CAPÍTULO 30 DELILAH
Charlene, una encantadora enfermera de pelo rojizo intenso y carcajada estentórea, me permite quedarme cuarenta y cinco minutos después de que terminen las horas de visita, y mi abuelo Gus ronca como un tren descarrilado.
Charlene me tiende un trocito de papel con unos cuantos números y me acompaña hacia el ascensor.
—Son las únicas empresas de taxi que están activas durante las nevadas, corazón. —Se inclina hacia delante y pulsa el botón de la recepción—. La situación es bastante peliaguda.
Tiene razón. Los grandes ventanales que bordean la recepción se convierten en paredes blancas cuando las puertas del ascensor se abren con un pitido.
Me paso la manga de la sudadera de Jackson debajo de la nariz y suspiro con tristeza al recordar mis tareas pendientes.
Soy un conjunto de músculos cansados, pensamientos dispersos y un corazón herido.
Esperar un taxi es lo último que quiero hacer.
—Señorita. —La misma guardia de seguridad de antes está ahora dentro, todavía envuelta en su manta de copos de nieve.
Se ha puesto una bufanda lila y guantes a juego.
A pesar de su peculiar elección de accesorios, su rostro refleja una expresión seria e inflexible—.
Por favor, asegúrese de recoger sus cosas antes de salir del hospital.
Miro el bolso que llevo al hombro.
—Eh… Creo que lo tengo todo.
Ella levanta una ceja y señala el rincón.
El rincón en el que Jackson está desplomado en una silla con la cabeza echada hacia atrás, los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas largas extendidas hacia delante.
Para alguien que dice tener problemas para dormir, parece que no ha tenido ninguno para quedarse frito en el vestíbulo del centro médico de la Universidad de Maryland.
—Creo que eso de ahí es suyo —insiste la guardia de seguridad.
Sonrío, con el corazón latiéndome a mil por hora. Todavía lleva las gafas puestas y la sudadera que dejé en el coche a modo de improvisada manta. En el vestíbulo no hay nadie más.
Me acerco y me muerdo el labio por dentro para no sonreír cuando se inclina hacia mí, todavía dormido.
—Jackson —susurro, y él se mueve; su cabeza bambolea de un hombro al otro. Me agacho y le acaricio el pelo con los dedos para intentar despertarlo suavemente.
Se inclina hacia mí con un leve gruñido y luego se sobresalta dando casi un brinco de la silla.
—Que no pienso irm… Ah. Hola, Delilah. —Un enorme bostezo le surca el semblante.
Dirige enseguida los ojos soñolientos hacia la guardia de seguridad que está detrás de mí y luego vuelve a mirarme.
Me da la impresión de que me he metido en medio de una pelea—.
¿Todo bien? —Se sube las gafas y se frota los ojos—. ¿Tu abuelo está bien?
—Sí, está bien. Está en buenas manos y… ha sido capaz de comunicarse conmigo. —Hago una pausa. Jackson parpadea con los ojos entrecerrados desde lo que debe de ser una silla extraordinariamente incómoda, con las manos apoyadas en los muslos—. Sigues aquí.
—Sí. Sigo aquí. —Asiente.
Aunque lo dice como si fuera una pregunta. Como si no supiera dónde es «aquí», pero de todos modos se alegra de verme.
Alguien se aclara la garganta detrás de nosotros, y Jackson frunce el ceño.
—En la sala de espera del vestíbulo está permitido esperar —exclama con voz firme.
—No si ya ha terminado el horario de visitas —responde la guardia.
Jackson pone los ojos en blanco. Le extiendo las manos para que me las sujete, y una cálida sensación me invade cuando las agarra sin dudarlo.
Se acerca a mí, me rodea con los brazos y me levanta en el aire, apretándome tan fuerte que apenas puedo respirar.
Es justo lo que necesito. Los pies me cuelgan, y hundo el rostro en su cuello.
Huele a nieve y a especias. A las sábanas en las que estábamos enredados esta mañana cuando nos hemos despertado.
«Dios». Parece que haya transcurrido una eternidad.
Si hubiera podido pensarlo antes de salir del hotel, me habría preocupado cómo iría lo nuestro.
Cómo sería volver a Baltimore. Gran parte del tiempo que hemos pasado en las montañas ha sido como una burbuja.
Ahora la realidad se hace patente y amenaza con hacer estallar el frágil vínculo que hemos construido.
—Gracias por esperar —susurro.
Él murmura y me mece suavemente.
—¿Me dejas llevarte a casa ahora?
—Por favor.
El camino hacia la furgoneta de los informativos es resbaladizo y frío; la mano de Jackson se aferra a la mía mientras cruzamos el puente peatonal que conduce al garaje.
No sé por qué, pero la nieve parece aún más traicionera en Baltimore.
Hay algo en el hielo, en el viento y en el brillo de las farolas.
En las sombras de los edificios, imponentes a nuestro alrededor bajo el aullido del viento.
En la ciudad misma, silenciosa y vigilante.
Jackson abre mi puerta y me ayuda a entrar poniéndome las manos en la cintura, pero duda cuando me abrocho el cinturón de seguridad.
—¿Qué pasa? —pregunto, temblando por el viento helado que se cuela por la rendija de la puerta.
Jackson se recoloca para recibir la mayor parte del impacto, con los antebrazos apoyados en el techo de la furgoneta.
Se mete la mano en el bolsillo y suelta en mi regazo tres bolitas de caramelos de marca blanca con forma de pez.
—Los he encontrado en la tienda de regalos mientras esperaba —dice apartándose de la puerta—. Se me ha ocurrido que harían que te sintieras mejor.
Cierra mi puerta sin añadir ni una sola palabra y corre a su lado. Mete la llave en el contacto con una maldición ahogada. Me llevo los caramelos al pecho e intento no llorar.
El viaje a mi casa de Hampden ha durado tres veces más de lo previsto; los dos temblamos mientras la calefacción, que es una porquería, cruje y gime al intentar compensar el descenso de temperaturas del exterior.
Para cuando llegamos delante de mi verja blanca, tengo los hombros pegados a las orejas y estoy soñando despierta con las sábanas de franela de mi cama.
Jackson mantiene el motor en marcha.
—Creo que conduciré hasta casa —reflexiona mirando por el parabrisas el cielo rosado, salpicado de colores—. Dudo de que mi Honda lo consiga, y no quiero darle a Denise otra razón para verme esta noche.
—¿Denise?
—Nuestra paciente amiga del vestíbulo del hospital. —Sus ojos azules me buscan desde el lado del conductor de la furgoneta—. Creo que aquí se separan nuestros caminos.
Entrelazo los dedos en mi regazo y paso el pulgar por el borde de una de mis bolsitas de caramelos.
—Pues sí. Supongo que este es el final oficial de nuestra colaboración. Nuestro encargo ha terminado. Lo hemos logrado.
—Y totalmente ilesos, nada menos.
No sé si es del todo cierto. Es como si me hubiera arrancado un pedazo de mí misma y se lo hubiera entregado, confiando en que lo guardaría a salvo.
Un millón de preguntas me zumban en la cabeza: «¿Tú también lo sientes?
¿Quieres ver qué podríamos llegar a ser?
». Sin embargo, decido silenciarlas. Estoy demasiado cansada y demasiado vulnerable, y mi coraza se ha resquebrajado.
Me asusta lo que podría salir a la luz si se lo permito.
Ya habrá tiempo para hablar de lo importante. Pero ahora no. Ahora creo que solo quiero una noche más sin preocuparme por la logística ni por las etiquetas.
—No quiero que te lleves la furgoneta.
A Jackson le brillan los ojos con interés, antes de que este se transforme en una especie de cautela paciente.
—No voy a destruir adrede algo que no me pertenece, Delilah. La furgoneta está a salvo conmigo.
Me río entre dientes.
—Ya lo sé, pero… —Miro hacia mi casa. Imagino mis sábanas de franela con Jackson entre ellas. Siento un pequeño cosquilleo de alegría en el estómago—. Entra. Quédate conmigo.
Tensa las manos sobre el volante.
—Estás cansada.
—Y tú también. —Aprieto los dientes contra el labio inferior y me desabrocho el cinturón de seguridad—. Cuidaremos el uno del otro —le recuerdo—. Entra conmigo. Descansa un poco. —Se me ocurre una idea—. A menos que quieras volver esta noche con tus hermanas, entonces…
—Con lo rápido que hemos salido esta mañana, todavía no les he dicho que he vuelto.
—Él niega con la cabeza—. Además, estaban muy emocionadas por hacer cosas en la nieve con Maya.
Les rompería el corazón que las llevase a casa antes de tiempo.
—Extiende la mano por encima del salpicadero y me agarra la mandíbula, con los dedos extendidos a un lado de mi cara—. ¿Estás segura? —susurra.
—Mucho.
El motor se apaga. Me da la impresión de que podría oír cada copo de nieve caer sobre el parabrisas. Veo el reloj del salpicadero. Las 22:02. «Dios». Me parece que deberían ser las dos de la madrugada. De dentro de cien años.
Jackson abre la puerta con un crujido.
—Espérame ahí.
—¿Para qu…? —empiezo a preguntar, pero ya ha cerrado la puerta, que ha zarandeado la cabina de la furgoneta.
Observo a través del parabrisas cómo cruza por delante del capó y luego aparece en el marco de la puerta del copiloto.
Me sujeta las rodillas y me gira el cuerpo, tratándome como si fuera algo preciado.
—No te has puesto las botas de nieve antes de salir —dice a modo de explicación mientras retrocede sobre la pequeña extensión de césped hasta la acera.
Me sujeta por la cintura y me sostiene a unos cinco centímetros del suelo.
Mete la mano en la furgoneta y toma mi bolso para colgárselo en el hombro, al tiempo que con el otro brazo me pega a su cuerpo—. No quiero que te caigas.
—Qué eficiente. —Le rodeo el cuello con los brazos, aturdida—. Debería hacer que me llevaras así a todas partes.
—Seguro que nadie preguntaría nada.
Se gira hacia mi casa con una mano apoyada bajo mi trasero para mantenerme firme y sube las escaleras despacio. Le apoyo la barbilla en el hombro y me aferro a él, colgando como…
—¿Cómo se llaman esos peces? —Le froto el cuello con la nariz—. ¿Los que cuelgan del vientre de los tiburones y de las ballenas?
—Estás delirando, cariño —resopla contra mi sien. Me roza una vez con los labios. Parece divertido—. Y esos peces se llaman rémoras. Tienen una aleta dorsal modificada que actúa como una ventosa.
—Sabía que lo sabrías. —Sonrío.
—¿Dónde tienes las llaves?
—En el bolsillo.
Me desliza una mano por la curva de las nalgas y me palpa los bolsillos traseros. Suelto una risita en su oído.
—En el bolsillo de mi chaqueta, Jackson.
Me recoloca ligeramente para meter la mano en el bolsillo de mi chaqueta, de donde saca un llavero con un conejito de peluche. Se ríe en voz baja antes de introducir la llave en la cerradura.
En mi casa reinan el calor y la calma, y siento que me hundo cada vez más en el cansancio conforme me envuelve la familiaridad.
Jackson se quita las botas, luego tira de las mías y deja nuestras chaquetas formando un montón en el suelo.
Se mueve silenciosamente por mi casa mientras yo sigo abrazada a él, con la nariz en su cuello y las manos entrelazadas detrás de su cuello.
—¿Dónde está tu habitación?
—La segunda puerta —balbuceo—. Sí, esa misma.
Suerte que limpié antes de irme. Las sábanas de mi cama están suaves al tacto cuando Jackson me sienta en el borde.
Se queda frente a mí, con el cuerpo entre mis rodillas y las manos acunando mi rostro en la oscuridad.
Cierro los ojos y me dejo llevar por sus caricias mientras me recorre las cejas con los pulgares. Igual que hice yo con él en el hotel.
Recoge una lágrima con el dedo, y un suspiro se le escapa de los labios.
—Cariño —murmura, con una profundísima tristeza—. No llores.
—Ha sido un día muy largo, ¿sabes? —Sollozo al sentirlo todo como una pesada carga sobre los hombros—. Mi abuelo está bien, ya lo sé, pero es que… me está costando un poco…
No sé qué va a pasar con mi abuelo. No sé qué va a pasar con mi trabajo. No sé qué va a pasar con Jackson. Todo se entrelaza y se enreda hasta que un intenso nudo se posa sobre mi corazón.
Jackson me acalla y me acaricia el pelo con las manos.
—Tranquila —dice en voz baja, y asiento porque sí, estoy tranquila. Con él aquí, todo parece soportable. No tengo que cargarlo sola. Está aquí para ayudarme. Me da un apretón en el cuello y me echa la cara hacia atrás para buscar mis ojos en la oscuridad—. Venga, a dormir.
Asiento y me quito los pantalones. Me dejo puesto solamente la sudadera, gateo hasta el cabezal de la cama y me deslizo debajo de las mantas con un suspiro.
Oigo el tintineo de una hebilla de cinturón, el roce del cuero, el clic de sus gafas contra la mesita de noche, y Jackson se sitúa detrás de mí.
Piel fría contra piel fría; su mano es un peso delicioso contra mi vientre.
Me abraza con fuerza hasta que me envuelve por completo, los dos cuerpos acurrucados bajo mi montaña de mantas.
—¿Crees que…? —Otra lágrima se me desliza por el rabillo del ojo. Estoy cansada y me siento ingrávida. Ya a medio camino de otro lugar—. ¿Seguiremos siendo amigos ahora que hemos vuelto a casa?
Jackson se queda callado un buen rato. Tanto rato que creo que se ha quedado dormido. Tanto rato que no estoy presente del todo cuando contesta:
—Sí, cariño. Seguiremos siendo amigos.
El alivio me embarga. Otra lágrima acompaña a la primera.
—Genial, porque creo que te echaría de menos si volviéramos a mirarnos con recelo desde la otra punta de un aparcamiento.
Suspira y me da un beso en la nuca.
—Duérmete, Delilah.
Entrelazo los dedos con los suyos, cierro los ojos y hago exactamente lo que me indica.