EPÍLOGO DELILAH
—Hoy hace un poco de bochorno por aquí, con cierta humedad en el ambiente, así que puede que se avecinen tormentas.
—Miro la libreta que tengo en las manos, una nueva adquisición cortesía de Jackson.
Las pegatinas brillantes que decoran la portada fueron idea mía, claro, y el bolígrafo con purpurina que atraviesa la espiral es de sus hermanas.
Pero el pósit que está aplastado entre la portada y mis notas es de Jackson, y sonrío al leerlo rápidamente.
De pronto, recuerdo que estoy en directo en la televisión y tengo que terminar el pronóstico—.
La probabilidad de tormentas ronda el cuarenta y cinco por ciento, pero se espera que aumente a medida que avance la tarde.
Va a hacer fresco, Baltimore. —Cierro la libreta de golpe—. Y, ahora, devuelvo la conexión.
La lucecita roja de la cámara de Mark se apaga y él se endereza mientras me hace un gesto de aprobación con el pulgar.
A la izquierda, Jackson sigue comiendo su helado, con las piernas largas estiradas frente a sí en el banco del parque.
Sus hermanas practican la rueda en el césped detrás de él, y una agradable sensación de calidez me invade el pecho.
Así son nuestros domingos.
Sábanas que huelen al champú de Jackson y un café en la mesita de noche, calentado por uno de esos posavasos eléctricos tan elegantes.
Voces y risas que se filtran por el suelo.
Tortitas en la encimera. Un beso que me roza la sien y otros sitios.
Besos indecentes robados contra la puerta cerrada de su habitación cuando subo a cambiarme.
El pronóstico del tiempo en directo desde el parque, Jackson esperando siempre, pero siempre, a la izquierda de la cámara.
Notas adhesivas pegadas en libretas.
Mientras Mark guarda el equipo, me acerco a Jackson. Le brillan los ojos azules tras las gafas. Me siento en el banco a su lado y me apoyo en su hombro con fuerza hasta que cede con un suspiro y me coloca el cono de helado delante de la cara.
Helado de vainilla. Es Jackson, nunca pide nada extravagante. Alguna que otra viruta de chocolate si se siente atrevido.
—Un día de estos —le digo, con la boca llena de helado robado— me vas a meter en problemas con tus notitas.
—Ya te lo dije. —Jackson me sonríe, complacido—. Me gustan tus problemas.
El corazón me da un pequeño vuelco de alegría en el pecho.
Me preocupaba mucho ser solo una fase para Jackson.
Una prueba para sí mismo para ver si podía lidiar a diario con mi caos.
Que podía ser divertido. Sin embargo, me lo ha demostrado con cada taza de café, con cada bolsa de caramelos escondida en el bolsillo de mi chaqueta, con cada nota pegada en la ventana de mi coche; me ha demostrado que no soy una novedad.
Observo el pósit que tengo en la mano. Un simple «Te quiero» escrito con su letra pulcra e inclinada. Y una carita sonriente bastante inquietante justo debajo.
Me gustan mucho más estas notas que las que solía dejarme.
Aunque sigue corrigiéndome cuando aparco. Y se queja de las tazas de café medio vacías que dejo por toda la casa. Eso no ha cambiado.
Le doy una palmadita en la rodilla.
—¿Listo para irnos?
Asiente y se levanta, y deja que me termine el helado.
Después iremos a Skullduggery a comprar una caja de pasteles y luego pasaremos la tarde con mi abuelo Gus.
Les ha estado enseñando a las chicas a jugar al ajedrez y ellas le han estado enseñando a él varios bailes de TikTok.
Cada vez sus días son más borrosos, pero por lo menos están llenos de risas en lugar de frustración.
Jackson se saca un montón de servilletas del bolsillo y se limpia las manos con movimientos rápidos y eficientes en los que estoy demasiado concentrada. Llama a sus hermanas, que salen corriendo hacia el coche, con el pelo rubio oscuro ondeando al viento.
Acto seguido, me mira y sonríe mientras vuelve a meter la mano en el bolsillo.
Busca algo a tientas y mi corazón, que ya de por sí daba vueltas, se desploma.
Últimamente lo hace mucho. Juega con la joyita de oro rosa que encontré hace tres semanas enterrada en su cajón de los calcetines.
Le gusta llevarla consigo, lo sé. Seguro que espera el momento perfecto.
A que todos los detalles se alineen a la perfección.
Pero a mí nunca me han preocupado los detalles. La visión general me basta. Y sé que Jackson y yo estaremos juntos siempre.
Así que puedo ser paciente.
También puedo echar un vistazo al cajón de los calcetines cada dos semanas.
Su rostro se suaviza cuanto más me mira, y extiende las manos.
Me lanzo a sus brazos y suelto una carcajada cuando gruñe.
Me invita a acercarme más, con los brazos rodeándome la cintura, con una cara tan sincera que me gustaría quedarme en este momento eternamente.
En una colina con vistas a todo Baltimore, con el sol sobre la piel y la adoración de Jackson calentándome por dentro.
—¡Jackson y Delilaaaaahhhh! —grita alguien desde lejos en el parque—. ¡Un tiempo juntooooos!
Jackson pone los ojos en blanco, pero yo me río.
—¡Sabía que calaría!
—Como el frío en invierno —refunfuña Jackson, pero sonríe.
—¿De verdad no echas de menos salir en la tele conmigo? ¿Ni un poquito?
—Para nada. —Niega con la cabeza.
—Pero ¡si ya se te da muy bien!
—Creo que no eres objetiva. —Arquea las cejas.
—En realidad, creo que soy la experta. —Me zafo de sus brazos y entrelazo los dedos con los suyos para tirar de él hacia el coche—. No me puedo creer que ya no quieras dar el tiempo conmigo.
—¿Por qué iba a limitarme a estar tres veces al día contigo cuando puedo tenerte cuando me apetezca?
—Me dirige hacia el lado del pasajero de su coche, abre la puerta y me ayuda a entrar para que no me golpee la cabeza contra el techo.
Apoya los antebrazos en el marco y me sonríe mientras me acomodo—.
He conseguido todo lo que quería, Delilah.
—¿Un ascenso? ¿Una nueva confianza en el modelo europeo?
—No, cariño. —Le brillan los ojos azules bajo el sol de media tarde—. A ti.