Una conexión imprevista CAPÍTULO 27 DELILAH #2
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CAPÍTULO 27 DELILAH #2

—No —dice—. Déjalo. Así estás… —Tiene la barbilla apoyada en mi hombro y está mirando las sombras de mis curvas bajo la manta. Advierto un resplandor negro justo encima de su oreja. Es la única parte de él que puedo ver con claridad.

—Ponte las gafas.

—Vale. —Asiente—. Quiero poder verte bien.

Repite el mismo proceso metódico al otro lado de mi sujetador; mi pecho desnudo queda al descubierto, sostenido por la tela. Jackson suelta una lenta exhalación. Hace otro movimiento de caderas contra mi trasero.

—Madre mía —susurra. Me acaricia los pechos con las manos y me frota los pezones con los pulgares.

Apenas hemos hecho nada y ya siento electricidad.

Como si estuviera bailando al borde de un cable de alta tensión, con todas las chispas conectadas a las yemas de los dedos de Jackson.

Me traza otro lento movimiento circular.

Una y otra vez, hasta que emito gemidos ahogados.

Entierra la cara en mi cuello, con los dientes justo por encima de mi piel.

»Joder. Delilah. No sé si…

—Voy a necesitar algo más —le suplico, moviendo el cuerpo en busca de esa fricción que me enloquece.

Es demasiado lento. Demasiado intencional.

Siento un calor vacío entre las piernas y ninguna fricción.

Necesito más—. No tienes que preocuparte, ¿vale?

Sea lo que sea que te frene, déjalo. Estás a salvo conmigo, Jackson.

Te lo prometo, te lo prometo, te lo prom…

Me da la vuelta hasta que quedo inmovilizada con el vientre contra el colchón y su gran cuerpo presionando contra la espalda. Una mano se hunde en mi cabello y me echa la cabeza hacia atrás mientras la otra se introduce en mis ridículos pantalones.

—No puedes decirme esas cosas, Delilah.

Me retuerzo entre sus brazos, intentando separar las piernas para darle más espacio.

—¿Por qué no?

Desliza los dedos por la parte delantera de mi ropa interior y gime al notar lo húmeda que está.

—Porque querré que seas mía —murmura.

—Estupendo —gimoteo, apretando los puños contra las sábanas—. Quiero ser tuya.

Ya ni siquiera siento el frío. Solo a Jackson detrás de mí y la franela en la frente. Con los pezones rozo la tela con cada movimiento que hago.

—Deja de hablar —gruñe mientras introduce torpemente los dedos bajo la ropa interior a la altura del muslo; la tela de mis pantalones de nieve dificulta la cosa.

Sin embargo, Jackson persevera y me traza con el pulgar círculos cortos y firmes sobre la parte superior del clítoris—. Me estás volviendo loco.

Muerdo el borde de la almohada con un gemido y balanceo las caderas, buscando la fricción que me produce.

Apenas puedo moverme por la forma en la que me sujeta, y siento otra oleada de calor líquido justo donde me acaricia con demasiada brusquedad.

No deja de estimularme con el pulgar, y se me entrecorta la respiración cada vez, una banda sonora sucia e indecente que resuena en la silenciosa habitación.

—Esos sonidos que haces… —murmura. Tira de mis pantalones para intentar ver más de mí.

Ahora está impaciente. Tan impaciente como yo.

«Por fin». Con su mano atrapada entre la cama y yo, es el ángulo perfecto para que menee las caderas.

Me deja balancearme contra sus dedos, y es justo lo que necesito.

Es caótico y delicioso. Es brusco. Es perfecto—.

Estás preciosa. Por Dios, Delilah. Me dejarías hacer lo que quisiera, ¿verdad?

Asiento contra la almohada.

—Confío en ti.

—Genial —susurra, y entonces mueve la mano. La presión, el ángulo, el lento deslizamiento de dos dedos dentro de mí… Aprieto una rodilla contra la cama. Qué rápido hemos pasado de piel contra piel a esto.

Veo destellos dorados en el extremo de mi visión.

Tengo la cara medio hundida en la almohada y medio girada hacia Jackson; solo veo la línea de su hombro, tenso mientras me acaricia.

El placer es tan intenso que casi no lo ansío, pero me quedo tumbada y dejo que Jackson tome exactamente lo que quiere de mi cuerpo.

Dejo que intensifique el deseo. Lo acepto. Lo acepto y me deleito con él.

—Qué maravilla. —Apoya más peso sobre mí, con la mano que me sujeta el pelo plantada contra la cama. Giro la cabeza y le clavo los dientes en la muñeca. Sonrío al oírlo sisear—: Delilah. —Me da un rápido azote como castigo—. No me tientes.

Me río, con la voz entrecortada y aguda.

—Pero mira lo que pasa cuando lo hago.

La atención que clava entre mis piernas se concentra, se ralentiza…

Da fuertes y profundas embestidas con la mano que me llevan al límite antes de que pueda encontrar algo a lo que agarrarme.

Me dejo llevar por el orgasmo con la frente presionada contra su muñeca, los labios apretados y la respiración agitada.

Me siento como una pluma en medio de un vendaval, que vuelta alto, alto, alto antes de que el viento amaine y me deje caer perezosamente.

Me hundo en el colchón, soy un montón de huesos. Estoy acalorada. Tengo sudor en las sienes y entre los pechos desnudos. Un calor delicioso.

Pero quiero más. Quiero ver cómo él también se desmorona.

Me incorporo apoyándome en los codos y miro por encima del hombro; Jackson sigue encima de mí, con las rodillas a ambos lados de mis caderas. Estoy atrapada, pero protegida, puesto que su cuerpo es un refugio sobre el mío.

Es la primera vez que veo bien todo lo que las camisas de botones han insinuado. El cuerpo de Jackson es esbelto pero fuerte. Pecho ancho y caderas estrechas. Brazos fuertes con músculos firmes que se tensan y se relajan al retorcer las manos entre las sábanas.

Extiendo la mano hacia atrás y acaricio su cadera desnuda. Justo donde se ha bajado los pantalones de deporte. Se aparta de mi mano con el pecho agitado.

—No sé si puedo… —Inclina la cabeza hacia atrás en dirección al techo con los ojos bien cerrados. Observo cómo se tensa su garganta al tragar con dificultad—. No sé si puedo, Delilah.

—No pasa nada por querer algo para ti —le susurro.

—No lo sé. —Aprieta la mandíbula.

—Sí lo sabes. —Le rodeo la cadera con la mano y le recorro el músculo con la uña. Se estremece—. Sé que lo sabes. Y es legítimo. Puedes tenerlo.

Observo cómo su rostro cambia en la penumbra. Cómo sus ojos se llenan de deseo. El atisbo de su lengua en las comisuras de los labios. Se frota el pecho desnudo, como si intentara reprimir lo que siente por dentro.

Pero quiero ser yo quien lo haga por él. Quiero ser yo quien alivie ese dolor.

—Puedes tenerlo —le repito—. Lo que sea que quieras…, yo también lo quiero. Te lo prometo.

Se baja la mano lentamente por el pecho hacia el borde de sus pantalones. Me juego algo a que todas las mañanas sale a correr. O a lo mejor va a nadar. Algo que requiere dedicación y rutina. Algo en lo que pueda mantener el ritmo.

—¿Estás segura? —me pregunta, y se introduce la mano en sus pantalones. Se sujeta la erección con un suspiro tembloroso y echa atrás la cabeza. Flexiona el antebrazo al mover la mano y vuelve a inclinar la cabeza hacia delante para poder mirarme mientras se toca.