Una conexión imprevista CAPÍTULO 31 JACKSON
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CAPÍTULO 31 JACKSON

—¿Te has cortado el pelo?

—No.

—¿Te has puesto bótox?

Me pellizco el puente de la nariz.

—¿Dónde me voy a poner bótox en las montañ…?

—¿Te has comprado unas gafas nuevas?

—Ya os lo he dicho —replico al remover los huevos revueltos de la sartén y ponerlos en los tres platos alineados en la isla de la cocina—. No me he hecho ningún cambio estético en la última semana.

—Entonces, ¿por qué parece que te hayan metido una varita luminosa por el culo? —pregunta Adeline. Está mordisqueando la corteza de una tostada y mirándome fijamente desde el taburete. Lleva unos pantalones de deporte desteñidos y una sudadera de Fibra sensible que me ha robado del armario.

—Os he dejado demasiado tiempo con Aiden. —La miro a los ojos.

—Tiene un vocabulario muy interesante. —Mi hermana entorna los ojos con una sonrisa.

Esta mañana me he despertado en la cama de Delilah y me la he encontrado tumbada encima de mi pecho, con las mejillas aún mojadas de tanto llorar.

Le he recorrido el puente de su nariz con el pulgar mientras la palabra «amigo, amigo, amigo» resonaba en mi cerebro, y luego me he apartado de debajo de ella.

He dudado de si ir a por mi coche, que estaba en la esquina, pero he optado por la furgoneta de los informativos, y poco a poco me he abierto paso por la ciudad hasta la casa de Aiden y Lucie.

Pensaba que mis hermanas querrían quedarse, pero se habían puesto eufóricas cuando he llamado a la puerta.

Ha habido gritos. Abrazos. Exigencias de hacerse selfis en la furgoneta.

Ahora han iniciado un interrogatorio en nuestra cocina mientras preparo nuestro desayuno especial para el día de nieve: huevos revueltos, tostadas y tortitas con virutas de chocolate.

—Hay algo diferente en ti —tercia Penelope, entrecerrando los ojos.

—Creo que es el pelo —insiste Addie.

—Creo que son sus besos secretos con Delilah Stewart. —Penelope hace una mueca de beso exagerada apretándose las mejillas con las manos. Adeline inmediatamente estalla en una risa estridente.

Me vuelvo hacia el fogón.

—¡Ay, venga! No nos dijiste nada mientras estabas allí con ella. No parabas de repetir que nos lo contarías cuando volvieras a casa.

—No hay nada que contar. —Me encojo de hombros—. Nos besamos un par de veces para distraerme de los nervios del directo. Ahora somos amigos. Ya está.

No está, desde luego. Como mínimo, desde mi punto de vista.

Vierto un poco de masa para tortitas en la sartén caliente y observo cómo burbujean los bordes.

—¿Así que es algo típico que hacen los amigos? —pregunta Adeline—. ¿Besarse?

Me giro tan rápido que me da tortícolis.

—No. —La señalo con la espátula—. No es algo típico que hacen los amigos.

—¿Delilah y tú no sois amigos, pues? —Mi hermana me mira pestañeando.

—Sí.

—Amigos que se besan.

—Amigos que son… solo amigos —contesto—. Amigos que se besaron una vez. Como un… ejercicio de trabajo de equipo.

—Según la cronología que se hizo en Reddit, os besasteis por lo menos dos veces.

Me froto los nudillos contra la frente.

—La cronología que se hizo en Reddit —repito, confundido y aterrorizado a partes iguales.

Penelope da un delicado bocado a la punta de su beicon y mastica, pensativa.

—No te mira como si quisiera ser tu amiga.

—¿Cómo me mira? —Odio que se me acelere el corazón.

—Como si tuvieras una varita luminosa metida por el culo —contesta Adeline con cara seria.

Pongo los ojos en blanco.

Adeline golpea la encimera con los puños.

—¿Qué escondes, Jackson?

—No escondo nada —digo con cansancio. Pero tampoco tengo una explicación que darles.

Me paso la mano por la cara y miro a mis hermanas entre los dedos.

Las dos me observan con una mezcla de sospecha e intriga apenas disimuladas, una cara que solo dos adolescentes son capaces de poner a la perfección—.

Preguntádmelo y punto —suspiro, deseando que termine el tormento—. Sea lo que sea.

Intercambian una breve mirada cómplice y, sin aliento, Penelope me pregunta:

—¿Te gusta Delilah Stewart?

Sin saber por qué, noto cómo me sube el calor hasta las mejillas.

Me gusta, exacto. Delilah Stewart me gusta mucho, muchísimo, me gusta toda ella.

Me gustan sus sonrisas demasiado grandes, la forma en la que arruga la nariz y la forma en la que pronuncia mi nombre, con las manos apretadas en mi pelo.

Me gustan su caos y su encanto, esas pequeñas heridas que esconde a todos, pero que a mí me muestra.

Mi cara debe de haber respondido a la pregunta, ya que las dos se levantan del taburete de un salto y chillan a todo pulmón.

—¡Lo sabía! —grita Adeline, señalándome—. ¡Lo sabía, has caído!

—Basta. —Le lanzo un paño de cocina a la cara—. Ya basta.

—No basta. —Se lo aparta—. Es el mejor momento de mi vida. Es lo mejor que me ha pasado nunca.

—Vale, estás siendo un pelín dramática…

Penelope se abalanza sobre mí y me rodea la cintura con los brazos.

—Me alegro muchísimo por ti. Es la primera persona que te gusta.

—No debería haber dicho nada. —Suspiro, derrotado.

—Técnicamente, no has dicho nada. —Penelope me apoya la barbilla en el pecho y me mira con los ojos muy abiertos y llorosos. «Por Dios»—. Pero no pasa nada, Jackie. Vamos a conseguirlo. Vamos a ayudarte a conquistarla.

Adeline se lanza sobre la encimera de la cocina y derriba el paquete de mezcla para tortitas y la bolsa de virutas de chocolate.

Se esparcen por el suelo, probablemente pegándose a la suela de sus zapatillas con caritas sonrientes, mientras choca contra mí y nos envuelve con los brazos desgarbados.

Me quedo aplastado en el abrazo grupal más incómodo del mundo.

—Esperaba que llegase este momento —susurra Penelope.

—Por fin vas a usar tu cuaderno de espiral —le dice Adeline asintiendo con la cabeza.

—¿Quiero saber qué hay en el cuaderno de espiral?

—Es un plan de quince pasos para que te eches novia. —Penelope habla con la voz amortiguada, con la cara hundida en mi camisa—. Llevo un tiempo trabajando en él. Ha llegado el momento.

—De acuerdo. Dejémoslo… dejémoslo a un lado por ahora. —Les acaricio la cabeza a ambas—. De hecho, quería hablar con vosotras de otra cosa.

Adeline ahoga un grito.

—¿Por fin nos pides que te demos un cambio de imagen?

—¿Qué? No. —Me llevo una mano al pelo—. ¿Por qué lo dices?

—Por nada —responden enseguida al unísono.

—¿Son las gafas? —Frunzo el ceño.

—No, no son las gafas —dice Adeline desde mi axila.

Penelope se aparta y lanza una mirada penetrante a su gemela.

—¿De qué querías hablar con nosotras? —me pregunta para cambiar de tema.

Me apoyo en la encimera y agarro mi taza de café. Lo he estado pensando mucho, pero creo que ya ha llegado la hora. Tienen edad suficiente para tomar sus propias decisiones.

—Camille insiste en que quiere venir a visitaros. Lleva una semana enviándome mensajes de texto. —Las contemplo atentamente, esperando una reacción. El rostro de Penelope se queda inexpresivo. Adeline muestra una cautelosa esperanza—. Dice que está deseando tener una relación con las dos.

Intercambian una mirada interrogante.

—¿Y contigo? —me pregunta Penelope—. ¿También quiere tener una relación contigo?

Gano algo de tiempo dando un largo sorbo a mi taza y medito la pregunta.

—Esa posibilidad no está encima de la mesa —digo finalmente. Mi relación con Camille es inamovible. No estoy dispuesto a reconsiderarla. Sin embargo, podría dejarme convencer para hacer un esfuerzo… por mis hermanas—. Esta conversación gira en torno a vosotras y a lo que queréis.

—¿Te enfadarás si hablamos con ella? —murmura Adeline, jugando con el anillo de su pulgar. El suyo es de color naranja quemado. El anillo idéntico que lleva su hermana en el dedo anular es de color rosa pálido.

Niego con la cabeza. Su pregunta es un puñetazo en el plexo solar.

—Claro que no —le aseguro.

Me mira de soslayo antes de desviar los ojos de nuevo hacia la ventana del fregadero. Hacia sus zapatillas. A regañadientes, vuelve a mirarme a mí.

—¿Nos lo prometes?

Penelope agarra la mano de su hermana.

—No queremos que pienses que no estamos en tu bando —añade.

Me paso la mano por el pelo y dejo la taza de café en la encimera de la cocina.

—Aquí no hay bandos. Tener una relación con ella no afectará a vuestra relación conmigo.

—La vergüenza me constriñe la nuca. No puedo creer que alguna vez les haya hecho sentir que debían elegir.

Y que no las apoyaría en lo que necesitaran.

«Relájate, Jackson»—. No hay nada que podáis hacer que cambie lo que siento por vosotras, salvo…

crear una secta, por ejemplo. Y seguro que, hasta en ese caso, encontraría la manera de defenderos.

Agarro a Adeline por los hombros para que no pueda apartar los ojos.

—¿Vale?

—Sí, vale. —Penelope y ella intercambian una mirada. Penelope asiente levemente para animarla—. Tenemos que pensarlo. ¿Necesitas una respuesta hoy?

—No necesito ninguna respuesta. Tomaos vuestro tiempo.

Es lo de siempre. Decidme lo que necesitáis y me aseguraré de que se haga.

—Vuelven a asentir, y yo recupero mi taza de café con un suspiro y un encogimiento de hombros.

Creo que es lo correcto, pero todavía me cuesta asimilarlo—. ¿Hay algo más que debamos comentar?

—¿Podemos volver al plan de quince pasos?

—Penelope endereza su taburete en la isla de la cocina y vuelve a sentarse.

Su rostro refleja demasiada impaciencia para mi gusto—.

Creo que ya habéis pasado los pasos del uno al seis, así que tendremos que hacer algunos ajustes. A lo mejor empezamos por la fase dos.

—¿Hay fases? —le pregunto.

Se golpea la frente con la palma de la mano.

—Un momento, ¿qué estoy haciendo? Necesito el cuaderno. Addie, borra la pizarra blanca de la nevera. También la vamos a necesitar.

Ella sale corriendo. Al cabo de un segundo, oigo sus pasos resonando escaleras arriba.

Suspiro y echo la cabeza hacia atrás con un gemido.

—¿Qué posibilidades tengo de escabullirme?

—¿Ninguna? —replica Adeline—. Lleva muchísimo tiempo planeándolo.

Sigue mirándose las zapatillas.

—Oye. —Le doy un codazo en el hombro—. ¿Estás bien?

Asiente en silencio. Dejo que resuelva lo que sea que le pasa. Siempre se le ha dado bien acudir a mí cuando me necesita. Solo necesito darle espacio para que lo haga.

Se oye un estruendo arriba, acompañado de un «¡Estoy bien!» a voz en grito.

—¿Qué pasa en la fase dos? —pregunto, mirando al techo—. ¿Lo sabes?

—Creo que es invitar a comer a la chica que te gusta.

—¿Y si la chica que me gusta solo quiere ser mi amiga? —murmuro.

—Entonces te toca usar el almuerzo para convencerla de que es mejor ser algo más —dice Adeline, seria y sombría—. Tendrás que esperar a la presentación completa del plan. Penelope tiene un ritmo que le gusta seguir con calma.

Intento prepararme mentalmente. Soy una extraña mezcla de alegría, orgullo y terror. Sé cómo me desenvuelvo yo con una presentación de PowerPoint y un montón de fichas. A duras penas imagino cómo se desenvolverá una adolescente.

—¿Jackson?

Adeline me roza la mano con la suya. Junta nuestras palmas y las aprieta. Dejo de mirar al pasillo y me fijo en la parte superior de su cabeza. Su cabello rubio miel, más oscuro en las raíces, con un remolino igual al mío.

—Dime, Addie.

—Te quiero.

Aparto la mano y le paso un brazo por los hombros para atraerla hacia mí.

—Ya. —Le doy un beso en la sien e ignoro la parte de mí que quiere retirar todo lo que acabo de ofrecerles, con la esperanza de no haber cometido un error. Con la esperanza de que, por una vez en su vida, Camille cumpla su promesa—. Yo también te quiero.