Una conexión imprevista CAPÍTULO 23 DELILAH #3
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CAPÍTULO 23 DELILAH #3

Le quito el teléfono de la mano a Jackson antes de que pueda protestar e ignoro cómo frunce el ceño.

—Nadie te está grabando —le digo a Keith, sujetando el teléfono entre el hombro y la oreja. Me zafo de Jackson—. Y, si quieres enfadarte con alguien, enfádate conmigo. Yo fui quien tuvo la idea. Convencí al resto del equipo para que lo hicieran.

De hecho, mi mentirijilla tan solo enfurece más a Keith.

—No me importa de quién fuese la idea. Se supone que debes seguir mis órdenes. Mi visión. Lo demás no es asunto tuyo.

Siento cierta opresión y cierto escozor en los pulmones. No estoy en lo alto de una montaña. Estoy debajo de ella, con un peso insoportable e interminable sobre el pecho.

—¿Alguna vez será asunto mío? —logro preguntar.

Keith se queda en silencio. Oigo el crujido de su silla de fondo, el murmullo bajo de la sala de redacción. Me lo imagino allí, en el despacho del canal, mirando desde detrás de su pared de cristal como un señor de la guerra intocable, como tanto le gusta.

«¿Qué he hecho?», quiero preguntarle. «¿Qué he hecho para que me odies tanto?».

—Limítate a hacer tu trabajo, Delilah —replica—. Y ya veremos qué pasa con el resto.

—Es lo que siempre he querido hacer —intento contestar, pero ha colgado porque no le interesa mi respuesta.

Suspiro y bajo el teléfono. Lo dejo colgando a mi lado antes de devolvérselo a Mark.

—Gracias por traérmelo.

—A mí también me ha soltado una bronca, si te sirve de consuelo.

En cierto modo, sí. Siempre he supuesto que Mark y yo estábamos en lados opuestos.

O, al menos, yo estaba en un lado y Mark era un tercer miembro que flotaba en algún punto intermedio, como Suiza o uno de esos barcos de vapor con forma de dragón del puerto.

Completamente indiferente a todo. Es un poco extraño tenerlo de repente enfadado y en mi bando.

Detrás de mí, el teléfono de Jackson empieza a vibrar.

Me pregunto si Keith estará pasando lista.

Me giro para mirarlo por encima del hombro, veo cómo mueve el dedo para desbloquearlo y contesta con un suave y reconfortante «hola».

Esboza la sonrisa que reserva para sus hermanas, y respiro, aliviada.

Me vuelvo hacia Mark.

—Siento haberte metido en problemas.

—No, no te preocupes. —Me dedica una inesperada sonrisa, y yo se la devuelvo. Si de este viaje no sale nada más, me alegra saber que ahora tengo gente que me apoya. Que no estoy tan sola como pensaba—. Me ha gustado verte defenderte, Delilah. Deberías hacerlo más a menudo, ¿vale?

—Ya veremos —digo—. Es una mierda.

Mark se ríe y se levanta de la silla para salir por la puerta despidiéndose con un gesto por encima del hombro.

Me entretengo con los diversos cachivaches amontonados en la mesa e intento dejar mi desorden a un lado mientras Jackson habla por teléfono con sus hermanas.

Procuro no escuchar, pero alcanzo a oír algunas frases: «Addie, cálmate», «Sí, ojalá yo también estuviera ahí» y «Que Aiden te prepare un batido».

Sonrío mirando la mesa. Un batido de chocolate suena muy bien. Con nata y virutas extras de chocolate. Me pregunto si me quitaría este vacío.

Jackson me toca el codo suavemente. Me giro para mirarlo; tiene el teléfono pegado al pecho y nuevas líneas de expresión en las comisuras de los ojos.

—Adeline me necesita. Voy a bajar al vestíbulo a hablar con ella un rato.

—No tienes que irte. —Señalo el sillón frente a la chimenea—. Puedes atender la llamada aquí.

—Ya. —Duda unos instantes y escudriña mi rostro antes de forzar una sonrisa que no termina de convencerme—. No tardaré.

—Tranquilo, no pasa nada. —Asiento—. Aquí estaré.

Ojalá supiera cómo facilitarle las cosas tal como él me las facilita a mí. Sin embargo, estoy a ciegas, y mi tendencia habitual a confiar en un optimismo desbordante y en una actitud positiva no me ha llevado a ninguna parte. Estoy magullada y agotada, muy muy cansada.

Aun así, la idea de que prefiera atender la llamada en el vestíbulo es una especie de doloroso cortecito.

Es la confirmación silenciosa de mis peores temores: que recurrirá a mí para cosas divertidas, fáciles y alegres, pero que mantendrá todo lo demás bajo llave.

Veré la versión de él que puede ser aquí, pero nada más.

Al igual que la tormenta, me preocupa que perdamos impulso cuando volvamos a casa.

Me giro hacia la mesa, agarro las libretas y las ordeno en pilas. Reordeno los pósits que le robé del bolsillo de la chaqueta.

Oigo el roce de sus botas contra la alfombra y el susurro de su chaqueta cuando se la vuelve a poner.

Hace una pesada pausa al dudar frente a la puerta.

Siento un nudo en la garganta mientras espero, con la esperanza de que cambie de opinión.

Con la esperanza de que me permita ayudarlo a soportar algo duro.

Pero entonces la puerta se abre y se cierra suavemente.

Su voz murmura al otro lado de la pesada madera, y se ha ido.

Me quedo de pie junto a la mesa un buen rato antes de meterme finalmente en la cama, extenuada.

Cierro los ojos e intento no pensar en nada.