Una conexión imprevista CAPÍTULO 20 DELILAH
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CAPÍTULO 20 DELILAH

Jackson tenía razón sobre las ráfagas de viento.

Las rachas se suceden y hacen que me sienta como si estuviera delante de una turbina de aire.

Nunca había sentido un viento como este.

Es de esos que se cuelan por cualquier grieta que encuentran, que te azotan las mejillas y te roban el aliento.

Nos zarandea donde estamos acurrucados en mi pequeña colina antes de aullar entre los árboles, un rugido sordo que se intensifica cuanto más tiempo pasamos aquí.

El cielo está vivo, con nubes pesadas que ocultan la luna y las estrellas, pero que conservan su luz, como si brillaran.

Y justo a mi lado está Jackson, con su enorme cuerpo insertado en el centro de un flotador con forma de dónut.

No puedo parar de reír lo suficiente como para agarrar bien el asa, doblada por la mitad detrás de él mientras la tormenta se arremolina a nuestro alrededor.

—Recomponte —me grita Jackson, con la cabeza hacia atrás para poder verme. Los ojos le brillan con un resplandor irreal bajo un cielo que no está del todo oscuro. Los copos de nieve giran salvajemente en el infinito y abierto cielo que se cierne sobre nosotros y caen en densos grumos.

A Jackson se le está agotando la paciencia.

Y yo me lo estoy pasando de maravilla.

—Vale, vale —digo. Agarro el asa con ambas manos y respiro hondo, riéndome entre dientes al verle la cara.

He tenido que convencerlo un poco para que se subiera al trineo, pero no tanto como esperaba.

He bajado la colina yo sola tres veces antes de que finalmente accediera, y ha subido a regañadientes al centro con las rodillas pegadas al pecho.

Ojalá hubiera traído el móvil. Quiero esta imagen como fondo de pantalla.

—¡Delilah! —me espeta de nuevo.

—¡De acuerdo! —Me inclino hacia atrás y luego utilizo el impulso para empujar hacia delante y moverlo unos cinco centímetros—. ¿Estás listo?

—Ya hace rato. Eres tú la que está ahí atrás disfrutando del momento.

El viento aúlla, la nieve cruje, y sonrío tan ampliamente que me duele la cara.

—A la de tres, ¿vale? —Jackson asiente con un gesto seco—. Una, dos y tr…

Pretendo empujarlo por el borde que lleva a la suave pendiente, pero pierdo el equilibrio justo cuando grito «tres».

Caigo hacia delante con un chillido, estampo las rodillas en la parte trasera del trineo y paso los brazos por encima de los hombros de Jackson.

Él enseguida me sujeta los antebrazos mientras el peso adicional y el impulso repentino nos empujan hacia delante, y juntos bajamos a toda velocidad por la colina, yo gritando de alegría al oído de Jackson, él agarrándose con todas sus fuerzas.

Con los dos en el trineo, vamos mucho más rápido.

Bajamos a toda mecha por la ladera del aparcamiento, y todo se vuelve borroso a nuestro alrededor.

Nieve, cielo, nieve, cielo. Abrazo a Jackson por los hombros mientras avanzamos dando tumbos y hundo la cara en su cuello, riendo como una loca con cada bote brusco del trineo.

En mis intentos anteriores, me detenía de forma anticlimática a los pies de la colina.

Con el peso añadido de Jackson, derrapamos justo después de mi anterior línea de meta y sobre las dos pequeñas colinas de la parte inferior.

En la cima de la primera, salgo disparada por los aires, aterrizando con otro grito justo en la oreja de Jackson, con las rodillas pegadas a sus costados.

En la segunda, Jackson pierde el agarre y salimos volando.

Jackson hace lo imposible por absorber el impacto al caer al suelo, pero vamos demasiado rápido y nuestra posición es muy incómoda.

Aterrizamos y rodamos, y la fuerza del golpe me aplasta los pulmones, con un dolor sordo cerca de la cadera.

El gemido de Jackson es bajo y áspero en mi oído, y acto seguido nos quedamos inmóviles, con mi cuerpo extendido sobre el suyo en la nieve.

Nos quedamos tumbados en silencio, dos víctimas de un horrible accidente de trineo.

—¿Estás bien? —resuello, dándole palmaditas en el pecho donde llego, con una mano aún aferrada a la tela de su chaqueta y la otra encajada debajo de su trasero. No sé qué pensar de mí si en una crisis busco de inmediato su firme espalda.

Supongo que inconscientemente buscaba apoyo.

El pecho de Jackson tiembla bajo mi mejilla, y me quedo inmóvil. Dios mío, lo he matado. Lo he obligado a salir en medio de una tormenta, lo he obligado a subir al trineo, lo he obligado a bajar la colina y ahora lo he matado.

O tal vez lo haya dejado lisiado de por vida. No está claro.

Intento incorporarme apoyándome en los codos para verlo bien, pero estamos pegados del cuello a las rodillas, y las piernas no dejan de resbalarme en la nieve.

Dos manos me sujetan las caderas y me aprietan.

—Delilah —gruñe Jackson con voz débil. Apenas puede pronunciar mi nombre—. Deja de moverte.

—¿Estás bien? —le pregunto de nuevo, desesperada. No quiero que le pase nada. No quiero ser la causa de su dolor. Levanta las manos de mis caderas y tira de mí para colocarme firmemente sobre su cuerpo. Me sujeta con fuerza.

—Delilah —repite.

Jackson está tendido en la nieve, sin gorro, con el pelo rubio revuelto contra la extensión blanca y esponjosa que tiene detrás. Veo copos en su abrigo, en sus gafas torcidas que creo que he roto por segunda vez, y está…

Está riéndose.

Jackson se ríe tanto que tiene los ojos cerrados con fuerza, y su cuerpo tiembla bajo el mío.

Lo miro estupefacta.

Alza la cabeza y entreabre un ojo. Ve la expresión de mi cara y se ríe aún más fuerte.

Siento un vuelco en el pecho. Así parece mucho más joven. Más feliz. Libre de todo el peso que carga.

Le acaricio la cara con las manos y deseo anclarme a este momento.

A él. Sus carcajadas disminuyen, pero su sonrisa permanece, y se transforma en algo desgarradoramente tierno cuando hunde la cabeza en la nieve.

Le acaricio las mejillas con los pulgares y siento una oleada de emoción.

Es magia. Nieve, cielo y nosotros justo en medio de todo; el frío se me cuela por las botas y me hormiguea la piel.

Jackson me observa como si para él tal vez fuera mágico también.

Otra ráfaga de viento nos envuelve, y me acurruco más cerca.

Tengo los labios entumecidos y cosquilleos en las yemas de los dedos dentro de los guantes.

La mirada de Jackson recorre mi rostro, se posa en mi boca y se queda ahí.

La sensación de inmensidad y ligereza de mi pecho se intensifica.

Como si hubiera escalado esa segunda colina, pero con más ímpetu. Sin límites.

La tormenta, la nieve y Jackson. «Jackson». Que siempre me mira fijamente.

—Lo notas, ¿verdad? —pregunta, buscando mis ojos con los suyos—. Sea lo que sea. ¿Lo notas?

Tengo que tener cuidado. Jackson quiere descansar de la versión que es en el mundo real. Quiere demostrarse a sí mismo que es capaz de liberarse de todas las estructuras rígidas que lo atan. Al fingir ser otra persona durante un tiempo, nunca sale nada bueno.

Pero asiento porque sí lo noto. Algo ilimitado, anhelante, imposible. Que brilla, brilla y brilla como todas las estrellas ocultas tras las nubes.

No puedo mentir. No sobre esto. No a él.

Desliza una mano hasta mi nuca.

—Bésame —susurra con voz ronca.

Quiero besarlo. Lo anhelo con todo mi ser. Pero no puedo.

Niego con la cabeza e intento apartarme de él.

Sin embargo, Jackson me estrecha más fuerte y planta la otra mano en la parte baja de mi espalda. Es un ladrillo de calor debajo de mí que me contempla pacientemente, su cabeza rodeada de un halo blanco.

—Dímelo —musita, con la voz quebrada. Parece confundido. Peor aún, parece dolido. El corazón me late con fuerza y una punzada de conciencia me recorre la columna vertebral—. Si tú también lo notas, dime por qué. Aquí solo estamos nosotros.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque no.

—Eso no es una respuesta, Delilah.

—Para mí sí.

Me aprieta con las manos.

—No te escondas —dice, con toda su imposible paciencia. Desde que nos hemos quedado atrapados en ese pequeño rincón, ha sido él el tranquilo. Ha sido él el que tenía el plan. Es exasperante—. ¿Es por lo que pasó?

—No, es por…

—Me dijiste que Keith no te puso ningún problema.

—No, pero…

—¿Te avergüenzas? —Curva los labios hacia abajo—. ¿Te avergoncé yo? —pregunta, más suave esta vez. Ay, se me corta la respiración. Es un dolor agudo y punzante.

Niego con la cabeza, con la garganta atenazada.

—¿Entonces?

—Tienes que hacerlo —le suelto. La verdad me sale a borbotones—. Tienes que ser valiente. Si es lo que quieres, entonces debes besarme tú. No siempre puedo ser yo quien tome las riendas, Jackson. Necesito saber que es…

Su boca se posa sobre la mía antes de que termine la frase, intensa y segura. No duda. No va despacio. Es como un signo de exclamación al final de una frase.

Mueve la mano hasta que me agarra la cara, con el pulgar bajo la barbilla y el resto de los dedos extendidos sobre mi mandíbula.

Ya lo hemos hecho antes. Nuestras bocas se han unido y han intercambiado respiros suaves.

Pero Jackson nos arrastra rápidamente a algo más oscuro, más feroz, sus labios instando a los míos a seguirles el ritmo.

Le he pedido que me demostrara que lo desea, y lo desea.

Con cada movimiento brusco de su boca sobre la mía.

Con sus dedos apretados en la base de mi cráneo, me acomoda justo como necesita tenerme para besarme mejor, y luego me muerde el labio inferior con un gemido de dolor.

—Joder —susurra—. Delilah.

Lo beso de nuevo y apoyo mi peso con más firmeza contra él, dejándome llevar y subiendo las manos lentamente para presionarle los hombros.

Llevamos demasiada ropa. Este beso es para habitaciones de hotel con poca luz y chimeneas, no para la base de una colina nevada junto a un aparcamiento abandonado.

Pero no puedo parar. Quiero todo lo que Jackson mantiene oculto en lo más hondo de sí.