CAPÍTULO 14 JACKSON
Cuando se despierta, Delilah parece un osito peludo que acaba de salir de la hibernación.
Tiene los ojos caídos, el pelo revuelto y una expresión suave y desconcertada.
Son detalles con los que no sé qué hacer, así que los almaceno junto a su marca preferida de caramelos y el odio que siente por la medicina medieval.
Se sienta en el centro de la cama con una camisa de franela que es dos tallas más grande y se frota los ojos con una mano mientras esboza un bostezo tan enorme que le cruje la mandíbula.
Estoy tomando mi segunda taza de café, intentando no mirarla fijamente.
—Ya te has vestido —dice entre bostezos, levantando los brazos por encima de la cabeza y soltando un gemido pausado y estirado. Vuelvo a colocar la taza en el platillo, y la cerámica tintinea. Baja las manos—. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—Una o dos horas.
Más bien me desperté alrededor de las dos de la mañana, acurrucado de costado con los dedos de Delilah entrelazados con los míos y nuestras manos enterradas bajo el muro de almohadas que había formado ella.
Me gustó tanto que no pude volver a dormirme.
Me quedé tumbado, con el pulgar recorriendo los surcos de sus nudillos, respirando lenta y uniformemente, mientras mi mente daba vueltas como una peonza.
El torbellino de pensamientos siempre es peor por la noche, e hice todo lo posible por organizarlo todo en una lista:
1. Este encargo y lo que significa para la emisora. Debo cumplir con mi trabajo para que todos puedan conservar el suyo.
2. Mis hermanas y su autoproclamado «mejor momento de sus vidas» con Aiden, Lucie y Maya.
Sus risas descontroladas y cómo parecía que no podían colgar lo bastante rápido.
Qué bien sienta saber que son felices, pero también qué mal.
Es como presionar el borde sensible de un moratón.
Esa maldita voz insistente en el fondo de mi cabeza que habla sospechosamente como mi madre y susurra que tal vez necesitan a alguien que pueda ser más divertido sin hacer una maldita lista.
3. El mensaje de texto que recibí anoche de Camille, que decía: ¡¡¡Estoy pensando en tomar un vuelo para darles una sorpresa a las chicas!!!, y mi respuesta inmediata: Por favor, no lo hagas.
Y, por último, la mayor distracción de todas:
4. Delilah, acurrucada de lado bajo las mantas al otro lado de una pared de almohadas mal construida, con un suave ronquido cada tres exhalaciones con el que sin querer he acompasado la respiración.
Fue entonces cuando finalmente le solté la mano y me deslicé silenciosamente para tropezar hasta el baño.
Me duché para despejarme, pero al final me quedé mirando la pequeña esponja rosa fucsia que colgaba del cabezal de la ducha.
Desde entonces, he estado sentado a la mesa junto a la chimenea, distrayéndome con proyecciones.
—Tienes el pelo mojado —dice Delilah adormilada desde la cama. Tiene los ojos pesados y lleva un pijama viejo y raído, y la combinación es más devastadora que si estuviera desnuda bajo las sábanas.
Me paso la mano por la cara. Curiosamente, consigo no gritar en la palma de la mano.
—Me he dado una ducha —gruño.
—Ah. —Levanta el edredón y se arrastra hasta el borde de la cama para dejar las piernas colgando—. ¿Me he quedado dormida?
—No. —«Es que me da la impresión de que estoy al borde de un precipicio. Ha pasado una noche, y no tengo ni idea de cómo voy a sobrevivir siete más. Se supone que deberías irritarme, no provocarme nada de esto». Exhalo—. Quería ducharme.
—Te comportas de forma rara. —Los ojos de Delilah se entrecierran.
—No es verdad. Es que… —Busco una explicación—. No soy muy madrugador.
—¿Por eso te has duchado y vestido, has tomado café y estás preparando el pronóstico del tiempo antes de… —mira el pesado y antiguo reloj que está en medio de la repisa— las ocho de la mañana? ¿Porque no eres muy madrugador?
No contesto. Intento por todos los medios no mirar el lugar donde no se abrochó el botón superior de la camisa. Sinceramente, creo que merezco una medalla.
—Pues nada —murmura, y se desliza del todo fuera de la cama.
Se acerca a la mesa donde he colocado todo nuestro material de trabajo, apoya una mano junto a mi portátil e inclina la cabeza para ver la pantalla.
Huele a piel cálida y a franela. Ese olor a cereza ácida otra vez podría ser su champú.
O tal vez solo sea ella—. ¿Siguen siendo sólidas? —pregunta.
Murmuro una especie de afirmación. No recuerdo absolutamente nada de lo que aparece en la pantalla del ordenador.
Gira la cabeza, y su nariz queda a un centímetro de mi mejilla. Puedo sentir su sonrisa.
—Qué raro eres —susurra.
Acto seguido, me roba la taza de café y desaparece hacia el baño. La observo brevemente antes de desviar la mirada hacia el techo cuando veo el agujero en sus pantalones holgados, justo debajo de la curva de su trasero.
Suelto un suspiro de alivio en cuanto se cierra la puerta, pero enseguida se me tensan todos los músculos del cuerpo al oír el agua correr.
—Mierda —mascullo entre dientes. Por alguna razón, no se me había ocurrido que Delilah se daría una ducha.
La imagino quitándose la camisa de franela; imagino el suave arco de su hombro desnudo, la marcada curva de su cintura.
Su pijama, hecho un amasijo en el suelo.
Vapor denso y su cabello más ondulado de lo normal, pegado a los hombros, a la nuca.
Ese lugar suave y delicado donde mi mano encajaba tan bien.
Dedos que la aprietan y la recorren hacia abajo, abajo, abajo.
Hasta la curva de sus nalgas y ese punto justo donde su muslo se une a su…
La puerta se abre de golpe y Delilah asoma la cabeza. Me estampo la rodilla contra la parte inferior de la mesa.
—Oye. ¿Puedes lanzarme mi neceser de maquillaje? Está en mi maleta.
Siento que me muevo a cámara lenta al hacerlo. Abro su maleta y me encuentro con un caos. Ni una sola prenda de ropa está doblada; todo está metido a la fuerza como si hubiera tenido diez segundos para guardar las cosas bajo la amenaza de violencia antes de venir a este viaje.
Encuentro su neceser rosa pálido envuelto a medias en una sudadera y lo saco con cuidado.
—Tu maleta es un desastre —le digo mientras se lo entrego.
—Me alegro de que esta mañana hayamos recuperado la normalidad. —Pone los ojos en blanco.
A continuación, me cierra la puerta en la cara.
Dejando a un lado mis fantasías, me sirvo otra taza de café de la pequeña bandeja junto al tocador y recupero mi asiento en la mesa. La luz que entra por la ventana es tenue y turbia, ya que una densa niebla se cierne sobre el lago.
Suena mi teléfono con una videollamada entrante, con una foto de Penelope en la biblioteca de Peabody, con la cabeza echada hacia atrás, boquiabierta ante las enormes estanterías repletas de libros.
Respondo y aparece su rostro sonriente, a aproximadamente un centímetro de la cámara.
—¡Vaya! —exclamo al tiempo que coloco el teléfono junto al ordenador—. Qué susto.
—Hola, hermanito —canturrea.
—¿Qué pasa?
Está temblando en su asiento, con un pequeño meneo de emoción que lleva haciendo desde que tenía cinco años y no podía quedarse quieta.
—¿Cuánta nieve vamos a ver hoy? —me pregunta.
—¿Tú? Cero. —Le sonrío—. ¿Yo? Es probable que mucha.
Adeline se sitúa a su lado, con las mejillas juntas, y la sensación de tensión y pánico desaparece.
Necesitaba hablar con ella después de nuestra llamada apresurada y distraída de anoche.
Aiden apenas pudo apartarlas de su película con Maya para darles las buenas noches, y eso despertó todas mis inseguridades.
Pero esto es mejor. Esto es familiar.
—Viene hacia aquí, ¿verdad? —quiere saber Addie, tan emocionada como Pen—. ¿Vamos a tener mucha nieve?
—¿No habéis visto los pronósticos? —les pregunto.
—Solo uno —responde Penelope—, y tú te dedicaste a mirar fijamente a la cámara.
—Además, solo se veía tu cabeza flotando, así que… —Adeline pone una expresión de alegría apenas contenida—. Estábamos distraídas.
—No me extraña. —Suspiro.
Delilah y yo no hemos hecho ningún directo desde el primero, pero se supone que hoy saldremos por la tele para informar sobre el tiempo. Dos veces.
Intento no pensar demasiado en eso.
—¿Y bien? Cuéntanos. ¿Cuántos días de clase vamos a faltar? Hemos hecho una apuesta.
Se oye de fondo el tintineo de las ollas. Maya pasa corriendo con una caja de mezcla para tortitas sobre la cabeza y Aiden la agarra sin apartarse de la estufa.
—¿Quién ha apostado qué? —pregunto.
—Eso es trampa —protesta Penelope, con la barbilla en alto—. Dinos lo que sabes y que pase lo que tenga que pasar.
—¿Ya habéis cerrado las apuestas? —les pregunto—. Parece que jugáis con información privilegiada.
Adeline y Penelope enseguida se enzarzan en una animada discusión sobre qué supone hacer trampa y cómo es igual que aquel verano de hace tres años, cuando estábamos en la playa y Adeline pensaba que la heladería estaba a diez minutos, pero Penelope creía que a quince y…
Me desconecto un poco. Dejo que su alegre parloteo llene el espacio a mi alrededor y me bebo el resto del café. Estoy contento. Relajado. Por eso no me doy cuenta de mi grave error hasta que es demasiado tarde.
Por cómo está apoyado mi teléfono, se ve claramente el baño al fondo.
La puerta se abre con un crujido y Delilah sale arrastrando los pies, envuelta en una gruesa toalla blanca, con el pelo mojado y suelto sobre los hombros.
Su pijama está hecho una bola contra su pecho, y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, abriendo la maleta de una patada.