CAPÍTULO 33 JACKSON #2
—Sí, la verdad es que sí. —Me dejo caer en el sofá y giro la cara hacia ella.
He echado de menos esta rutina. Ver a Delilah al final del día.
Tener a alguien con quien hablar y compartir.
Desahogarme de todo lo que me revuelve el estómago y que alguien me desenrede los nudos con delicadeza, alisando y tranquilizando hasta que me calme de nuevo.
Solo pasamos una semana en las montañas, pero fue suficiente para que la deseara en todos los espacios vacíos a mi alrededor—. Siento lo de nuestro almuerzo.
Su sonrisa se desvanece, y se acomoda las piernas para arrimárselas al pecho.
—No pasa nada, Jackson.
Extiendo la mano y le rodeo el tobillo con los dedos, tirando hasta que su pie queda presionado contra mi muslo. Recorro con los dedos la curva de su tobillo y se lo aprieto.
—No hemos tenido mucho tiempo para estar juntos desde que volvimos.
—No te preocupes.
La frustración me invade. Se le da tan bien minimizar sus propias reacciones que a veces no sé qué piensa realmente.
—¿Me perdonas? —pregunto.
Su sonrisa es forzada, y me mira a los ojos durante un segundo antes de desviarlos.
—Claro que sí. —Me apoya la barbilla en el hombro y mira hacia la cocina—. ¿Quieres un poco de…?
—No hagas eso —la interrumpo.
—¿No? —Tuerce los labios—. También tengo rollitos de primavera.
—No me refiero a los rollitos de primavera.
—Me giro para quedar delante de ella. Me coloco una de sus piernas en el regazo, la otra atrapada entre el lateral del sofá y mi cadera.
Extiendo el brazo sobre el respaldo del sofá y alargo los dedos en su dirección—.
Quiero que me digas la verdad. Dime qué quieres. Quiero… quiero que exijas más.
Me mira fijamente, con los ojos marrones irradiando cautela.
—No te entiendo.
Me muevo de nuevo para aproximarme más, con la parte interior de su muslo presionada contra mi caja torácica. Aprieto el dobladillo de su ridícula camisa y froto la tela entre el pulgar y el índice. El afecto se enreda con el deseo, tan intenso y cálido que tengo que tragar saliva.
—No sonrías cuando no estés contenta y no me perdones si no me perdonas. Cuando te haya hecho daño, dímelo. —Le suelto la camiseta—. Pídeme que sea mejor. Dime qué necesitas.
La sonrisa a la que se aferra como si su vida dependiera de ello se esfuma poco a poco, hasta que solo queda Delilah. Más seria que nunca.
—No sé en qué punto estamos ahora que hemos vuelto —confiesa en voz baja—. No quiero perder todo lo que nos permitimos tener en las montañas solo porque hayamos regresado.
Asiento con la cabeza y le apoyo las palmas de las manos en los muslos. Las deslizo suavemente por sus piernas hasta que le rodeo las caderas con los dedos, con los pulgares hundidos en ese surco que me vuelve loco. La tela de su camiseta se arruga en mis muñecas. Me quedo completamente inmóvil.
—Yo tampoco quiero perderlo —le aseguro.
Ella asiente, con la mirada fija entre mis ojos y mi boca.
—Vale.
Niego con la cabeza.
—No, Delilah —digo suavemente—. Me lo estás poniendo demasiado fácil. ¿Quieres que seamos amigos o que seamos algo más?
Abre los ojos de par en par al observarme. Está casi asustada.
—Quiero ser tu mejor amiga —susurra.
Se me forma un nudo en la garganta. Me giro y me incorporo sobre las rodillas para quedar suspendido encima de ella antes de colocar una mano junto a su cabeza y la otra en su cadera.
Encaja a la perfección conmigo, todas sus partes más suaves contra mis líneas más duras.
Me inclino hacia delante y le rozo la mejilla con la nariz, con los labios rozándole las comisuras de la boca.
—Exígeme más —susurro con voz ronca—. Te prometo que te lo daré.
El alivio se refleja en su rostro cuando busca mis ojos con los suyos.
Está empezando a comprenderlo. Sus manos encuentran la parte delantera de mi sudadera y me atrae hacia ella.
Levanta la barbilla y se apodera de mis labios.
Hace exactamente lo que le he pedido: besos duros y exigentes que castigan.
Gruño y emulo su frenesí, moviendo mi boca contra la suya y conteniendo la respiración cuando me clava los dientes en el labio inferior.
Lo echaba de menos.
—Mierda —murmuro.
Delilah calma el pellizco con un lametón. Sus manos no se han movido de mi sudadera, como si temiera que cambiara de opinión y me alejase. Me apoyo más en ella, empujando sus muslos con los míos para hacerme hueco.
—Perdón —musita.
—Deja de pedirme perdón.
Le acaricio la mandíbula y presiono el pulgar contra su barbilla para incitarla a abrir la boca, besándola con más intensidad mientras otro sonido oscuro me brota del pecho.
No me guardo nada, le proclamo mi disculpa con la lengua y los dientes, esperando que entienda cuánto me muero por estar con ella.
—Estás… —Se recuesta en el sofá, dejando el cuello al descubierto—. Me da la impresión de que intentas demostrar algo —se ríe.
—Bien. Por fin lo entiendes.
Todo lo que siento, todas las palabras que no he podido pronunciar.
Recorro con los labios su cuello y dejo una marca sobre su pulso.
Espero que mañana tenga que ponerse más maquillaje.
Que tenga que elegir algo con cuello alto cuando salga en directo por la tele.
Espero que, cada vez que la tela le roce la piel, piense en esto.
En mí presionándola contra el sofá. Sus rodillas suben poco a poco contra mis costados.
—No hay nada que demostrar, Jackson —susurra contra mi frente mientras finalmente aparta las manos de mi sudadera. Las desliza sobre mis hombros, hasta la nuca—. ¿Me deseas?
Tengo que tragar saliva antes de poder responder:
—Muchísimo —susurro.
Me toma el rostro entre las manos y me obliga a levantar la cabeza, mientras con los pulgares me roza los bordes de las gafas, que cuelgan sobre mis orejas.
—¿Incluso las partes desordenadas? ¿Las que necesitan un poco de trabajo? —Aprieta los labios—. ¿Y las partes que te decepcionan? Porque no sé si…
Le acaricio el labio inferior con un dedo para que se calle. Hemos pasado de la desesperación a una quietud dolorosa.
—Confía en mí —susurro.
—Ya confío en ti. —Se echa a reír. Una breve bocanada de aire cálido me roza el cuello—. Ese es el problema. Te abrí el corazón demasiado rápido, Jackson.
Cuando era pequeño, nunca tuve el lujo de ser codicioso. Me tocó aprender a racionar lo que quería, a dividirlo en pedazos para que durara.
Pero con Delilah no quiero ser paciente. Lo quiero todo, y todo a la vez.
Deslizo una mano por su espalda y presiono la palma contra la base de su columna para estrecharla contra mí y tratarla como la preciosidad que es. Antes fui descuidado, pero ahora puedo arreglarlo. Puedo demostrárselo.
Ha verbalizado sus exigencias. Voy a cumplirlas.
Extiendo la mano hacia el borde inferior de su camiseta.
—¿Puedo?
Ella asiente y levanta los brazos por encima de la cabeza. Le quito la suave y raída tela y gruño al ver solo piel tersa y pechos desnudos.
—No llevas sujetador.
—Sorpresa.
No se esconde, no aparta la mirada. Mete los pulgares en el interior de sus pantalones y también se los baja.
—Todo —susurra, y yo asiento. Le cubro las manos con las mías, tomo el control y le quito la suave tela de las piernas para dejarla caer a un lado del sofá.
Se estira debajo de mí, completamente desnuda.
Curvas voluptuosas y piel cremosa. En una ocasión, me preguntó qué colores veía cuando la miraba, y ahora mismo son rosas y dorados. Ojos color ámbar que arden.
Planto las manos sobre sus rodillas y dibujo un semicírculo con los pulgares. No me he quitado nada, pero no se trata de mí. Se trata de Delilah y de darle todo lo que se merece. De tranquilizarla.
—Desde ese primer beso —le digo—, supe que quería más de ti. Creo que intenté convencerme de que no, pero siempre se me ha dado muy mal mentir.
Me inclino sobre ella, bajo la cabeza hacia su pecho y atrapo uno de sus pezones rosados entre los labios. Lamo, succiono y froto los dientes contra ella hasta que tira de mi pelo. Me empuja hacia abajo y luego intenta volver a levantarme. Es indecisa y mandona, y me deleito con cada segundo.
—Yo también quiero ser tu mejor amigo —susurro, justo encima de su corazón—. Quiero protegerte. Quiero sostenerte. Quiero que… —Le paso los labios sobre la piel y me río—. Joder —añado—. Quiero ir a tirarme en trineo contigo con un dónut ridículo. Quiero estar aquí contigo.
—Jackson —jadea, arqueando la espalda. Le doy otro beso suave en la curva del pecho y luego me deslizo por su cuerpo hasta estar entre sus piernas, con las manos alrededor de sus caderas, colocándola en la posición que necesito hasta que…
Perfecto, es perfecta. Me paso un muslo por encima del hombro y pongo la barbilla justo debajo de su ombligo.
—¿Me dejarás cuidar de ti, Delilah?
Muevo los labios de un lado a otro, provocándola y saboreando cada temblorosa respiración. La forma en la que sus pulmones se expanden y se llenan debajo de mí. La forma en la que tiembla cuando desciendo más.
Presiono los labios contra los suyos en un beso lento y profundo, al tiempo que me aferro a la curva de su muslo, y ella se retuerce y gime.
La estrecho mientras descubro qué es lo que más le gusta y la suelto cuando se entrega al placer.
Sus muslos me presionan las orejas. Sus manos se enredan en mi pelo.
Levanto la mano y me quito las gafas para lanzarlas hacia la mesa de centro. Caen al suelo con un sonido metálico, pero estoy volviendo a besarla. Es un beso húmedo, lento y profundo, con los ojos cerrados, y acaricio con los pulgares allá donde está abierta para mí.
Me agacho y me desabrocho los vaqueros sin miramientos. Me rodeo la erección con la mano en cuanto puedo, con los dedos mojados de ella, a caballo entre el placer y el dolor. Con Delilah es tan maravilloso que duele y todo. Me quedo reducido a sensaciones y a acciones.