CAPÍTULO 25 DELILAH
Me despierto clavada en el colchón, con Jackson medio encima de mí, su rostro en mi cuello y sus dos brazos rodeándome la cintura. Es imposible que no se le haya dormido la mano, encajada debajo de mí así, pero ni siquiera se mueve cuando me remuevo y bostezo debajo de él.
No tenemos directo hasta el programa de radio de la tarde, seguido de una breve aparición en el informativo de las cuatro.
Ahora que la tormenta se está extendiendo a otras partes del estado, nuestras apariciones serán menos frecuentes.
Tan pronto como las carreteras estén despejadas y seguras, regresaremos a Baltimore y grabaremos un par de segmentos de cierre para la colaboración, y se habrá acabado.
Será el final oficial de «Jackson y Delilah, un tiempo juntos».
Levanto mi móvil de la mesita de noche, lo enciendo y reviso el correo.
Solo he recibido cupones de descuento de la heladería de mi calle, un recordatorio para llevar mi coche al taller para cambiarle el aceite y una colección de correos basura de los que me da pereza darme de baja.
Mi pulgar se detiene sobre uno de los iconos de redes sociales mientras me planteo si quiero abrir esa caja de Pandora.
He estado evitando las aplicaciones desde que a Jackson y a mí nos sorprendieron con los micrófonos abiertos, pero la curiosidad me puede.
Abro una aplicación y enseguida se me salen los ojos de las órbitas.
Unas notificaciones rojas brillantes rodean la parte inferior de mi pantalla. Es una cantidad bastante aterradora. Gianna me comentó que la comunidad en línea estaba activa, pero no me comentó la enorme cantidad de gente que especulaba sobre la naturaleza de mi relación con Jackson.
Jackson refunfuña encima de mí y entierra la cara con más fuerza en mi cuello.
Le acaricio el pelo distraídamente, invitándolo a que se relaje mientras reviso el navegador.
Al final, se ha quedado dormido como un tronco.
Creo que no se ha movido ni una sola vez en toda la noche, abrazándome como a su osito de peluche favorito.
Leo los mensajes de las redes.
¿Creéis que lo de Jackson y Delilah es una estrategia publicitaria? ¿O de verdad los han sorprendido con las manos en la masa?
El directo de ayer… ¿¿Alguna pista??
¿Habéis visto la MANO de él alrededor de la CINTURA de ella?
¡¡¡Gafas de esquí a juego!!! ¡¡¡Por favor, me va a dar algo!!!
Aiden no dirá nada al respecto en Fibra sensible.
Remix de audio filtrado.
Hago clic en el último por culpa de la curiosidad que me abrasa las entrañas. Tiene la mayor cantidad de «me gusta» de todas las publicaciones, con una brillante estrella dorada junto al título. Al hacer clic, no hay descripción. Solo un botón de reproducción con un archivo de audio incrustado.
Me lo acerco a la oreja, con la esperanza de escucharlo discretamente, pero el sonido retumba a través del altavoz.
Suena la voz de Jackson, baja y entrecortada: «Bésame, Delilah. Por favor».
Una potente línea de bajo llena el fondo mientras se repite una y otra vez.
«Bésame, Delilah. Por favor».
«Bésame, Delilah. Por favor».
«Por favor, por favor, por favor».
Jackson gime contra mi cuello mientras intento desesperadamente apagar el teléfono.
—¿Qué haces? —murmura. Levanta la cabeza y parpadea con los ojos entrecerrados—. ¿Qué demonios es ese ruido?
—¡No lo sé! —grito procurando cerrar la aplicación.
Sin embargo, solo consigo subir el volumen.
Quienquiera que haya hecho este audio ha usado mi respiración entrecortada justo antes de besar a Jackson como una especie de eco de percusión.
Es creativo, aunque sumamente vergonzoso.
Pensaba que nada sería más humillante que todo Baltimore me oyera besar a Jackson, pero por lo visto me equivocaba.
Jackson extiende la mano con un gruñido y agarra mi teléfono para bajar el volumen. El silencio consiguiente es lo más fuerte que jamás he tenido que soportar. Noto cómo me arden las mejillas.
Él vuelve a apoyar la cara en mi cuello.
—¿Alguien ha hecho un remix de nuestro audio y lo ha convertido en una canción bailable? —me pregunta.
Me muevo y dejo el teléfono en la mesita de noche. Dudo si mentirle. Dudo si apartarme de debajo de él y encerrarme en el baño. Dudo si meterme directamente en el lago. Pero Jackson está calentito y yo estoy cómoda y mi abuelo siempre decía que la sinceridad es la mejor política, así que…
—Sí —digo. Hago una pausa—. ¿Quieres saber cuántos «me gusta» tiene?
Su suspiro es de resignación.
—¿Me quedaré perplejo o humillado?
—Supongo que un poco de cada.
—Entonces no. No me hace falta saberlo.
Se remueve de nuevo y encaja las caderas entre mis muslos separados antes de girar la cabeza para que su mejilla quede plana contra mis pechos.
Es una delicia sentir su cuerpo pesado presionándome contra el colchón.
Sus líneas suaves y su piel cálida. Se acomoda con un leve gemido, y algo grueso y duro me presiona el interior del muslo.
Me parece que mi cara está a punto de derretirse.
«Es por la mañana», intento racionalizar. «Es normal que le pase».
Pero es que acabo de escucharlo jadear en un micrófono y suplicarme que lo besara al ritmo de la batería de Phil Collins, y la racionalización no tiene ninguna cabida contra el deseo de abalanzarme sobre él que me inunda.
Me relajo debajo de su cuerpo. Mueve una mano y me recorre la línea del cuello con el pulgar. Emite un pequeño gemido cuando arqueo ligeramente la espalda. Dudo de que lo hubiera oído si no estuviéramos acurrucados.
—Buenos días —balbucea, y me río mientras le acaricio la nuca con las uñas. Es injusto que esté disfrutando tanto de esto. Unos segundos de pereza en una cama calentita, con una tenue luz que se cuela por la ventana.
Me gusta oír las primeras palabras que salen de su boca. Me gusta cómo me abraza. Me gusta cómo mueve las caderas contra mí; se me endurecen los pezones debajo de la camiseta, y el espacio que hay entre mis piernas desea moverse, rozarse y frotarse.
Su cálido aliento me hace cosquillas debajo de la oreja. Me retuerzo.
—¿Qué hora es? —me pregunta, con la voz áspera como papel de lija.
—Alrededor de las ocho.
Casi puedo sentir cómo su cerebro y su cuerpo vuelven a la realidad, una tensión que se le extiende desde la coronilla hasta la punta de los pies. El suave y fluido movimiento con el que se recoloca contra mí se ve reemplazado por una quietud antinatural antes de que aleje las caderas.
Suspiro.
—¿Por qué no me has despertado?
—Te he despertado.
—Me has hecho creer que ha sido sin querer. —Apoya la palma de la mano en mi cadera y me la aprieta—. ¿Es muy grave?
—¿El qué? ¿Las redes sociales?
Asiente.
—No las he mirado. Aiden lo ha insinuado, y mis hermanas dijeron algo sobre DECKSON, pero…
—¿DECKSON? —me río.
Me da un suave pellizco a modo de reproche.
—¿Hay mucho?
Pienso en el número rojo parpadeante de la esquina inferior de la pantalla de mi teléfono.
—Define… «mucho».
Jackson gruñe.
Se me escapa otra breve carcajada.
—Es probable que la gente esté enganchada porque salimos en sus televisores dos veces al día —le aseguro—. Y también por la radio. Están obsesionados, pero se les pasará. Siempre se les acaba pasando.
Se les pasará a todos. Al tipo que hizo el remix. A las chicas que comentan dónde me puso la mano Jackson. Al resto de la ciudad de Baltimore.
Y a Jackson.
Aprieto los labios.
—Esta mañana no tenemos nada que hacer. Pensaba que te vendría bien dormir un poco más.
—Hago una pausa, todavía un poco molesta porque se marchase a contestar a la llamada.
Es una tontería, y no debería estarlo. Tiene derecho a que su vida privada siga siendo…
privada. No nos hemos hecho ninguna promesa. No tengo expectativas.
Sigo acariciándole el pelo.
—¿Todo bien en casa?
Jackson parpadea. Parece que todavía está medio dormido.
—Sí —responde con voz ronca. Vuelve a apoyar la cabeza en mi cuello y emite un pequeño sonido de satisfacción—. Era mi hermana, Adeline. Pero está bien.
No añade nada más, y me digo a mí misma que es suficiente. Es suficiente con que anoche volviese. Es suficiente con que me haya dejado ayudarlo cuando no podía dormir. No necesita contarme todos sus problemas familiares.
Jackson se mueve y me estrecha con los brazos.
—Lo está pasando mal en el instituto —dice, aún con tono áspero y pausado.
La esperanza renace en mis rincones más íntimos.
—¿Sí?
Asiente y me roza con la nariz la piel suave del cuello.
—Sí. Le resulta duro no tener una madre con la que contar. Intento ser todo lo que necesita, pero…
Suspira profundamente en lugar de terminar la frase.
—Pero no puedes ser su madre —termino en voz baja.
—Exacto —dice.
—Ya.
Sé lo que se siente al desear algo con tanta desesperación y a la vez no quererlo. Al sentir un dolor muy intenso cuando todo cambia a tu alrededor. Al tener una buena figura paterna, que te ama con todo su corazón, pero aun así sentir que mereces algo más.
—Podría… —Me apresuro a interrumpirme y me froto los labios. Tengo la mala costumbre de meter las narices donde no me llaman, y me niego a hacerlo con Jackson.
Jackson se apoya en los codos sobre mí.
—¿Podrías qué?
—Da igual —digo con naturalidad. «Desvía la conversación», me grita mi cerebro.
«Cambia de tema». Mi espantoso defecto es abrirme demasiado, demasiado rápido, y Jackson está literalmente atrapado en una habitación conmigo.
Ahora no es el momento. Sonrío—. ¿Quieres tomar el café en la habitación o prefieres bajar?
—Me gustaría terminar la conversación. —Jackson saca un brazo de detrás de mi espalda y me aparta el pelo de la frente. Detiene la mano bajo la curva de mi oreja, que me acaricia con el pulgar—. ¿Qué ibas a decir?
—No importa —susurro.
—A mí me importa.
Suelto un áspero suspiro, sintiéndome estúpida.
—Iba a decir que, si ella necesita a alguien con quien hablar, alguien que la entienda, la escucharía encantada. —Hago una pausa—. He estado en su situación. A lo mejor podría ayudarla.