CAPÍTULO 29 DELILAH
—Esto es lo opuesto a un vehículo cazatormentas —murmuro con la frente arrimada al cristal de la ventanilla—. Lo más rápido que hemos ido es a treinta por hora, y solo porque bajábamos una cuesta.
Jackson aferra con los nudillos blancos el volante de la furgoneta de los informativos, con la mandíbula apretada.
—Prefiero treinta por hora que ochenta y una zanja.
Suelto una risa que, en realidad, no siento.
Me provoca náuseas mirar por la ventanilla con unas condiciones tan malas, así que opto por cerrar los ojos. Pero, cuando los cierro, lo único que veo es a mi abuelo, solo y sangrando. A mi abuelo, que pide ayuda a gritos y no llega nadie. «Mucha sangre», me ha dicho la enfermera por teléfono.
—¿Alguna novedad? —me pregunta Jackson.
—No. —Niego con la cabeza—. Solo que lo han llevado al centro médico de la Universidad de Maryland y que está consciente y reacciona. —Pero no sé si está confundido. O asustado. O si ha preguntado por mí—. ¿Crees que podrías dejarme allí?
Jackson me lanza una rápida mirada con un velo de suma amabilidad sobre los ojos azules.
—Claro, Delilah. Lo que necesites.
«Lo que necesites». Ha sido más o menos su lema desde que se me ha caído el plato en el vestíbulo del hotel.
Ha reorganizado nuestros horarios laborales, hecho las maletas y sobornado a un quitanieves para que nos despeje el camino por el oeste de Maryland, mientras que yo… he sido totalmente inútil.
Más lágrimas me presionan los ojos.
—Siento… siento mucho todo esto. Debería estar…
—Delilah —me interrumpe, con firmeza y amabilidad al mismo tiempo. Justo lo que necesito—. Déjame que cuide de ti, ¿vale?
Asiento. Y susurro un «vale». Me enjugo unas cuantas lágrimas patéticas de las mejillas.
Me paso el resto del trayecto sumida en una neblina.
Tengo las piernas recogidas, la frente pegada a la ventanilla y el corazón en un puño mientras nos acercamos lentamente a Baltimore.
Para cuando Jackson llega a la entrada de urgencias del centro médico de la Universidad de Maryland, noto la cara irritada e hinchada, y el estómago vacío.
Me desabrocho el cinturón. Fuera de la pasarela cubierta que lleva al hospital, nieva con fuerza. Debemos de haber seguido la tormenta al cruzar el estado. O haber llegado justo antes de que entrara en la ciudad, no lo sé. Los detalles del viaje se me escapan, y por una vez el tiempo me da igual.
—Gracias por traerme —le digo a Jackson, distraída. Me cuesta ponerme la correa de mi bolso en el hombro—. Puedo pagarte la gasolina o…
Una mano grande desenreda la correa y me la coloca en el brazo. El rostro de Jackson irradia paciencia.
—No la he pagado yo, Delilah. Es la furgoneta del trabajo, y teníamos que volver de todas formas. Solo hemos adelantado un poco el regreso.
Quiere decir que ha movido cielo y tierra para traerme hasta aquí, tal como me ha prometido. Me dedica una cansada sonrisilla.
—Gracias por traerme en medio de la tormenta de nieve —susurro.
Las arrugas alrededor de los ojos de Jackson se acentúan. Ahí, en alguna parte, se esconde un secreto.
—Hay muy pocas cosas que no haría por ti, Delilah.
Un solitario fuego artificial me produce una punzada en algún punto de mi ser, pero hay cosas más grandes que ensombrecen mi mente y mi corazón.
Mi ansiedad y mi tristeza hacen que todo lo demás parezca insignificante, como si estuviera nadando en gelatina.
Como si estuviera en el cielo, junto a las nubes y los copos de nieve.
Discrimino las emociones y me digo que más tarde les prestaré la atención que merecen. Cuando sea justo para los dos.
Una guardia de seguridad de aspecto hosco, con una manta de copos de nieve sobre el uniforme, nos hace un gesto impaciente a través del parabrisas de la furgoneta.
—¡Apártense! —nos grita—. Este es un carril de emergencias.
Jackson mira fijamente la entrada vacía. La ambulancia está aparcada, con las luces apagadas. Hay un hombre apoyado en el parachoques, comiéndose un sándwich.
Entrecierra los ojos.
—¡Esto no es un salón de baile! —vocifera la mujer.
—Un salón de baile —repite Jackson. Me da un apretón en el brazo y se inclina sobre mí para abrir la puerta chirriante de la furgoneta. Quiero hundir la cara en su cuello. Quiero entrar corriendo. Me da un beso en la mejilla—. Ve a asegurarte de que todo esté bien —me dice—. Yo me encargo.
Asiento con la cabeza y salgo disparada de la furgoneta hacia el vestíbulo. Pulso el botón del ascensor y veo cómo cambian los números luminosos. Un grupo de personas con uniformes de diferentes colores sale, entran más, y me veo arrastrada por la oleada.
Lo último que veo antes de que se cierren las puertas es a Jackson ignorando deliberadamente a la guardia de seguridad, negándose a moverse hasta comprobar que he entrado sana y salva.
—Noticia de última hora —dice mi abuelo en cuanto descorro la cortina de su cama—. El viejo se resbala con sus zapatillas favoritas y se golpea contra la mesita de noche.
Me alivia tanto verlo lúcido que podría romper a llorar. De hecho, rompo a llorar. Con furia. Directamente sobre su hombro. Lloro con sollozos desgarradores y dolorosos. Le moqueo la bata del hospital.
Mi abuelo huele a los caramelos de limón que sé que guarda en el bolsillo y al detergente que ha usado para lavar el pijama, y se ríe mientras me acaricia la cabeza.
—Delilah, mi rayito de sol —murmura—. Te he hecho pasar por un calvario, ¿verdad?
Se le arrugan los ojos cuando por fin levanto la cara de su pecho.
Cuando era pequeña, era mi lugar favorito del mundo.
El lugar donde me sentía más segura. El lugar donde era más querida.
Me rodeaba con los brazos y me cantaba alguna nana improvisada que nunca tenía sentido, y mirábamos las torres de satélite por la ventana de mi pequeña habitación.
Las que están justo al lado del canal informativo, que se extienden hasta las nubes, con luces rojas y blancas alternadas.
«Son deseos atados a una cuerda», solía decirme.
«Ahí es donde viven las estrellas cuando bajan un rato».
—¿Qué haces aquí? Creía que estabas cubriendo la gran tormenta de nieve —dice—. La de las montañas.
—Sí, bueno. —Sollozo y me recuesto antes de pasarme la mano por debajo de la nariz.
Es un alivio que esta vez recuerde dónde fui.
Después de las dos últimas llamadas, no sabía en qué estado lo encontraría—.
Estaba cubriendo la tormenta de nieve en las montañas, pero me ha llamado Anita y me ha dicho que te habías caído.
—No me he caído. He tropezado. —Se señala la frente—. Apenas un rasguño. Tanto alboroto por algo insignificante.
Miro fijamente el feo vendaje que lleva en la frente y la gasa que le rodea toda la cabeza.
—Me ha dicho, y cito textualmente: «Hay mucha sangre».
Vuelve a posar los ojos en los míos, con expresión de disgusto.
—Sabes que Anita es propensa a los ataques de histeria.
—Abuelo —susurro—. Por favor.
Estos momentos con él son muy infrecuentes. No quiero desperdiciarlos discutiendo.
Exhala un profundo suspiro.
—Sí, lo sé.
Hundo los hombros. Ahora que sé que está bien, estoy total y absolutamente agotada. Siento que no he respirado desde esta mañana, en el vestíbulo de un hotel a cientos de kilómetros de aquí.
—Estaba preocupada por ti —murmuro, con la voz temblorosa de nuevo. Dos lágrimas gruesas me ruedan por las mejillas, y me las seco con rabia.
Me agarra la mano y me la aprieta con fuerza.
—Últimamente lo he hecho mucho. —Cuando lo miro, arquea dos cejas grises sobre unos ojos tristes y cansados—. Preocuparte, digo.
Asiento. En el último año, sus episodios han ido empeorando poco a poco. Son momentos de confusión y pérdida de la noción del tiempo. Aparece una ira terrible, y luego están los colapsos. Los médicos dicen que la enfermedad seguirá progresando hasta que finalmente no recuerde casi nada.
Suelta un suspiro y mira por la ventana mientras me acaricia los nudillos con el pulgar.
—No quiero que sea así para ti. No quiero que salgas corriendo del trabajo.
Ni que te eches a llorar. —Resopla y se pasa la mano libre por la mandíbula—.
Detesto verte llorar. Siempre lo he detestado.
¿Recuerdas cuando tenías cinco años y llorabas todos los días en cuanto te dejaba en la escuela?
Me destrozaba. Los del muelle se burlaban de mí por eso.
—Sí, me acuerdo. —Suelto una risa nerviosa—. Solías dibujarme monigotes en el táper de la comida. Dijiste que podía… —Respiro hondo, con un temblor. Exhalo lentamente—. Dijiste que podía llevarte en el corazón mientras estaba en la escuela. Para no echarte demasiado de menos.
Me mira fijamente, con los labios apretados en las comisuras.
—Sabes que es donde sigo estando, ¿verdad? —Levanta la mano y me da un golpecito justo en medio del pecho—. No me he ido. Si pretendes sacarme de aquí, te deseo toda la suerte del mundo.
Asiento con la cabeza y le aprieto la mano con las mías.
—No quiero que vengas corriendo por cada pequeño golpe o rasguño.
—Pues no te golpees la cabeza con las mesitas de noche. —Se le escapa una ronca carcajada, y me inclino hacia delante de nuevo para apoyar la cabeza en su hombro—. Dejemos la discusión para otro día. Me alegro de que estés bien. Y me alegro de que estés aquí.
Entiende a qué me refiero. Un suspiro cansado le sale de los labios.
—Yo también, tesoro.
Me acaricia el pelo con la mano, y cierro los ojos. Escucho los sonidos del hospital a nuestro alrededor. Me tranquiliza el latido constante de su corazón. Podría haber sido mucho peor. Por suerte, no ha sido así.
—¿De verdad no me lo vas a contar? —me pregunta al cabo de un rato.
—¿El qué? —Me encuentro en un estado de confusión entre el alivio y el agotamiento. Me da vueltas la cabeza.
—Lo has olvidado, Delilah. Veo todos tus directos —agrega con un tono de suficiencia tremenda—. ¿Quieres explicarme qué hacías besando al chico del tiempo? —Mira fijamente mi ropa—. ¿Y por qué llevas puesta su sudadera?