, esta vez más largo. Imagino la conversación tácita que se está llevando a cabo al otro lado del teléfono, y aguzo el oído para captar algo.

—¿Tendrás paciencia con él? —me pregunta Penelope.

—Sí. Tendré paciencia.

—¿Y nos ayudarás a cuidar de él? —añade Adeline—. No se le da bien aceptar ayuda, así que tendrás que hacerlo sin que se entere.

—Sí, ya me he dado cuenta. —Me río—. Pero sí. Sí. Me encantaría ayudaros a cuidar de él.

—Vale —dice Adeline al fin—. Genial. Es lo que esperábamos, porque tanto Penelope como yo somos grandes fans de tu trabajo. No queríamos tener que odiarte.

—Me alegro. —Se me escapa una risotada.

Oigo el crujido de las sábanas cuando supongo que se tumban en la cama de Jackson.

—Por cierto, ¿qué estáis viendo?

—No es asunto vuestro —exclama la voz de Jackson desde el fondo. Las dos sueltan un gritito, y el ruido retumba en mi cuarto.

—¡Nos has asustado! —protesta Penelope.

—¡Estáis en mi habitación! —se ríe Jackson.

Oigo el golpe amortiguado de una almohada que se estampa contra algo.

Una voz pregunta: «¿Vamos a comer algo con la peli?

». Y luego a Jackson más cerca del altavoz: «Nosotros sí.

Vosotras os vais a la cama». Unos cuantos chasquidos de electricidad estática cuando el teléfono regresa junto a su propietario—.

¿Sigues conmigo? —me pregunta Jackson. Oigo de fondo a sus hermanas charlando alegremente, y me imagino que los tres se han acurrucado en la cama.

Sonrío.

—Sí, sigo contigo.