CAPÍTULO 33 JACKSON #3
Cuando llega al clímax, pronuncia mi nombre entrecortado.
Tengo que sujetarla con firmeza mientras estalla, su voz susurrando mi nombre una y otra vez, una maldición y luego una alabanza, y su cuerpo ablandándose mientras suavizo los labios.
La última vez que lo dice, se retuerce, atrapada en el inicio de una carcajada.
Sonrío contra la suave piel de su muslo, me limpio la boca allí y vuelvo a subirme encima de ella.
La abrazo y me levanto hasta sentarme con la espalda contra el sofá, con Delilah recostada sobre el regazo.
Quiero memorizar la sensación de tenerla así, exhausta y satisfecha, sonriendo tan ampliamente que su beso es caótico.
—¿Lo entiendes ahora? —susurro contra su labio inferior. Flexiono las manos contra la curva de su trasero—. ¿Lo ves?
Todas las cosas que no he podido decirle. Soy pésimo con las palabras cuando es importante, pero en esto puedo ser bueno.
Ella se ríe, sin aliento y jadeando.
—Sí. Lo entiendo.
—¿Seguro?
Asiente, con la nariz contra mi mejilla.
Está muy caliente encima de mí. Pechos desnudos, caderas desnudas, piernas desnudas. El pelo alborotado cayéndole sobre la espalda desnuda. Su cuerpo desnudo y acurrucado sobre el mío, que no me he desvestido del todo. Gimo y le muerdo la piel. Hundo la boca en su clavícula.
—Joder, Delilah —susurro.
Ella mece el cuerpo contra el mío y yo acaricio la longitud de su muslo.
—Así es como quiero que sea entre nosotros —murmuro, jadeando con la boca abierta contra el hueco de su cuello mientras ella extiende las manos entre nosotros para recorrer la bragueta abierta de mis vaqueros.
La tengo tan dura que me mareo. Seguro que el mero roce de una uña baste para ser mi perdición—.
No te conformes. Pide lo que necesitas. Déjame dártelo.
—Que no te lo ponga fácil.
—Exacto. —Asiento.
Baja una mano por la cintura de mis pantalones y me rodea con los dedos mientras me baja los vaqueros con la otra.
—Pues dame esto —susurra, tan dulce y entrecortada que me forma un nudo en la garganta—. Creo que te necesito, Jackson.
«Creo que yo también te necesito», estoy a punto de responderle.
Sin embargo, me limito a gemir. Es un sonido áspero y quebrado.
Delilah mueve la mano sobre mi erección, y apenas puedo pensar, todo el cuerpo me vibra.
Apoyo la frente contra la suya y miro entre nosotros para ver cómo me acaricia con la mano.
Se mueve y presiona mi pene desnudo contra ella, justo donde la he excitado.
Mueve las caderas en pequeños círculos, frotándose contra mí.
Clavo los dedos en sus caderas.
—Delilah.
Una risa se le queda atrapada en la garganta.
—Por favor, dime que llevas un condón en la cartera.
—Sí, pero… —Me humedezco los labios. Me cuesta articular las frases. He venido aquí porque la echaba de menos, no porque esperara esto—. No quiero que pienses que hago este tipo de cosas, Delilah.
—Calla —susurra—. Sé cómo eres.
Sigue moviendo las caderas. Excitándome. Haciendo que todo sea suave y fácil. Con cada movimiento de su cuerpo, mi pene le roza el clítoris, y echa la cabeza hacia atrás, con las puntas del pelo acariciándome los muslos, que siguen tapados.
—Así, ¿vale? Solo un segundo. Luego te dejo que busques el condón. Pero ahora… —Se le escapa un gemido profundo y satisfecho—. Siempre tengo cuidado y me protejo. Puedes tenerme así, si quieres.
Casi me río. «Si quiero». Aprieto sus caderas con tanta fuerza que me apuesto algo a que mañana tendrá moratones del tamaño de las yemas de los dedos. Diez presiones perfectas de azul y morado. La forma que adopta mi necesidad por ella.
—Yo también —gruño. El resto de la explicación me rehúye—. Me hago chequeos médicos muy a menudo.
—¿Por qué será que no me sorprende? —Se ríe contra las comisuras de mis labios.
—La salud es importante. —Le muerdo el labio inferior y sonrío—. ¿Estás segura? —susurro.
Asiente y enreda los dedos en mi pelo.
—Segurísima.
Me desmayo un poco al oírlo. Una neblina gris se cuela en los rincones de mi visión mientras el deseo me oprime con tanta fuerza que me quema los pulmones.
La aparto de mi regazo y me quito la ropa, con el pecho agitado y las manos temblorosas.
Busco mi cartera, tanteo el sobre con los dedos y luego lo abro.
Delilah me ayuda, aunque no sirve de nada, y de pronto está mi piel desnuda contra la suya, mis manos acariciándole las caderas, y la giro hasta que su columna se pega a mi pecho, rodeándola por la cintura con un brazo.
—Siéntate —le digo en voz baja—. Así. —Le separo suavemente las piernas y sitúo sus muslos sobre mis rodillas.
Inclino mi pene contra ella mientras baja la mano y me recorre ligeramente el cuerpo.
Unas cuantas sacudidas firmes y luego una presión caliente y contundente cuando se aparta.
Delilah se mueve lentamente encima de mí, tomándome poco a poco.
Se le entrecorta la respiración. Es el placer más intenso de mi vida.
—No creo que pueda…
Planto los dientes sobre su hombro, con mi cordura hecha pedazos en algún lugar del suelo.
—Sí que puedes —murmuro con voz ronca. Deslizo una mano por su vientre y le acaricio el clítoris con los dedos, intentando abrirme paso. Gime, y exhalo un sonido agudo—. Eso es. Eres perfecta. Un poco más.
Inclina el cuerpo hacia delante y me recibe por completo con suaves movimientos de cadera. El cuerpo le tiembla entero una vez que estoy completamente dentro de ella. Se retuerce, gime, suspira y emite otros mil ruiditos que me provocan ganas de clavarle los dientes.
Le apoyo la barbilla en el hombro y recorro su cuerpo con la mirada.
No veo gran cosa, pero lo que veo me hace gemir, y balanceo las caderas bajo las suyas.
La curvatura rosada de sus pechos rebota al ritmo de cada suave movimiento de mi cuerpo.
Mi brazo es una franja pálida sobre su cintura al estrecharla con fuerza.
Todo son imágenes borrosas de una situación de lo más obscena.
Ojalá no hubiera lanzado las gafas a la otra punta de la habitación cuando la he besado.
—¿Pensaste en esto en la habitación del hotel? —le susurro al oído.
—Sí —susurra persiguiendo mis caderas y frotándose con más fuerza.
Planta las manos en mis muslos y se refrota, con las uñas dejándome medialunas en la piel.
Ríe, sin aliento—. Supuse que sería así —añade.
Su mano encuentra la mía, y entrelazamos los dedos—.
Que te diría lo que quiero y que tú tomarías lo que necesitas. Que contigo sería genial, Jackson.
Aprieto los dientes para contener un gemido y le aprieto la cintura con el brazo. Me muevo hacia delante, aparto la mesa de centro con un pie y nos tumbo sobre el suelo. Nunca había sido así. Brusco. Exigente. Tomando en lugar de pedir. Completamente fuera de control.
—Pon las manos… Sí, así. —Delilah se aferra al borde de la mesa de centro y me muevo hacia ella. Suelta un hipo que se instala como una roca en la base de mi columna—. Joder —jadeo—. No.
Delilah echa la cabeza hacia atrás y me mira por encima del hombro.
—¿No?
Niego con la cabeza.
—Quiero verte.
Se ríe cuando me aparto y la giro para poder acomodar su cuerpo sobre la moqueta.
Agarro una almohada cualquiera y la coloco debajo de sus caderas antes de volver a metérsela.
Ahora es más fácil. Está suave, caliente y supermojada.
Estira los brazos por encima de la cabeza y…
sí. Así está mejor. Es lo que necesitaba.
Toda Delilah. Justo delante de mí.
Deslizo la palma de la mano por su muslo mientras muevo las caderas y le introduzco el pulgar entre las piernas. Dibujo círculos torpes, y su respiración se desboca.
—Jackson —gimotea, y su cuerpo se aprieta alrededor del mío. Separa un poco más las rodillas y vuelve a pronunciar mi nombre, un susurro agudo que pellizca y estimula—. Vas a hacer que estalle.
—Estupendo.
El orgasmo la deja sin aliento a ella y luego a mí.
Más calor, más humedad, y ya no puedo más.
Me voy. Le aferro las caderas y me muevo contra ella al tiempo que un relámpago me recorre la columna; todo mi cuerpo palpita al ritmo de sus jadeos.
Exploto con un gemido profundo mientras me desplomo encima de ella en el suelo, con la frente sobre su hombro y temblores por todas partes.
El resuello de mi respiración y los temblores que zarandean el cuerpo de Delilah duran mucho tiempo.
Me dejo caer más contra ella y le doy besos suaves y delicados por cada centímetro de piel que puedo alcanzar.
En el hombro, en el hueco del cuello, en la leve marca de mis dientes en la curva de su pecho.
Se ríe cuando le hago cosquillas y yo gimo de nuevo, apoyando la frente en el espacio que hay entre sus pechos.
Sus dedos me tiran del pelo. Bajan por mi cuello. Sus nudillos chocan contra la tela de mi sudadera, y se le escapa una risa entrecortada.
—¿Sigues con la sudadera puesta? —pregunta entre risas, un tanto aturdida.
La estrecho con más fuerza y la rodeo con los brazos.
—Creo que sí. —Le doy un beso rápido en el hombro—. No lo sé. No me preocupa demasiado.
Se ríe e intenta zafarse de mi abrazo. Profiero un sonido grave de fastidio y la aprieto aún más. Delilah busca algo que no puedo ver; palmea la moqueta, aparta algunos cojines que se han caído cuando la he derribado al suelo, estira los brazos y retuerce el cuerpo…
—Toma —dice mientras me pone las gafas. Sus pulgares rozan la curva de mis orejas—. Ahora ya puedes ver.
Observo su sonrisa, tan amplia que se le arrugan los ojos. El revuelo de su cabello y el rubor de sus mejillas. El corazón me late de forma irregular, justo en medio del pecho.
Creo que sé qué es este sentimiento. Esta ansia. Este vacío… cuando no está cerca de mí.
Creo que me enamoré de Delilah en medio de una tormenta de nieve.
Abro la boca y la cierro.
—Sí. —Trago saliva con dificultad—. Puedo ver.