CAPÍTULO 27 DELILAH
—Tienes que relajarte —digo con los ojos pesados, temblando a pesar de las cuatro mantas que están encima de mí. A mi lado, bajo las sábanas, hay una roca que no deja de moverse, con el brazo como una tenaza alrededor de mi cintura.
—Estoy relajado —me gruñe al oído. Está enfadado, pero no sé por qué, y estoy demasiado cansada como para abordarlo.
—Me he puesto los pantalones de nieve. No sé por qué estás tan molesto.
Nos hemos pasado el resto de la tarde ayudando a Lottie por las instalaciones.
Bueno, Jackson. Ha llevado calefactores a las habitaciones y ha vertido sal en las aceras mientras yo hablaba con mi nuevo mejor amigo Dustin —Dusty para los amigos— en la cafetería.
Tiene una de esas cafeteras portátiles de las que la gente se lleva al ir de acampada. Me ha preparado una taza de café.
Creo que Jackson sigue estando celoso de esa taza de café.
—No estoy molesto por los pantalones de nieve.
—Entonces, ¿por qué estás molesto?
Jackson suspira y me golpea las rodillas con las mías.
—Estás tiritando.
Me giro para mirarlo por encima del hombro. Solo llego a distinguir la curva de su mandíbula y la línea recta de su nariz. Tiene las gafas dobladas en la mesita de noche, junto a mis caramelos de emergencia.
Otro escalofrío me sacude el cuerpo.
—Intento que no —susurro—. Hace frío, Jackson.
La habitación se ha vuelto fría e incómoda tan pronto como se ha puesto el sol, ya que la enorme ventana ha absorbido todo el calor del espacio. El calefactor portátil hace lo que puede, pero fuera estamos a quince grados bajo cero.
Jackson emite otro gruñido de disgusto.
—Ya lo sé, Delilah.
Resoplo y me giro de lado intentando ignorar su mano, que es un bloque de hielo sobre mi cadera.
Ni siquiera me está sujetando. Otro escalofrío furioso me empieza en los hombros y me baja por la columna vertebral hasta que tiemblo entre las mantas, con los dos puños apretados.
Ojalá pudiera esconderme dentro de un caparazón hasta que vuelva la luz. O generar mi propio calor.
Jackson suspira detrás de mí y mueve la mano.
Desliza los dedos helados debajo del dobladillo de la sudadera demasiado grande que me ha puesto a la fuerza.
Ahogo un grito cuando me toca la piel desnuda del vientre y pataleo con furia cuando planta toda la palma de la mano justo encima de mi ombligo.
—¿Qué haces? —susurro con un siseo.
—Intentando no reventarme un órgano —gruñe—. Deja de patearme. —Me atrae hacia él—. Estate quieta —me ordena.
Mi cuerpo se relaja y se vuelve inerte ante la exigencia de su voz. «Vale», pienso. «No sabía que me ponía eso». Dejo que me coloque como quiera, con mi cuerpo pegado al suyo, su brazo bajo mi sudadera y su rostro en mi cuello.
—¿Qué haces? —vuelvo a preguntarle, esta vez con un murmullo.
—No soporto que tengas frío.
—No lo hago a propósito, es que…
—De eso me estaba quejando, Delilah. —Presiona la fría nariz contra mi nuca.
Siento un nudo en el estómago, aunque no entiendo bien lo que dice. Sea lo que sea, mi cuerpo parece captarlo bastante bien.
—Quiero que estés caliente —musita Jackson mientras me sube y baja la palma por el vientre. Desciende hasta la altura de la cintura de mis ridículos pantalones de nieve, y todo mi ser se tensa—. Quiero ser yo quien te prepare el café —añade refunfuñando.
Me dejo caer hacia atrás. Jackson mueve la mano.
—Sabía que estabas enfadado por lo del café.
Se queda en silencio durante dos segundos.
—Ni siquiera lo ha preparado como te gusta.
—Jackson. Era un café. A caballo regalado, no le mires el dentado.
—Sí, bueno, pues me han entrado ganas de pegarle al caballo regalado —sigue protestando—. Se ha pasado casi media hora coqueteando contigo.
—¡No es verdad! —Sonrío, encantada.
—Y tanto que sí.
—Jackson, estoy bastante segura de que tendrá unos sesenta y ocho años. Estábamos hablando de su esposa. Y de sus nietos.
—No lo sabía. —Encoge los hombros antes de relajarlos.
—Pues ahora ya lo sabes. —Me tumbo de lado. La emoción provocada por los celos de Jackson me reconforta por dentro. Me acurruco de nuevo en su abrazo—. Un día leí en un folleto de supervivencia que el contacto piel contra piel actúa como una manta térmica natural.
Jackson hace una larga pausa.
—¿Por qué leías un folleto de supervivencia?
Vuelve a subir la mano y me roza debajo de los senos con los nudillos. No sé si es una decisión deliberada, pero soy sumamente consciente de todos los lugares donde no me toca. Y de todos los lugares donde quiero que me toque.
—Me gusta estar preparada para todo —digo, distraída, deseando mentalmente que su mano suba cinco centímetros más.
—Pero… ¿por qué? ¿Qué necesitas para sobrevivir en Baltimore?
—Por lo visto, no morir congelada en una habitación de hotel —me río. Muevo las caderas hacia atrás y me arrimo a su regazo, y él gruñe—. Quítate la camisa, Jackson. Puede que nos salve la vida.
Jackson se ríe por la nariz.
—No corremos peligro de morir aquí… Joder. Delilah.
Lanzo mi sudadera al otro lado de la habitación, seguida rápidamente por la camiseta que llevaba debajo.
Me dejo puestos los pantalones de nieve, porque seguro que supondría una pesadilla logística.
Aunque la habitación está helada cuando me quedo solo con el sujetador de algodón rosa pálido, así que me meto rápidamente bajo las sábanas y me las subo hasta la barbilla.
—Quítate la camisa, Jackson —le ordeno de nuevo, castañeteando los dientes.
Está congelado detrás de mí, sin moverse ni un centímetro.
—A menos que no quieras —añado con incomodidad.
Intento disimular la vergüenza que se me acumula en la garganta—.
En ese caso, seguro que lo mejor sería que fingiéramos sumirnos en un sueño profundo e inmediato.
En un coma, tal vez. Porque planeo morirme de vergüenza y me gustaría que me dejaran a mi aire.
La cama se hunde, la tela cruje y Jackson suelta un profundo suspiro. Al cabo de unos instantes, vuelve a estar debajo de las sábanas, con el pecho firmemente pegado a mi espalda.
Su pecho desnudo, contra mi espalda desnuda.
—Sabes perfectamente qué teclas tocar conmigo —gruñe. Es delicioso cómo suena cuando está dividido entre la frustración, la diversión y el oscuro atisbo de algo más. Algo que quiero desenrollar como si fuera un caramelo. Mordisquearlo hasta que se me derrita en la boca.
Escondo la sonrisa sobre la almohada.
—Lo siento.
—No, no lo sientes.
—No —me río—. No lo siento. —Me meneo contra él—. Ya noto más calor.
—¿Sí? —Jackson desliza la palma por mi costado y me lo friega de arriba abajo—. ¿Y ahora?
—Mmm —murmuro—. Qué agradable.
—¿Y esto? —Baja la mano, de nuevo hasta mi vientre y sube y sube y sube la palma hasta dejarla plana entre mis pechos. Justo donde el corazón me palpita acelerado. Me acaricia suavemente con el pulgar—. ¿Más calor ahora?
—Sí —susurro. Me aparta el pelo del cuello con la nariz y me da un suave beso en la base de la columna.
Soy consciente de todos los lugares donde estamos acurrucados.
De cómo mi respiración se ralentiza y mi corazón se desboca.
Jackson mueve la mano y pasa un dedo debajo de la parte superior de mi sujetador para recorrerme la curva de un pecho.
Se me ponen duros los pezones, y arqueo la espalda, intentando que baje más, pero sus manos son perfecta y exasperantemente educadas.
—¿Qué pasa? —me pregunta en un murmullo bajo, justo debajo de mi oído.
Siento que el cuerpo entero me vibra, tan tenso que podría estallar.
Pero soy terca y, por mucho que me guste provocar a Jackson, no creo que quiera forzarlo a nada. Quiero que sea su decisión. Pase lo que pase.
—Delilah —susurra—. ¿Qué ocurre?
—Nada.
—¿Estás segura? —insiste. Me roza suavemente con el dedo otra vez, justo debajo del tirante de mi sujetador.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que me rechinan.
—Estás jugando conmigo —lo acuso.
Puedo sentir su sonrisa en la nuca.
—A lo mejor.
Me giro e intento mirarlo por encima del hombro. Lo único que puedo ver de él es la curva de su oreja y un mechón de pelo revuelto y desgreñado. Y el extremo de su sonrisa burlona.
—No me gusta esta versión tuya —resoplo.
Se ríe y me estrecha la cintura con el brazo.
—¿Qué versión es esa?
—La versión de cuando no cumples lo que prometes.
Murmura algo detrás de mí y me desliza suavemente el tirante del sujetador sobre el hombro.
—¿Querías que te tocara, Delilah?
—Por favor —le suplico.
Se le escapa un gruñido ronco y baja la mano, con los dedos aferrados a la curva de mi pecho.
—Eso es lo que quería —susurra contra la delicada piel de mi nuca—. Que me lo pidieras. —Me roza el pezón con el pulgar, y un pequeño gemido ahogado me brota de la garganta.
—Bueno —arqueo la espalda y extiendo la mano hacia atrás para enredar los dedos con su cabello—, tal vez la próxima vez deberías decírmelo.
—Tomo nota —contesta mientras sigue acariciándome con el pulgar con lentitud. Es un único punto de contacto intencional, pero te juro que nunca me había sentido tan excitada—. Así será lo nuestro, ¿no? —me pregunta—. Cuidaremos el uno del otro. Mejor que nadie.
Asiento.
—Eres muy suave —me dice, presionando las caderas contra la curva de mi trasero.
Se mece una vez como si no pudiera evitarlo.
Se detiene con otro gemido de dolor y me aprieta con la mano—.
¿Cuánto me vas a permitir, Delilah? —Su pulgar sube lentamente y traza un delicado camino por la parte superior de mi pecho—.
¿Cuánto me dejarás hacer antes de que empieces a arrepentirte?
Niego con la cabeza, frenética. Me late cada centímetro del cuerpo. Lo deseo muchísimo.
—Nada de arrepentimientos. Nos lo hemos prometido.
Me quita la copa del sujetador y la coloca debajo de mi seno. Intento ayudarlo y sacar el brazo del tirante, pero Jackson me detiene con la otra mano en mi cadera.