CAPÍTULO 24 JACKSON
Observo el techo de la habitación del hotel y peino con los ojos la veta de la madera de una de las vigas vistas que recorre toda la longitud de la estancia.
Me he sentado con Lottie en la recepción después de dejar de hablar con Adeline y la he oído comentar la historia de la casa mientras plegaba ropa de cama.
La heredó de su madre, que a su vez la heredó de su propia madre.
Una y otra vez ha pasado de generación en generación, siempre a la hija mayor.
«Resulta que nosotras, las hijas mayores, arrastramos suficientes traumas como para ser excelentes micrománager —se ha reído Lottie—.
El destino tiene una forma muy curiosa de manifestarse, ¿no crees? ».
«El destino». El simple hecho de que pronunciara esas palabras ha hecho que me detuviera, con las manos congeladas sobre una servilleta de mesa color rojo cereza, muy usada, a medio doblar.
Pero luego Lottie ha empezado a hablar alegremente de las recientes renovaciones y de cómo las reformas han respetado la estructura existente, y el pensamiento se ha desvanecido.
Tenía muchas ganas de perderme en una conversación en lugar de estar absorto en mis pensamientos, y creo que Lottie lo ha intuido.
La casa conserva la mayoría de sus elementos originales. Como las vigas vistas de madera y las chimeneas de las habitaciones. Lo que pudo rescatar, lo conservó meticulosamente para que perdurara. Conservar lo que pudiera ha sido importante para ella.
—Supuse que, si tiene una buena estructura, por qué no. —Sus manos recogían sin problemas las servilletas rojas desgastadas. Las doblaba una y otra vez gracias a la memoria muscular—. Es agradable aferrarse a algunas cosas, ¿eh?
Observo la viga e imagino lo que debe de sentirse al aferrarse a algo durante más de un siglo.
—Qué tontería —mascullo para mí mientras me paso una mano por la cara. Estos son los pensamientos absurdos que suelen atormentarme entre la una y las cuatro de la madrugada, y que se entrelazan con los más incisivos hasta convertirse en un flujo interminable de discusiones en mi cabeza.
Me giro de lado y saco el teléfono de debajo de la almohada extra con un suspiro, con cuidado de mantenerlo bajo el edredón para que la luz de la pantalla no despierte a Delilah.
No he regresado a la habitación hasta cerciorarme de que estaría dormida.
No sé por qué. Creo que tenía miedo de enfrentarme a ella.
O tal vez tenía miedo de lo que vería cuando me mirase a los ojos.
Por suerte, estaba acurrucada en el extremo del colchón cuando me he colado por la puerta, y un muro de almohadas separaba su espacio del mío.
Ese maldito muro de almohadas es otra cosa que me saca de quicio. Anoche no le dimos importancia, pero esta noche Delilah ha pensado que lo necesitaba.
Enciendo el teléfono y busco mis mensajes. El último es de Camille y no ha recibido respuesta, por supuesto.
Sé que no confías en mí. Y con razón. Pero me gustaría otra oportunidad.
Otro justo después.
Cálmate, Jackson. Si me equivoco, puedes decirme que me lo advertiste.
Como si eso fuera lo que me preocupara. Tener razón. Deseo equivocarme con ella más que nada, pero es difícil olvidar al niño pequeño con el estómago hambriento que esperaba en la cocina a alguien que no llegaba.
Adeline me ha llamado esta noche al borde de las lágrimas.
Ha esquivado el tema hasta que finalmente me ha confesado que todas las chicas de su grupo de amigas iban a ir con sus madres al almuerzo de mitad de semestre.
Es una herida que nunca he podido curar del todo para ellas, y mis habituales palabras de consuelo eran polvo sobre mi lengua.
Apago el teléfono, pero las palabras permanecen iluminadas sobre mí.
Parpadean lentamente, como un letrero de neón zumbando en su último aliento, brillando cada vez más.
«Cálmate, Jackson».
«Cálmate, Jackson».
«Cálmate, Jackson».
Me froto los ojos con las palmas de las manos hasta que veo puntitos e intento alejar ese sentimiento. Odio que mi cerebro se aferre a un pensamiento, cuyas garras oxidadas se me clavan hasta hacerme daño.
Camille dice que quiere involucrarse en la vida de mis hermanas. Adeline y Penelope tienen edad suficiente para tomar sus propias decisiones, pero me cuesta mucho ponerlas en una situación en la que puedan salir heridas.
Como me pasó a mí. Una y otra vez.
«Cálmate, Jackson».
—¿Jackson? —La voz adormilada de Delilah resuena en la oscuridad. El torbellino violento de pensamientos recurrentes se apacigua. Las sábanas crujen, una almohada se mueve y un ojo marrón me mira desde su lado de la cama—. ¿Ya has vuelto?
Después de sentarme con Lottie, me fui a los sofás junto a las ventanas traseras frente a las chimeneas.
Hice algunas tareas administrativas al azar con el móvil.
Me puse a leer noticias un rato. No me di cuenta de lo tarde que era hasta que el cielo se volvió negro como la tinta al otro lado de la pared de ventanas.
—Sí. —Me aclaro la garganta—. Ya estoy aquí.
Emite un gimoteo soñoliento. Solo la veo como un bulto bajo las sábanas. Sé que duerme con las manos debajo de la mejilla, acurrucada de lado. Me ha robado la manta extra de mi lado de la cama, pero no me importa. Quiero que esté calentita.
Bosteza.
—¿No puedes dormir? —pregunta.
—No —respondo con voz ronca.
—Vale —susurra.
Se queda en silencio, y noto que aguanto la respiración, a la espera de que diga algo más.
La decepción me invade cuando su respiración se normaliza y sus pies con calcetines se mueven bajo la manta robada.
Solo se oyen el crepitar de la leña que arde lentamente en la chimenea y las ráfagas de viento que disminuyen entre los árboles.
Lo peor de la tormenta ya ha pasado: más de setenta centímetros de nieve en doce horas.
Todo está quieto y en silencio. Acallado, como solo la nieve puede hacer. A veces, la medianoche es el momento más solitario de todos, en el que los minutos se convierten en horas y la oscuridad se cierne sobre nosotros por todas partes.
Delilah gruñe y se remueve antes de incorporarse en su lado de la cama.
Extiende la mano hacia la lámpara de la mesita y la golpea hasta que la habitación se llena con su suave resplandor.
Me mira entrecerrando los ojos, con el pelo revuelto y las mejillas sonrosadas.
Un bostezo le abre la boca de par en par, y se lleva el puño al ojo izquierdo.
Es adorable.
Se acomoda parpadeando lenta y prolongadamente, aún atrapada en las telarañas del sueño.
—Ven aquí —me dice.
—¿Qué?
—Ve a buscar mi ordenador de la mesa —señala la superficie llena de libretas, envoltorios de caramelos y tazas de café vacías— y ven aquí.
Trago saliva, y el sonido resuena en mis oídos.
—Que vaya… ¿a dónde, Delilah?
Da unas palmaditas en el espacio a su lado.
—No sé si…
—Jackson —suspira, impaciente, malhumorada, soñolienta, suave y tan bonita que se me desboca el corazón—. Si no vienes aquí, iré yo allá. Y, cuando lo haga, ocuparé todo tu espacio y te robaré las mantas. —Arquea una ceja con insolencia. «Mierda»—. Tú eliges.
—Ya me has robado las mantas.
—Sí, bueno. —Una sonrisa asoma en sus labios—. Pues me las llevaré todas. Y te quedarás aferrado al borde del colchón, tiritando.
Consciente de que me estoy poniendo en una posición ridículamente tentadora, pero del todo incapaz de resistirme, obedezco, aparto las mantas y me arrastro hasta la mesa.
Agarro su portátil y la observo mientras retira la colcha y da unas palmaditas a la sábana de franela que hay debajo.
Luego aparta la muralla de almohadas, y ya solo queda Delilah en medio de una cama enorme de aspecto acogedor, con la camisa resbalándosele de un hombro.
—Siéntate —me ordena—. Vamos a ver una película.
—Son las dos de la madrugada. —Miro el reloj de la repisa de la chimenea.
—Pues sí. —Bosteza de nuevo y se desliza en su nido de mantas mientras enciende el ordenador—. Te apuesto algo a que aguanto hasta los créditos iniciales.
—No tienes que estar despierta —le digo, todavía a los pies de la cama—. Puedes volver a dormirte. No me pasará nada.
—Seguro que no, pero que no te pase nada no significa que estés bien, y quiero que estés bien. —Vuelve a dar palmaditas en la cama. Lleva una camiseta gris con un nugget de pollo bailando. No se la he visto al entrar, ya que se tapaba con las mantas hasta el cuello.
Me siento tieso a su lado, con la mente aún enredada.
Me cuesta dejar que la gente me vea así, atrapado en medio de una espiral de ansiedad de la que no sé cómo salir.
Cruzo los brazos sobre el pecho y las piernas a la altura de los tobillos.
Estoy superincómodo, pero también lo es el nudo apretado y ansioso que se me ha formado en la base del cuello.
—No lo hago a propósito —digo, intentando explicarme. Detesto haberla preocupado. Que esta… cosa que no puedo cambiar de mí mismo también le esté quitando el sueño—. Dormiría si pudiera.
Delilah no me mira, sigue navegando por su ordenador. Para sorpresa de nadie, tiene unos diez mil iconos, sin ningún orden aparente, esparcidos por la pantalla como un puñado de estrellas.
—Ya lo sé —dice distraída.
Me paso la mano por el pelo, cohibido y ridículo. Intento restarle importancia con una broma.
—Supongo que soy difícil por naturaleza.
Delilah se gira hacia mí. Ojos dulces, cabello suave y una leve inclinación hacia abajo en los labios que me dan ganas de besar hasta que yo también me relaje.
—No eres difícil —musita—. Es que no has tenido a nadie que te cuide.
Acto seguido, me pasa una almohada, se tumba en la cama y coloca el ordenador entre nosotros como si no acabara de descubrir todos mis puntos débiles con una sola frase. Como si no me hubiera abierto en canal, metido la mano en mi pecho y apretado.
—Dale a «reproducir» cuando estés listo —me ordena.
Ha elegido Casablanca .
—Es una película muy tonta —digo más o menos hacia la mitad, con el hombro de Delilah pegado al mío.
Cualquier intento de mantener la distancia se ha desvanecido por la pierna inquieta de Delilah y por su absoluta incapacidad para no acaparar la manta.
Yo estoy intentando sobrevivir en mi lado de la cama, y se limita a acomodarse con mi muslo pegado al suyo.
Se queda dormida poco a poco y la coronilla de su cabeza se inclina contra mi pecho antes de que vuelva a despertarse, procurando fingir que está absorta en la peor historia de amor de todos los tiempos.
—Pero qué dices —exclama, con un tono a la vez tierno e indignado—. Ganó el Óscar a mejor película.
Resoplo.
— Shakespeare in Love también ganó el Óscar a mejor película. Eso no significa nada.
Se incorpora apoyándose en los codos, con aspecto más despierto que en la última hora. Su rodilla golpea el ordenador.
—¿Insinúas que la obra maestra que es Shakespeare in Love no es una buena película?
Agarro el portátil y me lo acerco.
—Ganó a Salvar al soldado Ryan .
—Que es una película deprimente y violenta.
—Una excelente película deprimente y violenta.
Resopla y murmura algo entre dientes al tiempo que se hunde en las almohadas. Me da una patada en el tobillo, y no estoy seguro de que haya sido un accidente.
Ahogo la risa con una tos.
—¿Has dicho algo?
Se incorpora de pronto a mi lado, hace que el ordenador se desplome de nuevo y me clava un dedo en el pecho.
—Las historias de amor no son tontas, Jackson. —Otro empujón—. Las películas de guerra no son automáticamente mejores ni más serias solo porque la gente… pierda extremidades en una playa.
Le aprieto los dedos alrededor de la muñeca y bajo nuestras manos hacia la cama.
—Delilah —digo—. Cariño. —Se le sonrojan las mejillas al oír el apodo afectuoso que le solté en broma, pero que se me escapa como un secreto. Siento que me arden las orejas al acariciarle el pulgar con el mío—. Creo que es posible que estés delirando.
—No es verdad. —Curva los labios hacia abajo—.
¿Por qué las cosas importantes tienen que ser cosas que nos hacen daño?
¿Por qué algo solo puede ser valorado y apreciado si es…
oscuro y doloroso? ¿Por qué no podemos quedarnos con las cosas brillantes, con las cosas bonitas?
¿Por qué esas cosas no pueden ser especiales también?
—Podemos quedarnos con lo que quieras, Delilah —digo, intentando aliviar la tensión que se ha instalado en su cuerpo. Juntamos nuestras manos palma con palma—. Las cosas suaves también son importantes, claro que sí.
Me mira con recelo.
—¿Sí?
Asiento.
—No siempre has pensado así —me acusa.
Lleva razón. Hace un mes, seguro que habría discutido con ella hasta quedarme sin aliento. Esa suavidad no tiene cabida en las cosas importantes. Pero…
—Creo que he aprendido a apreciar un poco de color.
Su rostro se ilumina con una sonrisa que me provoca una punzada en el pecho.
—¿Como el rosa fucsia?
—Sí. Como el rosa fucsia.
Y marrón miel y el tono que luce el labio inferior de Delilah después de besarla. Es un pensamiento peligroso que tener a las dos de la madrugada cuando está acurrucada junto a mí, con mantas apiladas encima de los dos.
Enderezo el ordenador y vemos cómo Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se encuentran en una pista de aterrizaje empapada por la lluvia. Delilah suspira a mi lado, apoyando la cabeza en mi hombro. Seguimos con las manos entrelazadas, y me permito cerrar los ojos.
En este momento, la noche ya no me parece tan solitaria.