CAPÍTULO 15 DELILAH
La ansiedad que invade a Jackson en directo sigue un patrón.
Se pasa la mañana tomando notas meticulosas sobre el tiempo.
Se frota los ojos muy a menudo bajo las gafas y se las sube con los nudillos.
Se acaricia el puente de la nariz con el pulgar.
Un torbellino de actividad ansiosa y luego…
quietud. Se va quedando cada vez más callado a medida que se acerca la hora del directo, hasta que finalmente guarda silencio absoluto.
Prepara la toma en la pequeña terraza que rodea la parte trasera de la propiedad, con movimientos bruscos y agitados.
Yo hablo sin parar, pero es como si se hubiera hundido y sumergido en una profundidad que ya no puedo alcanzar.
Al poco, dejo de intentarlo y me coordino con Mark mientras Jackson contempla el paisaje.
Parece sacado de un catálogo de conservación, de pie al borde de la terraza.
Tiene las manos apoyadas en la barandilla salpicada de pintura roja y los hombros formando una línea recta.
Su cabello rubio es una mancha dorada contra el oscuro bosque que se propaga bajo nuestros pies hasta la vasta extensión del lago, que se alarga hasta el horizonte.
Es precioso.
También es sumamente triste.
Odio que Jackson no confíe lo suficiente en sí mismo como para hacerlo de diez. Odio que esté atrapado en su propia cabeza, como absorto en un bucle.
Odio que no confíe lo suficiente en mí como para dejarme ayudarlo.
Mark me lleva aparte y finge arreglarme el auricular mientras Jackson hace su mejor imitación de una estatua barroca, a dos metros de nosotros.
Aparto la mano de Mark de un golpe cuando se me enreda en el pelo y me lo tira con fuerza.
—¿Qué haces? —le susurro.
—Intento mantener una conversación discreta contigo, aunque da igual. El chico del tiempo está en pleno ataque de nervios. —Frunce el ceño—. Y yo que pensaba que eras tú la complicada —murmura entre dientes.
Nos giramos a la vez para mirar a Jackson, que ahora camina de un lado a otro junto a las puertas dobles que dan al vestíbulo del hotel.
Se pasa las manos por el pelo, con las líneas nítidas de su camisa blanca de botones pegadas a sus bíceps.
En la habitación le he preguntado si era su camisa del sábado, pero me ha ignorado por completo para recolocarse los puños y alisarse la corbata.
Jackson se detiene en seco al notar que lo observamos y pone cara de un ciervo paralizado por los faros de un coche.
Levanto el pulgar en su dirección. Él me contesta con una mueca.
—No le va a pasar nada.
—Más le vale —suspira Mark.
En su tono hay algo que suena a advertencia.
—¿Por qué dices eso?
Su expresión seria se desvanece, y desvía los ojos para admirar el paisaje. Se fija en uno de los robles más cercanos al hotel, cuyas largas ramas se extienden sobre el tejado.
—Por nada.
—No, no. Era por algo. ¿Qué pasa?
Mark resopla y se apoya las manos en las caderas.
—Solo quiero que des lo mejor de ti —dice despacio y con cuidado—. Tienes talento para el directo. No me gustaría que nadie encontrara… un motivo para restarle mérito.
Abro la boca de par en par, y mi mandíbula se queda clavada en la terraza desgastada sobre la que nos encontramos.
—Mark —murmuro—. ¿Cuánto tiempo llevamos trabajando juntos?
Contrae la boca para fruncir los labios. Como mínimo, eso sí me resulta familiar.
—Tres años, más o menos.
—Y en esos tres años apenas te has acordado de mi cumpleaños.
—Te he comprado tarjetas. —Me mira ofendido.
—Has escrito: «Es tu cumpleaños» en el reverso de los recibos de un supermercado.
—Esos recibos tenían cupones —masculla a la defensiva—. Pensé que te gustaría un granizado. Demándame.
—¡Me encantan los granizados!
—¡Lo sé! —grita, levantando las manos—. ¡Por eso te regalé uno por tu cumpleaños!
Al otro lado de la terraza, Jackson deja de caminar de un lado a otro y se queda mirándonos fijamente. Desplaza los ojos azules entre Mark y yo, y se vuelven penetrantes al ver la cara que pongo.
—¿Todo bien? —me pregunta.
Así que es capaz de hablar. Estupendo.
—Todo bien. —Le dedico una leve sonrisa.
Me sostiene la mirada un instante más, pensativo, y luego retoma su recorrido por la terraza, esta vez más despacio. Noto que ha cambiado de rumbo. Ahora gira en dirección contraria para no perderme de vista.
Mark me estampa en el pecho el rectángulo con las pilas del micrófono y luego uno de los cables auxiliares. Intento agarrarlos antes de que se caigan y le lanzo una mirada de enfado.
—No sabía que te importaba.
—Claro que sí, Delilah —resopla.
Pienso en todas las veces que me he disfrazado, en las tomas absolutamente ridículas que he tenido que hacer.
Recuerdo un día en concreto en el que Keith decidió justo antes del directo que sería mejor que estuviera de pie en el agua del puerto, que me llegaba hasta la cintura, y tuve que adentrarme.
Me pasé varios días oliendo a trampas viejas para cangrejos.
Mark no dijo ni una palabra al respecto.
—Has tenido una forma curiosa de demostrarlo —replico con la frustración a flor de piel—.
Esta repentina preocupación por mi bienestar me habría venido de perlas durante el reportaje sobre los monos del zoológico de Baltimore, en la carrera de caballos o en los cientos de otras veces en las que me han obligado a parecer una idiota.
Mark deja de trastear con la cámara.
—Pensé que Keith solo estaba de broma.
—Sí, bueno. Por lo visto, soy la única a quien le concede ese particular honor. —Me froto las cejas con dos dedos y luego bajo la mano. Ahora no tengo tiempo para esto—. Gracias por tu preocupación, pero puedo encargarme de este directo sin problema.
Mark parece indeciso, pero no dice nada más sobre el tema. Ha debido de pensar que podría intentar estrangularlo con un cable auxiliar si sigue hablando.
—Delilah… —empieza.
Vale, quizá no.
—¿Qué? —le pregunto sin rodeos.
Está observando la cámara, subiendo y bajando el contraste.
—Tengo otra pregunta para ti.
—¿Cuál? —Lo miro fijamente.
Se aclara la garganta y luego repite el gesto.
—Es sobre…, es sobre Gianna.
—Vale…
Parece que esté librando una batalla interna, encorvado y rascándose bruscamente la nuca bajo la tela del gorro. Acto seguido, se pone de pie, se apoya las manos en las caderas y me mira a los ojos.
—¿Está saliendo con alguien?
Parpadeo y vuelvo a parpadear. Aunque tuviera un mapa para esta conversación, me sorprendería cada curva.
—¿Quieres decir… románticamente?
Mark dirige los ojos al cielo y mueve los labios en silencio.
—Sí —admite a regañadientes. Está claro que detesta la parte de su ser que le ha obligado a formular esa pregunta.
Mi frustración se transforma en diversión ante el agudo sufrimiento que se refleja en su cara.
—Creo que no, pero siempre ha sido un poco impredecible en ese sentido. ¿Por qué lo preguntas?
—No es asunto tuyo.
Resoplo y recupero el estado de frustración.
—Me lo has preguntado tú.
—Nadie te ha obligado a contestar.
—Pues muy bien. —Pongo los ojos en blanco—.Voy a buscar a Jackson. Estaremos en nuestros puestos dentro de cinco minutos.
Me guardo la petaca de las pilas en el bolsillo delantero de la chaqueta e intercepto a Jackson en su siguiente vuelta por la terraza.
Lo agarro por la muñeca y empiezo a arrastrarlo hacia un hueco escondido en la curva del porche.
Es un rinconcito privado, probablemente usado por los equipos de cáterin en verano, protegido por las ramas desnudas del roble.
Empujo a Jackson y lo sigo. El espacio es reducido para los dos, y tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Sus ojos, alarmados y frenéticos, brillan al clavarse en mí.
—Mmm. —Intenta acomodarse para no presionarme contra la pared, pero solo consigue rozarme el muslo con la rodilla. Se detiene de repente y exhala un suspiro fuerte que forma una bocanada de vaho. Apoya la mano encima de mí, con el cuerpo extendido—. ¿Qué pasa?
—Quería hablar contigo.
—Sí. Lo he deducido cuando me has arrastrado a la fuerza por el porche.
Frunzo los labios. Tampoco es que se haya resistido.
—¿Estás bien?
Asiente y suspira con dificultad. Suena como un globo que pierde aire.
—Sí.
No está bien. Parece que lo estén amenazando con un cuchillo. Si sigue en este estado, el directo va a ser un desastre. Se convertirá en un meme que circulará no menos de veintiséis mil veces. Lo de la cabeza flotante ya se ha viralizado.
Lo agarro de los brazos.
—¿Por qué querías trabajar en meteorología?
—le pregunto. Al otro lado de la terraza, se oye un fuerte golpe cuando Mark coloca el trípode para la cámara.
Desde este ángulo, apenas podemos distinguir sus piernas y los pequeños trozos de cinta blanca que he puesto en el suelo para marcar nuestros lugares.
Jackson gira la cabeza, pero le agarro la barbilla y lo obligo a mirarme—.
Jackson —insisto con firmeza, directa—. ¿Por qué querías ser un hombre del tiempo?
La niebla se disipa un poco.
—No sé, supongo que…
—No. —Niego con la cabeza—. Sí lo sabes. ¿Por qué?
—Supongo que me gusta lo fiable que es el tiempo —me confiesa en voz baja—. Me gusta leer los datos y averiguar qué va a pasar después.
Sonrío. Es eso, claro. Encaja a la perfección con todo lo que sé de este hombre.
—Y cuando tus hermanas eran pequeñas…, ¿les hablabas a menudo del tiempo?
—Muy a menudo. —Asiente—. Cuando pasaron a vivir conmigo, no recordé ningún buen cuento, y no teníamos libros infantiles, así que les leía el pronóstico del tiempo para que se durmieran.
—Traga saliva con dificultad, y una sonrisa temblorosa se dibuja en las comisuras de sus labios—. Siempre funcionaba.
—Sí, seguro que sí —me río. Le aprieto los brazos a través de la gruesa tela de su abrigo—. Te diré lo que vamos a hacer. Vamos a salir en directo dentro de unos pocos minutos. Te vas a poner a mi lado, vas a mirar a la cámara y vas a fingir que hablas con tus hermanas. Así de fácil, ¿de acuerdo?
No parece muy seguro.
—De acuerdo —conviene—. Creo que podré hacerlo.
—Vale. Practica.
—¿Que practique?