Una conexión imprevista CAPÍTULO 16 JACKSON #2
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CAPÍTULO 16 JACKSON #2

Ya lo sé. Siempre lo es. Intento encontrar las palabras que expliquen la sensación que me llena el pecho. Esa que se intensifica cada vez que se ríe, sonríe o saca a colación un argumento vital sobre sistemas de viento rápidos.

Exhalo, agitado.

—Eres como una lámpara —digo finalmente.

Su rostro, normalmente expresivo, es completamente indescifrable.

—Una lámpara —repite.

—Sí. —Asiento—. Hay… una luz dentro de ti que…

, Delilah, que brilla con una intensidad increíble.

Y creo que la he odiado porque nunca… —Trago saliva.

Estas palabras me cuestan más que las demás—.

Nunca ha sido así para mí. Mi luz se ha apagado, o parpadea, o tal vez sea una bombilla defectuosa, no lo sé.

Me estoy enredando en esta estúpida metáfora, pero a veces me da la impresión de que tengo un ladrillo en el centro del pecho.

Creo que les di a mis hermanas todo lo que me quedaba.

—No es cierto, Jackson. —Delilah niega con la cabeza. Me aprieta la mano—. No es cierto para nada.

—Ya te dije que mi madre es poco convencional —prosigo en voz baja, intentando encontrar las palabras para las cosas de las que nunca hablo—. La razón por la que me hice cargo de mis hermanas es… es…

—Tranquilo —me dice, y la expresión de su rostro me destroza por completo. Hace que el dolor sea aún más intenso—. No tienes por qué hablarme de esto.

—Quiero hacerlo —admito con voz ronca—. Solo necesito un segundo, ¿vale? Quiero explicarte por qué soy así. Quiero que lo entiendas.

—Vale, vale. —Delilah asiente.

—Cuando la situación era buena, era muy muy buena.

Pero cuando era mala era… —Aprieto los dedos entre los de Delilah y noto cómo encajamos—.

Mi madre debía tomar medicamentos que nunca quería tomar.

Había citas médicas a las que no le gustaba ir.

Le costaba recordar cosas como esas, así que intenté ayudarla.

Intenté facilitarle las cosas. Le hice tablas.

Le conseguí pastilleros. Pero un niño de ocho años no puede comprar recetas.

Mi madre estaba exultante y emocionada un día, y triste y apática al siguiente.

Creía que la emoción podía alejar los días malos.

Siempre perseguía esa emoción brillante y reluciente en la que concentrar todo su entusiasmo. A veces, esa emoción era yo.

Y esos fueron los mejores días. Horneando pasteles y viendo películas acurrucados en el sofá.

Visitas sorpresa en las que me sacaba de clase antes de tiempo para ir a un festival callejero que había visto en el periódico.

Algodón de azúcar para el almuerzo y un globo atado a mi muñeca.

Pero el globo casi siempre se deshinchaba.

Lo encontraba metido debajo de la cómoda dos meses después, triste y desinflado.

—Pero la mayoría de las veces no era así. Era otra cosa. Encontraba un nuevo pasatiempo o conocía a alguien que le prometía una nueva oportunidad, y a mí me dejaba de lado.

Delilah entrecierra los ojos, y yo desvío la mirada hacia la mesa.

—Yo le rogaba que se quedara, pero se reía.

Decía que era demasiado mayor para «necesitar a mi mamá».

Al final, dejé de suplicar y me limité a…

prepararme lo mejor que pude. Por eso me gustan mis rutinas.

Pasé gran parte de mi infancia solo, consciente de que no solamente no me quería, sino de que me evitaba. No quise que mis hermanas lo vivieran.

Aprieto la mano de Delilah como si fuera lo único que me mantiene a flote.

Hacía años que no pronunciaba nada de esto en voz alta.

Desde que me emborraché en un bar con Aiden durante una ruta de bares por el Día de San Patricio y me desahogué con él.

O desde aquella primera reunión con la terapeuta que me recomendó Maggie, en la que exploramos todo lo que me hacía sentir incómodo y tenso.

—Siempre estás sonriendo, Delilah. Siempre eres positiva. Tienes muchos problemas, pero encuentras la manera de sobrellevarlos para que te hagan sentir más ligera, ¿sabes? Yo nunca he podido hacerlo. Solo me ha agobiado y creo que… que me ha costado todo eso. He odiado lo fácil que te parece a ti.

Mueve la mano. Durante un instante terrible, creo que va a apartarse. Sin embargo, tan solo reajusta la palma de modo que podamos entrelazar los dedos.

—También me has odiado por cómo aparco —repone—. No pasa nada por admitirlo.

Suelto una risita y le acaricio los nudillos con el pulgar. Su sonrisa se desvanece de nuevo, y me mira como si acabara de levantar una piedra y encontrara una llave escondida debajo. Como si hubiera retorcido un nudo de otra manera y los hilos se hubieran soltado.

—No siempre es así para mí —dice en voz baja—. A veces me pesa.

—Lo sé. Pero incluso sufriendo encuentras la manera de brillar. Encuentras la manera de hacer que todos los demás también brillen.

—Como una lámpara —susurra.

—Exacto. Como una lámpara.

Arruga la nariz y baja la mirada hacia la mesa. Sorbe con la nariz una vez. Y luego otra.

Le aprieto la mano.

—Mierda. Delilah. No quería que…

—Es muy amable de tu parte, Jackson —logra decir con voz tensa. Clava los ojos en los míos, brillantes y luminosos—. Es… Gracias.

—Lo digo en serio —murmuro.

Me permito sostenerle la mano un segundo más antes de soltársela. Me afano en teclear con el portátil e intento no mirar de reojo la forma en la que acaricia delicadamente la esquina de una servilleta.

Se recompone lentamente y juguetea con los diferentes dulces.

Recoloca los platos, reordena las servilletas.

Bebe de mi taza y luego de la suya cuando se da cuenta de que ha cometido un error.

Me mira para ver si me he percatado. Desgarra un trozo de servilleta y tararea en voz baja cuando prueba algo que le gusta.

Estaba absorta en sus pensamientos hasta que, de repente, su rostro aparece tras la pantalla de mi ordenador con los ojos ya no enrojecidos, pero igual de brillantes.

—¿Quieres tu bollo o me lo puedo comer yo? —me pregunta.

—Cómetelo tú —le digo.

Estoy bastante seguro de que a Delilah le daría todo lo que quisiera.