Una conexión imprevista CAPÍTULO 20 DELILAH #3
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CAPÍTULO 20 DELILAH #3

Bajo la luz parpadeante de la chimenea, apenas puedo distinguir la curva de su boca. La forma en la que aprieta la mandíbula y luego la relaja. Está frustrado, pero yo también.

—No quiero besarte como excusa —dice en voz baja—. Quiero besarte porque sí.

Aparto la mirada.

—No sé —digo lentamente—. Es que… No sé, Jackson.

Estoy muy confundida. Me dejo llevar por el corazón, y el corazón solo me ha metido en problemas. Necesito tiempo para decidir. Cualquier decisión que tome esta noche no será buena.

Jackson parece darse cuenta al mismo tiempo que yo. Su rostro se torna sereno y resignado.

—Muy bien —acepta con suavidad.

Y eso lo hace más difícil. Mil veces más difícil. Por lo visto, comprende a la perfección lo que necesito en este momento. Ese espacio es el mejor regalo que podría darme.

—Creo que voy a prepararme para irme a la cama —musito. Me quito el gorro y lo retuerzo entre los dedos. Está húmedo por la nieve. Seguro que mi cabello está sufriendo las inclemencias del tiempo. Me lo aliso con cierta timidez—. Mañana temprano tenemos directo.

Jackson asiente y se observa los pies.

—Sí.

—Voy a… —Levanto el pulgar por encima del hombro, señalando… algo. En realidad, no lo sé. Es como si me hubiera caído a través del suelo a un universo paralelo. ¿Cuándo me convertí en la persona que sopesa las consecuencias?

Tal vez aquí, en las montañas, seamos personas diferentes. Rodeo a Jackson y forcejeo con la cremallera de mi abrigo, maldiciendo entre dientes cuando se atasca a medio camino. Tiro con fuerza y tiro de nuevo, con lágrimas de frustración quemándome los ojos cuando no se mueve.

—¡La madre que…! —gruño, y tiro de nuevo, con las manos temblando—. Vamos.

Unas manos cubren las mías.

—Déjame a mí —me dice Jackson en voz baja.

—No hace falta…

—Delilah —insiste—. Déjame a mí.

Suelto la cremallera, con los brazos colgando a los lados.

Él inclina la cabeza para ver mejor y tira de la pequeña lengüeta entre el pulgar y el índice.

La mueve hacia un lado, luego hacia el otro, mientras sus gafas se deslizan al examinar mi chaqueta.

A continuación, hace un movimiento de torsión y la libera; la empuja lentamente hacia abajo, y el sonido de la pieza metálica resuena en la habitación, que, por lo demás, estaba en silencio.

Jackson me quita la chaqueta de los hombros sin mediar palabra, y la prenda cae con un fuerte golpe a nuestros pies.

Me mira fijamente en la oscuridad, con la respiración lenta y pausada. Me doy cuenta de que espera que lo detenga. Que lo aleje. Sin embargo, no quiero hacer ninguna de las dos cosas.

Mete dos dedos en mis voluminosos pantalones rosas de nieve y tira del pequeño cordón elástico para desabrocharlos.

Se arrodilla delante de mí y me ayuda a quitármelos.

Observo la parte superior de su cabeza y respiro hondo.

¿Cuándo fue la última vez que alguien me tocó así?

¿Cuándo fue la última vez que alguien fue tan cuidadoso conmigo?

Me tambaleo cuando llega a mi tobillo. Extiende la mano y guía la mía hacia su hombro.

—Ven —dice, con la cabeza aún inclinada. Su frente me roza el muslo—. Agárrate mientras te quito las botas.

Desata los cordones y me las quita. Primero una, luego la otra, y después mis pantalones de nieve rosa fucsia, hasta que me quedo de pie frente a él con la ropa de deporte un tanto húmeda.

Jackson permanece de rodillas, con las palmas de las manos recorriéndome la parte posterior de las pantorrillas. Aprieta, suspira y se incorpora.

Me tranquiliza de la mejor manera que sabe.

No con palabras ni frases vacías que dan vueltas y vueltas, sino cuidándome.

Siento escozor y ardor en los ojos.

—Gracias —consigo decir con voz tensa.

Él asiente, dirigiéndose ya a su maleta y deshaciéndose de su ropa con eficiencia. Toma mi chaqueta y la cuelga sobre el respaldo del sillón junto a la suya, y yo me quedo mirando la tela doblada mientras busco un pijama seco para cambiarme.

Nos metemos en la cama en silencio. Solo se oye el crujido de las mantas y el clic de la luz de la mesita de noche.

No paso por alto que Jackson espera a que me acomode para apagarla y sumir la habitación en la penumbra, iluminada por la cálida luz dorada de la chimenea.

Hace veinte minutos, estábamos acurrucados en medio de una tormenta y ahora estamos en la cama, a un metro de distancia.

Me tapo con el edredón hasta los hombros y hundo la cara en la almohada.

Estoy casi dormida cuando su susurro ronco atraviesa el espacio que nos separa.

—¿Delilah?

Me sobresalto bajo las mantas y miro por encima de las almohadas. Las recoloca hasta que puedo verle la cara y luego las lanza fuera de la cama. Fuera de mi alcance. Está acurrucado de lado con un brazo desnudo metido bajo la almohada. Líneas suaves y delicadas. Una medialuna que iguala la mía.

—¿Sí? —pregunto con voz ronca.

Se acomoda.

—Ha sido un buen beso —me dice.

—Sí —contesto con una sonrisa. Siento un fuerte cosquilleo de algo positivo y cálido que se intensifica en mi vientre—. La verdad es que sí.