CAPÍTULO 21 JACKSON
Dejo de hacer lo que estaba haciendo y miro a Delilah, que está sentada con las piernas cruzadas en el suelo junto a su maleta.
—Qué… curioso.
—Creo que lo que querías decir es —se recoloca las gafas de nieve para taparse los ojos y echa atrás la cabeza para mirarme a los ojos—: «Delilah, cariño, estás guapísima».
Me da un vuelco el estómago.
—Conque «cariño», ¿eh?
No puedo leer su expresión por culpa de las enormes gafas opacas, pero veo cómo entreabre los labios.
Y el rubor que se le extiende por la parte superior de las mejillas.
Tengo que aclararme la garganta y apartar la mirada para examinar mi mochila como si Delilah no estuviera prácticamente arrodillada a mi lado.
Al salir del baño, me la he encontrado de nuevo con sus pantalones de nieve rosa fucsia y las gafas fluorescentes sobre la frente. Parece una bolsa de Skittles… y, ahora que la he besado, sé que también sabe a esos caramelos.
—Lo siento —murmura—. Era una broma.
Dejo de jugar con mi cremallera. Delilah inclina la cabeza hacia abajo, en dirección al suelo.
No estoy seguro de cuáles son nuestros límites después de lo de anoche, pero me dejo guiar por mi instinto, le quito las gafas y se las levanto con cuidado.
Me mira mientras se las recoloco sobre la frente y le aparto el pelo con esmero.
—Delilah, «cariño» —digo, bajando la voz para que sepa que estoy de broma. Sin embargo, ella emite un gimoteo inconsciente, y no parece que sea de broma—. Estás guapísima.
El color de sus mejillas se intensifica hasta un rojo intenso y sus pestañas revolotean cuando parpadea mirándome.
—¡Dios! —exclama—. Mi cerebro sabe que estás siendo irónico, pero aun así… —Se señala la cara y suspira—. No lo he pensado bien.
Tiene dos marcas en el puente de la nariz allá donde las gafas le rozaban la piel. Le acaricio una suavemente y luego la otra, intentando alejarme del precipicio al que acabo de llegar de puntillas.
Después de que anoche Delilah se quedara dormida, pasé mucho tiempo tumbado a su lado, pensando. Ella cree que todo esto es una especie de experimento de personalidad. Necesito demostrarle que no es verdad.
Puedo ser paciente.
Alejo las manos de su rostro.
—Con esos pantalones rosas, pareces una magdalena.
—¿Una magdalena? —Frunce el ceño—. No quiero parecer una magdalena.
—¿Por qué no? Las magdalenas son dulces. —Dirijo los ojos hacia sus labios—. Las magdalenas están buenísimas.
—Qué tonto eres. —Sacude la cabeza entre risas.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
A pesar de sus dudas de anoche, no parece que esta mañana Delilah me guarde rencor.
Cuando me he despertado, ya estaba en la ducha, y había una taza de café esperándome junto a mis gafas.
Y un pósit justo al lado, con una carita sonriente.
Lo he mirado fijamente durante un buen rato mientras escuchaba el agua correr en el baño, con la sensación de tener un globo atascado en el esternón.
Mi móvil vibra sobre la mesa donde están apilados nuestros apuntes y me distrae de la mujer que aún se está abrigando con ropa de invierno en el suelo a mi lado. Miro quién es.
—Me está llamando Maggie —le digo—. Voy a contestar en el pasillo mientras terminas. Bajaremos al vestíbulo cuando estés lista.
—Ah. —Delilah me mira desde el suelo, con los codos metidos en su maleta al buscar algo a tientas—. Vale. —Sostiene unas gafas que combinan con las suyas—. ¿Quieres que te las lleve?
—No, gracias. —Niego con la cabeza. Mantengo mi atención fija en un punto justo encima de su cabeza. Mis pensamientos oscuros están ganando terreno. Si te digo la verdad, esos pantalones rosa fucsia deberían disuadirme más de lo que me disuaden.
—¿Seguro? —insiste—. Puede que luego te arrepientas.
Niego con la cabeza con una sonrisa forzada. Creo que me arrepentiría aún más de parecerme a Terminator. Ya les hemos dado a los habitantes de Baltimore suficiente tema del que hablar, no es necesario que le añadamos ropa de nieve a juego.
—Segurísimo. Te veo dentro de un minuto.
Como deseo estar en algún lugar que no sea una acogedora habitación de hotel con Delilah en el centro, me escapo al pasillo y respondo al teléfono.
—Hola, Maggie.
El silencio me recibe al otro lado de la línea.
—¿Por qué respiras así?
—¿Así, cómo?
—Como un cavernícola.
Recorro el pasillo hasta la ventana del final y me apoyo pesadamente en el marco, con la frente pegada al grueso cristal.
Solo veo un paisaje blanco, los imponentes árboles de hoja perenne y la panorámica del lago, oculto tras un manto de nieve.
La tormenta ha disminuido tal como esperábamos.
Al otro lado de la ventana, Deep Creek ha recibido una buena tunda.
Yo no estoy mucho mejor.
—Respiro igual que siempre. —Pongo el dedo en el cristal y dibujo una línea en el hielo que se aferra a los bordes—. ¿Qué pasa?
—Tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Uno muy grande y molesto —dice Maggie—. Keith está siendo una puta pesadilla.
Me paso la mano por la frente y me presiono con el pulgar y el índice en las sienes hasta que veo manchas. Todavía están fríos tras haberlos apoyado en la ventana. No es tan reconfortante como quisiera.
—Delilah me dijo que su conversación con él fue bien. ¿Qué está haciendo?
—Qué no está haciendo —refunfuña mi jefa.
—Maggie.
Suelta un largo y sufrido suspiro al otro lado de la línea. Me apuesto algo a que, si asomara la cabeza por esta ventana, me llegaría desde Baltimore.
—La audiencia de tus segmentos con Delilah es buena. Y después de vuestro pequeño percance —se aclara la garganta—, se ha disparado. Anoche, durante Fibra sensible , casi todas las llamadas que recibió Aiden iban sobre vosotros y…
—Te lo dije —respondo con voz cortante—. No pienso comentar mi relación con Delilah.
—Y yo te dije que lo entiendo —replica Maggie con tono divertido—. Hazme caso, Jackson. Ayer fuiste muy claro al respecto. —Duda un momento—. Pero…
—No —salto de inmediato.
—Déjame terminar. —Maggie se ríe—. Pero me gustaría saber qué está pasando. Como amiga tuya que soy.
Igual que Aiden. Igual que mis hermanas.
Igual que yo.
Opto por contestar lo único que sé que es verdad.
—Me gusta —le confieso en voz baja—. Me gusta mucho.
Maggie profiere un murmullo.
—Os protegeré lo mejor que pueda, pero vuestro pequeño desliz tiene a la gente desatada, Jackson. Vais a tener que hablar del tema.
—No si puedo evitarlo. —Lo que sea que esté pasando entre Delilah y yo es asunto nuestro. De nadie más. No voy a ponerlo bajo la mirada crítica de los demás—. ¿Qué tal todo por ahí?
Maggie masculla entre dientes que más tarde retomaremos el tema.
—Como te he dicho, las cifras de audiencia son buenas. Muy buenas. El equipo ejecutivo está atento. Creo que estamos presentando argumentos sólidos para que sigamos siendo una emisora local. Y hemos ahuyentado a Orion por el momento, sin duda.
—Es una buena noticia.
—Una noticia estupenda —coincide Maggie—. Hace cuatro días que Cooper no me molesta.
Frunzo el ceño, intentando recordar su nombre.
—¿Cooper es el vicepresidente de adquisiciones?
—El jefe de la avaricia corporativa, sí. —Al otro lado de la línea, alguien golpea el teléfono—. Pero creo que su reinado está llegando a su fin.
—¿Y es algo que… te irrita?
—Estoy encantada. Todo va según lo planeado, pero, por alguna razón incomprensible, Keith se ha vuelto insoportable. No tienes ni idea de los problemas que estoy esquivando en vuestro nombre, Jackson.
Pienso en el hotel de enfrente. En la misteriosa mancha de la alfombra. En la… cosa… que vivía en el armario.
—Confía en mí. Tengo una idea.
A mitad del pasillo, Delilah asoma la cabeza por la puerta de nuestra habitación. Todavía lleva las gafas sobre la frente, pero se ha puesto el gorro debajo de la cinta. Me saluda con la mano.
Le devuelvo el gesto.
—¿Qué necesitas de mí? —le pregunto a Maggie.
—Por ahora, nada. Solo quería que lo supieras. —Hace una pausa—. Ayer entró en mi despacho y se pasó quince minutos dando rodeos antes de preguntarme con torpeza si me preocupaba vuestro desempeño. —Resopla con tono de repulsa—. Ese hombre no sabe ni hacer la «O» con un canuto.
—¿Qué pretende?
El rostro de Delilah se ilumina por el interés, y la puerta se cierra tras ella.
Camina por el pasillo hacia mí; sus pantalones de nieve destacan como una franja de color brillante sobre los tonos crema y azul del pasillo del hotel.
Aún no se ha puesto las botas, y puedo ver sus calcetines.
Son diferentes. Uno tiene fresas estampadas.
El otro es un calcetín Nike tobillero, negro liso.
De hecho, juraría que ese es mío.
«¿Qué pasa?», me pregunta articulando con los labios. Niego con la cabeza y me aparto el teléfono de la boca.
—Keith —susurro.
Ella pone los ojos en blanco.
—¿Está Delilah ahí contigo? —me pregunta Maggie—. Ponme en altavoz.
Hago lo que me pide. Delilah y yo juntamos las cabezas sobre el teléfono.
—Hola, Maggie —la saluda Delilah—. ¿Keith te está dando problemas?
—Quien me preocupa no soy yo. Parece empeñado en hacerte la vida lo más difícil posible —replica Maggie—. Creo que está tramando algo.
Delilah alza los ojos hasta los míos. Está cansada, derrotada.
—Debería haber sabido que esa llamada fue demasiado buena para ser verdad —suspira Delilah, frustrada.
—Creo que odia lo mucho que te quiere esta ciudad. Busca cualquier oportunidad para minimizar tu credibilidad. Pero no vamos a dejar que suceda. ¿Verdad que no, Jackson?
Le doy un golpecito con los nudillos en la barbilla. Una intensa oleada de protección se instala en mis hombros y se tensa bajo mi esternón. Así es como lo demuestro. Así es como se lo mostraré.
—No —afirmo—. Claro que no.
Mark nos espera en el vestíbulo, con sus cosas apiladas ordenadamente junto a la puerta.
Cámara, cables, una mochila grande con un transpondedor que transmitirá nuestras imágenes al canal de televisión, a cientos de kilómetros de distancia.
El que, por lo visto, solo funciona cuando le suplico a Delilah que me bese.