CAPÍTULO 13 DELILAH #2
Él duda unos instantes y luego desliza la palma de la mano sobre mi nuca.
—Te compraré más.
—Los compré en una gasolinera a unos mil kilómetros de aquí.
Suelta una risita corta.
—Seguro que encontramos algo. —Su mano se desliza bajo mi pelo y me aprieta la nuca. Me estremezco—. ¿Necesitas ayuda para levantarte?
—No, gracias.
No me muevo. Otra carcajada le zarandea el pecho.
—¿Seguro?
Finalmente me aparto esbozando una amarga sonrisa. Me duele la rodilla, pero me duele más el orgullo. La mano de Jackson se mueve desde la nuca hasta el espacio entre mis hombros, con los dedos extendidos. La forma en la que se cierne sobre mí no ayuda en nada.
—¿Estás bien? —me pregunta de nuevo, acercando la cabeza a la mía.
—Sí —murmuro. Me libero de su agarre y con mucho cuidado regreso a mi lado de la habitación. Mis pobres Swedish Fish. Están esparcidos por la alfombra como pequeñas minas terrestres de color rojo.
Abro mi maleta y saco mi pijama de franela. Es enorme y está muy usado, con un agujero en el muslo. Pensé que me lo pondría a solas en una habitación, no en el minúsculo espacio que compartiré con Jackson durante una temporada.
También saco mi neceser.
—¿Te importa si voy primero? No tardaré.
—Ve. —Él niega con la cabeza—. Yo voy a llamar a mis hermanas. Estaré en el balcón. Te daré intimidad.
—Estamos a diez grados.
—No me pasará nada. —Me dedica una media sonrisa—. Encenderé la chimenea cuando vuelva.
Es verdad. El mejor detalle de esta habitación.
Una chimenea de gas que ocupa toda una pared, con dos sillones cómodos a ambos lados.
No veo la hora de que nieve fuera del enorme ventanal que ocupa el otro lado de la habitación.
Sentarme en ese sillón ante el fuego mientras tecleo en el ordenador parece un sueño hecho realidad.
Le echo un vistazo y suspiro, feliz.
—Solo con ver la habitación, creo que este podría ser mi encargo favorito.
Cuando me giro hacia él, sigue mirándome fijamente.
—Sí. El mío también.
A pesar de lo que le he dicho a Jackson, me tomo mi tiempo en el baño.
Paso unos vergonzosos treinta y ocho minutos debajo de la ducha con efecto lluvia.
Me lavo el pelo con champú y acondicionador.
Me envuelvo en una toalla suave y saco los artículos de aseo, con cuidado de mantenerme en mi lado del lavabo, intentando no ser una entrometida y rebuscar entre las cosas de Jackson, que ya tiene todo preparado y organizado.
Sin embargo, la vocecilla perversa gana la partida.
Miro dentro de la bolsa de cuero que está junto a un cepillo de dientes eléctrico.
Tiene una caja de caramelos de menta. Un frasco de viaje de loción para después del afeitado.
Una maquinilla de afeitar sencilla y un pequeño trozo de papel desgastado y doblado.
Entrecierro los ojos y me inclino para ver qué está escrito.
¿Algo dibujado con ceras, a lo mejor?
Me cepillo los dientes y me enjuago la cara sin apartar la vista de su estuche. No me haría daño echarle un vistazo. Sobre todo si él no se entera nunca.
Pero jamás he sido discreta y, cuando tiendo una mano hacia la bolsa, la tiro del borde del lavabo.
El contenido se desparrama por el suelo, un caleidoscopio de caramelitos azules y cabezales de maquinilla de afeitar.
El trocito de papel doblado me tienta, y al final lo agarro, después de recoger el resto de sus cosas.
Es una tarjetita de felicitación con un borde roto, el otro doblado y arrugado tantas veces que parece intencional.
« El mejor papá hermano mayor del mundo », dice el anverso. Es una tarjeta del Día del Padre personalizada, con tres monigotes dibujados en la parte inferior, justo encima de una fecha de hace casi una década. La deslizo con cuidado de vuelta a su sitio, con el corazón acelerado.
Jackson llama a la puerta y casi se me cae su bolsa otra vez.
—¿Va todo bien? He oído que se ha caído algo.
Lanzo su neceser sobre el lavabo como si estuviera en llamas.
—¡Todo bien! —Me aseguro de que la camisa esté abotonada y abro la puerta un poco—. Todo bien —repito.
Jackson está apoyado en el marco de la puerta, con el antebrazo justo encima de mi cabeza y el cuerpo encorvado. Me observa bajo la luz tenue y luego levanta la vista para mirar detrás de mí. Espero a que diga algo sobre la bolsa de cuero medio abierta, pero no lo hace.
—Vale, vale. —Se aparta de la puerta, sin dejar de contemplarme con atención. Niega con la cabeza, con una leve sonrisa de pesar—. Me he distraído con correos del trabajo, pero ahora voy a llamar a mis hermanas. ¿Necesitas algo?
—No, gracias.
Da un golpecito en el marco y, un segundo después, oigo que se abre la puerta corredera del balcón. Una ráfaga de viento frío recorre la habitación antes de que la ventana se cierre de golpe, y las pesadas cortinas del techo crujen.
Aliviada porque no me ha descubierto husmeando, termino en el baño y salgo sigilosamente.
La habitación está casi a oscuras, solo se ve el resplandor del fuego de la chimenea y la tenue luz de la mesita de noche del lado de Jackson.
Todo luce colores suaves y brilla con un tono anaranjado, una calidez difusa que me envuelve como una manta.
Me fijo en que ha recogido los caramelos del suelo.
El cargador de mi teléfono está enchufado en mi lado de la cama.
Me meto debajo del grueso edredón y agarro la enorme pila de almohadas que hay en el cabecero para formar una división en el centro del colchón.
No quiero despertarme tumbada encima de él como una estrella de mar.
Satisfecha con mi montaña de almohadas, me hundo en el colchón y me acurruco hecha una bola, observando la sombra de Jackson caminar de un lado a otro a través de la ventana con los bordes escarchados, con el teléfono pegado a la oreja.
Su risa se filtra a través del grueso cristal, y sonrío, dejando que mis ojos se cierren. El fuego crepita en la chimenea. El viento silba en la ventana. La voz baja y apagada de Jackson se entrelaza con todo, y me dejo envolver por su consuelo.
Cuando era pequeña, mi abuelo organizaba noches de póquer cada dos semanas.
Sus amigos y él se sentaban en el salón, en una vieja mesa de cartas inclinada a la izquierda, bebiendo whisky barato y contando las mismas historias una y otra vez.
Yo me acurrucaba en mi cama, miraba la luz que entraba por debajo de la puerta y oía el tintineo de los vasos y el murmullo de las voces, y me sentía muy segura.
Era como estar acompañada de su felicidad. Nunca me sentí sola.
Ahora me siento igual, escuchando a Jackson hablar por teléfono con voz tan baja que sus palabras son indescifrables.
Sin embargo, su presencia está ahí. El pesado golpeteo de sus botas.
El roce de su abrigo. Permito que los sonidos me arrullen como una nana, con la mente en un punto intermedio entre el sueño y la vigilia cuando finalmente regresa al cuarto.
La puerta del balcón se abre y se cierra rápidamente, y susurra «mierda» en voz baja mientras forcejea con el pomo. Sonrío contra la almohada, pero no abro los ojos.
Me limito a escuchar los nuevos ruidos. Se desliza la chaqueta por los hombros. La percha hace clic cuando la guarda en el estrecho armario. Sus botas golpean la alfombra mullida, y luego oigo el sonido más suave en cuanto se las quita.
Oigo el chasquido de la puerta del baño. La cremallera de su bolsita de cuero. El crujido de algo suave que me indica que se está cambiando de ropa.
Todo resulta íntimo de una manera que nunca había experimentado. Se me antoja crucial, un pensamiento susurrado fuera de mi alcance. Es especial, aunque tal vez sea el cansancio el que habla por mí.
La luz de su mesita de noche se apaga, y entonces solo se oye nuestra respiración en la oscuridad. Me deslizo un poco más, con el cuerpo pesado bajo las mantas.
—¿Delilah? —pregunta un rato después, y no sé si estoy soñando o despierta.
—Mmm —respondo.
Oigo el crujido de las sábanas e imagino a Jackson girándose de lado. Un brazo debajo de la almohada y las gafas plegadas con esmero en la mesita de noche.
Orden, orden, orden.
Siempre ordenado.
—Sé que has hurgado entre mis cosas —musita.
Me río entre dientes contra la almohada, dormida y sin vergüenza.
—¿Quieres que me disculpe? —le susurro.
—No —dice, y puedo oír la sonrisa en su voz. Las sábanas vuelven a crujir, y su cuerpo largo se estira—. ¿Has encontrado algo interesante?
—Solo pedacitos de ti —contesto con pereza.
—Entonces, nada interesante. —Se ríe.
Niego con la cabeza, frustrada. Frustrada porque sigue subestimándose. Frustrada porque ahora decida mostrarme este lado suyo, cuando podría haber sido así desde el principio.
Podría haber sido su amiga.
—Creo que escondes tus mejores cualidades en bolsillitos diminutos, Jackson Clark.
Y, finalmente, me quedo dormida.