Una conexión imprevista CAPÍTULO 14 JACKSON #2
40%

CAPÍTULO 14 JACKSON #2

—He utilizado tu champú —anuncia Delilah dándome la espalda mientras rebusca en su maleta.

Puedo ver la tersa columna de su espalda porque se ha inclinado hacia delante.

Piel pálida, muy pálida. Veo la extensión de sus muslos bajo la toalla de felpa—.

Olía bien, y creo que he olvidado el mío.

¿Es de sándalo? —balbucea mientras permanezco inmóvil, con mi taza de café en la boca—.

Da igual. No sé a qué huele el sándalo. Era más…

Uy. —Se gira a medias—. ¿Estás hablando por teléfono?

Ha bajado la voz a un susurro, pero ya es demasiado tarde. En la pantalla, mis dos hermanas están boquiabiertas. Permanecen inmóviles un instante, y luego dos sonrisas de alegría les iluminan el rostro.

—¿Es una mujer? —pregunta Penelope.

—¿Es Delilah Stewart? —añade Adeline, aproximadamente dieciséis octavas más aguda, gritada a un volumen ensordecedor.

Delilah me mira a los ojos esperando instrucciones. Estoy paralizado, inmóvil. No sé qué hacer.

Pone los ojos en blanco y se endereza, aferrándose a la toalla con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos. Su cabello mojado forma riachuelos sobre su piel, diminutas gotas de agua que recorren sus clavículas.

Delilah esboza una sonrisa temblorosa.

—Soy tanto una mujer como Delilah Stewart, sí. Eh… Hola.

Me encojo. La estúpida y engreída cara de Aiden ocupa la pantalla de inmediato.

—¿Hay algo que quieras contarnos a los demás, amigo mío?

Una mano le aparta la frente. Se trata de Lucie, que sonríe como una loca.

—¡Hola, Delilah! Me alegro de volver a verte.

Delilah me mira con expresión suplicante. Tenemos una breve conversación con los ojos.

«¿Qué está pasando ahora mismo?».

«No lo sé».

«¿Qué deberíamos hacer?».

«No lo sé».

«¿Vas a decir algo?».

«No lo sé».

Delilah resopla y se acerca hasta que aparece completamente en la pantalla. Está de pie detrás de mi silla, con una toalla, oliendo a mi jabón y a piel cálida. «Joder».

—Había algo en el armario —explica—. En el otro hotel.

—Vale… —Lucie parpadea, desconcertada.

—Por eso estoy aquí. En la habitación de Jackson. Me deja compartir habitación con él. —Delilah me da una palmadita amistosa en el hombro—. Para que no me mate ningún mapache y podamos hacer nuestros directos.

Asiento con la cabeza para animarla.

—Es por el trabajo —agrego—. Y culpa de los mapaches.

Hay un revuelo al otro lado del teléfono mientras todos se empujan para conseguir sitio.

Se oye una discusión en voz baja y palabras como «muévete», «déjame ver» y «Delilah Stewart» flotan por el altavoz.

Alguien grita, algo pesado cae al suelo y alguien que suena como Aiden murmura un «mierda».

Adeline es la que sale victoriosa de la disputa, se apodera del teléfono y lo gira mientras reajusta el ángulo.

Respira con dificultad en el altavoz, con los ojos muy abiertos.

—Tengo tantas preguntas que no sé por dónde empezar. —Maya suelta un chillido de emoción cerca de ella—. ¿Cómo os habéis organizado para dormir? He intentado ampliar la imagen del fondo y parece que habéis compartido la cam…

Siento que me sube el calor a las mejillas.

—Voy a colgar ahora mismo.

—No —protesta—. No puedes hacernos esto, Jackie. ¿Por qué no nos dijiste nada anoche?

—Eso. —Aparece la frente de Penelope—. Te limitaste a formularnos preguntas aburridas. —Baja la voz—. «¿Habéis hecho los deberes? ¿Os habéis tomado las vitaminas? ¿Habéis pensado en contratar un seguro de vida y habéis empezado a ahorrar para vuestro plan de pensiones?».

Delilah se ríe entre dientes.

—De hecho, te está imitando bastante bien.

La ignoro.

—No tenéis plan de pensiones. Voy a colgar ahora mismo —repito.

Todos gritan al unísono.

—¿Qué? —suspiro.

Penelope me sonríe radiante.

—Te quiero.

—Yo también te quiero. —Pongo los ojos en blanco.

—¿Y a mí? —pregunta Adeline con un gruñido.

—Sí, a ti también. —Le presto toda mi atención para que sepa que lo digo en serio. Mi hermana de buen corazón. Una sonrisa a regañadientes le ilumina el rostro.

—¿Y a mí? —pregunta Aiden desde algún lugar del fondo—. ¿A mí me quieres, Jackson?

—Eso está por ver.

—Y tienes pareja —añade Lucie. Detrás de mis hermanas, la veo rodear con los brazos la cintura de Aiden. Él le da un beso rápido en la sien—. Adiós, Jackson. Adiós, Delilah. Cuidaos. Os veremos esta tarde.

Se oyen un coro de despedidas y un siniestro: «Ya hablaremos de esto más tarde» de Adeline, y entonces la pantalla se apaga. La volteo boca abajo sobre la mesa y me pellizco el puente de la nariz.

—En fin —digo—. Ha salido muy bien.

—Detecto algo de sarcasmo, pero creo que ha salido bien.

Tú no eras el que estaba con una toalla.

—Delilah regresa a su maleta y comienza a rebuscar en el interior.

Como una especie de criatura que vive en una madriguera—.

Me caen bien tus hermanas. Parece que se lo están pasando en grande con Aiden.

Atraído por el cántico de su nombre, como una versión excesivamente chiflada de Bitelchús, mi teléfono se ilumina junto a mi portátil con un mensaje de texto de Aiden: Qué cabrón estás hecho .

Qué pasa , le contesto.

Me dijiste que Delilah no te caía bien.

Es una situación laboral, Aiden. Y no he dicho que no me cayera bien.

Me parece que te quejas demasiado por todo.

Suspiro y le doy la vuelta al teléfono, con los dedos ansiosos por corregirlo. Por explicárselo. Por justificar mi comportamiento totalmente desquiciado. Porque la verdad es que podría haberle encontrado a Delilah otra habitación de hotel. Es que no quise.

—Jackson —me llama Delilah, aún inclinada sobre su maldita maleta, con el pelo mojado cayéndole a ambos lados de la cara.

Voy a ordenársela. Así no tendré que soportarla con una toalla durante más de treinta segundos.

Demasiada piel. Demasiado mojada. Delilah tuerce los labios—. Te he hecho una pregunta.

—¿Podrías repetirla?

—Da igual. —Me mira con expresión divertida—.

Dame unos segundos para controlar todo esto.

—Se señala el pelo mojado y luego el cuerpo envuelto en la toalla.

Tengo que morderme el interior de la mejilla—.

Y luego podemos bajar a encontrarnos con Mark.

Quiero planificar las tomas y repasar los puntos clave para el directo.

Parpadeo en su dirección. Oírla hablar de preparación y organización es casi peor que verla en toalla.

—¿Qué? —pregunta.

Suelto un suspiro profundo.

—Creo que me caes bien —digo con un suspiro. A eso se debe esta sensación de desequilibrio, ¿verdad? La forma en la que aún puedo sentir su mano en la mía. La forma en la que quiero volver a sentirla. Me rasco la ceja—. No entiendo muy bien qué me pasa.

—No tienes por qué sonar tan enfadado. —Delilah se ríe—. A mí también me caes bien, si te sirve de consuelo.

—Pues un poco sí. —Relajo los hombros.

Su expresión es tierna y comprensiva.

—No formaba parte de tu plan, ¿verdad? Pasártelo bien conmigo, digo.

Dudo un momento y luego asiento con la cabeza.

—Tú y tus planes. —Se muerde el labio inferior.

Desaparece en el baño, pero asoma la cabeza al cabo de un segundo.

—Ha sido lo de repasar los puntos clave lo que ha derramado el vaso, ¿verdad?

Me tapo la boca con la mano mientras la observo. Inmediatamente, pienso en ella sonriendo al otro lado de una mesa de restaurante destartalada, con una pajita roja cereza entre los dientes.

—Entre otras cosas —admito.

—Qué raro eres —repite, pero alcanzo a ver su rostro antes de que cierre la puerta del baño.

Está sonriendo.