Una conexión imprevista CAPÍTULO 16 JACKSON
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CAPÍTULO 16 JACKSON

—Está soplando más viento —murmura Delilah con una nueva taza de chocolate caliente entre las manos.

Está mirando por la ventana mientras yo finjo no observarla e intento estudiar la pantalla de mi portátil abierto.

Sin embargo, mis ojos no dejan de moverse hacia ella.

Hacia la maraña de pelo que se ha pasado detrás del hombro, hasta esos dientes que muerden el labio inferior al reflexionar.

Ahora sé a qué sabe su boca.

Me ha besado, y todas las voces de mi cabeza se han callado. Como si alguien hubiera arrancado un cable de la pared.

Me aclaro la garganta y muevo las piernas; rozo su rodilla con la mía debajo de la mesa. La superficie está llena de notas y de restos de galletas a medio comer. La ventana junto a la que estamos sentados está casi completamente cubierta de nieve.

—Está nevando con más fuerza —añado al llevarme un puño al ojo. Esta noche, cuando me duerma, voy a soñar con barómetros y bálsamo labial de cereza, te lo juro.

Si es que consigo dormir con Delilah acurrucada a mi lado.

Delilah se aparta de la ventana.

—Estamos en medio de la tormenta.

Sí. Y tanto que sí.

Mi teléfono vibra sobre la mesa.

Envíanos una foto , me pide Adeline en nuestro chat grupal de la familia. Queremos ver la nieve .

Penelope responde con unos cuantos emoticonos de copos de nieve.

Noto la mirada de Delilah sobre mí mientras trasteo con la aplicación de la cámara.

Su diversión aumenta cuando intento encontrar un ángulo por la ventana que no la incluya a ella ni al resplandor de la enorme lámpara de araña del vestíbulo, que está detrás de nosotros.

Extiende la mano y yo, sin decir palabra, le entrego el teléfono.

Toma algunas fotos de la vista, por limitada que sea, con la lengua en una de las comisuras de los labios.

Luego gira la cámara y nos echa una foto a los dos.

Ella sonríe tan ampliamente que casi cierra los ojos.

Yo tengo cara de haber recibido un golpe en la cabeza con un piano que se ha desplomado.

Me da vergüenza lo mucho que me desconcierta un simple beso.

Me devuelve el móvil y apoya un codo en la mesa.

—¿Quieres hablar del beso?

Me tapo la boca con la mano, pensativo. El Jackson normal querría hablarlo largo y tendido para así detallar las repercusiones y todas las posibles maneras en las que algo como un beso impulsivo en un rincón oculto podría arruinar nuestra relación laboral.

Pero me parece que esa versión de mí está encerrada en un armario, y no me apetece dejarla salir.

—No lo sé —respondo con sinceridad. A lo mejor el Jackson de la tormenta invernal puede manejar cosas como besos espontáneos sin pensarlo demasiado. A lo mejor el Jackson de la tormenta invernal puede ser divertido.

Delilah curva los labios en una sonrisa.

—Siento haberte incomodado —dice—. No pensé demasiado.

—Yo tampoco. Estaba hablando del sudor del maíz.

—Aun así, no debí haberlo hecho. —Ensancha un poco la sonrisa—. Y te debo una disculpa por…

—No —la interrumpo, cerrando lentamente la pantalla de mi portátil.

Delilah ladea la cabeza.

—No me hiciste sentir incómodo —aclaro—. Lograste sacarme de mi propia cabeza. Te estoy agradecido, Delilah.

También estoy nervioso y un poco enamoriscado, y es probable que me haya metido en un embrollo, pero todo eso me lo guardo para mí.

Me observa desde el otro lado de la mesa, buscando la mentira.

—De acuerdo.

—Vale.

—Bien.

—Sí, genial. —Asiento.

Se levanta y se pasa las manos por la parte delantera de la falda.

—Voy a buscar otra galleta.

—Tenemos siete galletas —comento observando la mesa.

—Técnicamente, tenemos tres galletas y media si sumas todos los trocitos. Y ninguna es de arándanos. Así que voy a buscar una de esas. —Recoge algunos platos vacíos y servilletas usadas—. ¿Quieres más té?

—No, gracias…

—Voy a traerte más té.

Se gira hacia el otro lado del vestíbulo, donde Lottie ha puesto una pequeña cafetería y panadería. La veo acercarse al mostrador y saludar al joven camarero que está leyendo un libro. Él lo deja a un lado para hablar con ella y se ruboriza intensamente mientras asiente con entusiasmo.

Me giro en mi asiento, envío las fotos de la nieve a mis hermanas y me quedo mirando el selfi que nos hemos hecho Delilah y yo. Ella sonríe radiante a la cámara. Yo la miro fijamente.

Apago la pantalla del móvil con un dedo y lo pongo boca abajo sobre la mesa.

Delilah y yo hacemos un buen equipo. También me siento atraído por ella, aunque a regañadientes. No me interesa negar ninguna de las dos cosas.

Si lo intentara, estoy bastante seguro de que me desenmascararía. No sé qué significa para los dos, pero estoy probando cosas nuevas. Estoy abierto a las posibilidades en lugar de intentar planificar mis opciones.

—¿Es Delilah Stewart?

Levanto la vista. Un hombre mayor está de pie al borde de nuestra mesa.

Lleva unos Levi’s desgastados, botas color canela y una gorra de cuero muy usada en las curtidas manos.

Podría tener sesenta o doscientos seis años.

Es difícil saberlo. El hotel ha estado casi siempre desierto cuando hemos estado en las zonas comunes, y es la primera vez que veo a alguien que no trabaja aquí.

—Pues… —Miro por encima del hombro a Delilah, que sigue charlando con el encantador camarero—. Sí, es ella.

El hombre exhala un suspiro profundo y ronco.

—¿Necesita algo? —le pregunto con voz cortante. Me muevo de lado y me interpongo entre Delilah y él.

—Ah, no. No, no necesito nada. Es que… —Suspira al mirar al otro lado de la estancia mientras retuerce el sombrero entre los puños—. Soy… soy un gran admirador del trabajo de la señorita Stewart.

Mi vacilación se disipa. Reconozco la cara que pone. Es la misma mirada atontada que luzco yo en la foto que Delilah ha echado hace cinco minutos. Es otro miembro del club de fans de Delilah Stewart.

Sonrío y relajo los hombros.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Asiente—. Vi ese segmento que hizo hace un par de semanas sobre la basura del puerto. Es bastante graciosa. —Se aclara la garganta y me mira. Se da cuenta de mi sonrisa e inmediatamente frunce el ceño—. ¿De qué te ríes?

—No me estoy riendo. —Inclino la cabeza hacia la cafetería—. Debería ir a saludarla.

Por muy segura de sí misma que sea Delilah, creo que no se da cuenta lo suficiente de cuánto la quiere la gente por ser quien es.

He visto las grietas que se forman en su expresión cuando se enfrenta a uno de los obstáculos que Keith pone en su camino.

He visto lo mucho que desea que la tomen en serio.

Dice que no quiere ser el hazmerreír, pero creo que no entiende que para los espectadores nunca lo ha sido.

—Debería contarle lo del puerto —le sugiero.

Mi compañero de mesa temporal niega con la cabeza de inmediato.

—No.

—Podría decirle que le parece graciosa.

—¿Por qué iba a hacer eso? —Me mira como si estuviera loco.

—No lo sé. ¿Qué hace aquí?

Parpadea, confundido.

—Creo que no lo sé.

—Vale. —Esta vez sí me río—. Le diré que le envías saludos.

—Estupendo. —Asiente—. Eso es estupendo. —No mueve ni un músculo.

—¿Qué debería decirle? —Levanto las cejas.

—¿Cómo? —exclama, dando un ligero brinco.

—¿Qué debería decirle? —repito lentamente.

—Ah, pues… —Se pasa la mano por el pelo corto, canoso, sin dejar de mirar hacia la cafetería.

Puede que tenga la misma altura que Delilah.

Quizá un par de centímetros más—. Podrías decirle que Dustin le manda saludos y…

, eh, gracias —balbucea—. Dile que gracias por hacerme compañía en mis viajes fuera de casa.

Dicho esto, da media vuelta sobre las botas y se marcha con los hombros encorvados. Delilah aparece unos doce segundos después con una nueva bandeja de cosas dulces.

—¿Quién era? —me pregunta.

Observo el rollo de canela, el bizcocho y las tres galletas con pepitas de chocolate de la bandeja.

—Pensaba que habías dicho que ibas a pedir algo de arándanos.

—Sí —dice, señalando una magdalena de la esquina superior izquierda—. Pero luego Tom me ha recomendado todo esto, y tengo que probarlo.

Empieza a apartar los platos de la mesa para hacer sitio.

—¿Quién era tu amigo? —pregunta de nuevo.

—Ah. —Miro por encima del hombro. Dustin no está por ninguna parte—. Era un admirador tuyo.

—¿De verdad? —Se le ilumina el rostro con una sonrisa radiante.

Asiento, un poco atontado por la arruga en su nariz y la forma en la que casi cierra los ojos del todo cada vez que sonríe así.

—Sí. Se llama Dustin. Quería darte las gracias por hacerle compañía en sus viajes lejos de casa.

—Qué amable. —Termina de dejar la comida en la mesa y rápidamente transfiere los restos de nuestra primera ronda a la bandeja—. Me gusta hacerle compañía. Como una pequeña Delilah de bolsillo, que siempre que la necesita está ahí.

Acepto el rollo de canela que me ofrece.

—¿Siempre te ha querido la gente?

—Creo que sabes muy bien que no soy universalmente querida, Jackson. —Se ríe y se deja caer en la silla—. Hablo por la compañía presente.

—Creía que ya habíamos superado eso.

Su rostro se suaviza.

—Sí, lo sé. —Agarra una de las galletas, pero cambia de opinión y arranca la esquina de mi rollo de canela—. Solo te estaba tomando el pelo.

—Eres… —Acerco el plato a ella—. A veces, eres una especie de caricatura. Algo empalagoso que ha creado alguien.

—¿Es tu manera de decirme que no lo hemos superado? —Deja de sonreír.

—No, no. Escucha. Estoy… estoy… intentando… No ha sonado como quería. —Extiendo la mano y agarro la suya, ya que necesito que me entienda. Y que me crea—. Sabes que me cuesta hablar cuando es algo importante.

Vuelve el rostro hacia mí, vacilante pero dispuesta a escuchar.

—¿Y es algo importante?

—Sí. —Giro la mano para que juntemos las palmas, con su pulgar alineado con el mío. Tiene las uñas pintadas de un lila pálido. El color del cielo en pleno verano, justo antes de que el sol se oculte en el horizonte—. Es importante, Delilah.

—Vale. —Se remueve en su asiento—. Continúa, entonces. Puedo ser paciente.