Una conexión imprevista CAPÍTULO 32 DELILAH #2
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CAPÍTULO 32 DELILAH #2

—Entiendo tus razones y lamento lo que estás pasando, Delilah. Por favor, ten en cuenta que esta oferta no tiene fecha de caducidad. Si en el futuro buscas nuevas oportunidades, quiero que sepas que aquí siempre tendrás un sitio.

—Te lo agradezco. —Me muerdo el labio—. Y espero que Jackson consiga el ascenso que le has prometido.

Maggie suelta una carcajada.

—Sí, las dos cosas no estaban condicionadas la una a la otra. —Mete la mano en el cajón superior de su mesa y saca un sobre para lanzárselo a Jackson. Le golpea en medio del pecho—. Felicidades. Acabas de ascender.

Aiden aparece de repente en la puerta, blandiendo un tubo largo y estrecho. Gira la parte inferior, y el confeti explota en el pequeño despacho. Se me escapa una risotada de sorpresa. Jackson se sobresalta tanto que se le cae el sobre.

—Aiden —suspira Maggie—. Te he dicho que no quería confeti.

—No he recibido ese correo —replica él como si tal cosa, con trocitos de papel de colores pegados al pelo. Con sus rasgos marcados y su expresión seria, el contraste es impactante.

—No te lo he dicho por correo electrónico, te lo he dicho a la cara. Hace media hora.

Detrás de mí, Jackson intenta limpiarse la purpurina de las gafas.

—¿Has estado todo este tiempo al otro lado de la puerta del despacho?

—Pues claro. Encontré los cañones de confeti entre los artículos de oficina de dudosa procedencia de Hughie y pensé que me vendrían bien.

—Mete la mano detrás de la espalda y saca otro tubo.

Un rápido giro de muñeca, y más papel de colores explota por todas partes.

Le sonrío a Jackson mientras el color nos envuelve, con trozos de papel rosa fucsia pegados en el pelo.

Creo firmemente que todas las reuniones deberían empezar y terminar con confeti.

—En fin —dice Maggie, harta de todo—. Por muy divertido que esté siendo, me gustaría que salierais de mi oficina ya.

—Con mucho gusto. —Jackson me agarra el codo y trata de sacarme a rastras de la sala—. ¿Todavía tienes tiempo para almorzar? —me pregunta con mirada casi desesperada.

Le sujeto la mano y la giro para mirar su reloj. La decepción me invade como los fragmentos de papel.

—Tengo que estar en Canton dentro de media hora.

—Y tú… —Aiden le da un golpe a Jackson con un tubo de cartón vacío— tienes que estar en la cabina.

Jackson frunce el ceño mirándolo por encima de mi cabeza.

—¿Para qué?

—Para una reunión.

—¿Desde cuándo?

Aiden parece estar pasándoselo de maravilla.

—Desde hace diez minutos.

El suspiro de Jackson es cansado. Le tomo la mano y se la aprieto.

—Era más fácil en las montañas, ¿verdad? —musito.

—Por muchas razones. —Jackson me devuelve el apretón.

Me da la impresión de que, desde que Jackson se metió en mi cama y me besó, ha habido un obstáculo tras otro. He probado la miel de sus labios, y ahora el universo me lo sitúa fuera de mi alcance.

Estoy frustrada. Un poco triste. Confundida.

—¿Me acompañas a la salida? —pregunto, intentando olvidarlo. «Ya habrá tiempo», me digo a mí misma. «Él también quiere encontrar la forma». Todo esto es muy nuevo. No debería suponer nada porque Jackson ha demostrado una y otra vez que está presente cuando es importante.

Jackson asiente.

Sin embargo, nuestra huida del despacho se ve retrasada por la repentina aparición de un hombre impecablemente vestido en el umbral, con una mano aferrada al marco de la puerta.

O no nos ve intentando irnos o no le importa mucho tenernos como rehenes; tiene la atención clavada en Maggie, sentada en su mesa, con la recta melena aún cubierta de diminutas motas de purpurina dorada, papel amarillo y rosa.

Se le ensombrece el rostro al verlo. Él sonríe.

—Hola, Margaret. —Echa un vistazo al despacho abarrotado—. Parece que estáis de fiesta.

Tiene el pelo oscuro peinado hacia atrás con pulcritud y lleva un traje impecable.

No parece que su ambiente habitual sea una emisora de radio local, algo destartalada pero encantadora.

Parece más bien alguien que debería estar fumando un puro en una habitación con poca luz.

Tal vez atando a alguien al cabezal de una cama.

Ojos azules penetrantes. Gesto malicioso en los labios. Su sonrisa se transforma en una mueca burlona, que deja una marca en su mejilla.

«Madre de Dios».

Maggie entrecierra los ojos. Si las miradas mataran, el desconocido se convertiría en polvo en el pasillo, flotando alegremente hacia el suelo como el papel de uno de los cañones de confeti de Aiden.

—¿Cómo has entrado?

Las otras tres personas del despacho no existimos. Maggie y el desconocido son como dos pistoleros en una película del oeste, que se miran fijamente en un tramo de calle abandonado.

—Por la puerta principal —contesta de lo más divertido—.

¿Por qué? ¿Has instalado seguridad desde la última vez que visité tu pocilga?

—Mira al techo con desagrado. En concreto, observa los trozos de confeti que se han atascado en uno de los conductos de ventilación—.

¿Estamos de celebración? A lo mejor has recibido el patrocinio de ese restaurante de pollo frito del que tus presentadores no paran de hablar.

—Aiden emite un sonido ofendido—. ¿Una silla de escritorio nueva?

Maggie entorna los ojos.

—A lo mejor estamos celebrando tu muerte completamente accidental y fácilmente explicable.

—Vaya —murmura Jackson.

Pero el hombre tan solo se ríe y golpea el marco de la puerta con los nudillos.

—Por muy bonito que suene, todavía no es momento de descorchar la botella de champán. —Le hace señas con dos dedos para que se le acerque—. Vamos, Margaret. Tenemos una reserva.

—No pienso ir a ningún sitio contigo. —Se le escapa una carcajada de incredulidad.

—Y tanto que sí.

—No.

—Que sí —repite, con voz cada vez más cortante—.

A menos que quieras explicarle a tu equipo directivo, el que mantiene a flote esta pequeña emisora, por qué has rechazado una invitación personal a una sesión de lluvia de ideas en Orion.

Seis veces seguidas. —La mira fijamente—.

Es lo que pasa cuando dejas de contestar al teléfono, Margaret. Aparezco como por arte de magia.

—Como Bitelchús —masculla ella.

—Por favor. Voy mucho mejor vestido. —Se aparta del umbral y camina a grandes zancadas por el pasillo—. Vamos —grita por encima del hombro.

Maggie hierve de rabia en silencio.

Aiden se rasca la mandíbula.

—¿Ese es…?

—Cooper West, sí.

—¿El de adquisiciones?

Maggie cierra los ojos con fuerza.

—Sí, el vicepresidente de adquisiciones de Orion —dice entre dientes—. La madre que me parió —añade en un susurro. Se concede otro segundo de meditación silenciosa antes de agarrar el abrigo de lana y echárselo al brazo—. Si dentro de una hora no he vuelto, uno de los dos ha asesinado al otro.

Pasa junto a nosotros y se dirige al pasillo. Oigo el taconeo de sus zapatos contra el suelo. Y la voz de Cooper, que le pregunta con pereza:

—¿Conduzco yo o nos resignamos a usar el transporte público?

—Cierra el pico.

—Podría…

—Te he dicho que cierres el pico.

La puerta se cierra de golpe. Las paredes tiemblan. Un silencio se cierne sobre nosotros. El confeti vuela por el suelo como una bola de arbustos rodantes multicolores, y los tres nos quedamos inmóviles en el despacho abandonado de Maggie.

—¿Siempre es… tan emocionante aquí?

Aiden tira los cañones de confeti a la papelera.

—Me gustaría decirte que no, pero creo que te estaría mintiendo. —Le da una palmada en el hombro a Jackson—. Vamos. Tienes un interrogatorio mal disimulado al que asistir.

Jackson me dedica una mirada un tanto suplicante. Me río y le quito un poco de confeti de las gafas, pero enseguida bajo la mano. No sé qué quiere y qué no quiere de mí cuando estamos delante de otras personas.

Pongo las manos a la espalda, entrelazo los dedos e intento no sentirme avergonzada.

Jackson frunce el ceño.

—¿Nos vemos luego? —le pregunto. Pero ya me encamino hacia la puerta.

—Sí, claro que sí. Pero, Delilah, escucha…

Salgo del despacho con una sonrisa forzada antes de que termine la frase. No estoy segura de querer oír lo que pretenda decirme ahora mismo. Cuanto más retrase la conversación en la que me va a rechazar con delicadeza, mejor.

«Sigue sonriendo», me digo a mí misma mientras me doy la vuelta y me alejo.

«Ya casi está».

«Unos cuantos segundos más».

«Sigue sonriendo».