CAPÍTULO 25 DELILAH #2
Jackson no contesta. Se queda en silencio el tiempo suficiente como para que me arrepienta de haber dicho nada al respecto y haber sacado el tema mientras me tiene clavada contra la cama. Quiero escabullirme en un rincón. Quiero salir disparada hacia la estratosfera.
—¿Cuando volvamos? —me pregunta al fin. Busca mis ojos con los suyos—. ¿Quieres hablar con ella cuando volvamos?
No entiendo por qué es importante el momento concreto, pero…
—Sí —replico—. También podría hablar con ella por teléfono mientras estamos aquí, si quieres. Pero a veces estas conversaciones son mejores en persona.
Se clava un nudillo en la mejilla y luego apoya la palma de la mano en el colchón, cerca de mi cadera. Me muevo un poco hacia su brazo, pero él no se aparta.
—Pero la primera vez que lo has dicho te referías a que hablarías con ella en Baltimore.
Asiento y arrugo el ceño.
—Sí. Es donde vivimos. —Me froto los labios—. Pero si te incomoda o si cruzo algún límite, podría…
—¿Y a mí? —me interrumpe, sin dejarme terminar el pensamiento—. ¿Me verás cuando volvamos a Baltimore?
—Eres su tutor legal, ¿no?
—Delilah.
—Sigues trabajando en la emisora de radio, ¿verdad? —Sonrío.
—¡Delilah!
Tengo un nudo en la garganta. Me pide sinceridad, pero él no se abre del todo. Todavía puedo ser valiente, si es lo que necesita.
—Me gustaría —musito—. Creo que hacemos un buen equipo.
Su sonrisa de respuesta es lenta. Un poco tímida.
—Sí. —Asiente—. Yo también lo creo.
—Al contrario de lo que algunos pensaban al principio —añado.
Jackson vuelve a apoyar la frente en mi pecho con un gemido. Luego inclina la cabeza y me mira con un sorprendente ojo azul.
—¿No dijiste que tenía la personalidad de una bolsa de papel mojada?
—De un trozo de cartón mojado —lo corrijo—. Por cierto, no llevas puestas las gafas. Me acabo de dar cuenta.
—Al contrario de lo que algunos piensan —replica—, no me pongo las gafas ni un traje de tres piezas para dormir.
Me río entre dientes.
—Tampoco duermes colgado boca abajo en el armario.
—Todo el mundo me insiste en que me ponga lentillas, pero…
—No. —Salto a la defensiva de inmediato, sin saber por qué—. Me gustan las gafas.
—¿Sí?
Asiento.
—Hacen que seas tú mismo, no sé si me entiendes.
—No mucho, pero me lo tomaré como un cumplido. —Sonríe—. Así que lo acepto.
—Es que es un cumplido. —El corazón me late con fuerza en el pecho. No puedo creer que alguna vez pensara que este hombre era frío e insensible—. ¿Ves bien sin ellas? —le pregunto.
Niega con la cabeza y me recorre la cara con los ojos.
—En realidad, no. Solo veo… manchas de color.
—¿De qué colores soy yo?
Inclina mi rostro hacia el suyo.
—Rosa, dorado… —Enreda suavemente los dedos con las puntas de mi pelo y tira de él. Me sonríe—. Marrón. —Su pulgar recorre la curva de mi mejilla. Lo baja hasta mi boca—. Rojo —susurra, tirando ligeramente hasta que entreabro los labios.
Sigue con el pulgar allí, sobre mi boca. Mi respiración se vuelve superficial. Jackson se relame los labios y me mira fijamente.
—Eres preciosa —me dice—. A veces hasta me da rabia.
Parpadeo.
—¿Lo siento?
—Yo no.
Y entonces posa los labios en los míos y me besa en silencio.
Es diferente a los demás. No es una distracción ni es impulsivo.
Es una elección. Una decisión tomada. Me besa despacio y con cuidado, como el agua que fluye en el lago.
Constante y profundamente. Tiene los brazos a ambos lados de mi cabeza, y deslizo las manos alrededor de sus bíceps mientras con los muslos abrazo sus costados.
Estoy rodeada por él. Por su cálido aliento y por su corazón palpitante y por su piel presionada contra la mía bajo el enredo de las mantas.
Me arqueo, pero no se aparta de mis labios.
No pide más. Juego con el pelo de su nuca y noto cómo sus labios se curvan en una sonrisa de medialuna contra los míos, divertido.
Suelto un gemido de felicidad, y él lo imita, más profundo y áspero.
Cuanto más me besa, florece un anhelo, un deseo intenso que palpita y se propaga por todas partes.
—Así es como debería haber sido —murmura contra la curva de mi mandíbula—. Desde el principio.
—No sé qué decirte. —Apoyo la cabeza en las almohadas para darle más espacio—. Me gusta cómo empezamos.
—¿Todas nuestras discusiones? —Se recuesta.
—Ajá. Gracias a eso, creo que te conozco a la perfección.
—Alcanzo sus gafas de la mesita de noche—.
Toma —digo desplegándolas, con especial cuidado con la parte que rompí accidentalmente durante nuestro encuentro en la oficina.
Jackson baja la cabeza para que pueda deslizarle las gafas sobre las orejas.
Lo hago con cuidado y le sonrío cuando termino de ponérselas.
Me mira parpadeando detrás de los gruesos cristales y…
es muy agradable. Estar aquí con él, digo.
—Delilah —empieza a decir—, creo que…
El resto de su frase queda interrumpido por el destello de todas las luces de nuestra habitación.
Se iluminan durante medio segundo antes de apagarse por completo.
Incluso las lucecillas verdes de nuestros dispositivos se apagan, y el alegre fuego que ha estado rugiendo en la chimenea durante días se extingue con un silbido.
Nos quedamos inmóviles, mirándonos fijamente.
—¿Un apagón? —susurro.
—Sí, creo que sí. —Jackson se incorpora y mira por encima del hombro y luego por la ventana.
Más allá del cristal esmerilado, hay una pendiente que desciende hacia el lago, salpicada de guirnaldas de luces doradas.
Se ve el brillo desde la cama, así como la luz que se filtra entre treinta centímetros de nieve.
Se ven todas, como estrellas atrapadas en las rocas del acantilado.
Ahora esas luces están apagadas. No hay nada más que nieve hasta donde alcanza la vista.
—Parece que se ha ido la luz en todo el hotel.