CAPÍTULO 32 DELILAH
En cuanto salgo del estudio, veo la nota pegada a la puerta del conductor de mi coche.
Un pósit amarillo normal y corriente, con la esquina levantada por culpa del viento que azota el aparcamiento.
Sigue habiendo nieve en el suelo tras la tormenta, aunque en los días que han pasado desde nuestro regreso está aplastada por los coches y las botas.
Arranco la nota de mi ventanilla.
«¿Comemos juntos?», pone con la pulcra letra de Jackson.
Sonrío.
—¿Es una amenaza o una invitación?
Jackson murmura algo detrás de mí, apoyado en el capó de su Honda con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Por qué contigo siempre tiene que ser una cosa o la otra?
—¿A lo mejor son las dos? —Me guardo el pósit en el bolsillo.
—¿Pueden ser las dos?
—Ya ni siquiera sé de qué estamos discutiendo. —Me encojo de hombros.
—Ah. ¿Estamos discutiendo? —Se aparta del coche y se me aproxima. Se detiene justo delante de mí, tan cerca que debo echar atrás la cabeza para mirarlo a la cara. Esboza una sonrisa torcida, pero sus ojos irradian verdad. Se alegra de verme—. Hola, Delilah.
Yo también me alegro de verlo.
—Hola, Jackson.
Lanza una rápida mirada hacia el edificio de la emisora antes de meterse las manos en los bolsillos y apoyarse sobre los talones.
—¿Cómo está tu abuelo?
—Mejor. Gracias. Esta tarde le dan el alta. Voy a ir a buscarlo antes del parte meteorológico de la tarde. ¿Y tú? ¿Cómo están tus hermanas?
—Están bien. —Una sonrisa se asoma en sus labios—. Aunque no sé si pasar tanto tiempo con Aiden ha sido lo mejor para ellas.
—¿Por?
—Es una mala influencia —dice—. Te lo cuento mientras comemos.
—Engancha un dedo en la abertura de mi chaqueta y lo usa para acercarme.
No me he molestado en subirme la cremallera del todo antes de salir del trabajo, y su nudillo roza la blusa de seda práctica y profesional que llevo debajo.
Suelto un suspiro que parece provenir de lo más profundo de mi ser.
Sus ojos azules se clavan en los míos.
—Ya no trabajamos juntos —comenta.
—No. Ya no.
He sentido su ausencia como una sombra. No dejo de girarme durante mis partes meteorológicos para buscar a alguien que no está ahí.
Jackson finalmente relaja el semblante y se despoja de su máscara. Se pone serio.
—Quizá podríamos…
—¡Delilah! ¡Jackson! —Maggie grita nuestros nombres desde la otra punta del aparcamiento; es una jarra de agua fría que nos cae encima. Intento dar un paso atrás, pero Jackson todavía tiene el dedo enganchado en la parte delantera de mi chaqueta.
Arqueo una ceja. Me devuelve la mirada y no me suelta.
—¿Qué? —grita por encima de mi cabeza.
Maggie tiembla con las botas de piel, abrazada a sí misma.
—¿Podéis entrar? Necesito hablar con los dos.
Jackson masculla una palabrota entre dientes.
—¿Es importante?
—No, Jackson. Quiero hablar del tiempo. —El rostro de Maggie se ensombrece—. ¿Acaso te he pedido alguna vez algo que no fuera importante?
Otra palabrota, esta vez más enfática. Me observa a los ojos con frustración reflejada en su expresión.
—No tenemos por qué entrar.
Miro por encima del hombro a Maggie, que tiembla en la entrada de la emisora de radio.
—De hecho, creo que sí.
—Podríamos huir —dice con nostalgia—. Subirnos a mi coche. Conducir hasta la frontera. No volver jamás. —Hace una pausa—. Besarnos.
—Un sueño precioso. —Le doy una palmadita en el pecho antes de girarme y echar a caminar de puntillas sobre los charcos de hielo—. Me da la sensación de que estás obsesionado con Thelma y Louise .
Jackson me agarra del codo y me ayuda suavemente a superar el peor trecho.
—No es con ellas con quien estoy obsesionado —murmura.
—¿Qué?
—Nada, nada. —Suena tan abatido que me entran ganas de reír. Es como si le hubieran arrebatado su juguete favorito.
Conseguimos llegar hasta Maggie, que mantiene la puerta de la emisora abierta con la palma de la mano. Una oleada de calidez me envuelve, y suspiro agradecida.
—Vamos —dice, inclinando la cabeza hacia el pasillo—. Hablemos en mi despacho.
La seguimos obedientemente, y Jackson no me quita la mano de la espalda en ningún momento.
—¿Cómo dices?
Maggie está impasible, con las manos juntas sobre su mesa impecable y ordenada.
—Te estoy ofreciendo un trabajo.
—Ya tengo trabajo. —Señalo—. Justo ahí delante.
—Lo sé —confirma Maggie—. Un trabajo de mierda.
Miro a Jackson. Él la contempla con la mano debajo de la barbilla y el codo apoyado en el reposabrazos. No parece confundido, pero sí receloso. Dudoso.
—¿Me vas a…? —Traga saliva con dificultad y me lanza una mirada rápida—. ¿Me vas a despedir?
Maggie es la viva imagen de la paciencia, a pesar de que llevamos siete minutos haciendo las mismas preguntas una y otra vez.
—No —dice—. Como ya te he explicado, te has ganado un ascenso.
—¿A qué puesto?
—Al de director de producción. Pero podemos hablar de los detalles dentro de un rato. Primero quiero hablar de la oferta de Delilah.
—No lo entiendo —exclamamos Jackson y yo al unísono.
—Sí, eso ya me ha quedado claro. —Maggie tuerce los labios, abre el cajón de arriba y saca un chicle Big Red—.
No veo razón para ponerle fin a algo que funciona.
Vosotros dos tenéis una química increíble.
Vuestros índices de audiencia son de los mejores que hemos visto desde la colaboración de Aiden y Lucie.
Delilah, si vienes a trabajar con nosotros, podrías elegir el horario y los segmentos que quisieras.
Jackson podría acompañarte para dar el tiempo y luego pasar el resto del tiempo en su papel favorito, entre bambalinas.
—Estoy… —«Sorprendida» se queda corto. ¿Atónita, tal vez?—. ¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto?
Maggie se recuesta en la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Un poco.
Me permito asimilar la información.
—No sé qué decir. Nadie me ha ofrecido un contrato para sacarme de la cadena.
Jackson emite una áspera risotada a mi lado. Cuando lo miro, se encoge de hombros.
—Lo siento, pero me sorprende.
—¿En serio? ¿Crees que la gente hace fila para contratar a la chica que se cayó de bruces en el hipódromo?
—Me parece raro que la gente no haga fila para contratar a la chica que se echó a reír después de caerse de bruces en el hipódromo y luego dio un informe impecable sobre los tiempos de las carreras y las condiciones de la pista. —Me mira a los ojos.
Noto cómo se me ruborizan las mejillas.
Me permito imaginarlo durante una fracción de segundo.
Ir a trabajar sin la ansiedad que me revuelve el estómago y sin preguntarme qué payasada me tocará hacer a continuación.
Esperando lo mejor, pero preparándome para lo peor.
Una mesita en un pequeño despacho. Los auriculares puestos y un micrófono delante de mi cara. Y Jackson justo a mi lado.
Es una solución bonita y tentadora.
Pero no funcionará.
—Lo siento mucho, Maggie, pero tengo que rechazarla.
El silencio es casi sonoro. Creo que Maggie no está acostumbrada a que le digan que no.
—Puedo subirte el sueldo —responde lanzándome una mirada penetrante—. Puedo duplicarte el sueldo. Sin problemas.
Me río. No es que en YBAL nade precisamente entre billetes.
—De eso no me cabe ninguna duda.
—Podrás informar sobre el tiempo. Nada de la migración de los gansos. Nada de los… hábitos reproductivos de los murciélagos.
Mi sonrisa se desvanece. Había olvidado el reportaje que hice en el zoológico de Baltimore. Me fui directamente a casa y me pasé casi una hora en la ducha. Te juro que todavía noto esos bichillos aleteando en mi pelo.
Debajo de la superficie de la mesa, Jackson desliza una mano sobre mi rodilla.
—No se trata de la naturaleza del trabajo —digo.
Creo que debo ponerle fin antes de que Maggie empiece a ofrecerme todas las estrellas del cielo y un suministro de sándwiches de por vida.
No estoy segura de tener la fuerza suficiente para soportarlo—.
Pero es que quiero desarrollar mi carrera en la televisión. No en la radio.
—Aquí tendrás las mismas oportunidades —insiste Maggie—. Incluso mejores.
—Lo sé, pero es que… —digo lentamente. Tengo la impresión de que mi corazón pende de un hilo.
Soy yo quien se lo tiende, con la esperanza de que tenga cuidado con él—.
Mi abuelo organizaba su vida en torno al informativo de la mañana y de la noche.
Yo desayunaba cereales con la música del inicio y hacía los deberes con el tráfico de la hora punta de fondo.
Veíamos juntos el pronóstico del tiempo para los próximos cinco días antes de que él bajara a los muelles para ir a trabajar.
—Me aparto el pelo de la cara y junto las manos—.
Todavía ve YBAL. La costumbre no ha cambiado en tres décadas.
A mi lado, la atención de Jackson está fija en mi mejilla. Tensa la mano en mi rodilla, y suelto un suspiro.
—Le diagnosticaron alzhéimer el año pasado y está…
está empeorando más rápido de lo que esperábamos.
Hay días en los que está confundido. Y en los que no recuerda quién soy.
—Me mira confundido y olvida todos los momentos que hemos compartido.
Todas las veces que me rasguñé la rodilla.
Todos los cuentos que me contó antes de dormir.
Todos los cortes de pelo, las cenas medio quemadas y las decepciones adolescentes—.
Pero reconoce a Delilah Stewart, su meteoróloga favorita de su canal de noticias preferido.
Reconoce mi rostro y mi voz a pesar de olvidar todo lo demás.
En sus peores días, cuando todos son desconocidos, me sigue teniendo a mí. La amable reportera del tiempo con la sonrisa radiante. El hábito se ha arraigado tan profundamente en su mente y en su corazón que la enfermedad no puede arrebatárselo.
—Y, aunque te agradezco la oferta, no puedo renunciar a la televisión. Es lo único que me mantendrá conectada con mi abuelo cuando la situación empeore. Espero que, después del éxito de nuestra colaboración, Keith me permita volver a hacer lo que mejor se me da.
Maggie y Jackson intercambian una mirada larga e inquisitiva.