CAPÍTULO 15 DELILAH #2
—Imagina que soy la cámara. ¿Qué vas a decir?
Observo cómo su confianza flaquea.
—No lo sé, Delilah. ¿No podemos hacer el directo y terminar con esto de una vez?
—De ninguna manera. No te ofendas, pero ahora mismo no creo que estés en condiciones de improvisar. —Intento zarandearlo, pero es un objeto inamovible, pegado a mí en este pequeño rincón escondido—. Venga. Te servirá de ayuda.
Aprieta la mandíbula. Muy a regañadientes, empieza a hablar:
—Hola, Baltimore.
Asiento, a la espera. Jackson mantiene un obstinado silencio.
—Genial. ¿Qué más?
Suelta un breve suspiro de frustración.
—Va a nevar —dice con voz ronca.
Por Dios. Va a ser el directo más largo de mi vida.
—¿Cuánto va a nevar? —le pregunto.
—No lo sé.
—Jackson, esta mañana has tomado cuarenta y siete páginas de notas. Háblame de los cambios de la dirección del viento. ¿Qué tiene de diferente esta tormenta? ¿Qué puede esperar la gente de Baltimore? ¿Qué opinas al respecto y por qué estás…?
—Las tormentas de nieve ocurren cuando se combinan aire frío, humedad y corrientes ascendentes —me interrumpe de pronto—. Ya lo sabemos. Ya lo hemos comentado. Sin embargo, esta tormenta es diferente porque las dos masas de aire que van a chocar tienen temperaturas muy distintas.
Tiene los ojos brillantes y habla demasiado rápido. Creo que no ha respirado ni una sola vez en todo ese rato.
Asiento con la cabeza. Hemos logrado pasar de un extremo al otro.
—Bien, y…
—Es extraño que el frente que viene del norte sea tan frío.
Normalmente, no vemos temperaturas tan drásticas a estas alturas del año.
Como el calentamiento global provoca temperaturas más cálidas en general, nuestro clima ha ido cambiando poco a poco, pasando de nevar a llover más.
De ahí que sea raro ver este nivel de nevadas en esta época del año y… ¿Has oído hablar del sudor del maíz?
Noto cómo frunzo el ceño sin querer, confundida.
—¿Sudor del maíz?
—Sí. Se llama «evapotranspiración».
Ay, madre.
—En la zona central del país —continúa, hablando más rápido todavía—, millones de hectáreas de maíz han empezado a liberar vapor de agua a la atmósfera simultáneamente. Por las altas temperaturas, ¿sabes?
—Vale, sí. Pero una cosa, Jackson…
—Este fenómeno puede aumentar los niveles de humedad, que ya son elevados, sobre todo durante la temporada alta de cultivo.
—Jackson.
—Una sola hectárea de maíz puede liberar entre once mil y quince mil litros de agua al día por evapotranspiración. Equivale al volumen de dos camiones hormigoneros. Y solo en un día. Imagínate cientos de hectáreas, todos los días, durante la temporada cálida.
—Jackson —insisto.
No me oye.
—Miles de camiones hormigoneros al día, de humedad adicional que se escapa a la atmósfera. El calentamiento global está matando al planeta poco a poco. El nivel del mar está subiendo, las temperaturas son más volátiles y el maíz está sudando en algún lugar, en medio de la nada, en Iowa y en…
Ya no aguanto más. Ha perdido completamente el hilo de su directo de práctica y se ha sumido en una de sus divagaciones meteorológicas.
Es gracioso, pero tenemos que estar en nuestros puestos dentro de aproximadamente treinta segundos.
No tenemos tiempo para el sudor del maíz ni para ninguna otra cosa que esté rondando por esa cabeza suya.
No es tanto una decisión consciente como una urgencia profunda. Agarro la parte delantera de su chaqueta mientras él sigue hablando sin parar, me pongo de puntillas y acerco su boca a la mía.
Es rápido, dura menos de unos segundos, y casto. Poso los labios firmemente en los suyos, pero Jackson se queda quieto y en silencio ante mí. Me quedo unos instantes así y luego vuelvo a apoyarme en el suelo. Lo miro a los ojos, con las manos aún aferradas a la tela de la chaqueta.
Tiene las mejillas sonrosadas y las gafas torcidas.
«Silencio».
—Mmm. —Se aclara la garganta. Se lleva la mano al labio inferior y se lo toca con la punta de los dedos. Parece aturdido y confundido—. ¿Qué ha…? ¿Qué?
Intento parecer más segura de mí misma. Acabo de besar a mi compañero de trabajo. Para que se calle. He traspasado con creces cualquier límite profesional.
—Estabas perdiendo el control —me defiendo—. Intentaba distraerte.
Soy sumamente consciente de cada punto en el que nos rozamos en este pequeño rincón.
—Vaya —exclama. Se aparta la mano de la boca—. Misión cumplida.
Me estremezco.
—No debería haber hecho eso —susurro.
Ha sido impulsivo. Y estúpido. Jackson y yo por fin habíamos averiguado cómo trabajar juntos, y acabo de mandarlo todo a la mierda.
—No pasa nada —dice, pero no me mira a los ojos y se ha echado hacia atrás, con los hombros pegados a la pared. Vuelve a levantar la mano, pero la baja bruscamente mientras traga con dificultad—. No pasa… nada.
No tengo ni idea de lo que estamos haciendo. A veces siento que casi podríamos ser amigos y otras creo que seguimos siendo dos personas situadas en lados opuestos del aparcamiento, escribiendo notas pasivo-agresivas en el reverso de viejos recibos.
Y luego están los momentos como este, en el que me parece que todo el oxígeno se ha esfumado del espacio entre nosotros.
—¡Veinte segundos! —grita Mark desde algún lugar detrás de nosotros, y me sobresalto de nuevo. No podría haber elegido un peor momento.
—¿Estás listo? —le pregunto a Jackson, pero él está mirando fijamente algún punto por encima de mi cabeza, con el ceño fruncido, pensativo. Suspiro y salgo de nuestro escondite con la esperanza de que me siga y de no haberlo empeorado todo.
Agarro el micrófono. Me pongo el auricular. Me concentro en una serie de acciones para no tener que pensar más allá de este momento. Encuentro mi sitio y Jackson, a regañadientes, ocupa el espacio a mi lado. Fuerzo una sonrisa y siento cómo tiembla.
Mark empieza la cuenta atrás. Jackson se remueve y, durante unos segundos, con el corazón a punto de estallar, creo que se va a alejar. Y que va a dejarme aquí sola frente a la cámara.
Pero no lo hace. Levanta la mano que cuelga a su lado y me roza los nudillos con los suyos. Flexiono los dedos al tiempo que me pregunto si ha sido un accidente, pero entonces entrelaza el meñique con el mío.
Con cuidado. Con suavidad. Lejos del foco de la cámara. Las únicas partes de nosotros que se tocan.
Me da un apretón y se lo devuelvo, con el corazón latiendo desbocado en el pecho. La lucecilla roja se enciende, y Jackson…
Jackson da el mejor pronóstico del tiempo en directo de la historia de Baltimore.