Una conexión imprevista CAPÍTULO 23 DELILAH
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CAPÍTULO 23 DELILAH

Cruzo la puerta de nuestra habitación con la energía de un tornado chiquitito.

Si tuviera alguna resistencia cardiovascular, seguro que subiría corriendo una de las pendientes nevadas.

Daría una vuelta por la cima de la montaña y luego la bajaría entera.

Me da la impresión de que podría echar a volar si quisiera.

Me embarga un cóctel embriagador de endorfinas, desafío y emoción.

—Me siento brutal —jadeo mientras me quito el gorro y lo lanzo por los aires. Aterriza con un golpe seco junto a uno de los grandes ventanales. Giro sobre los talones con los brazos extendidos—. ¿Tú no te sientes brutal?

Jackson se echa a reír y sujeta el extremo de la puerta para que no se cierre de golpe. También se quita el gorro, se descalza las botas y les sacude el exceso de nieve.

—Sí, ha sido bastante increíble.

El directo ha sido un éxito. Hemos entrado sin más al programa y Leon ha hecho una transición preciosa, como si nada estuviera fuera de lo común. Seguro que ningún espectador se ha dado cuenta de que Keith ha intentado dejarme en ridículo.

Pero no se lo he permitido. Me he defendido. He ganado.

Yo he urdido este plan tan absurdo. Los compañeros de la cadena se han puesto de mi parte. Todas las piezas se han alineado y, por una vez, he salido victoriosa.

Sonrío de oreja a oreja y vuelvo a girar sobre mí misma.

—Creo que ahora mismo podría darle un puñetazo a un alce.

—¿A un alce? —Jackson esboza mi sonrisa preferida.

Asiento y giro de nuevo porque me apetece y punto. Me tambaleo al frenar, y Jackson tiende las manos para enderezarme.

—A un alce —jadeo—. Sería capaz de derribar a un animal salvaje.

—Por suerte, no hay ningún animal salvaje cerca de aquí —murmura Jackson, y me pasa los ojos por la cara antes de clavarlos intensamente en mis labios—. Aunque me encantaría verlo.

La energía que zumba sin ton ni son en torno a mi cuerpo se detiene y se transforma hasta ser un cálido latido que se me arremolina en la barriga. Y en las palmas de las manos. Y en el lugar secreto debajo de la oreja que solamente ha podido encontrar Jackson.

Flexiona las manos sobre mis caderas y me acerca con suavidad hacia sí. Se lo permito encantada, con el cuerpo relajado y tranquilo.

Nuestras rodillas se tocan. Le busco los hombros con las manos. Sigue mirándome la boca.

—Dime que he estado increíble —susurro.

—Has estado increíble —replica al instante, sin vacilar ni un segundo—. Las gafas han sido de lo mejor. Has estado simpática y divertida. Eres superlista.

—¿En serio? —El corazón me da una vuelta de campana en el pecho.

Asiente y se acaricia el interior de la mejilla con la lengua.

—Sí. Has dicho «efecto lacustre» y «sistemas cambiantes de presión», luego has citado la Escala de Impacto de Nevadas en el Noreste y me has…

Se interrumpe de pronto y aparta los ojos para mirar un punto vago encima de mi cabeza, en lugar de mis labios. Tiro de las mangas de su chaqueta abierta porque me muero de ganas de saber cómo termina esa frase.

—¿Y qué? ¿Qué ibas a decir?

—No es profesional. —Niega con la cabeza.

Anoche, Jackson me besó en la nieve, y me dio miedo que no fuera sincero.

Pero ahora mismo, en pleno día, me observa como si no le importara qué piezas de mí puede obtener.

Aceptará todo lo que esté dispuesta a darle.

Se quedará completamente inmóvil hasta que le pida que se mueva, decidido a no transgredir mis límites con sus propios deseos.

—Estamos los dos solos —murmuro—. Dímelo.

Me arrima a su cuerpo. Emito un vergonzoso jadeo cuando estampo el pecho contra el suyo.

—He pensado en besarte en la nieve —admite. Jackson pone cara de estar sufriendo una tortura. Como si estuviera entre dos opciones imposibles y no supiera cuál de ellas probar—. Y he pensado en hacer algo más que besarte.

—¿Como por ejemplo?

—Delilah.

—Quiero saberlo.

Niega con la cabeza y acerca el rostro más al mío, casi como si no pudiera evitarlo. Parece que la atracción gravitacional que siempre tira de mí hacia su órbita funciona en ambas direcciones. Me acaricia la frente con la nariz, y cierro los ojos.

—He pensado en traerte aquí luego. —Sube y baja la mano por mi espalda.

Más abajo, sobre mi cadera hasta la curva de mis nalgas.

Es una deliciosa provocación. Su meñique me roza la gruesa goma elástica de la parte superior de mis pantalones—.

He pensado en bajarte estos ridículos pantalones hasta los muslos.

Hacer que te los dejes ahí mientras te estimulo con la boca.

He pensado…, Delilah —suspira—. He pensado en que seguramente estás muy guapa cuando llegas al orgasmo. En eso he estado pensando.

Se me escapa el aire de los pulmones y se me tensa todo el cuerpo debajo del ombligo. Como una cinta atada con un bonito lazo. Quiero que Jackson tire del extremo. Que me deshaga hasta convertirme en un montón de tela debajo de él.

Suelta un gruñido de frustración y entierra la cabeza en mi hombro.

—Intento darte espacio y respetar tu decisión, pero me lo pones muy complicado cuando…

—¿Cuando qué?

—Cuando eres tú —se ríe, un tanto incómodo—. Me vuelves loco, ¿lo sabías?

—Pues la verdad es que sí. —Evalúo los dos caminos que se extienden ante mí. Podría aferrarme al límite físico a fin de respetar la profesionalidad o podría…

Podría confiar en Jackson. Podría confiar en mí.

Jackson tiene razón. No hay ninguna regla que lo prohíba.

—Creo… —Me relamo los labios y asimilo mis pensamientos—. Creo que he cambiado de opinión.

Me suelta de inmediato.

—No. —Le sujeto las muñecas y acerco las manos hacia mí—. No quiero que me des espacio, Jackson.

—¿No? —Me mira a través de las gafas.

Niego con la cabeza. Por un montón de motivos, decir lo que no quiero me resulta muchísimo más fácil que explicar lo que sí quiero.

—No quiero espacio —repito—. Pero tampoco quiero que me utilices.

—Jamás te utilizaría. —Jackson se me aproxima—. Tú marcas el ritmo, Delilah. Yo me limito a seguirte.

El corazón me da un vuelco en el pecho.

—Todo Baltimore está hablando sobre la naturaleza de nuestra relación.

—Todo Baltimore me trae sin cuidado. —Me pone las manos en las mejillas y me acaricia la curva de la mandíbula con el pulgar.

Puede decirlo sin problemas ahora, cuando estamos en nuestro escondite entre las montañas. ¿Qué pasará cuando volvamos y cambie de opinión? ¿Dónde me dejará a mí eso?

—¿Puede ser solo para nosotros? —musito—. No porque me dé vergüenza. Solo quiero que seamos…

—Tú y yo. Lo entiendo. —Agacha la cabeza, y nos rozamos con las comisuras de los labios antes de apartarse. Le aferro los costados de la sudadera debajo de la chaqueta, con los puños apretados por la frustración. Jackson sonríe—. También es lo que quiero yo.

—Solo mientras estemos aquí —susurro—. Solo por ahora. No quiero tener expectativas.

«No quiero hacerme ilusiones».

Jackson emite un murmullo que suena a una pregunta en el fondo de su garganta.

—¿Qué? —pregunto—. ¿Qué significa eso?

—Ya lo veremos —dice con cautela.

—¿Lo que significa o…?

Me tapa la boca con el pulgar para callarme.

—No pienso aceptar plazos. —Retira el dedo. Lo coloca debajo de mi oreja y me la acaricia suavemente—. Veamos cómo va.

—¿Por qué estás tan disgustado? —pregunto.

—No lo sé. Supongo que es porque estoy disgustado. Ya sabes que me gustan las etiquetas, Delilah.

Curiosamente, me consuela un poco que Jackson no esté dispuesto a dejar de lado todas sus reglas y normas por lo que sea esto.

—Fuiste tú quien dijo que era una distracción —le recuerdo—. Que no tiene por qué ser más que eso.

—Sabía que eso te había molestado. —Suspira. Se recuesta para mirarme bien—. Dije que no tenía por qué ser así, pero no dije que no quisiera que lo fuera. Ese primer beso significó algo para mí, Delilah. Todos han significado algo. Es que… me has dejado sin palabras. No estaba preparado para ti.

En lugar de mirarlo a la cara, miro el cuello de su sudadera. Deslizo los dedos sobre las costuras.

—No quiero ser una parada más en tu búsqueda de tus propios límites. Exploraremos esto aquí. Sin resentimientos al final, ¿de acuerdo?

Me mira a los ojos y asiente con la cabeza a regañadientes.

—¿Y, si empieza a afectar nuestro trabajo, paramos?

Sus ojos se arrugan en las comisuras. Me acerca más, con ambas manos en la parte baja de mi espalda.

—¿Por ejemplo, si nos sorprenden besándonos antes de nuestro directo con el micrófono abierto?

Apoyo la frente en la base de su cuello. Profiere esa carcajada profunda y ligeramente ronca, mientras con la mano me acaricia la nuca. Es muy agradable que me abrace así, con la oreja pegada al sonido divertido que retumba en su pecho.

Es cálido. Es seguro.

—Ya sé a qué te refieres —murmuro contra la tela acogedora que huele a loción para después del afeitado y a café con tres terrones de azúcar.

No paso por alto que esta es la vez que más sincera he sido con nadie. He verbalizado lo que quiero y lo que no. Mis dudas sobre seguir adelante y la esperanza que se aferra a mis pies. Y Jackson me ha escuchado, paciente y seguro, dejándome desahogarme.

Desliza la mano por mi espalda.

—¿Hay algo más que debamos comentar?

—Creo que no. —Apoyo la barbilla en su pecho. Sonrío—. ¿Por qué? ¿Tienes alguna idea en mente?

Asoma la lengua brevemente por las comisuras de los labios, y sus ojos se oscurecen un poco.

—Más o menos.

—¿Quieres consultar los mapas meteorológicos? —susurro.

Me sujeta la mandíbula con la mano y me levanta la cara.

—Quizá más tarde.

—¿Seguro? ¿Qué era…? Ah, sí. La Escala de Impacto de Nevadas en el Noreste. —Emite un sonido bajo, y me río—. Podría explicarte en qué consiste —susurro.

—Eso… —me roza la nariz con la suya— me interesa mucho.

Alguien llama a la puerta. Tres golpes rápidos. Jackson apoya la frente en la mía con un gemido.

—Delilah —me llama Mark desde el pasillo—. Te necesito un segundo.

Jackson me pasa la mano por el pelo y me da un ligero apretón en el cuello.

—Luego —me promete. Se aleja de mí y se gira con cuidado—. Ya voy yo.