CAPÍTULO 33 JACKSON
Es como si el universo no quisiera que regresara junto a Delilah.
Primero tengo que lidiar con los torpes intentos de Aiden por empatizar conmigo en la cabina, luego con mis informes meteorológicos programados y después con una reunión apresurada con el representante de Recursos Humanos de la empresa sobre el ascenso que Maggie me ha lanzado como una bomba.
Cualquier esperanza de disfrutar de un almuerzo tardío después del reportaje de Delilah sobre Canton se desvanece porque tengo que ir a recoger a mis hermanas a la salida de clase, y ahora mismo estoy viviendo mi pesadilla.
Estoy supervisando la cita de mis hermanas con nuestra madre para tomar un helado. En mi cocina.
Adeline decidió que quería establecer contacto tímidamente, y decidí que podía dejar de lado mi propio dolor y frustración para darles a mis hermanas lo que necesitaban. Le dije a Camille que podía pasar una velada supervisada, y que a partir de ahí veríamos qué pasaba.
Sin embargo, dejarla entrar ha sido difícil.
—Tienes que intentarlo esta vez —le he advertido—. Tienes que escuchar. Tienes que estar presente.
Camille ha abierto los ojos, delineados con kohl, de par en par debajo del resplandor amarillo de la luz del porche.
—Claro que voy a estar presente. Ha sido idea mía, ¿recuerdas?
Dicho esto, ha entrado por la puerta principal y las ha saludado como si hubieran pertenecido a la misma hermandad e hiciera tiempo que no se ven y no como las hijas cuya custodia cedió voluntariamente.
Me he pasado toda su visita en la sala, fingiendo leer el Almanaque del Granjero, intentando no escuchar su conversación a hurtadillas.
Pero he oído la risa de Camille cuando ha visto la pizarra junto a la nevera con todas nuestras fechas importantes anotadas.
Y su pregunta ligera y despreocupada: «¿Todavía hace eso? ».
Una hora después, cuando la he acompañado a la puerta, la he detenido en la acera, delante de un Mercedes rojo cereza que parecía mantenerse en pie gracias al optimismo y a la pura fuerza de voluntad. El parachoques está sujeto con cinta adhesiva, por el amor de Dios.
—No lo estropees —le he dicho mientras me recolocaba las gafas e ignoraba lo mucho que nos parecemos en la curva de la barbilla y en el azul de los ojos. Me pasé demasiado tiempo buscando migajas de afecto de esta mujer. Me niego a hacerlo de adulto—. Será tu última oportunidad. ¿Queda claro?
—Siempre tan serio. —Ha sonreído y me ha pellizcado la mejilla—. No te preocupes tanto, Jackson. Te saldrán arrugas.
Acto seguido, se ha subido a su coche y se ha marchado a toda velocidad.
Ahora estoy aquí, a los pies de las estrechas escaleras que dan a la casa adosada de Delilah, mirando la pantalla de mi teléfono y preguntándome si he cometido un error.
Mis hermanas han vuelto a la casa de Aiden para una prometida fiesta del pijama después de su cita para tomar helado, y he sentido cómo me oprimían las paredes de nuestra casa vacía.
Me he subido al coche antes de poder pensarlo demasiado.
Hola , escribo por fin. ¿Estás ocupada?
—Estúpido —gruño. Esto se me da tan mal como a un chico de dieciséis años. Ya puestos, podría empezar a tirarle piedrecitas a la ventana.
Pero su respuesta me llega casi de inmediato. Una foto en la que aparece con otra de sus camisetas ridículas y enormes, sosteniendo una caja de comida china junto a su cara.
Mucho , me responde.
Sonrío a mi teléfono.
¿Quieres compañía?
—¡Eh! —grita alguien desde el otro lado de la calle—. ¿Qué haces ahí?
Me giro. Un anciano con un mono de terciopelo a juego está inclinado sobre la barandilla de su porche, blandiendo un par de…
agujas de tejer. Un viejo calefactor portátil chisporrotea a sus pies, y una manta abultada, seguro que tejida a mano, está tirada sobre la silla plegable de aluminio que tiene detrás.
—¡Sí, tú! —Me señala de nuevo con las agujas—. No son horas.
Me aclaro la garganta.
—Estoy esperando a…
—¡Lárgate de aquí! —me interrumpe antes de que pueda terminar. Levanta el puño curtido y frunce el ceño—. ¡Vete! ¡Fuera! ¡Este es un buen barrio, vagabundo!
Se enciende la luz del porche de la casa de al lado de la de Delilah. Dos puertas más allá, un perro comienza a ladrar. No estoy haciendo nada malo, pero mi instinto de lucha o huida se activa. Sopeso la posibilidad de salir corriendo.
Detrás de mí, se abre una puerta.
—Ya basta, señor Ribaldi —dice Delilah con voz suave. Parece que se esté riendo—. No es ningún vagabundo.
El señor Ribaldi arruga la nariz, receloso.
—En ese caso, ¿por qué está merodeando por aquí?
—Esa es una excelente pregunta. —Delilah apoya la cadera en el marco de la puerta y rebusca en su caja de comida china—. ¿Jackson? —me llama—. ¿Por qué estás merodeando por aquí?
Joder, cómo me alegro de verla. Toda la tensión que se ha ido acumulando en mi espalda desaparece de pronto al verla con su camiseta extragrande y pantalones de pijama de franela.
—No lo sé —grito—. Creo que soy un poco idiota. ¿Puedo pasar?
Una carcajada sonora baja por las escaleras y me envuelve como una cinta.
—Sí —ríe—. Sube.
Al llegar arriba, puedo ver mejor su atuendo. Es una de esas camisetas de playa enormes con la figura de una mujer en bikini rosa fucsia estampada. En la parte inferior, el nombre de Delilah está aerografiado en tono verde lima. Abre los brazos, estira una pierna y apunta con el pie.
Por lo visto, todavía tiene mis calcetines.
—La compré en el paseo marítimo de Ocean City. ¿Te gusta?
—Sí. —Me detengo en el último escalón y la miro a través del halo de luz dorada que emana de su casa—. Hola —susurro.
Su sonrisa es de alegría contenida.
—Hola.
—Perdona por haber venido así como así.
—No pasa nada. Entra antes de que te enfríes. O el señor Ribaldi te disparará con su pistola de balines.
—¿Tiene una pistola de balines? —Recorro el espacio que nos separa con tres pasos ligeros y me deslizo por su lado. Ella cierra la puerta tras de mí y recuesta la espalda.
—Se ha autoproclamado el jefe de la seguridad del vecindario. Se lo toma muy en serio.
—Aunque no me entusiasman sus métodos, me alegro de que tengas a alguien que cuide de ti.
La sonrisa de Delilah se amplía antes de que mire su caja de comida para llevar, jugueteando con ella.
—En términos muy generales, sí. El señor Ribaldi cuida de mí. —Su voz suena triste. Casi melancólica. Como si hubiera metido el dedo en la llaga de una herida apenas cicatrizada. Se aparta de la puerta—.Ven. Estaba cenando y viendo Jeopardy!
Como la mayoría de las casas de este vecindario, la distribución es pequeña pero acogedora.
Sala de estar, comedor y cocina, todo apilado en una línea recta y estrecha.
No me di cuenta la última vez que estuve aquí, pero las paredes están repletas de coloridas obras de arte.
Una combinación de fotografías y lienzos pintados a mano, incluida la imagen de la santa Dolly Parton, que preside la mesa del comedor, donde se encuentran extendidas cajas de cartón de comida china.
Los muebles son sencillos, pero coloridos y apreciados.
Un sillón de aspecto acogedor se encuentra junto a una estantería repleta de libros, con una manta gruesa sobre uno de los reposabrazos y un libro abierto boca abajo en el asiento.
Hay dos tazas abandonadas. Un plato con media magdalena y algunas migas.
Delilah está presente en todos y cada uno de los detalles.
—¿Esperas visita? —le pregunto.
Delilah parpadea y mira hacia arriba desde la bolsa en la que estaba buscando algo.
—No. —Aparece con una galleta de la suerte, se arrastra hasta el respaldo del sofá y se deja caer sobre él. Aterriza con un bufido, con el pelo revuelto sobre los hombros—. ¿Por qué?
—No, por nada.
—¿Es porque he pedido comida china para una familia de seis?
—No.
—Vale. El restaurante me ha puesto cuatro tenedores.
Cuando ha llegado el repartidor, estaba mirando por encima de mi hombro para ver qué fiesta había organizado.
—Abre el envoltorio de la galleta y me sonríe—.
Una fiesta para una sola persona. No he podido decidir qué quería, así que he pedido un poco de todo. Me comeré las sobras durante la semana.
Me quito la chaqueta y la tiro sobre el respaldo de un sillón de terciopelo verde que seguro que rescató de Facebook Marketplace.
—¡Ah! —Delilah se incorpora y se inclina sobre el respaldo del sofá. Alcanza la bolsa que está en la mesa del comedor y vuelca una de las sillas. La agarro por el muslo para que no se caiga, y ella sujeta una de las galletas con un gritito de victoria. Me la lanza—. Enhorabuena por tu ascenso.
—Gracias. —Capturo la galleta—. Aunque creo que nunca entenderé las decisiones de Maggie.
—Te mereces el ascenso, Jackson. —El rostro de Delilah se suaviza—. Trabajas mucho.
—Eso es discutible —murmuro. Abro el envoltorio de plástico y parto la galleta. Leo la predicción y resoplo.
—¿Qué dice?
Miro el trocito de papel.
—«Un corazón ligero te ayuda a superar los momentos más difíciles».
—Es mejor que la mía. La mía pone: «Una voz suave puede ser terriblemente persuasiva».
—¿Debería empezar a hablar en susurros? —Sonrío.
—Depende —se ríe—. ¿Qué quieres convencerme para que haga?
—Tengo una lista.
—Tú y tus listas. —Se mete el resto de la galleta en la boca y mastica pensativamente—. ¿Dónde están tus hermanas esta noche?
Me paso la mano por el pelo.
—De vuelta en casa de Aiden y Lucie. Creo que la emoción inicial por mi regreso anticipado se ha desinflado. Hay un programa que querían ver juntos, y la promesa de chocolate caliente con menta es de lo más tentadora.
—Es muy bonito que compartan eso. —Delilah sonríe.
Recuerdo cómo han subido corriendo las escaleras cuando las he dejado en la casa. La alegría con la que charlaban. El suspiro de angustia de Aiden desde la sala.
«Sé más sobre la discografía de Olivia Rodrigo de lo que jamás quise saber, Jackson».