CAPÍTULO 28 JACKSON
—Es que no creo que puedas desacreditar siete temporadas de excelente ficción televisiva —me dice Delilah al untar más mermelada en su galleta.
Esta mañana se ha despertado y ha retomado sin problemas la conversación que manteníamos cuando nos preparábamos para ir a la cama, como si no hubiera habido piel contra piel, jadeos y un par de orgasmos increíbles de por medio.
Mientras tanto, yo estoy atrapado entre: «¿Qué significó lo de anoche para ti?» y «¿Cuándo vamos a repetirlo?», aunque sin palabras. Más de lo habitual, quiero decir.
Delilah deja el cuchillo a un lado, se sube las mangas de la sudadera azul marino que la he obligado a ponerse y continúa:
—Es prácticamente un crimen que Buffy, cazavampiros nunca haya ganado ningún premio importante, ¿sabes? Creo que debería haber ganado por lo menos un Emmy. Uno.
No puedo dejar de mirarle la boca. A la pequeña hendidura debajo de su labio inferior.
Es exactamente el punto en el que me concentré anoche al masturbarme hasta alcanzar el orgasmo y derramarme sobre su barriga.
Ese diminuto centímetro y medio, y sus dientes apretados contra él mientras se retorcía debajo de mí.
Me aclaro la garganta y sigo removiendo mi café. Anoche Lottie puso en marcha uno de los generadores. Da suficiente corriente como para alimentar las salas comunes y la pequeña cafetería donde se sirve el café. Ya no necesitamos a Dustin ni su cafetera portátil, muchas gracias.
—Creí que habíamos dejado claro que los premios de la industria del entretenimiento no tienen sentido a la hora de definir qué es bueno y qué no.
Delilah entrecierra los ojos y blande su cuchillo de mantequilla como si de un arma se tratara.
—No sé si estás de acuerdo conmigo o no.
—Ni confirmo ni desmiento.
Me encanta discutir con Delilah, casi tanto como todo lo que hicimos anoche.
Sigo esperando que la angustia existencial me invada en forma de oleada de ácido.
Me da miedo haber cometido un error o que me embargue la ansiedad al haber intentado alcanzar algo que no me pertenece.
Pero lo único que siento es una satisfacción profunda, sobre todo cuando el cuello de la camisa de Delilah se desliza y consigo ver la marca que le dejé con los dientes.
Supongo que es lo que ocurre cuando tienes la experiencia sexual más intensa de tu vida sin siquiera quitarte los pantalones.
La mirada de Delilah se suaviza.
—Te veo feliz —comenta en voz baja.
—Estoy feliz —respondo. Me acerco a esa sensación y la examino, le doy la vuelta y busco grietas. Siempre me ha costado confiar en mi propia felicidad, pero Delilah me facilita aceptarla.
En especial si se pone mi sudadera, tiene migas en las comisuras de los labios y me mira como si yo también pudiera hacerla feliz.
—Qué bien —dice, asintiendo para sí misma. Baja la mirada hacia su plato y luego me mira de reojo entre las pestañas. Un poco tímida, pero también contenta—. Me gustó lo que pasó anoche.
Un alivio repentino y dulce me invade.
—A mí también —replico demasiado rápido.
—¿Cuánto pensabas esperar a que lo mencionara? —Su sonrisa se ensancha.
—Entre dos y cuatro días hábiles. —Le pego un mordisco al rollo de canela—. Y a lo mejor te habría enviado una carta certificada para hablarlo.
Una carcajada sonora brota de ella.
—Bueno, me alegro de que lo hayamos hablado antes de iniciar los trámites formales. —Hace una pausa—. Estuvo bien, ¿verdad?
Su piel suave y cremosa. Su pelo cayendo sobre sus hombros desnudos. Sus pechos desbordándose sobre la tela de su sujetador. Que por una vez hiciera exactamente lo que le pedí. Fue una delicia, sumado a sus exhalaciones entrecortadas y sus agudos gemidos.
Exhalo lentamente y noto el calor del aire en la nuca.
—Sí —susurro—. Estuvo bien.
Tan bien que desafía la lógica, de hecho. Tan bien que ha borrado como mínimo el ochenta por ciento de mis recuerdos más profundos y se ha convertido en el protagonista.
—Sé que acordamos que lo nuestro a lo mejor se quedaba aquí, pero… —Delilah juguetea con su bollito— ¿quizá podríamos repetirlo?
Mi ardiente esperanza se desvanece. Pensaba que esa frase iba a tomar unos derroteros diferentes. Pensaba que iba a decirme que también quería hacerlo cuando volviéramos a Baltimore.
Creo que quería que dijera eso.
Me aclaro la garganta.
—Sí —logro decir, intentando ordenar mis esperanzas y expectativas, y encontrar el mejor escenario posible en algún punto intermedio—. Sí, claro.
Frunce el ceño.
—¿Quieres… quieres hacerlo? ¿Conmigo?
Salgo de mis pensamientos y extiendo la mano por encima de la mesa para tomar la suya.
—Pues claro que quiero hacerlo contigo.
Quiero hacerlo una y otra y otra vez. Quiero ver lo bien que encajamos. Quiero ver qué otros secretos guarda. Quiero ser yo quien los desvele. Quiero plantar los dientes sobre su cuello y que separe mucho las piernas. Lo quiero todo.
—Vale, genial —comenta Delilah con expresión de alivio en el rostro. Me aprieta la mano.
—Sí. Genial —repito. Nos miramos a los ojos. Los suyos se suavizan—. Genial —digo otra vez.
En la casa sigue haciendo un frío de mil demonios.
El fuego crepitante del vestíbulo lo disipa un poco, pero la sensación de helada persiste en el rincón de la estancia en la que estamos.
Esta mañana, nuestra habitación parecía un congelador, incluso la moqueta la he notado fría bajo los calcetines.
Delilah se estremece.
—Debería haber insistido en que te pusieras un gorro —murmuro.
—¿Además de las dos sudaderas y la bufanda que me has obligado a ponerme?
—También debería haberte obligado a ponerte guantes.
—Estoy bien. —Pone los ojos en blanco.
—Tienes frío.
—Aquí abajo no hace tanto, y Lottie dice que están intentando conseguir otro generador de uno de los cobertizos para los botes del lago. —Se termina el bollito y menea las cejas—. Así a lo mejor te inspiras para calentarme de nuevo más tarde.
Una idea tentadora.
—¿Lottie sabe por qué ha fallado el de aquí?
No me interesa demasiado la respuesta, pero a Delilah sí, porque ya tiene una teoría. Además, por lo visto ya la ha debatido largamente con Lottie entre una y otra visita a la mesa de los dulces.
—Seguro que tiene algo que ver con la enorme cantidad de nieve y el descenso drástico de las temperaturas.
La ola de frío está muy por debajo del promedio para esta región.
Es posible que el combustible se haya gelificado y haya impedido que fluya correctamente por las tuberías.
O, más probablemente, el frío ha agotado la batería por completo.
—Ahogo un breve gemido. Ella frunce el ceño, con un pequeño surco entre las cejas—. ¿Qué pasa?
—Nada.
Me mira fijamente.
Me froto la mandíbula.
—Es por oírte hablar de tuberías de combustible, no sé.
Lo que sí sé es que estoy duro como una piedra debajo de la mesita del desayuno, y voy a tener que quedarme aquí sentado y pensar en algo para controlarme: la actuación de karaoke de Aiden, el invierno en el que Penelope y Adeline tuvieron gastroenteritis al mismo tiempo, los hábitos de pelecho de los gansos…
Delilah profiere otra carcajada. Uno de los camioneros, envuelto en una parka junto al fuego, se gira para mirarla con curiosidad. Delilah lo saluda con alegría y luego aparta la silla de la mesa.
—¿A dónde vas?
—A buscar otro de esos dónuts espolvoreados con azúcar glas y a buscarte un crónut a ti, ya que parece que estás clavado a la mesa.
—Me sonríe, y otra punzada feliz y de lo más extraña me recorre el cuerpo.
Recoge algunos de nuestros platos y se los coloca en los brazos—.
Lottie ha preparado exquisitas galletas a modo de disculpa, y no me parece nada mal.
—Espera. —Extiendo la mano y la agarro del brazo.
Le acaricio la muñeca con el pulgar porque puedo.
Las palabras se me quedan atascadas en la lengua.
Promesas que no debería hacer. Declaraciones que no son apropiadas para vestíbulos de hotel medio desiertos.
Me las trago todas y las aparto para ocuparme de ellas más tarde.
Cuando volvamos a casa, tal vez—. ¿Me traes dos crónuts?
Si Delilah nota que he esquivado algo, no hace ningún comentario y se dirige hacia las galletas, pero se distrae con el mismo camionero junto a la chimenea.
Parece estupefacto por su repentina atención y la mira pestañeando desde debajo de la capucha como si fuera un objeto extraño, brillante y reluciente, caído directamente del cielo.
—¿Está haciendo amigos de nuevo?
Mark aparece en el extremo de la mesa con una bolsa de cecina y una bufanda enrollada tantas veces alrededor del cuello que solo se le ve la mitad superior de la cara.
—Sí —contesto—. Creo que sí.
Mark arrastra una silla de una mesa cercana hasta la nuestra. Se desenrolla un poco la bufanda.
—Un día, cuando estábamos de reportaje en el noreste, convenció a un grupo de criadores de patos para que la dejaran sostener a los patitos. —Niega con la cabeza—. Casi volvimos con treinta y dos patitos en la furgoneta de los informativos.
—Me lo creo.
En la otra punta del vestíbulo, Delilah retoma su búsqueda de dulces, pero se detiene en otra mesa para saludar por su nombre a los dos hombres mayores que la ocupan.
Señala el periódico doblado, saca un bolígrafo del bolsillo delantero de la camisa de uno de ellos y garabatea algo a toda prisa.
La observo como si fuera un sistema meteorológico y veo cómo se acerca a las mesas.
—¿Has sabido algo de Keith? —le pregunto al cámara.
—No. —Mark le da un mordisco enorme a un trozo de cecina—. Supongo que se está lamiendo las heridas. No le gusta que eclipsen su popularidad, y Delilah lo ha hecho desde que entró en la cadena.
—¿Hay algún plan para cuando volváis? —Me preocupa que, cuando no esté yo allí para mediar, Keith se vuelva más hostil con Delilah—. ¿Cómo vais a…?