CAPÍTULO 17 DELILAH #2
—En realidad, con el viento, la sensación es de siete bajo cero. —Levanta la mano y me frota la chaqueta por fuera. No me calienta en absoluto, pero me acelera el corazón.
«Qué tonta soy».
Soy una tonta con un tonto encaprichamiento.
—Este abrigo no abriga lo suficiente —protesta.
—Está bien.
—¿De qué está relleno? ¿De bolas de algodón?
Pongo los ojos en blanco e intento responder, pero aprieto los dientes con fuerza cuando otro escalofrío me recorre el cuerpo.
Deberíamos haber esperado dentro mientras Mark solucionaba los problemas del directo.
No ha tenido suerte en conseguir una conexión estable para enviar nuestras imágenes.
Sabíamos que esta mañana sería difícil conectarse, y he querido colaborar mientras él intentaba configurarlo en el frío.
Por no dejar a nadie a su suerte y demás.
Jackson me agarra del bíceps.
—Ven conmigo —me dice.
Le grita algo a Mark que no puedo oír por el viento y me arrastra por el porche.
Doblamos la esquina y regresamos a nuestro rinconcito, donde ayer lo besé en un acto impulsivo.
Enseguida me sonrojo, luego siento frío y calor de nuevo cuando me arrastra dentro con él y me arrincona contra la pared.
Me apoya las manos en los hombros y llena el espacio delante de mí para usar el cuerpo a fin de protegerme del viento.
Pelo rubio oscuro. Ojos azules penetrantes. Una pequeña marca de las gafas en la nariz.
Solo veo a Jackson.
—Mark nos avisará cuando falten treinta segundos. —Baja un poco la cara y la acerca a la mía. Puedo oler el gel de ducha en su piel. El café que ha tomado con el desayuno—. ¿Todo bien?
Asiento, con los brazos cruzados, sin dejar de temblar.
—Todo bien.
—¿Así estás mejor?
Sin duda, estoy menos expuesta a la intemperie, pero estoy más expuesta a mis malas decisiones. Observo su rostro, y una calidez líquida se derrama por mi estómago al vernos juntos.
—Mejor, sí —contesto. El corazón se me acelera. Me permito mirarle la boca un segundo, dos—. ¿Cómo te sientes tú?
Exhala un suspiro entrecortado.
—No lo sé —murmura—. Empeora cuanto más se acerca el momento.
—¿Crees que vas a volver a hablar del sudor del maíz?
Se mueve, la suave tela de su chaqueta roza la mía.
—Quiero decirte que no, pero es una posibilidad real.
Sé lo que debería hacer. Debería quedarme aquí con Jackson y hablarle de algo trivial hasta que Mark nos llame para el directo. Quizá discutir un poco con él. Parece que le gusta.
Sin embargo, hay algo en la forma en la que me mira.
Está atento, expectante. Como si esperara que yo tome las riendas, igual que la última vez.
La tentación de ceder y decir que es una distracción aumenta cuanto más permanecemos acurrucados en este pequeño rincón.
Quizá con otro beso satisfaga este deseo que me quema el pecho.
A él le ayudó.
—Se me ha ocurrido que podríamos empezar hablando de algunos árboles y cómo han evolucionado en esta zona para soportar la peor parte de la nieve —comenta—.
Los robles, en realidad, son… —Exhala un suspiro áspero y se lleva una mano a la nuca.
Se detiene en plena divagación—. Delilah —dice—. Soy un desastre.
—No lo eres. —Niego con la cabeza—. Lo harás bien.
Enreda ligeramente el pulgar entre mi pelo.
—Necesito tu ayuda —susurra.
—¿Cómo? —Se me forma un nudo en la garganta.
—Ya sabes cómo.
Detrás de él, al otro lado del porche, Mark grita mi nombre.
—Un segundo —le pido sin apartar la mirada de Jackson. Me humedezco los labios. La mirada de Jackson se clava en mi boca—. Dime cómo quieres que te ayude. —Jackson se acerca más—. No quiero malos entendidos. Tienes que pedírmelo, Jackson.
Suelta un suspiro bajo y lento.
—Necesito que me saques de mi cabeza. Estoy tan nervioso que me va a dar algo.
Descruzo los brazos y apoyo las palmas de las manos en su caja torácica. Noto el ritmo de su respiración.
—Necesito que me distraigas —musita. Desliza una mano por mi brazo y sobre mi hombro, hasta la parte superior de mi columna. Me inclina la cabeza hacia atrás—. ¿Todavía necesitas que te pida lo que quiero?
—Sí —susurro—. De verdad que sí.
Quiero que lo verbalice. Quiero que elija.
Acerca el rostro al mío con un suave murmullo, y nos rozamos con la nariz. Todo mi cuerpo se estremece, como si acabara de llegar a la cima de una montaña rusa.
—Bésame, Delilah —me pide—. Haz que todo desaparezca. Por favor.
Aprieto los puños contra su chaqueta antes de que las últimas palabras broten de su boca.
«Me lo ha pedido muy amablemente», me digo. «Lo necesita».
«No es más que un beso».
La excusa no me importa al ponerme de puntillas y pegar la boca a la suya. Me tambaleo hacia él, y entonces me atrae hacia atrás. Estampo los hombros contra la áspera madera de la cabaña, mi cabello enredado en sus dedos enguantados.
La última vez, me quedé completamente quieta, y el beso terminó antes de que asimilara lo que estaba pasando.
Esta vez, estoy presente y consciente de todo.
Mi labio inferior está atrapado entre los suyos.
Exhala un jadeo áspero contra la curva de mi mejilla.
Este beso no solo es premeditado, sino que además es indulgente.
Inclino la cabeza hacia un lado y Jackson me sigue.
Su pulgar enguantado traza una línea firme en el espacio debajo de mi oreja.
Me permito relajarme frente a él y arqueo la espalda.
Separo los labios y profiero un profundo suspiro contra los suyos.
Seguimos tan cerca que, cuando me humedezco los labios, le toco las comisuras de la boca con la lengua.
Jackson emite un gemido profundo y vibrante que me gustaría grabar en la pared con nuestros nombres.
Es demasiado.
Es insuficiente.
Me aparto un poco para poder mirarlo a la cara.
No esperaba ver a Mark inclinado sobre su hombro.
Intento apartar a Jackson, pero me sujeta con fuerza, con una mano aún curvada en la nuca y la otra en la cadera.
—No —murmura con voz ronca y baja. No ha interpretado bien mi pánico—. Vuelve.
—Jackson —susurro con un siseo—. Suéltame. Tenemos que…
Mark se aclara la garganta, y Jackson me suelta con el rostro consternado. Mark no parece sorprendido tras encontrarnos besándonos en este rincón junto a la casita. De hecho, parece resignado.
—Lo siento. —Me obligo a sonreír—. Estábamos repasando las notas…
Mark me ignora, aparta a Jackson y me agarra del cuello de la chaqueta.
—¿Qué estás…? —Intento apartarme—. ¡Mark! ¿Qué estás haciendo?
Jackson intenta interponerse entre nosotros, pero Mark no se deja intimidar. En este pequeño espacio apenas caben dos personas. Ahora somos tres y chocamos contra las paredes.
Le doy un buen golpe en la cabeza a Mark.
—Para ya, vas a…
Finalmente, consigue sujetarme bien el micrófono y me lo arranca sin miramientos. El cable que lo conectaba al transmisor de la parte baja de mi espalda se suelta, y los tres nos quedamos inmóviles, mirándolo colgando inerte entre nosotros.
—Te he llamado —me acusa Mark, a la defensiva—. Te he llamado tres veces.
Jackson se lleva la mano a la boca.
—Mierda —susurra.
Tardo unos segundos en comprenderlo. De repente, la realidad me envuelve como una marea, que me moja los tobillos antes de oprimirme el pecho. No puedo respirar por culpa de la magnitud del error que acabo de cometer.
—Tenías el micrófono encendido. —Mark confirma mis temores—. Acabáis de salir en directo. Todo Baltimore os acaba de escuchar.