Una conexión imprevista CAPÍTULO 17 DELILAH
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CAPÍTULO 17 DELILAH

Me despierto cuando el colchón se hunde hacia un lado.

Las sábanas crujen y una almohada se desploma sobre mi cabeza. La aparto, adormilada, y entorno los ojos ante la luz que se cuela entre las cortinas.

Mi pared de almohadas se ha derrumbado a nuestro alrededor, y tengo el brazo sobre la cintura de Jackson. Él está medio recostado en la cama, mirándome inmóvil, con un pie apoyado en el suelo.

—¿Intentabas escabullirte de la cama? —le pregunto arrastrando las palabras, dejando que la almohada vuelva a cubrirme la cara. No estoy acostumbrada a despertarme al lado de alguien. Estoy desorientada y todavía más de un setenta y cinco por ciento dormida.

Noto cómo su cuerpo se tensa y luego se relaja bajo mi mejilla. Algo me tira suavemente del pelo. Sus dedos, tal vez.

—Sí —dice en voz baja. Duda—. Pero me sorprende lo fuerte que eres.

Le froto la camiseta con la mejilla. Seguro que dentro de una hora me avergonzaré de esto, pero ahora mismo me siento suave, aturdida y cálida. Ingrávida.

—Y a mí me sorprende lo cómodo que eres tú. ¿Usas suavizante para la ropa?

—Pues claro. —Otro suave tirón de mi cabello, esta vez justo detrás de la oreja. Entreabro un ojo y a duras penas consigo distinguir su rostro. Me mira fijamente la parte superior de la cabeza con una media sonrisa, con las gafas un tanto torcidas.

—No sabía que el pelo pudiera desafiar las leyes de la gravedad —musita.

—No es cierto —me río—. Husmeé en tu neceser, ¿recuerdas? Vi tus productos para el cabello.

—Es verdad.

Sigue peinándome suavemente y yo sigo usándolo como almohada, los dos atrapados en una especie de limbo.

Es algo cotidiano y mágico. Fuera de esta habitación, el frío golpea las ventanas y una tormenta se cierne sobre el lago, pero aquí solo estamos nosotros.

La suave presión de sus dedos sobre mi cuero cabelludo, el subir y bajar de su pecho, el ronquido de su respiración y el olor de su champú en las almohadas…

Todo eso llena un vacío que ni siquiera sabía que tenía.

Es muy posible que aún esté soñando. Ese pensamiento se interrumpe cuando empieza a sonar Metallica a todo volumen desde mi mesita de noche.

Suelto de inmediato un gruñido fuerte y petulante, y me aparto de Jackson.

—Qué tono de llamada más curioso.

—No lo elegí yo. —Golpeo a ciegas la mesita de noche, lanzo el teléfono del hotel y hago que el mando del televisor salga disparado por el suelo—. Es Gianna.

Jackson me mira con curiosidad. Tiene una marca de almohada en la mejilla.

—¿Gianna?

—Trabaja en la sección de investigación de la cadena. Espera un segundo.

Por fin logro agarrar mi teléfono y contesto la llamada deslizando con el pulgar.

—¿Diga?

Se hace una pausa.

—Había olvidado lo caótica que eres a primera hora de la mañana. —Un envoltorio cruje al fondo—. Y es raro —añade con la boca medio llena—, teniendo en cuenta que llevas cinco años haciendo directos matutinos.

Jackson se levanta de la cama y camina sigilosamente hacia la ventana. Observo cómo extiende la mano hacia las cortinas para abrirlas de par en par y bañarse en la luz del exterior. Enseguida pega la cara al cristal y lo roza con la nariz. Sonrío.

—¿Delilah? ¿Hola? ¿Estás ahí?

—Sí, sí —consigo decir. Me obligo a dejar de mirar a Jackson.

Paso a observar el desorden de la pared de almohadas.

Parece que me he metido en ella. Justo en medio.

Qué vergüenza. No me extraña que esta mañana Jackson intentara levitar para salir de la cama.

Me aclaro la garganta—. Estoy aquí y soy toda oídos. ¿Qué pasa?

—Primero, una disculpa. Me he comido todas las barritas de proteínas de tu mesa y la mitad de los caramelos que creías que no encontraría.

—Dejé esas cosas ahí para que te las comieras, Gianna. —Me incorporo en la cama y apilo las almohadas—. ¿Has encontrado algo con tu investigación?

Después del incidente con la habitación del hotel, le pedí que investigara y viera si podía encontrar algo sobre la persona que canceló la reserva.

—He encontrado muchas cosas. —Una silla cruje, varios papeles crujen y un ratón hace clic—. Keith definitivamente trama algo con este viaje —añade Gianna bajando la voz—. Pero fue más listo de lo que esperaba con la cancelación del hotel. No se le puede atribuir nada.

—¿A quién se le puede atribuir?

—A ti —contesta Gianna—. Se envió desde tu correo electrónico.

—Yo no envié ningún correo, lo juro.

—Tranquila. Ya lo sé. La dirección IP era de la cadena, y ya estabas de camino a Deep Creek cuando se envió. Lo he anotado y lo he guardado en una carpeta secreta con el resto de los documentos.

—¿Con el resto de los documentos? —Frunzo el ceño.

En la ventana, Jackson se gira a medias hacia mí antes de volverse para mirar al exterior. Está escuchando, pero intenta no hacerlo.

Más clics. Unos tecleos frenéticos.

—Hay otras cosas, pero quiero revisarlas antes de contártelas. No te preocupes, ¿de acuerdo? Deja que yo me encargue.

Suspiro. Gianna nunca cuenta nada antes de estar segura al cien por cien.

—¿Ni siquiera puedes darme una pista?

—Ni una pista. —Oigo el chasquido de su silla cuando se recuesta en el respaldo. Abre un cajón, y me llega el crujido de una bolsa de caramelos—. Ahora pasemos a lo importante. ¿Cómo está el chico del tiempo?

Se me ruborizan las mejillas al instante. Soy dolorosamente consciente del silencio que se ha instalado en la habitación y de que él podría oír todo lo que digo. Lo observo con atención, pero su rostro permanece impasible.

—Bien —respondo.

—¿Bien?

Tiro de un hilo suelto de la colcha.

—Ajá. Bien.

—¿Está siendo amable?

Recuerdo haber despertado con el cuerpo encima del suyo. Recuerdo cómo me ha acariciado el pelo con los dedos. Y lo tierno que es conmigo a veces.

—Sí. Está siendo amable.

Esa afirmación hace que Jackson se gire hacia mí, olvidando así sus intentos de darme intimidad. Apoya un hombro contra la ventana y me mira con una expresión que no sé descifrar: calor, vacilación, una diversión profunda… Las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa.

—Porque si no está siendo amable solo tienes que pasarle el teléfono.

Me doy cuenta de que le estoy devolviendo la sonrisa.

—No hace falta recurrir a la violencia, Gi.

—Solo te informo de tus opciones.

—Ah. Oye. Hablando de opciones, el otro día Mark me hizo una pregunta interesante.

—¿Mark? —pregunta—. ¿El alto de la barba? ¿El que gruñe?

Me río. Jackson se ha acercado a la cafetera pequeña. Saca dos tazas y tres sobres de azúcar moreno, los que prefiero.

—Ya sabes quién es Mark, Gianna.

—Vagamente. ¿Qué te preguntó?

—Me preguntó si estabas soltera.

Gianna se queda en silencio. Ni un chasquido de la silla. Ni el crujido de los envoltorios de caramelos. Ni siquiera la oigo respirar. Tengo que mirar la pantalla del móvil para asegurarme de que no ha cortado la llamada.

—¿Quieres contarme de qué va la cosa?

—No tengo ni idea —replica con un tono de culpabilidad terrible.

Suelto una carcajada. Jackson se remueve frente a la cafetera, frotándose el cuello con la mano.

—Mientes fatal —le digo.

—¿Ah, sí? Le dijo la sartén al cazo.

—No tengo ni idea de qué estás hablando.

—Claro que no. —Resopla—. Está siendo amable —murmura para sí misma.

Vuelvo a reír. Jackson sonríe para sí mientras sirve el café y luego se dirige a la cama con una taza en cada mano. Hay algo deliciosamente suave en su pelo revuelto y su camisa arrugada. Jackson es así antes de que el resto del mundo lo vea.

—Hablaremos de esto más tarde —le aseguro.

—No si puedo evitarlo. Venga, hasta luego.

—Adiós. Come algo que no sea precocinado —le digo—. A poder ser, verduras.

—Bah —exclama, y cuelga. Dejo el móvil en la mesita de noche y me recuesto contra el cabezal.

Jackson me entrega mi taza de café, nos rozamos con las yemas de los dedos, y se sienta en la cama a mi lado, con sus largas piernas extendidas frente a él.

Es un gesto muy sencillo y bonito el de estar aquí sentada en silencio con otra persona. No tener que ser nada más que yo misma.

—¿Qué tal el tiempo ahí fuera? —le pregunto.

—Parece que se está formando un sistema meteorológico enorme. —Me sonríe por encima del borde de su taza—. Para cuando hagamos el directo de la mañana, puede que debamos luchar contra el mal tiempo, eso que tanto les gusta a los espectadores.

Me río.

—He traído gafas de esquí, por si acaso.

—Te preguntaría si es una broma, pero las vi en tu maleta.

—También he traído unas para ti.

Se ríe por la nariz, se gira a medias y vuelve a mirar hacia la ventana. Su rostro está teñido de grises y azules, con los ojos tan brillantes que parecen zafiros.

—Qué suerte tengo —comenta con naturalidad. Y no suena a broma, a sarcasmo ni a la ironía que suele imprimir en sus palabras.

Parece que lo dice en serio.

Lleva razón, por supuesto.

Situarnos hoy en la terraza es una experiencia completamente diferente a la de ayer. Es como si estuviéramos al borde de un casquete polar. El viento me azota las mejillas y la nieve se cuela por cada grieta, quemándome la piel. Tendremos que buscar otro sitio para el resto de nuestros directos.

Me ajusto la capucha y me subo las gafas de esquí hasta la frente, temblando dentro de las botas.

Jackson no está mucho mejor que yo. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la capucha calada.

Los copos de nieve siguen cayendo sobre sus gafas, y él se las limpia con impaciencia, dejando marcas de humedad en los cristales.

—¿Quieres tus gafas de esquí? —le pregunto.

Niega con la cabeza.

Rebusco en mi bolsillo y saco un bollo que me he guardado del desayuno.

—¿Quieres?

Vuelve a negar con la cabeza, con cara de desconcierto. Otra ráfaga de viento fuerte aúlla entre los árboles, y me sobresalto, metiendo la barbilla en el cuello de mi chaqueta. Jackson me mira por fin, con el ceño fruncido.

—Tienes frío —dice.

—Sí, bueno. —Me río—. Es que estamos a dos grados, Jackson.