CAPÍTULO 23 DELILAH #2
El rostro de Mark está dividido entre la exasperación, la frustración y la diversión cuando Jackson abre la puerta de golpe. Me tiende su teléfono.
—Toma —dice.
—¿Qué? —Miro fijamente su brazo extendido.
—Te llama alguien en mi teléfono del trabajo.
—¿A mí? ¿Quién es?
—¿Tú quién crees?
Me rodeo el pecho con los brazos. Hay una razón por la que mi teléfono del trabajo sigue escondido en el fondo de mi bolsa.
—Uh. No, gracias.
—¿Me has oído que te lo preguntara? —Me empuja con el teléfono de nuevo—. Venga, Delilah. No dejes de ser valiente ahora.
—Pero es que no quiero —refunfuño. Prefiero disfrutar de la euforia de mi victoria y fingir que Keith no existe—. Dile que lo llamaré mañana.
Jackson ocupa el espacio a mi lado y apoya el hombro contra la pared. Golpea mi bota con la suya. Es una silenciosa muestra de apoyo.
—Tampoco recuerdo haberme convertido en tu secretario —gruñe Mark—. Cuanto más lo hagas esperar, peor será. Lo sabes.
—Tienes un don para soltar discursos motivacionales —murmuro, mirando fijamente el móvil.
—No eres la primera que me lo dice.
La pantalla se ilumina con una llamada entrante y con el nombre de « Keith ». Es hora de volver a la dura y cruda realidad, supongo.
—Vale —suspiro. Mark asiente y ocupa una de las sillas junto a la chimenea. Tanto él como Jackson me miran expectantes—. ¿Me podríais dar algo de intimidad para responder a la llamada?
—No —contestan al unísono.
—Estupendo. Estu… pendo. —Camino hacia las ventanas, los ignoro a los dos y me llevo el teléfono a la oreja—. ¿Diga?
—Hola, Delilah.
—Hola, Keith.
No sé qué esperaba, pero no era un saludo educado y cordial.
Normalmente, cuando Keith está furioso, es incontrolable.
Un día arrojó un brik medio lleno de leche por toda la redacción porque pensó que alguien más lo había usado.
Le dio a uno de los becarios en la frente.
Keith intentó demandarlo por acoso laboral.
—Ponlo en altavoz —me ordena Jackson desde detrás de mí. Hago un gesto con la mano por encima del hombro para que guarde silencio.
Oigo un suspiro de frustración y luego pasos sobre la alfombra tras de mí.
Jackson me quita el teléfono de la mano, pulsa el botón del altavoz y se apoya en la ventana, sosteniéndolo justo fuera de mi alcance, por encima de mi cabeza.
Le doy una patada en la espinilla, pero ni se inmuta.
Mantenemos una discusión en silencio, compuesta de expresiones faciales exageradas, gestos groseros y amenazas susurradas.
Bueno, por lo menos eso lo hace uno de los dos.
Jackson se queda donde está, encorvado contra la ventana, con el rostro impasible.
—Me ha gustado vuestro directo de hoy —anuncia Keith con una voz demasiado tranquila que flota en el espacio entre nosotros.
Jackson pone los ojos en blanco. Le tapo la cara con la mano. Él la aparta sin problemas. Mantenemos otra discusión de veinte segundos sin pronunciar palabra.
—Eh… —logro decir mientras Jackson y yo damos vueltas alrededor del otro. Extiende la mano libre y me rodea el hombro para sujetarme con fuerza contra su pecho. Con el pulgar me roza la base del cuello para inmovilizarme. Se me escapa un jadeo.
Jackson sonríe con sorna.
—¿Gracias? —le digo al teléfono, esperando lo mejor.
—Lo que más me ha gustado ha sido cuando has ignorado mis indicaciones a propósito. —Keith mantiene un tono tranquilo y pausado que se me mete bajo la piel—. Ha estado muy bien.
Me desinflo como un globo triste y me quito los guantes para presionarme la frente con las frías yemas de los dedos.
Siento la incómoda necesidad de luchar que crece dentro de mí, con Jackson pegado a mi espalda.
De defenderme. De exigir algo mejor. Tal vez se deba a que alguien por fin es testigo de las tonterías a las que me somete Keith normalmente o tal vez se deba al último tajo de una cuerda que apenas se sostiene, pero…
Estoy harta de ser el saco de boxeo de este hombre tan mediocre.
Jackson me acaricia la cadera con suavidad, y lo miro fijamente.
Curva los labios en una sonrisa.
«Dale sin miedo», me dice esa mirada. «Se lo merece».
Yo también me lo merezco.
—Lo que más me ha gustado a mí ha sido cuando has intentado expulsarme del directo —le espeto—. Me ha encantado la falta de comunicación.
Jackson arquea las cejas. Detrás de mí, Mark ahoga una carcajada.
—No sabía que tenía que darte explicaciones a ti, Delilah.
—Sí que me las tienes que dar cuando me mandas a las montañas para cubrir la noticia y luego no me dejas informar. —Mi paciencia flaquea—. ¿Qué está pasando, Keith?
—Una grave falta de profesionalidad —me larga—. ¿O acaso debo recordarte tu pequeño desliz?
—No, no hace falta… —Noto cómo me arde la cara.
—Esta mañana he decidido darle un giro al reportaje y, curiosamente —continúa Keith, con un tono sarcástico—, sigues informando del tiempo.
¿Cómo has logrado convencer a todos para que hicieran lo que te daba la gana, Delilah?
¿Eh? ¿Le has guiñado el ojo a alguien que no es el meteorólogo?
¿Quizá al neandertal del cámara? ¿Le has abierto la cabecita vacía y… ?
—Ya basta —lo interrumpe Jackson, con el rostro sombrío. Aprieta el teléfono con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos. El brazo que me rodea se tensa—. No le hables así.
—No pasa nada —digo en voz baja, con la garganta atenazada. Keith siempre ha sido brusco, pero no suele ser tan cruel. Supongo que perder el control del directo lo ha llevado al límite de verdad. Nunca ha gestionado bien que desafíen su autoridad.
Jackson niega con la cabeza, con un resplandor en los ojos azules.
—No tiene derecho a hablarte así, Delilah.
Keith tartamudea al terminar la frase que sea que ha pronunciado. Se ríe, nervioso, y añade:
—Era una broma, por supuesto.
—A mí no me ha hecho gracia —dice Jackson.
Las ganas de pelear me abandonan de pronto, y la vergüenza ocupa el vacío que han dejado.
Quiero que esta conversación termine. La realidad ha reventado mi burbuja de empoderamiento, y he vuelto a buscar desesperadamente un poco de reconocimiento.
Pensé que este reportaje iba a ser un nuevo comienzo para mí, pero es más de lo mismo con otro envoltorio.
—Quita el altavoz —me ordena Keith—. Esta es una conversación privada. No doy mi consentimiento para que la graben.