Una conexión imprevista CAPÍTULO 28 JACKSON #2
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CAPÍTULO 28 JACKSON #2

Un plato de cerámica se rompe cerca de nosotros.

Levanto la cabeza de golpe y veo a Delilah de pie a pocos pasos de la mesa que acaba de dejar, con el teléfono pegado a la oreja y el plato hecho pedazos a sus pies.

Pero es la expresión que pone lo que hace que me levante de la silla y cruce la estancia a grandes zancadas para sujetarla del codo en cuanto estoy lo suficientemente cerca.

—¿Qué pasa? —le pregunto—. ¿Qué ha ocurrido?

Tiene el rostro pálido y los grandes ojos marrones llenos de lágrimas. Se quita el teléfono de la oreja y lo deja colgando a su lado.

—Es mi abuelo —musita con voz ronca—. Se ha caído. Dicen… —Se humedece los labios, con la barbilla temblorosa—. La enfermera dice que no saben la gravedad. Que se ha golpeado la cabeza y que había mucha sangre y…

Se le corta la respiración y se detiene. Intenta recomponerse. Aflojo la mano hasta que mis dedos se cierran alrededor de su bíceps para atraerla hacia mí.

—Ahora mismo lo llevan a urgencias —susurra contra mi pecho, con la nariz pegada a mi cuello—. Lo llevan al hospital y yo estoy aquí y las carreteras están… Ni siquiera sé cómo están las carreteras, y no sé cuándo podré ir y…

—Shh, tranquila. —Le acaricio el pelo—. Voy a llevarte de vuelta.

—¿Cómo? —Le tiembla la voz, nublada por las lágrimas.

—Confía en mí —murmuro—. Déjame llevarte a casa.

Es un alivio entrar en modo resolución de problemas. Así, mi cerebro y mi cuerpo trabajan juntos. «Llevar a Delilah a casa» resuena en mi mente como un tambor de guerra. Una serie de pasos claros que debo seguir hasta llegar al otro lado.

Envío a Delilah a la habitación a hacer las maletas mientras busco a Lottie. Una breve conversación me confirma que las carreteras aún no están en condiciones para circular, y se me encoge el estómago.

—¿Cuánto crees que tardarán en abrirlas?

Lottie mira por la ventana. El aparcamiento es un mar de hielo blanco y liso, y la carretera brilla bajo el sol de la tarde.

—Los equipos de mantenimiento de carreteras de por aquí trabajan rápido, y es probable que ya hayan empezado a reparar las rutas principales de entrada y salida de la ciudad, pero me preocupa el hielo.

Podría complicar las cosas. —Fija los ojos amables en los míos—.

En caso de tormenta, la prioridad son los hospitales y otros servicios sociales, no los hoteles.

Lo siento, Jackson, pero no sé si podré sacarte de aquí hoy. Ni siquiera mañana.

Entrelazo las manos detrás de la cabeza. Estoy a punto de agarrar una pala y empezar a abrirme paso a la fuerza.

—¿Y si…?

—Mmm, hola. Quizá yo pueda ayudar.

Dustin, el camionero que está enamorado de Delilah, se acerca arrastrando los pies, con la gorra en la mano. Se dobla la visera y luego la alisa.

—No quiero meterme donde no me llaman, pero os he oído desde el rincón.

Le resto importancia con un gesto. No me preocupan que nos haya escuchado a hurtadillas.

—¿Tu camión puede circular por las carreteras?

—No, por Dios —se ríe Dustin con una carcajada sonora y resonante—.

No voy a dar una vuelta en un camión de dieciocho ruedas después de una nevada.

Y menos aún con una carga tan valiosa. —Me lanza una mirada fulminante, como si le hubiera sugerido atar a Delilah a la parte superior de un cohete y lanzarla de vuelta a Baltimore—.

Los conductores que pasamos por esta zona formamos un grupo muy unido, y conozco algunas empresas privadas de limpieza de nieve.

Hay mucho movimiento por aquí porque cae mucha nieve.

Como la gente del condado está siempre tan ocupada, queda un hueco importante que las empresas privadas pueden cubrir.

En mi humilde opinión, más municipios deberían…

—Dustin. —Estiro el cuello hacia un lado, impaciente.

—Ah, sí. En fin. Conozco a dos tipos, Brooks y Brent. Son hermanos, ¿sabes? Me deben un favor del verano del 82. Tienen una motoniveladora estupenda que podría llevarte hasta las carreteras principales.

La esperanza florece intensa y rápidamente.

—¿Están disponibles? ¿Puedes llamarlos? Les pagaré encantado.

—No. —Desestima mi oferta con un gesto—.

No tienes que pagar nada. Sería un honor ayudar a la señorita Delilah.

—Se endereza e hincha el pecho. Es un soldado leal y está preparado para acabar con cualquier dragón que se interponga en el camino de Delilah—.

Ya los he llamado. Llegarán más o menos dentro de una hora.

Suelto un profundo suspiro. El alivio me produce un ligero zumbido en la cabeza.

—Dustin, te daría un beso.

—Preferiría que no. —Se vuelve a poner la gorra.

—Entendido. —Me giro hacia Lottie—. ¿Crees que podrías prepararme algunos dónuts glaseados para llevar?

—Claro. —Sonríe.

Cuando por fin subo las escaleras después de coordinarme con Mark, Dustin, Brooks y Brent —que se terminan las frases entre sí y prefieren comunicarse gritando directamente al teléfono—, Delilah está sentada en medio de la habitación.

Su maleta es una pequeña explosión a su alrededor.

Lo único que ha metido es su bolsa de caramelos de apoyo emocional y una de mis sudaderas, que debe de haber sacado de mi maleta.

Me mira con los ojos grandes y llenos de lágrimas e intenta esbozar una sonrisa.

—Tengo problemas —me dice con voz ronca.

—No te preocupes —replico. Esta es la Delilah que nadie más ve. La que se siente lo bastante segura como para dejarme atisbar algunas de sus grietas. Dejo la bolsa de dónuts—. Puedo ayudarte.

Suspira y observa su maleta, con las mejillas mojadas.

—Estoy muy triste —susurra.

—También es normal. —Me siento a su lado en el suelo y le acaricio el rostro.

Lo inclino hacia el mío y le seco las lágrimas con los pulgares.

Mantiene los ojos cerrados, con el ceño fruncido.

Le doy un beso ahí mismo hasta que se calma.

Hasta que me abraza con fuerza y esconde la cara en mi cuello—. Te voy a llevar a casa ahora, ¿vale?

No me hace preguntas. Tan solo asiente. Confía plenamente en que haré lo que le prometí.

Cuidar de ella.