CAPÍTULO 18 DELILAH
—¿Qué parte? —pregunto.
Mark me observa como si fuera idiota.
—¿Qué parte? —insisto, un tanto histérica. El teléfono me vibra en el bolsillo, y el de Jackson también. Lo noto porque está acurrucado contra mí. Estoy tan avergonzada que no puedo mirarlo, así que me limito a intercambiar una mirada con Mark, que parece arrepentido.
—Lo he parado en cuanto he podido —me explica. Dirige los ojos hacia Jackson—. Pero te he oído pedirle que te besara.
Jackson inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Me quedo a su lado, completamente humillada.
—¿Y has oído…?
—Sí —responde Mark. Traga saliva—. Lo he oído todo, y eso significa que todos los demás también lo han oído. El cable se ha enredado esta mañana por el viento. Al principio no iba bien, pero luego… sí. —Su rostro se suaviza—. Lo siento, Delilah.
Jackson masculla otro enfático «mierda» entre dientes mientras yo sigo teniendo una crisis existencial en toda regla a su lado.
—¿Qué opciones tenemos? —pregunta.
Mark me observa durante un minuto más.
—Tenéis programada una llamada con la emisora esta tarde y otro directo con el informativo de la noche. Les diré a los de producción de la emisora que la de ahora se cancela por dificultades técnicas, pero… —Se asegura de que lo mire—. Deberéis poder explicar lo sucedido.
Una carcajada brota de mí. El móvil me deja de vibrar en el bolsillo, pero enseguida vuelve a sonar. Lo saco y me fijo en la pantalla: « Keith ».
Lo silencio.
Jackson me agarra del brazo justo por encima de la muñeca. Clavo los ojos en los suyos, como una llave que se desliza en una cerradura.
—Mark —le dice—. ¿Nos das un segundo?
Nunca he visto a Mark tan aliviado.
—Voy a recoger el equipo —replica antes de alejarse con paso firme.
En este momento, quedamos Jackson y yo, con el cable del micrófono colgando, y las consecuencias de mi descuido esparcidas a nuestro alrededor como copos de nieve que caen del cielo. Quería que me tomaran en serio. Quería causar impacto. Y ahora lo he arruinado todo.
Las lágrimas calientes me anegan los ojos.
Jackson me acaricia la cara. Debe de haberse quitado los guantes, y sus pulgares me rozan las mejillas. Está extrañamente tranquilo, con la mandíbula apretada.
Respiro con dificultad.
—¿Por qué no estás entrando en pánico?
—Porque estoy contigo —dice.
Suelto una risita.
—Bueno, pues puede que no te convenga, a las pruebas me remito.
Cierro los ojos, levanto las manos y le rodeo las muñecas con los dedos.
Me aferro a él mientras él se aferra a mí e intento calmar los fuertes latidos de mi corazón.
Es como si me hubieran abierto en canal.
Era un instante que únicamente debíamos presenciar Jackson y yo, y ahora toda la ciudad es testigo de lo ocurrido.
—¿Qué quieres hacer? —me pregunta.
Abro los ojos. Detrás de su cabeza, los copos de nieve caen indolentes del cielo. Desearía ser uno de ellos, flotando a la deriva.
—¿Qué podemos hacer? Todos lo han oído. Voy a ser… —Las palabras se me atragantan, pesadas y densas. Me arde el puente de la nariz—. Jackson, acepté este encargo porque quería dejar de ser el hazmerreír.
Y ahora voy a ser la chica del tiempo que besó a su compañero en medio de una tormenta de nieve.
Nunca podré escapar de las suposiciones que la gente hace de mí.
La tonta, caprichosa y despreocupada Delilah.
Las he consolidado todas. ¿Por qué alguien debería tomarme en serio si ni siquiera puedo hacerlo yo?
Los pulgares de Jackson me acarician bajo los ojos, encima de las mejillas hinchadas.
—No vas a ser el hazmerreír. No lo permitiré.
—¿Cómo?
«Dime qué hago», quiero suplicarle. «Dime cómo arreglarlo».
Jackson parece oír todo lo que no verbalizo, ya que su rostro adopta una expresión de determinación.
—No vamos a decir nada.
—¿Qué? —Suelto una carcajada nasal e incrédula—. Jackson. Toda la ciudad de Baltimore acaba de oír cómo nos hemos besado. Nuestros jefes. Dios. Los jefes de nuestros jefes. Nadie nos va a dejar irnos de rositas sin dar una explicación.
—No hay ninguna regla que diga que no podemos. No hemos hecho nada malo. Es asunto nuestro.
—No podemos ignorarlo sin más, Jackson.
—Pues contaremos la verdad. —«¿Y qué verdad es esa?», quiero preguntarle en el acto. Se inclina un poco y me mira a los ojos—. Me estabas ayudando a superar la ansiedad que me provoca un directo. Distrayéndome, ¿no? No tiene que ser más que eso.
Me muerdo el labio y bajo los ojos, avergonzada. No sé qué pensaba, pero supongo que… ha sonado muy sincero cuando me ha pedido ayuda. Como si la necesitara. Como si me necesitara a mí en particular.
Puede que haya pensado que era más de lo que realmente es.
«No tiene que ser más que eso».
—No hemos hecho nada malo —insiste Jackson. Me presiona los pómulos con los dedos y me insta a mirarlo—. ¿Puedes repetirlo?
—No hemos hecho nada malo —balbuceo.
Lógicamente, sé que es cierto. Un beso no es el fin del mundo.
De todos modos, les hemos regalado a nuestros espectadores un buen escándalo.
Y si no hablamos de ello, si no lo explicamos, la gente estará pendiente de cada uno de nuestros movimientos e intentará descifrar lo que hay entre nosotros.
Ahora somos noticia. Una incógnita deliciosa y tentadora.
Supongo que me gustaría saber qué parte es verdad y qué parte es mentira.
Decidimos llamar por teléfono por separado.
O por lo menos es lo que decido yo. Está claro que Jackson tiene un problema con el plan y se queda paralizado junto a la puerta abierta de la habitación que compartimos, con la palma de la mano apoyada en el marco.
—Le voy a decir a Maggie que no hay nada de lo que hablar —me dice—. Que seguiremos informando del tiempo, pero que no hablaremos de nada más.
—Vale —acepto. Hemos repasado los argumentos doce veces como mínimo, y cada vez que repite esas palabras es como si me clavaran una piedra en el pecho. Tengo un montón de rocas dentro, que me pesan mucho—. ¿Y a tus hermanas?
Jackson suspira y se pasa la mano por el pelo.
—A ellas voy a llamarlas primero.
«¿Qué les dirás? ¿Qué versión de la verdad les contarás a las dos personas a las que más quieres?».
Pero estoy sumida en una espiral de autodesprecio y autocrítica, así que me guardo la pregunta para mí.
—¿Seguro que no quieres que lo hagamos juntos?
Niego con la cabeza. No me interesa prolongar mi humillación permitiendo que Jackson sea testigo de lo que sea que vaya a salir de la llamada con Keith. Mi jefe ya piensa lo peor de mí. Imagino lo que tendrá preparado.
Esbozo una sonrisa un ochenta y tres por ciento forzada.
—Puedo gestionar una conversación yo solita, Jackson.
—Ya lo sé. Es que…
Lo miro fijamente con una ceja arqueada.
—¿Es que qué?
—No quiero que pidas disculpas —me dice con otro suspiro profundo, aún en el umbral—. No has hecho nada malo.
—Lo sé.
Aunque me parece que sí. Quizá no a Jackson ni a Gianna —que me ha estado enviando un montón de memes de apoyo motivacional—, ni siquiera a Mark.
Pero me da la impresión de que me he decepcionado a mí misma.
Que he tomado la decisión equivocada. O que me he desviado demasiado por un camino que no lleva a ninguna parte.
Aun así, lo repito como un mantra mientras suena el tono de llamada. «No has hecho nada malo». Y otra vez, con más sentimiento, cuando Keith contesta y me saluda con un breve y agitado «hola».
Apoyo la frente en el cristal de la ventana y dejo que me cale el frío.
—Keith —digo—. He visto que me has llamado.
Su silencio está cargado de significado. Espera lo justo para ponerme nerviosa. Es algo que seguramente ha practicado entre todas esas llamadas perdidas.
—Has estado bastante ocupada, ¿eh?
Otra cuchillada en mis partes más sensibles. Encojo los hombros hasta las orejas. «No tienes que dar explicaciones», me recuerdo. «No has hecho nada malo».
—Mark dice que ha habido algunos problemas técnicos con el directo. Entiendo que ha habido un problema con mi micrófono, pero yo…
—No pasa nada —me interrumpe.
Me miro en el reflejo de la ventana y pestañeo.
—Eh… ¿Cómo?
—Que no pasa nada —repite. Un sorbo fuerte, probablemente del granizado que habrá mandado a buscar a un pobre becario—. No me sorprende, Delilah, la verdad.
—¿A qué te refieres?
Su carcajada es una mancha de aceite.
—Siempre podemos contar con que vas a ser la chica de los buenos momentos, ¿verdad?
Con una sola frase, Keith ha reducido mi confianza al tamaño de un dedal. Era exactamente lo que temía. Keith no ha tenido que mover ni un solo dedo para humillarme. Me he convertido en el blanco de la broma yo sola.
—Lo que se ha oído —intento explicar, buscando algo que tenga sentido— no es lo que parece. Es que Jackson…
—Delilah —me corta Keith—. ¿En serio crees que me preocupa?
Estoy confundida, retrasada en una conversación en la que Keith avanza a toda velocidad.
—No —respondo con voz débil—. No —repito, más alto—. No hay nada de lo que preocuparse porque ha sido un error y no volverá a ocurrir.
Odio que mi voz suene como si estuviera a punto de echarme a llorar.
Lo último que quiero es que Keith sienta la satisfacción de que su opinión me importa.
Sin embargo, siempre me ha costado reprimir las emociones.
Soy un libro abierto, un corazón sensible.
Normalmente, es algo que me llena de orgullo.
Pero ahora mismo no.
—Mira, Delilah, me da igual lo que hagas o dejes de hacer por ahí. Al principio me preocupaba tu profesionalidad, pero mientras esperaba tu llamada me he dado cuenta de algo.
Casi no quiero preguntarle.
—¿De qué?
—Eres la personificación del periodismo sensacionalista. Las expectativas de este reportaje eran bastante bajas en general. No me afecta en absoluto que no las cumplas.
Respiro hondo y cierro los ojos.
—Muy bien —consigo decir—. Si eso es todo, tengo que ir a redactar algunos informes para el anuncio de radio. Gracias por tus comentarios.
Keith emite una serie de sonidos ininteligibles y me cuelga. Me quedo sentada en la ventana un buen rato, mirando el lago y la nieve que se derrite en la superficie.