Una conexión imprevista CAPÍTULO 19 DELILAH
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CAPÍTULO 19 DELILAH

Me suena la alarma del móvil a las dos de la madrugada.

Ruedo hacia mi lado bajo el grueso edredón y silencio el pitido con un movimiento del pulgar mientras bostezo en la parte interna del codo.

Cuando abro los ojos, la habitación está iluminada por el cálido resplandor anaranjado del fuego que crepita en la chimenea, y el muro de almohadas que nos separa a Jackson y a mí sigue milagrosamente intacto.

Seguro que podría interpretarse como una especie de metáfora.

Me quedo quieta un segundo, dos, esperando a ver si mi alarma no ha despertado a Jackson sin querer. Cuando estoy segura de que él no sabe nada de mis planes nocturnos, me levanto lentamente de la cama.

O, por lo menos, lo intento. Porque, en cuanto mis pies tocan el frío suelo de madera, la voz de Jackson exclama:

—¿Vas a algún sitio?

Suelto un chillido y me giro deprisa, y mi pie se enreda con el edredón que cuelga del borde de la cama.

Jackson está sentado delante de la chimenea en uno de los cómodos sillones.

Tiene el brazo izquierdo apoyado en el respaldo y observa cómo intento desenredarme de la cama.

Ha separado las rodillas, su cuerpo largo vestido con pantalones deportivos negros y una sudadera térmica negra.

Veo un libro abierto sobre su muslo y una taza junto a su codo.

Me llevo la mano al pecho, donde siento que el corazón me va a estallar, y me dejo caer en la cama, mirando fijamente al techo mientras intento controlar la respiración. Se oye un crujido de tela, el chasquido de un libro al cerrarse, y Jackson aparece encima de mí, preocupado.

—¿Delilah? —pregunta. Jadeo en respuesta—. ¿Estás bien?

—Me has asustado —susurro, con la sensación de que quiero abandonar mi propia piel. No me lo esperaba. Empiezo a darme cuenta de que es el asunto recurrente del viaje. No esperaba a Jackson en absoluto—. ¿Qué haces despierto?

—No podía dormir. Mi mente no paraba de dar vueltas —murmura. Una sonrisa divertida se dibuja en sus labios—. ¿Y tú qué haces despierta?

—No lo sé. Acabo de despertarme.

—Habías puesto una alarma, Delilah.

Guardo un terco silencio, pero él arquea una ceja a la espera de que le dé una explicación.

Suelto un suspiro y agito los pies, nerviosa.

Jackson me agarra el tobillo para que no lo golpee, y una descarga de sensaciones me recorre la parte posterior del muslo.

Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración por una razón completamente diferente.

No sabía que mi tobillo era la puerta de entrada sensual al resto de mi cuerpo, pero… parece ser que lo es.

—Tengo mis razones —digo con voz tensa.

Me recorre con el pulgar la curva del tobillo, casi distraídamente.

—Que son…

Exhalo el aire. No puedo escabullirme con él encima de mí.

—Quiero ir afuera.

—¿Ahora mismo? —Jackson me mira fijamente.

Asiento.

—Son las dos de la madrugada —continúa.

Vuelvo a asentir.

—Estamos en medio de un… —Levanta la cabeza y mira hacia el balcón, donde una ráfaga de viento bastante violenta azota las ventanas—. Delilah, ahora mismo el viento alcanza casi los ochenta kilómetros por hora. Ha empeorado bastante desde nuestro directo.

—Ya lo sé —me defiendo con petulancia—. No eres el único que analiza las proyecciones.

Aprieta la mano con la que me sujeta el tobillo y la sube hasta tocar con la palma la parte posterior de mi pantorrilla.

—¿Tan desastroso fue nuestro beso? —me pregunta—. ¿Tanto como para que ahora te sacrifiques ante los dioses de la tormenta?

Me da un vuelco el estómago.

—No tiene nada que ver con nuestro beso.

Puede que tenga algo que ver con nuestro beso.

Me da un leve apretón, con los dedos extendidos.

—Entonces, ¿por qué diantres quieres salir?

Observo su rostro entre las sombras parpadeantes. Puedo verlo mejor ahora que cuando me he despertado. Tiene el pelo revuelto. Y ojeras.

Levanto la mano y recorro el borde de uno de esos círculos morados, desde el rabillo del ojo hasta la mitad de su nariz.

Rozo con los nudillos el frío metal de sus gafas, y su aliento, una cálida exhalación, cae en medio de mi mano.

Lo toco tal como me tocó él cuando intenté encontrar una explicación razonable para todo lo que sentía.

Trazo otro suave círculo con los dedos, y Jackson entrecierra los ojos.

—Lo siento. —Retiro la mano.

—No. —Me devuelve la mano—. Ha sido agradable.

Con cuidado, me acerco y dibujo otro camino sin rumbo, intentando no darle demasiada importancia.

No pasa nada por tocarlo así, en el silencio de la noche, cuando parece que somos las únicas dos personas en el mundo.

Tampoco pasa nada por besarlo, pero solo en lugares apartados donde nadie nos vea.

No pasa nada por sentir algo por él, siempre y cuando no se salga de los límites que hemos establecido.

Nada de esto tiene por qué ser importante. Él mismo lo comentó.

Pero en mi caso me temo que un poco sí lo es.

—Tengo problemas para dormir —me confiesa, con los ojos cerrados y las pestañas de un dorado oscuro extendidas por encima de sus mejillas.

—¿Siempre? ¿O solo en este viaje?

—Siempre —susurra.

En mi siguiente caricia, deslizo los dedos por la patilla de sus gafas, sobre el lugar donde se las rompí hace diez días. Recorro la curva de su oreja hasta ese rincón oculto donde su piel está tan tan caliente.

Jackson suelta un profundo suspiro. Un mechón de pelo le cae sobre la frente. Se lo aparto y le sonrío cuando abre los ojos. Creo que no le iría nada mal otra distracción. Creo que yo también la necesito.

—¿Quieres ir afuera conmigo? —murmuro.

Nos ponemos la ropa de nieve en un silencio casi absoluto, en el que solamente se oye el suave roce de nuestras chaquetas y el silencioso suspiro de las cremalleras.

Jackson se ríe entre dientes cuando empiezo a saltar para meter los pies con calcetines por la parte inferior de mis ajustados pantalones de nieve, inclinada y sujetándome con firmeza con una mano apoyada en mi cadera mientras me muevo y pataleo.

—No me puedo creer que pensaras que podías escabullirte de aquí —dice, sujetándome con fuerza con los dedos. Cinco puntos de presión distintos que probablemente más tarde podría representar en forma de constelación—. ¿Cómo ibas a hacer todo esto sin despertarme?

—Suponía que tenías un sueño profundo —gruño al tiempo que me aparto el pelo de la cara una vez que he conseguido meter los pies. Mis calcetines no combinan. Uno de ellos está arrugado en el tobillo. De hecho, estoy casi segura de que uno es de Jackson.

—¿Qué te ha hecho suponer eso?

—¿Tu carácter en general? No lo sé, Jackson.

Veinte minutos después, estamos en el vestíbulo del hotel, mirando por la ventana el blanco con un matiz rosado que nos aguarda.

—Solo para confirmarlo —dice—. ¿Quieres salir con eso puesto?

Al otro lado de las ventanas, apenas vemos el aparcamiento. Es una pared blanca, con las copas de los árboles meciéndose con el viento.

—No tienes por qué acompañarme. —Me ajusto el gorro y me lo calo hasta las orejas—. Puedes esperarme aquí.

—Me has invitado —dice, con un tono que suena a acusación.

—Sí —replico lentamente—, pero no te estoy apuntando con una pistola. Eres libre de hacer lo que quieras, Jackson, y eso incluye quedarte dentro y mirar desde la ventana.

—¿Después de haberme puesto estos pantalones de nieve? —Se observa las piernas—. Me parece que no.

La ropa de nieve de Jackson es negra y práctica. Elegante y ajustada. Parece el hermano pequeño y nerd de Jack Reacher en versión expedición a la nieve.

Me río entre dientes.

Él frunce el ceño.

—De verdad que no entiendo tu fascinación por estos pantalones.

—Son muy… de agente secreto. No sabía que veníamos a Deep Creek en una misión ultrasecreta.

Pone los ojos en blanco.

—Y yo no sabía que íbamos a hacer una escapada al País de las Gominolas. —Pone los ojos en blanco, se inclina y me pellizca la parte superior de los pantalones de nieve—. ¿Cómo te deja Mark ponerte delante de la cámara con esto?

—La cámara enfoca de la cintura para arriba. Tú también podrías haberte comprado unos pantalones de nieve rosa fucsia si te hubieras atrevido a soñar a lo grande.

—Quizá la próxima vez. —Delante de nosotros, el viento silba alrededor de la puerta. Hace un frío que pela, y seguimos dentro. Jackson suspira—. ¿Me vas a decir por fin por qué tienes la necesidad de salir?

Cohibida, he evitado la pregunta las tres primeras veces que me la ha formulado. Meto los extremos de los guantes debajo de las mangas de la chaqueta.

—Porque me apetece —respondo con evasivas.

Jackson me mira a la cara.

—¿Te apetece congelarte los dedos en mitad de la noche?

—No, no especialmente.

Saco del bolsillo el juego de llaves que le he robado a Jackson de la mochila.

—Necesito ir a buscar algo a la furgoneta.

—Ya traje las maletas.

—Se te olvidó algo.

—¿Qué se me olvidó?

—Algo.

Algo con forma de dónut y con glaseado rosa.

Jackson entrecierra los ojos con recelo.

—Delilah —musita—, ¿vas a ir a sacar el trineo de la furgoneta?

Aprieto los labios y me niego a responder.

—Madre mía. Te has despertado a las dos de la mañana porque quieres tirarte por ahí con el trineo.

—He revisado las predicciones —me defiendo—. Para cuando despertemos mañana, la capa de nieve será demasiado profunda. No podré ir con el trineo.

Me arrebata las llaves de la mano.

—Es absurdo.

Siento una oleada de rabia. Le arrebato las llaves de inmediato.

—Sí, soy absurda. Tonta, ridícula y un poco estúpida, ¿no?

—Yo no he dicho eso. —Jackson se echa hacia atrás.

—No, pero lo estabas pensando. No soy imbécil, Jackson.

Sé lo que la gente piensa de mí. —Que soy una chica excéntrica y soñadora, obsesionada con la positividad tóxica y que se echa a llorar al ver a perritos adorables en tazas diminutas.

Que por usar pantalones de nieve rosa fucsia de cintura alta no merezco que me tomen en serio—.

Es lo que me apetece hacer. A mí. Las últimas doce horas han sido…

—Un maldito desastre. Catastróficas. Completamente humillantes—.

Han pasado muchas cosas, y me gustaría tener esto para mí.

No me importa si crees que es una tontería.

—Me subo la cremallera hasta la base del cuello—. Lo voy a hacer de todas formas.

Levanto la barbilla e intento salir con paso firme por la puerta, pero Jackson me agarra del codo y me tira hacia atrás.

Me sujeta con fuerza hasta que noto sus pesadas manos en los hombros y se inclina hacia mí.

Procura mirarme a los ojos, pero yo le observo fijamente la nariz, las dos marquitas rojas que le dejan las gafas.

—Me parece una tontería, sí —dice en voz baja—. Pero eso no significa que no quiera hacerlo contigo.

—¿En serio? —Levanto los ojos.

—Sí. —Asiente—. Alguien tiene que asegurarse de que no te tires con el trineo y termines en medio del lago.

—Iba a tirarme con el trineo hacia el otro lado del aparcamiento —digo con un puchero—. Al final hay una pequeña colina para principiantes con dos baches.

—¿Has buscado sitios donde tirarte en trineo?

—He traído un trineo, Jackson. —Me cruzo de brazos—. Era lo más práctico.

Disfruto viendo cómo su rostro se suaviza poco a poco. Puede que me esconda detrás del disfraz que otros me han puesto, pero creo que Jackson también lleva sus propias máscaras.

Alza la mano y me recoloca bajo el gorro un mechón de pelo que se me ha enredado.

—No creo que seas tonta, Delilah.

—Vale. —Arrugo la nariz.

—¿No escuchaste mi discurso sobre la lámpara? Pensaba que había quedado claro.

—Sí, quedó claro.

—No lo suficiente, por lo visto. —Me aferra los hombros con las manos y me zarandea un poco—. Dime que me crees o te lo repetiré. Con metáfora rara incluida.

Siento un vacío en el estómago, una sensación cálida que me recorre el cuerpo. Intento reprimir la sonrisa, pero no puedo evitarlo. Le sonrío.

—Por favor, no repitas esa metáfora tan rara. Oírla una vez fue suficiente.

Un profundo surco se dibuja en su mejilla cuando ensancha la sonrisa.

—¿Estás segura?

—Sí —respondo, frotándome la nariz con los dedos enguantados—. Puede que haya… reaccionado de forma exagerada.

—No. —Él niega con la cabeza—. Como has dicho, este día ha sido… una caja de sorpresas. Creo que los dos estamos intentando reajustarnos.

Lo que estamos haciendo es andarnos con rodeos en lugar de abordar el problema.

Le he contado los detalles de mi llamada con Keith en cuanto ha regresado a la habitación.

Le he dicho que Keith había dicho que no había problema, siempre y cuando nos centráramos en el tiempo.

No he agregado nada sobre ser una periodista sensacionalista.

Arrastro las botas sobre la alfombra descolorida del vestíbulo.

—Creo que cargo con mucha frustración por cómo me tratan.

—Muy bien. —Asiente—. Te mereces algo mejor. Es hora de que empieces a pedirlo.

—¿Y ahora? —Me acerco—. ¿Puedo pedirte esto? ¿Te tiras con el trineo conmigo?

Me mira con una expresión de diversión.

—Observaré cómo te tiras.

—No, ese no es el trato. —Niego con la cabeza—. Si sales, te tiras. —Le clavo un dedo en el pecho—. Esas son las reglas.

Me agarra el dedo.

—Vaya, ¿cómo resistirme? —Junta nuestras manos y se lleva mi palma sobre el pecho. Justo encima del latido constante de su corazón. Me sonríe—. Ya sabes lo mucho que me gustan a mí las reglas.