CAPÍTULO 26 JACKSON
El frío nos envuelve enseguida.
Saco a Delilah de la cama y la obligo a ponerse mi sudadera, y luego otra encima de esa.
—¿No crees que estás…? Jackson. —Le calo el gorrito lila y le tapo los ojos. Se lo aparta y me sonríe mirándome—. Creo que estás exagerando un poco.
—No. —Aunque no me cabe duda de que Lottie ya tiene un plan B en mente, no me apetece ver a Delilah temblar con su ropa de abrigo mientras el generador se pone en marcha. Busco mi chaqueta y se la pongo—. No quiero que pases frío.
—No creo que vaya a tener frío en el próximo milenio, Jackson. —Levanta los brazos. Se alzan cinco centímetros. Es posible que sí haya exagerado un poquito—. ¿Cómo me voy a quitar todo esto?
Le lanzo una elocuente mirada.
—Ah, claro. —Se le ruborizan las mejillas al instante—. Nada insinúa un «llévame a la cama» como la idea de sacarle a la fuerza a una mujer tres capas de sudaderas, supongo.
Me froto la mandíbula con la palma de la mano y escondo la sonrisa.
—Creo que estás muy guapa.
Me mira fijamente desde el otro lado de la cama.
—Ah, bueno. Mejor todavía. —Se mete las botas a regañadientes, refunfuñando en voz baja todo el tiempo—. Es como si me hubiera vuelto a poner el disfraz de tortuga.
Rodeo el borde de la cama y la agarro de las caderas.
—Tú siempre estás guapa.
Hace un puchero.
—Me gustaba más cuando decías que soy tan bonita que te da rabia y todo.
No puedo resistirme. Me inclino y le doy un beso en el carnoso labio inferior.
Creo que por fin he descubierto cómo abrir esa parte de mí que no necesita repasar todos los peores escenarios antes de tomar una decisión.
Solo necesito besar a Delilah. Ella silencia todas las partes borrosas y estáticas de mi cerebro.
Me aparto. Ella se mueve conmigo. Me gusta tanto que me acurruco a su alrededor y le apoyo la barbilla en la cabeza.
—También eres eso. Y todo lo demás —susurro—. Bajemos a ver si podemos echar una mano.
Lottie está ocupada instalando calentadores portátiles a pilas en una de las mesas largas que usan para el bufé del desayuno. Sonríe al vernos salir de la escalera, con una linterna en medio de la frente.
—Aquí estáis. Justo iba a ir a ver cómo estabais. ¿Todo bien?
Delilah agita los brazos, cubiertos con sudaderas de arriba abajo.
—La verdad es que creo que me voy a morir de un golpe de calor.
—¿Y si te quitaras al menos una capa? —Lottie sonríe y señala la enorme chimenea que tiene detrás—. Hemos conseguido encender un fuego manual. Por desgracia, todas las chimeneas de las habitaciones estarán apagadas mientras trabajamos en el generador. ¿Necesitáis algo?
—En realidad, hemos venido a ayudar —me ofrezco, intentando no mirar cómo Delilah se retuerce y se contonea para quitarse la sudadera.
Consigue liberarse y se ata las mangas alrededor del cuello, como si fuera una capa de superheroína—.
Esta mañana no tenemos ningún directo programado, así que estamos a tu disposición.
Lottie parece aliviada.
—De hecho, me vendría bien algo de ayuda para llevar esto a las habitaciones, pero no quiero poneros a trabajar.
—Nos hemos ofrecido nosotros. —Necesito algo que me impida entrar en esa habitación o me voy a caer directamente en la cama con Delilah.
Delilah se balancea a mi lado.
—Sí, mujer. Es lo mínimo que podemos hacer después de todo lo que has hecho por nosotros. —Una versión metálica de «Here Comes the Sun» empieza a sonar desde el bolsillo trasero de sus vaqueros—. Uy. Esperad un segundo. Vuelvo enseguida.
Se lleva el teléfono a la oreja y se acerca rápidamente a una de las ventanas.
—Hola, Anita. ¿Todo bien?
Intento recordar si ha mencionado el nombre de Anita, pero no me suena. La observo un minuto más y frunzo el ceño cuando encoge los hombros hasta las orejas. Se desata la sudadera del cuello y se la pone sobre el brazo.
Lottie me entrega uno de los calefactores.
—Los colocaremos en las áreas comunes y luego llevaremos el resto a las habitaciones. Delilah y tú podéis llevaros los que queráis.
—Con uno bastará —murmuro, distraído. Delilah suele hablar con todo el cuerpo. Agitando los brazos, con pequeños movimientos de emoción. Pero ahora mismo está de pie con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando por la ventana—. Enseguida vuelvo.
Me acerco a Delilah, que está junto a la ventana, y doy un rodeo para que me vea venir. Me mira a los ojos y me dedica una sonrisa forzada, asintiendo mientras escucha a la persona al otro lado del teléfono.
«¿Todo bien?», le pregunto en silencio con los labios.
Me hace señas para que me acerque y luego me agarra del cordón de la sudadera y tira de mí para reducir la distancia que nos separa. Apoya la cabeza en mi pecho, sin dejar de mirar por la ventana, con el teléfono pegado a la oreja.
—Puedes ponerlo —dice en voz baja—. No me va a pasar nada.
Una voz suave y metálica resuena al otro lado del teléfono.
—Ya lo sé, Anita. Pero todo saldrá bien.
Apoyo la palma de mi mano en la base de su columna vertebral porque parece necesitar apoyo. Respira hondo para fortalecerse y luego exhala lentamente.
—Sí, soy yo —dice Delilah con dulzura—. Siento no haber contestado a tu llamada. Estaba en ensayo. Ya sabes que a veces me quedo absorta por la música.
Delilah sigue hablando en voz baja y despacio mientras las piezas encajan. Ese día en el restaurante me dijo que su madre era música. Que la crio su abuelo. Pero ¿por qué finge que…?
—Sé que hace tiempo que no te visito, pero iré pronto. —Se enrolla el cordón de mi sudadera alrededor del puño y frota el extremo deshilachado con el pulgar—. ¿Por qué no vas con Anita a tomar un té? La última vez que estuve allí, dejé en tu armario un poco de ese té de lavanda que tanto te gusta.
Una voz baja responde, y Delilah se ríe.
—Y galletas de mantequilla también. Claro que me acuerdo. —Su sonrisa se torna agridulce. Le acaricio la espalda—. Yo también te quiero. Nos vemos pronto.
Cuelga y apoya la cabeza en mí. Continúo acariciándole la espalda con suavidad.
—Mi abuelo tiene alzhéimer —musita—. A veces se confunde. —Le suena la garganta cuando traga saliva, y la acerco más para rodearla con los brazos—. No es un hombre iracundo, pero cuando se queda atrapado en un recuerdo es más fácil guiarlo si lo acompaño.
Asiento con la cabeza.
—No tienes por qué explicármelo.
Se gira para mirarme. Tiene los ojos vidriosos y enrojecidos, y la punta de la nariz rosada.
—Quiero hacerlo.
—Debe de ser difícil para ti. —Le acaricio la mejilla con el pulgar.
Se encoge de hombros.
—¿Cuántos papeles diferentes te ves obligada a interpretar, Delilah?
Me mira a los ojos un segundo más con una pequeña sonrisa triste antes de volver a apoyar la mejilla en mi sudadera.
—¿Cuando estoy aquí contigo? Solo uno.