CAPÍTULO 20 DELILAH #2
Me deslizo sobre su cuerpo hasta situar las rodillas junto a sus caderas. Él emite otro gemido áspero, me acerca más y me besa con mayor intensidad. Me lame los labios y le devuelvo el gesto, con las manos tirándole del pelo, húmedo por la nieve, y sacudiendo sus gafas empañadas.
—Delilah —dice entre jadeos, y me aferro a él con más fuerza—. La próxima vez, solo dímelo.
—¿El qué?
Soy irracional, egoísta. Un fuerte retumbo de deseo. Quiero muchas cosas, pero lo quiero a él más que a nada. A este hombre tonto y ridículo que me besa como si fuera algo precioso. Como si se hubiera liberado de todas las ataduras.
—¿Qué quieres de mí? —Me roza la nariz con la suya—. Te daré todo lo que quieras.
Se me forma un nudo en el estómago.
—No ha sido así entre nosotros —susurro.
Me mira fijamente, con los ojos tan azules que parecen negros.
—Así va a ser —me promete.
Me besa de nuevo para poner fin a la discusión. A la conversación. A lo que sea que hagamos juntos. Nos besamos y nos besamos y nos besamos, mis manos buscando un punto de apoyo, con los sonidos más deliciosos del mundo retumbando desde su pecho hasta el mío.
Inclina la cabeza hacia atrás con un gruñido, con las mejillas sonrojadas y las gafas torcidas sobre la nariz.
—Dentro —dice, con el pecho agitado mientras estoy encima de él—. Necesito que entres.
Me separo de él a regañadientes y Jackson me imita, más despacio.
Se incorpora sobre las rodillas y luego se pone de pie mientras se sacude la nieve del abrigo.
Intento ayudarlo, pero solo consigo darle tres besos suaves en el torso antes de que me agarre la muñeca, me atraiga hacia él y me doble la espalda para besarme de nuevo.
Suspiro sobre sus labios y siento cómo una calidez me recorre el cuerpo.
Me besa muy bien.
Es una maravilla.
Aparto la boca de pronto, jadeando contra la cálida piel de su cuello.
—Tenemos que parar. —Suelto una risilla—. No me siento la nariz.
En algún lugar por encima de mí, asiente y me toma de la mano.
Jackson nos arrastra de vuelta por el aparcamiento hasta el vestíbulo; la puerta se cierra de golpe tras nosotros, y me sobresalto. Me lleva hasta el rincón junto al ascensor y me deja allí; estoy más que encantada de dejarme guiar.
—Vuelvo enseguida —me dice.
Extiendo las manos hacia él y meto una en el bolsillo de su abrigo.
—¿A dónde vas?
Se acerca a mí y me acaricia la mejilla con el pulgar. Por lo visto, es una confirmación que necesito desesperadamente.
—A buscar tu trineo —responde—. Lo hemos dejado fuera. Vuelvo enseguida.
Se inclina y me da un rápido beso en la nariz antes de cruzar el vestíbulo, abrir la puerta de golpe y desaparecer en el exterior.
El silencio es desconcertante tras el rugido de la tormenta; siento un hormigueo en la cara y en las manos mientras el calor regresa lentamente a mí. Noto que mi cerebro también lo está experimentando. Agudos y dolorosos estallidos de conciencia.
«No deberías haber hecho eso», me susurra mi cerebro. «Te estás sumergiendo en un embrollo del que no podrás salir».
Profesionalmente. Personalmente. Emocionalmente. No hay garantía de que nada de esto salga bien para mí.
¿Y no he venido aquí para eso? Para anteponerme a mí misma por fin. Para tomar las decisiones correctas.
Ay, Dios. ¿Qué he hecho?
Jackson reaparece cubierto de nieve. Apenas ha tardado unos segundos, pero han sido suficientes para que la realidad se imponga.
—Lo he dejado en la furgoneta —me dice—. Tu dónut está a salvo.
—Gracias —murmuro, distraída. Mi cabeza está ocupada haciendo cálculos y tratando de descifrar qué significa todo esto. Une las piezas de la ecuación y llega a una respuesta que no me gusta demasiado.
Él extiende la mano y yo deslizo la mía sobre la suya. No sé por qué, pero me entran ganas de llorar cuando me conduce hacia el ascensor. Miro fijamente sus hombros mientras camino detrás de él y luego las puntas de sus botas tan pronto como entramos en el ascensor. Estamos los dos incómodos.
Siento algo por Jackson. Sentimientos de verdad.
Y él no es un hombre impulsivo. Es racional.
Lo planifica todo. Me preocupa que nuestros besos se hayan convertido en una especie de…
terapia de exposición para él. Si es otra distracción mientras descubre lo divertido que puede ser hacer una excursión a las montañas, no sé si quiero formar parte de ello.
Pulsa el botón de nuestra planta, y no nos decimos ni una palabra. Parece comprender que estoy lidiando con algo, y la única concesión es el ligero roce de su pulgar sobre mis nudillos. Observa cómo los números rojos suben poco a poco, y yo miro nuestros reflejos borrosos en el espejo.
Son los tres minutos más insoportables de mi vida.
Suena el timbre y sigo a Jackson aturdida, con la mano enguantada en la suya. Él busca a tientas la tarjeta de nuestra habitación y yo intento alejar los pensamientos intrusivos que surgen como abejas furiosas.
He vivido toda una vida en la que me he visto obligada a encajar en las ideas demasiado limitadas de otras personas. Tengo cicatrices y moratones en el corazón por cada vez que me han subestimado o infravalorado. Y se lo he puesto muy fácil a Jackson para que hiciera lo mismo.
La puerta se cierra con suavidad tras de nosotros. Estamos los dos solos, igual que al principio. Demasiado cerca el uno del otro en una habitación que no deberíamos compartir.
Jackson se cierne en la oscuridad frente a mí; su figura está recortada contra la chimenea, su rostro indescifrable. La tensión emana de él en oleadas mientras observo fijamente la línea de su mandíbula, que se aprieta y luego se relaja.
—Te arrepientes —suspira.
Niego con la cabeza. Ese es el problema. No me arrepiento en absoluto. Quiero más.
Pero es que no quiero quedar como una tonta cuando soy yo la que tiene el corazón en la mano.
—No —digo en voz baja—. No me arrepiento.
Levanta la mano y muerde el dedo medio de su guante para quitárselo con impaciencia.
Lo lanza a la otra punta de la habitación antes de repetir el mismo proceso con el otro.
De repente, me pone las frías manos en la nuca.
Las enreda con mi pelo, cubierto de copos de nieve, e inclina mi rostro hacia el suyo.
—Entonces, ¿qué pasa? ¿Qué te pone así? —murmura, y siento ganas de llorar. Casi lo hago. Me conoce muy bien, y me da mucho miedo estar en un lugar al que él no quiera ir.
—Me gustas —susurro con la garganta constreñida.
Me recorre la curva de la mandíbula con el pulgar y lo sube hasta el hueco debajo de mi oreja.
—Tú también me gustas a mí.
—Es que… —Dudo. Trago saliva con dificultad. Él sigue recorriendo ese suave circuito una y otra vez. Entrelazo los dedos alrededor de su muñeca y lo aferro. Me resulta más fácil cuando lo toco así—. No quiero que confundas cercanía con afecto. No quiero… No quiero que me beses sin sentirlo.
Jackson se queda callado un buen rato.
—¿Crees que no lo siento?
Es lo que dijo, ¿no? «No tiene por qué ser más que eso».
Me relegó a la categoría de distracción, y yo me permití ocupar ese lugar.
Retira las manos de mi rostro, y tengo que morderme la mejilla por dentro para reprimir las palabras que quieren brotar de mí.
«No», quiero decirle. «Vuelve».
—Creo —digo con cuidado, mirando al suelo a nuestros pies— que el día de hoy nos ha abrumado a los dos.
Jackson levanta la mano y frota el pulgar sobre la tela gruesa de la parte inferior de mi abrigo. Luego la deja caer con un suspiro.
—Sé que hay algo entre nosotros, Delilah.
—Sí. —Asiento—. Lo hay. —El ardor que noto detrás de los ojos se intensifica y se me extiende por el puente de la nariz.
Sorbo—. Pero ¿a lo mejor no debería haberlo?
No lo sé, Jackson. Me da la impresión de que estoy tomando todas las decisiones equivocadas.
No quiero… —Respiro con dificultad—. No quiero estropear nada.
Jackson me observa atentamente. Se lleva la mano a la mandíbula.
—No sé cómo evitar besarte.
—Jackson…
—Me gusta cómo soy cuando estoy contigo —dice con sinceridad. Se me acerca y enrosca su gran cuerpo sobre el mío—. No quiero parar.
Y eso es lo que me preocupa. Que a Jackson le guste ser quien es aquí. Pero cuando volvamos a casa, a nuestras rutinas y responsabilidades, será el hombre que me miraba con furia desde el otro lado del aparcamiento. No estoy segura de poder soportarlo.
—Es este viaje —le explico—. Aquí estamos solos. Creo que es posible que nos hayamos dejado llevar por el momento.
—¿Y qué? ¿Por qué no podemos tener más momentos? Todos los que queramos.
—¿Qué sugieres?